La música, como medio artístico, siempre ha estado en constante transformación, reflejando los contextos sociales y culturales de cada generación. Sin embargo, durante mucho tiempo hubo un factor que se mantenía a pesar del paso de los años: alcanzar el éxito global en la música implicaba un sacrificio tácito. Suavizar las propias raíces, moldear el sonido hacia lo estándar y, sobre todo, cantar en inglés.
Era una ecuación aparentemente “exitosa” tanto para sellos como para los artistas, pues globalidad significaba anglofonía. Pero esa lógica ha comenzado a dispersarse. Hoy, más que nunca, artistas de distintos rincones del mundo han irrumpido en el mercado internacional sin traducirse, sin diluirse, y sin renunciar a uno de los aspectos más importantes de su identidad: su lengua.
Lo que antes se consideraba “periferia” —es decir, todo lo que estaba fuera de los centros hegemónicos de producción cultural— ahora reclama un lugar en el centro mismo de la conversación musical. No obstante, este cambio no ocurrió de la noche a la mañana. Si bien hubo antecedentes aislados desde los años 80 y 90, como el fenómeno global de la lambada brasileña, el reggae jamaiquino o el pop latino con artistas como Ricky Martin o Shakira, esta transformación estructural comenzó a solidificarse mucho más en las últimas dos décadas.
Este fenómeno no ocurre por azar. Es el resultado de una transformación tecnológica, social y estética. Las plataformas de streaming, la viralidad en redes sociales y el algoritmo han reconfigurado el mapa de acceso a la música: ya no se necesita “cruzar al mercado anglo” en sentido tradicional, porque los oyentes encuentran canciones en múltiples lenguas sin intermediarios. El idioma dejó de ser filtro y se volvió textura, ritmo e identidad.
A mediados del siglo XX, artistas como Édith Piaf, Charles Aznavour o Astrud Gilberto alcanzaron popularidad internacional cantando en francés o portugués, aunque sus casos eran tratados como excepciones folclóricas. En los años 90, fenómenos como ‘La Macarena’ de Los Del Río o ‘Dragostea Din Tei’ de O-Zone demostraban que una canción podía expandirse más allá del idioma, pero aún eran casos anecdóticos, vistos como la “excepción”. Incluso en la llamada explosión latina de finales del siglo XX, muchos artistas como Enrique Iglesias, tuvieron que adaptar su repertorio al inglés para ser tomados en cuenta en el mercado global.
Pero podríamos decir que las últimas décadas han definido un periodo clave para esta transformación, cuando las dinámicas de distribución y consumo cambiaron radicalmente. En 2012, ‘Gangnam Style’ de PSY, cantada íntegramente en coreano, se convirtió en el primer video en alcanzar mil millones de vistas en YouTube, dando prueba de que un idioma no occidental podía mover masas sin necesidad de traducción. Otro caso es el de ‘Despacito’, lanzada en 2017, que batió récords en plataformas digitales y llegó al número uno del Billboard Hot 100, en su versión original en español.
En este nuevo panorama, lo multilingüe no es solo una herramienta para expandir audiencias, sino una declaración política y estética. Es una forma de resistirse a las jerarquías culturales impuestas, y de afirmar que la autenticidad puede ser un puente más poderoso que la adaptación. Las canciones ya no se traducen para ser comprendidas, se celebran tal como son. Lo emocional, lo rítmico, lo performático, han cobrado una relevancia que trasciende el idioma.
Según el informe de mitad de año de 2023 de Luminate, la participación de contenido en inglés en las 10 mil principales canciones reproducidas mundialmente disminuyó del 67.2% en 2022 al 56.4% en la primera mitad de 2023. Este descenso refleja el crecimiento de otros idiomas en la escena musical global, como el español, que aumentó su cuota al 10.6%, y el hindi, que alcanzó el 8.7%. Corea del Sur, Nigeria, Colombia, Francia y Brasil se han consolidado como polos de exportación musical. Y con ellos han venido los idiomas, los acentos, los giros culturales y estéticos. En la actualidad el inglés ya no es el eje, sino un idioma más entre otros.
Si nos enfocamos en la región, Latinoamérica es ahora una potencia en la industria musical. Tal como muestra un informe de Spotify, entre 2014 y 2023, el número de oyentes de música latina en la plataforma aumentó un asombroso 986% a nivel mundial. “La escena musical ha experimentado una revolución en los últimos años, donde los géneros latinos, desde el reggaetón hasta la música mexicana, están dictando el pulso global”, afirmó Mia Nygren, directora general de Spotify en Latinoamérica.
Por otro lado, el caso del K-pop es especialmente revelador y, sin duda alguna, es el género que se está tomando la industria. Según Luminate, los 100 artistas más importantes del género sumaron más de 90 mil millones de reproducciones bajo demanda, de audio y video, tan solo en 2023, un crecimiento del 42.2% respecto al año anterior. Sin embargo, países como Japón y Estados Unidos lideran el consumo, lo que confirma la expansión del idioma coreano más allá de su lugar de origen.
En Spotify, Jungkook de BTS rompió récords con ‘Seven’ junto a Latto, la canción de K-pop más reproducida de aquel año y la más rápida en alcanzar los mil millones de streams. BLACKPINK, NewJeans y Stray Kids figuran entre los artistas más escuchados globalmente, incluso cuando gran parte de su repertorio es en coreano.
Esto no significa que el inglés haya perdido su peso simbólico o comercial, pero sí que ha dejado de ser obligatorio. La coexistencia de idiomas, acentos y formas musicales ha enriquecido las propuestas artísticas, abriendo paso a colaboraciones poco esperadas y a nuevas formas de narrar lo propio desde lo plural. Cada año se multiplican las canciones en árabe, en francés criollo, en quechua, incluso en wolof, una lengua africana. Y a lo mejor ya no se trata sólo de una búsqueda de exotismo, muchas veces es una reconciliación con lenguas que habían sido desplazadas o negadas por la industria.
En 2024, por ejemplo, Elyanna, cantante palestino-chilena, se convirtió en la primera artista en cantar exclusivamente en árabe en el escenario principal de Coachella. En el mismo año, el argentino Dillom usó la jerga urbana de Buenos Aires para abrirse camino en festivales europeos con su estilo peculiar. Y esto sólo por mencionar algunos casos de los miles que se han venido abriendo paso en la industria.
La era del multilingüismo no impone una sola dirección. Es rizomática, expansiva, horizontal. Ya no se trata de conquistar mercados desde los márgenes, sino de habitar múltiples centros a la vez. En este escenario, la diversidad lingüística deja de ser una barrera para convertirse en un capital simbólico y creativo. Y eso, más que una tendencia, es una transformación radical en la manera de concebir el arte sonoro en el siglo XXI.


