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La crisis encubierta de Fort Bragg

Una impresionante cifra de 109 soldados asignados a Fort Bragg murió entre 2020 y 2021; docenas han perdido sus vidas por sobredosis. Ahora sus familias exigen respuestas y una rendición de cuentas

Por  SETH HARP

octubre 14, 2022

Ilustración por Mike McQuade para Rolling Stone. Fotografía en la ilustración por Alamy

Racheal Bowman, una madre soltera de Aberdeen, Maryland, estaba terminando su jornada en el servicio postal el 11 de junio de 2021, cuando recibió una llamada preocupante de la novia de su hijo. Matthew Disney, su hijo, un soldado de 20 años en Fort Bragg, Carolina del Norte, no contestaba el celular. Ni su novia, mamá, o hermanas pudieron contactarlo. “Él no era así”, afirma Racheal. “Una de las hermanas de Matthew ha estado enferma durante toda su vida” por un desorden intestinal inusual. “Y cuando ella lo llama, él siempre contesta”.  Su hijo fue del único que nunca se tuvo que preocupar, le dijo Bowman a Rolling Stone. De niño se portaba bien y la apoyaba, había pasado por un divorcio complejo y tenía problemas de dinero.

“Le gustaban y le apasionaban” el béisbol, el fútbol y los videojuegos. Y desde que tiene memoria, siempre había querido unirse al ejército. “Creía firmemente en que si no tienes ningún impedimento físico, tienes que servir a tu país, te agrade el presidente o no”, comentó la mamá. “Podía decirte todo sobre otros países donde eso es obligatorio”.

Disney consideró todas las ramas y se decidió por el Ejército de los EE. UU. Se enlistó después de graduarse del colegio, se formó como radarista y, en marzo de 2020, fue asignado a un regimiento aerotransportado de artillería en Fort Bragg. Había saltado nueve veces en paracaídas, y la última vez que habló con su mamá, estaba emocionado por su décimo salto. Pero ese viernes de junio, tuvo el día libre. “Las horas pasaban y no nos contestaba”, dice Racheal. “No era normal”.

Bowman y sus hijas llamaron a los amigos de Disney, a algunos de sus compañeros en Fort Bragg y le avisaron al guardia de bomberos de turno, quien encontró una cinta de seguridad que muestra a Disney y a otro radarista, el especialista Joshua Diamond, entrando en el cuartel a las 11 PM, la noche anterior. Pero cuando fueron a ver a Diamond, nadie contestó, y ni el bombero ni ningún militar iban a entrar a la fuerza en el cuarto del especialista, porque no habían pasado más de 24 horas y no se les podía considerar como personas desaparecidas. “Aunque había familiares diciendo que algo estaba mal, no abrieron la puerta”, afirmó la mamá de Disney.

Bowman estaba desesperada. Llamó a un amigo de la familia en Maryland, un coronel del Ejército que hizo unas llamadas que pusieron a la policía militar en acción. Después llamaron a la mamá de Disney y le pidieron permiso para rastrear el celular de su hijo. “Y luego nada”, dice. “Nadie dijo nada. Les di el permiso de chuzar su celular y nos dejaron de hablar”.

El Ejército tiene un protocolo estricto para notificar a los familiares de las pérdidas, y siempre envían a un oficial uniformado a dar las noticias en persona. Pero a eso de medianoche, la hermana de Disney recibió una llamada anónima. Racheal estaba en la puerta cuando “la oí gritar”. “Cuando entré, estaba en el piso con la novia de Matt, gritando: ‘No me hace ni puta gracia. ¿Quién carajo es? ¿Qué clase de broma retorcida es esta?’”.

ANDREW CRAFT, THE FAYETTEVILLE OBSERVER

La persona que llamó solo le dijo que Disney ya “no estaba vivo”. Bowman comenzó a hacer llamada tras llamada, cada vez más desesperada, hasta que a las dos de la mañana logró comunicarse con el comandante del batallón de su hijo. El comandante le confirmó que lo habían encontrado sin vida en el cuarto de Diamond. “Lo siento mucho”, recuerda que le dijo, “era un buen chico”. Pero no le dijo qué pasó, solo que Disney “no se había hecho nada a sí mismo”.

Además de la sorpresa y el dolor de saber que su único hijo había muerto, Racheal estaba confundida. Si no fue un suicidio, ¿qué le pasó? Lo único que se le ocurría era que el otro soldado, Diamond, le hubiera hecho algo. Sin embargo, ese no fue el caso. Diamond también estaba muerto, su cuerpo había sido encontrado sobre el de Disney, casi como en un abrazo. Y muchos soldados de Fort Bragg han muerto recientemente en circunstancias similares: sin hacer ruido, en sus cuarteles, en sus literas, en un carro estacionado o en algún lugar fuera del puesto, sin causa aparente.

Según reportes de bajas notificadas que obtuvo Rolling Stone a través de la Ley de Libertad de Información (FOIA), al menos 14 –y hasta casi 30 soldados– de Fort Bragg han muerto de la misma manera desde el comienzo de 2020. Sin embargo, el Ejército no lo ha reconocido ni ha publicado reportes sobre este fenómeno en los medios; tampoco nadie del Congreso ha dicho ni una palabra. Únicamente les han notificado a los familiares de las víctimas, de una manera discreta y privada.

El funeral de Disney fue en julio. “Nos estábamos preparando para entrar a la capilla”, cuenta la mamá del soldado, cuando el general de división Chris Donahue, comandante de la 82va División Aerotransportada, entró en la sala e informó personalmente que se habían recibido los resultados del informe de toxicología. La causa de la muerte: intoxicación aguda accidental por fentanilo.

Eso solo aumentó la confusión de Bowman. “Mi hijo no era un drogadicto”, insiste. Bajo ninguna circunstancia hubiera consumido fentanilo voluntariamente. Hay antecedentes de adicción en la familia y la hermana menor de Disney había pasado por un montón de cirugías, periódicamente dependía o tenía que dejar los opioides, por lo que era muy consciente de los riesgos que conllevaban. “Fentanilo, ketamina, naloxona, láudano, Percocet, morfina”, enlista Bowman. “Son drogas de las que hablábamos con bastante frecuencia”.

Aun así, una conversación que nunca tuvo con sus hijos fue sobre las pastillas falsas. Los investigadores militares le informaron que Disney había ingerido una imitación de Percocet, un analgésico que se vende con receta médica. “Jamás había oído hablar de un Percocet falso que pareciera de una farmacia, hasta que mi hijo tomó uno y se murió”.

Un total de 109 soldados (activos y en reserva) enviados a Fort Bragg, perdieron la vida entre 2020 y 2021, según informe de bajas. Solo cuatro de esas muertes ocurrieron en operaciones de combate en el extranjero, el resto en Estados Unidos, y menos de 20 fueron por causas naturales, todo lo demás habría podido prevenirse en lo que parece ser una ola de muertes sin precedentes en una instalación militar moderna estadounidense.

ILUSTRACIÓN POR JOAN WONG

Cuarenta y un soldados se suicidaron entre 2020 y 2021, convirtiendo al suicidio en la principal causa de muerte. Un representante del Ejército, Matthew Leonard, confirmó que ninguna otra base ha registrado un número más alto de suicidios en dos años. También había una cifra preocupante de incidentes de violencia entre soldados. Desde mediados de 2020, 11 soldados de Fort Bragg fueron asesinados o acusados de asesinato, incluyendo un asesinato-suicidio. Cinco fueron asesinados a tiros y uno fue decapitado. Rolling Stone ya ha reportado sobre la ola de crímenes violentos en Fort Bragg e investigó varios de los asesinatos sin resolver. Pero, los nuevos documentos que se obtuvieron arrojan luz sobre otro tipo de asesinos que acechan a los soldados y contribuyen en gran medida a explicar el número récord de muertos.

Catorce de los informes de bajas declaran explícitamente que el soldado murió por una sobredosis. Once de estos identifican el fentanilo como el agente mortal. En otros cinco casos, el soldado murió a una edad temprana por insuficiencia renal o hepática aguda, o por un ataque al corazón, condiciones que los jóvenes generalmente no experimentan, pero que pueden ser provocadas por abuso de estupefacientes, complicaciones por mezclar drogas o daño a los órganos por el uso de esteroides prohibidos.

Además, hubo dos casos en los que los soldados murieron por causas “indeterminadas”, después de haber sido encontrados inconscientes, para un total de 21 muertes relacionadas con drogas en los dos años que terminaron en diciembre de 2021. En comparación, hubo alrededor de 13 muertes por enfermedades en Fort Bragg durante el mismo período, 14 accidentes automovilísticos y de motocicletas y tres accidentes fatales durante el entrenamiento. Sin considerar los casos de autolesiones, la sobredosis accidental es la principal causa de muerte en Fort Bragg.

Rolling Stone obtuvo los reportes de bajas notificadas del U.S. Army Human Resources Command, no de Fort Bragg, cuyos funcionarios no han sido del todo comunicativos. Un representante de la base, un coronel, reportó 45 muertes en 2020; según los reportes, la cifra real es de 53. El mismo coronel le dijo a Rolling Stone que el número de muertes por sobredosis de opioides del año pasado había sido cuatro, cuando en realidad era seis, o incluso, muy probablemente, 11, si contamos todas las muertes relacionadas a drogas.

Y cuando se les confronta al respecto, los oficiales de Fort Bragg desvían la culpa y señalan las tendencias en la población general. “No vemos esto como un problema aislado que solo afecta a Fort Bragg”, escribió el capitán Matt Visser en un correo electrónico. Señaló la proximidad de la Interestatal 95, la carretera de Miami a Nueva York, un célebre corredor de narcotráfico, que “facilita el acceso a las sustancias” a los soldados de la base.

En la mayoría de casos, cuando un soldado muere por sobredosis, no hay un comunicado. Por ejemplo, el 23 de febrero de 2020, el especialista Christopher Jenkins, un analista de información, murió de una “intoxicación por fentanilo y dextrometorfano”, según el informe de bajas. Aunque ocurrió en Fort Bragg, no hubo rueda de prensa, ni reportes en las noticias de la muerte de este soldado activo de Florida. No se publicó ningún obituario y Jenkins no dejó ningún rastro en Internet.

Otros soldados de Fort Bragg que murieron de sobredosis sin notificación pública en 2020 y 2021, incluyen al especialista Cristhiam Gonzalez-Pineda, un técnico en helicópteros originario de Honduras que murió a causa de efectos agudos de “sustancias ilegales” no especificadas, según su informe; el soldado de infantería Anthony Savala que murió a causa de un cóctel de Benadryl, benzodiazepinas y fentanilo; el especialista Zachary Bracken, candidato de los Boinas Verdes de Maryland que murió por una combinación de alcohol y fentanilo; el sargento de primera clase Michael Tardie, un soldado de infantería de Arizona que murió por la misma mezcla; el sargento David Mazzullo, analista de inteligencia de Nueva York que murió por una sobredosis de heroína y fentanilo; y el especialista Matthew Meadows, un paracaidista de Texas que murió solo por fentanilo. Ninguna de estas muertes se hizo pública.


“Es como si el Ejército les dijera: ‘Vayan a amarrar listones en los árboles’”, dice la mamá de Disney. “Necesitan abordar el problema, pero no lo quieren aceptar”.


En otros casos, por razones que no quedan claras, Fort Bragg sí anunció cuando un soldado murió de sobredosis, pero de una manera vaga y eufemística que no menciona las drogas. Por ejemplo, un candidato de las Fuerzas Especiales de Ohio llamado Jamie Boger fue encontrado “inconsciente en su cuartel” según un comunicado de prensa del 16 de marzo de 2020; el informe muestra que murió de intoxicación por cocaína y fentanilo. Asimismo, el 11 de noviembre de 2020, el especialista Terrance Salazar, un soldado de infantería de Texas, fue encontrado “inconsciente en su habitación”; murió por una mezcla de alcohol y jarabe para la tos. El soldado Mikel Rubino de la infantería de California, fue “encontrado inconsciente en su cuarto” el 13 de agosto de 2021; murió por una sobredosis de fentanilo, según su reporte. Seis semanas después, un observador de artillería de Texas fue encontrado “inconsciente” en su casa fuera de la base; la causa de su muerte sigue pendiente.

El observador de la artillería murió durante la primera semana de octubre de 2021, un mes en el que los soldados de Fort Bragg estaban perdiendo la vida cada tres días. El periódico local The Fayetteville Observer se dio cuenta de las repetitivas muertes de soldados por causas inexplicables, y el 30 de octubre publicó un artículo que vinculó los casos de “seis soldados encontrados muertos en sus cuartos”. Luego de eso, la oficina de asuntos públicos dejó de anunciar cualquier muerte por sobredosis; los incidentes de jóvenes –aparentemente sanos– que aparecían “inconscientes” se detuvieron.

No obstante, otros 21 soldados de Fort Bragg murieron en los siguientes cinco meses, con un caso confirmado de sobredosis y otros con causa pendiente. El caso más reciente de un soldado que apareció sin vida por causas que el Ejército no puede o no quiere explicar, fue el comandante Eric Ewoldsen, el 25 de marzo de 2022. Pero no era cualquier soldado. Según varias fuentes, era un oficial de la Fuerza Delta, una unidad de caza humana ultrasecreta que se dice es la organización más selectiva de todo el Departamento de Defensa.

Es un misterio cómo Ewoldsen, un fanático del gimnasio de 38 años, terminó desplomado en un vehículo estacionado en algún lugar a las afueras de Fort Bragg. Pero fuentes cercanas a su familia dicen que no hubo nada raro. “Su muerte no es el resultado de negligencia, ni nada nefasto”, escribió en un correo electrónico Cody McBride, excompañero de equipo de la Fuerza Delta de Ewoldsen.

“Toda estas muertes están sucediendo de la misma manera, y nadie está hablando al respecto”, dice Racheal Bowman, la mamá del soldado Disney. “Todo es muy misterioso, todo lo esconden bajo la alfombra”. Y añade: “Claramente es un problema. ¿Cómo es que nadie lo sabe?”.

Muchas personas asumen que, porque los soldados se someten regularmente a pruebas de drogas, no pueden consumir sustancias ilícitas; pero es una creencia errónea. Por un largo tiempo ya, el ejército ha tenido una actitud más indiferente frente al consumo de drogas de lo que se podría esperar. Hace muchos años, cuando me enlisté, mi reclutador no me preguntó si consumía marihuana o no, sino “¿Cuándo fue la última vez?”. Luego me mostró una mininevera en su oficina que estaba llena de bebidas desintoxicantes que, según él, me permitirían pasar un análisis de orina. Más tarde, cuando mi unidad estaba a punto de desplegarse en Irak, el examen de un sargento de mi pelotón dio positivo para cocaína. No tuvo consecuencias.

DEA

A un grado incluso mayor que el de los estadounidenses promedio, los soldados están sobrecargados de trabajo, estresados y crónicamente privados de sueño. Para lidiar con las agotadoras demandas físicas y emocionales de sus trabajos, recurren a toda una gama de sustancias potentes, legales e ilegales, ya sean bebidas energéticas con mucha cafeína para el entrenamiento antes del amanecer, un porro fuera de servicio para aliviar el dolor de una lesión crónica, esteroides para tener una ventaja en la unidad élite, o una línea de cocaína en el baño de un bar después de un despliegue. El uso de drogas fuertes es cada vez más evidente en las Fuerzas Especiales. Un grupo de informantes de los Navy SEAL le dijo a CBS News que los protocolos de prueba de drogas de los militares son “un chiste”. En muchos casos, no hay un incentivo institucional para que los comandantes castiguen a los soldados por simple posesión o consumo. Es una falta que se soluciona mejor en silencio y administrativamente. Pero el fentanilo cambió todo.

La sobredosis por fentanilo es ahora la principal causa de muerte entre adultos estadounidenses de menos de 45 años. La droga superpotente, fabricada a bajo costo y nocivamente adictiva, ha contaminado los narcóticos ilícitos en los Estados Unidos. La gente que piensa que está consumiendo cocaína, Xanax, hidrocodona o alguna otra sustancia relativamente más suave, puede terminar consumiendo fentanilo sin saberlo. De hecho, muchas de estas muertes no deberían considerarse sobredosis, sino envenenamientos accidentales.

“Ciertamente él no sabía que era fentanilo”, dice un amigo cercano del especialista Joshua Diamond, el radarista en cuya habitación encontraron muerto a Disney. “Según los mensajes que encontraron en su celular, había comprado Percocet”. O eso pensó. No está claro si Diamond y Disney tomaron la mitad de una pastilla, o cada uno una. Los investigadores les informaron a las familias que Diamond había comprado la pastilla o pastillas de otro soldado en la 82va División Aerotransportada, quien las consiguió a su vez de la dark web.

Diamond creció en Taunton, Massachusetts, una pequeña ciudad al sur de Boston. De acuerdo a un amigo (que quiere permanecer anónimo, porque trabaja con las autoridades), Diamond tuvo trabajos físicamente demandantes a los 20 años, “trabajó en la carretera”, y se unió al Ejército a los 34 años, buscando una “estructura para su vida”. Quería “algo de lo que estar orgulloso”, afirma el amigo, “una carrera estable”. La región de Massachusetts donde crecieron está “plagada de muertes por sobredosis”, afirma, pero no dijo nada sobre el uso de drogas de Diamond en el pasado. “No quiero sentarme aquí y decir que era un santo”, dice, “lo que fuera que estaba haciendo, no era un estilo de vida”.

La última vez que vio a Diamond, en mayo de 2021, se acababa de redesplegar desde Irak. “Su vida parecía buena”, comenta el amigo. “Estaba planeando pedirle a su novia que se casara con él. Le estaba yendo muy bien, por eso es tan devastador. Pensé que iba a aprender un oficio e iba a estar orgulloso de sí mismo. En cambio, lo pusieron en un ataúd”.

La directora del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA), la Dr. Nora Volkow, le dijo a Rolling Stone que el número de muertes por opioides había aumentado implacablemente en las últimas dos décadas. Al comienzo, el problema eran las pastillas recetadas, luego la heroína. La doctora compara el peligro del fentanilo en 2015 y 2016 con la variante Omicron del Covid-19. “Llegó a todas partes”.

El fentanilo es un clásico ejemplo de la inevitable tendencia, bien conocida por los economistas, de las prohibiciones de drogas y alcohol para producir nuevas sustancias cada vez más potentes, compactas, baratas de fabricar y tóxicas para los usuarios. A diferencia de la heroína, el fentanilo puede ser sintetizado en un laboratorio sin tener que cultivar una planta de amapola. La sustancia es tan concentrada, que puede ser distribuida de manera eficiente por correo. “Es más poderosa, más adictiva, más gratificante”, explica Volkow, “y tiene una mayor probabilidad de causar sobredosis”.

En promedio, la doctora dice que los miembros de las fuerzas armadas tienen menos probabilidades de morir por una sobredosis de opioides que la población general, principalmente por la evaluación inicial que excluye a las personas con trastornos preexistentes por uso de sustancias. No obstante, estudios recientes muestran un aumento “rápido y dramático” en el número de muertes por sobredosis entre militares en servicio activo, afirma Volkow, y agrega que el sistema médico militar ha sido “proactivo” en su respuesta, “especialmente en la distribución de naloxona”.

Además de los reportes sobre bajas en Fort Bragg, Rolling Stone obtuvo el reporte de todos los soldados estadounidenses que murieron en 2021. Los documentos muestran que de 505 muertes totales, se confirmaron 33 por sobredosis. Solo esa cifra hace que la muerte por sobredosis sea una de las principales causas de muerte entre soldados estadounidenses, después del suicidio, enfermedades y accidentes, pero muy por encima de los homicidios y las muertes en combate. Sin embargo, justo como en Fort Bragg, hay un número considerable de muertes que el Ejército ha catalogado como “indeterminadas”. Si se consideran como sobredosis, eso aumentaría significativamente la cantidad total.

Estos 27 casos “pendientes” incluyen a un soldado que fue encontrado “inconsciente” en su cuartel en Vicenza, Italia; tres soldados en Alaska que fueron encontrados muertos durante el invierno, dos en su casa y uno en un carro; otro soldado de Alaska que murió en California por lo que un médico forense de Los Ángeles determinó era una sobredosis de fentanilo; y la muerte de dos soldados de las Fuerzas Especiales, uno en El Salvador y otro en Long Island, Nueva York, por causas que el Ejército no ha identificado.

Cualquiera que sea el verdadero total de sobredosis en soldados, está claro que un porcentaje desigual ocurre en Fort Bragg, que se diferencia de otras bases porque está llena de soldados en unidades de armas de combate. Es una base llena de tiradores que en su mayoría se han desplegado varias veces a Afganistán, Siria, Irak, y otros lugares. Hace poco, la 82va Divisón fue la que evacuó el Aeropuerto de Kabul cuando Estados Unidos se retiró. Volkow explica que, si bien los soldados son menos propensos que los civiles a desarrollar una adicción a las drogas, “la angustia psicológica de ser desplegados, ver morir a gente y estar en una zona de guerra” hace que los veteranos sean más “vulnerables al consumo de drogas y alcohol al intentar automedicarse para calmar la intensa ansiedad provocada por el TEPT”.


“Al Ejército realmente no le importa cómo murió”, dice una madre de luto. “Tengo muchas preguntas sin respuestas, pero a nadie parece importarle una mierda”.


Según médicos expertos, el uso indebido de alcohol y drogas ocupa el segundo lugar después de la depresión y otros trastornos como factores predictivos de conducta suicida. El trauma alimenta a tal punto los suicidios y las sobredosis, que a menudo son difíciles de diferenciar para los médicos forenses. Y el aumento de ambas en Fort Bragg coincidió con el desmoralizante fin de la guerra en Afganistán, en el que las Fuerzas Especiales y la 82va División jugaron un papel predominante. Esa derrota desoladora, después de 20 años de fuerte combate contra un enemigo decidido, sin duda ha contribuido al malestar que lleva a los soldados a drogarse con opioides y otros narcóticos tóxicos.

Aquí podemos encontrar paralelos históricos con el uso generalizado de heroína por parte de los soldados estadounidenses al final de la Guerra de Vietnam. Los líderes militares lo negarán y dirán que la moral es alta, pero hay una sensación palpable de ausencia de propósito y desilusión que invade bases como Fort Bragg. “Es un lugar deprimente”, dice un joven soldado de la 82va División que recientemente estaba desayunando en un McDonald’s cercano. “Todos lo odian”.

A pesar de la falta de reportes sobre el asunto, Fort Bragg sabe que tiene un problema. En una declaración a Rolling Stone, un representante dijo que la base recientemente implementó una serie de nuevas medidas para disminuir la distribución de drogas. Aumentaron el número de policías en las entradas, de chequeos a visitantes, de perros olfateadores y de la frecuencia de pruebas de orina aleatorias, afirmó el capitán Visser.

No obstante, los delitos relacionados con drogas aumentaron un 100 % en el año fiscal 2021, admitió un oficial de la sede de la policía militar ante la filial local de la ABC. De acuerdo con los datos obtenidos por Rolling Stone, no menos de 232 soldados de Fort Bragg fueron acusados el año pasado bajo el Código Uniforme de Justicia Militar por posesión, uso o distribución de una sustancia regulada, incluido un incidente en el que se acusó a un policía militar por traficar drogas y vender oxicodona desde su patrulla. Y en 2021 vimos la continuación de una tendencia sobre la que Rolling Stone informó en el pasado: los Boinas Verdes y otros soldados de élite se involucraron en el narcotráfico.

El año pasado, escribí sobre el caso de Billy Lavigne, un narcotraficante y operador de la Fuerza Delta que fue encontrado en el bosque a las fueras de Fort Bragg en diciembre de 2020. Dos fuentes que conocían a Lavigne dicen que creen que estaba trabajando en la operación de un cartel mexicano en Carolina del Norte.

“El hombre trabajaba para el cartel”, afirma una tatuadora que vio a Lavigne en noviembre de 2020, poco antes de ser encontrado muerto a tiros en la parte trasera de su carro. “Estaba transportando metanfetaminas, e iba con personas que regresaban de su ubicación de recogida para recolectar el dinero, si alguien no quería pagar”. Y agrega: “Fui con él un par de veces a Atlanta, adonde lo estaban cocinando”. En su opinión, “tuvo que haber sido el cártel el que lo mató”.

Lavigne estaba perdido en las drogas y cometió una serie de crímenes irracionales entre 2018 y 2020, incluido el asesinato de su mejor amigo, un colega Boina Verde. Aunque el comisario y la fiscalía lo liberaron cada vez, por un supuesto favor a la Fuerza Delta, al cartel no le gustó que llamara tanto la atención, según la tatuadora. “Es algo llamado luz verde”, explica, “significa que te van a asesinar”.

El asesinato de Lavigne sigue sin resolver. “Pienso que se involucró con los carteles y probablemente estaba vendiendo o transportando mercancía”, dice James Reese, un teniente coronel retirado de la Fuerza Delta que conocía personalmente a Lavigne y trabajó con él en Irak. “Probablemente les debía dinero, no pudo pagar y Morfeo vino por Billy”.

También está sin resolver el caso críptico de Enrique Román Martínez, el joven soldado de Fort Bragg y oriundo de Chino, California, que fue decapitado en mayo de 2020, durante un campamento con otros seis camaradas de la 82va Divisón. Rolling Stone obtuvo el archivo de investigación de 1526 páginas de la policía judicial sobre el presunto caso de asesinato, lo que deja en claro que el LSD jugó un papel clave. Los documentos parcialmente redactados, incluidas las declaraciones escritas a mano de los campistas, describen la situación como una salida a la playa que se convirtió en un mal viaje psicodélico, y luego en una película de terror, pero nunca aclaran quiénes fueron los que cortaron la cabeza de Martínez.

Más recientemente, en mayo de 2021, un sargento mayor de la 82va División, llamado Martin Acevedo III, fue arrestado en una redada conjunta del Departamento de Seguridad Nacional y la comisaria del condado de Cumberland. Los federales incautaron más de dos kilos de cocaína, varias armas de fuego y 99.808 dólares en efectivo, y lo acusaron con cargos por tráfico de alto nivel. Acevedo se declaró culpable y fue sentenciado en agosto de 2022.

Víctimas del frente nacional: Según un reporte obtenido por ROLLING STONE, al menos 14 –y hasta casi 30 soldados– de Fort Bragg han muerto de la misma manera desde el comienzo de 2020. “Todas estas muertes ocurren igual, y nadie está diciendo nada al respecto”, explica Racheal Bowman, la mamá de Disney. “Todo lo esconden bajo la alfombra”.
ANDREW CRAFT, THE FAYETTEVILLE OBSERVER

Cuatro meses después del arresto de Acevedo, un sargento de las Fuerzas Especiales, llamado David Rankine, fue acusado de narcotráfico por importar “diversas cantidades de esteroides anabólicos” a los Estados Unidos. También fue acusado por consumo de cocaína y negligencia infantil por supuestamente esnifar e inyectarse drogas en presencia de un menor, así como por violencia sexual al forzar a una mujer a realizarle sexo oral mientras le apuntaba con un arma. Se declaró culpable de todos menos el cargo de poner en peligro a un niño y fue sentenciado a cinco años de prisión.

Para entender mejor la psicología de los soldados –particularmente los de élite– que se involucran en el narcotráfico, le escribí al sargento Daniel Gould, un Boina Verde que ganó una medalla de plata por valor en Afganistán, solo para ser condenado en 2019 por conspirar para importar una gran cantidad de cocaína a los EE. UU. desde Colombia. “Tenía un buen sueldo y no necesitaba hacer lo que hice”, respondió Gould en una carta desde la prisión donde cumple una sentencia de nueve años. El dinero era una parte de lo que lo motivaba, explicó, pero lo hizo principalmente por el reto, por el aburrimiento y porque había perdido la noción del bien y el mal debido a la zona gris moral en la que los soldados de las Fuerzas Especiales suelen estar: “La oportunidad estaba ahí y me arriesgué”.

El sargento era un “adicto a la adrenalina” y un “héroe de guerra, derrotado por su propio ego”, opina Murga. “Su medalla de plata es la clave de su personalidad. Era un líder en las Fuerzas Especiales y fueron emboscados por los talibanes. Atacó la línea de emboscada y mató como a 14 de ellos”.

Aunque el presidente es comandante en jefe, el Congreso tiene la autoridad suficiente para financiar, organizar, manejar o regular al Ejército, y cuando sea necesario, reformarlo. Esto ganó visibilidad en 2020, cuando la Comisión de Servicios Armados conformó un comité examinador independiente para determinar las fallas en el liderazgo que llevaron a la muerte de 28 soldados en Fort Hood, Texas, en solo un año. Al concluir la investigación, el Pentágono despidió a casi toda la cadena de mando de la base.

El doble de soldados murió en Fort Bragg en dos años seguidos, pero en general hubo más incidentes de homicidio, suicidio y sobredosis de drogas. Las agresiones sexuales también son un problema importante en la base, como Rolling Stone había informado anteriormente. Y aun así, el Congreso no ha hecho nada al respecto, dejan que la base Fort Bragg se regule a sí misma. Pero existen dudas sobre la suficiencia del sistema de justicia militar para lidiar con los delitos sistemáticos de drogas y abuso de sustancias. Cuando un soldado muere de sobredosis o de envenenamiento accidental por fármacos, no siempre es tan obvio a quién deberían responsabilizar, o hasta qué punto.

Los amigos de Disney le dijeron a su mamá el nombre del soldado que sospechaban había sido quien le vendió el falso Percocet a Diamond. El soldado acababa de ser condenado por siete delitos de distribución de drogas, degradado a soldado raso, dado de baja con deshonra y sentenciado a un año de prisión. Bowman dice que no puede entender por qué no fue acusado por homicidio involuntario. “No lo están juzgando por las muertes que causó, porque no sabía qué había comprado”, comenta. “¿Cómo es que no eres responsable por el riesgo que tú tomaste?”. Se entiende por qué Racheal pide un castigo más severo. “Nadie se responsabiliza”, explica. “Por eso que es que están muriendo estos jóvenes”.

Pero nada asegura que una mayor justicia punitiva resolvería en algo la crisis de drogas en Fort Bragg, y en todo el Ejército en general. Incluso si encerraran a todos los distribuidores, nada traerá de vuelta a Disney, Diamond, o a cualquiera de los otros soldados que han muerto por sobredosis últimamente. Y es muy probable que reforzar la aplicación de la ley tampoco haga mucho para disuadir a otros soldados de distribuir drogas en la base. Fortalecer el brazo de la ley entre policías y fiscales no ha hecho nada para reducir la demanda de narcóticos, la demanda siempre generará más oferta, más de 50 años de la fallida guerra contra el narcotráfico nos lo han enseñado.

Exigiendo justicia: Bowman está furiosa porque el soldado del que se sospecha le vendió el Percocet falso a su hijo solo fue condenado a un año de prisión.
JARED SOARES

Tal vez no haya una señal más clara de la derrota en esa interminable guerra que la misma base Fort Bragg. Desde esa base insignia, el corazón del complejo de operaciones especiales de EE. UU., el aparato militar detrás de la guerra contra el narcotráfico global se despliega a los rincones más lejanos del mundo. Los Boinas Verdes entrenan fuerzas de seguridad en Colombia, El Salvador y Honduras. La Fuerza Delta supuestamente participó de las operaciones contra el cártel que mató a Pablo Escobar y capturó al Chapo Guzmán.

No obstante, si pasas por la carretera Bragg Boulevard hasta el barrio Bonnie Doone en Fayetteville, entre las bodegas, los concesionarios de casas móviles y los salones de tatuajes, encontrarás moteles baratos llenos de adictos, a veteranos indigentes que acampan debajo de puentes y a drogadictos que se la pasan en ollas de consumo. La lamentable ola de opioides sintéticos y anfetaminas ha penetrado la fortaleza de Fort Bragg, se ha infiltrado hasta en los cuarteles de los soldados rasos más humildes y ha causado al menos una docena de muertes por sobredosis en el último año. Estos soldados –que superan en número a las pérdidas en combate– son una prueba más evidente que una bandera blanca en el viento de la derrota de los Estados Unidos en su campaña militar internacional más antigua. Como dice el viejo refrán: la guerra contra las drogas ha terminado y ellas ganaron.

En la mañana del 16 de febrero de 2021, Andrea Bracken y su familia se reunieron en el Cementerio Nacional de Arlington para enterrar las cenizas de su hijo Zachary. Su muerte dos meses atrás había sido una total sorpresa para ella y su esposo. El especialista Zachary Brack era un candidato a las Fuerzas Especiales en Fort Bragg y tenía apenas 24 años. Había sido atleta en el colegio y jugador de futbol americano en su primer año en la universidad, pero se salió esperando convertirse en un Boina Verde. “Se enlistó en el Ejército con un propósito”, cuenta Andrea. “Quería unirse a las Fuerzas Especiales, quería ser un médico de combate”.

La historia de su hijo no era tan rara. En el pasado incursionó en las drogas, incluyendo marihuana y éxtasis. “Había probado algunas cosas”, afirma Andrea. “Zach era muy transparente”, pero cree que él nunca hubiera tomado fentanilo. “Mi hijo ya era un paramédico, conocía bien las drogas”.

Bracken es uno de los tres aprendices de Boinas Verdes, o soldados del Special Warfare Training Group, en morir recientemente por una sobredosis. (Los otros fueron el soldado de primera Jamie Boger en marzo de 2020 por cocaína y fentanilo; y el sargento Van-Michael Ellis en octubre de 2021 por cocaína y alcohol). El incidente ocurrió durante la boda de un amigo, a la que asistió en su día libre. El nivel de alcohol en su sangre era de 0,11 al momento de su muerte, a las 10:35 AM, el 5 de diciembre de 2020, según un reporte obtenido a través de la FOIA. También se encontraron 0,012 miligramos de fentanilo por litro de sangre, una dosis letal en su sistema.

Pero eso no es lo que dice el certificado de defunción. “‘La causa de muerte no pudo ser determinada’”, leyó su mamá, citando a la médica que lo examinó. “Así lo puso ella”. Andrea también tuvo dificultades para obtener las actas del registro civil de su hijo del Ejército. “Cuando se las pedí, me respondieron que sí, pero en algún punto tuvieron algún problema. Aunque me expresaron sus condolencias, al Ejército realmente no le importa cómo murió. Tengo muchas preguntas sin respuestas, pero a nadie parece importarle una mierda”.

Es un sentimiento amargo con el que las demás familias se pueden identificar. “No nos dan ninguna respuesta”, dice el mejor amigo de Diamond, quien era su pariente legal más cercano. “Mantienen sus cartas ocultas. Todo es muy raro, me daban mil vueltas”. “Es como si el Ejército les dijera: ‘Vayan a amarrar listones en los árboles’”, dice Bowman. “Necesitan abrir la boca y abordar el asunto. El Ejército tiene que decir: ‘Sí, es un problema. Sabemos que lo es y vamos a intentar solucionarlo’. Pero no lo quieren aceptar”.

Era una mañana helada cuando la familia Bracken se reunión en febrero en Arlington. Sobre las tumbas blancas, los árboles estaban desnudos. Entre los dolientes estaba la hermana de Zachary, de 22 años. “Era su mejor amiga”, cuenta Andrea. La ceremonia dio inicio, pero un golpe final le aguardaba a la familia cuando el Ejército añadió sal a la herida. Hubo algún tipo de confusión con los papeles del entierro de Zachary. “Mientras estábamos esperando con muchas, muchas personas, vienen y nos dicen que tenemos que llevarnos los restos de mi hijo a casa”, recuerda. “Nos dijeron que hubo una falla en la información y algo se pasó por alto, y que teníamos que llevárnoslo a casa”.

Condujeron de vuelta a Norfolk, Virginia, con las cenizas de Zachary. Para este punto en la historia, Andrea comienza a llorar. “No hay ninguna dignidad”, dicen entre lágrimas. “No es una forma digna de morir”.