marzo 21, 2022

La cita con el clasicismo de Foo Fighters en Lollapalooza Argentina 2022

La banda de Dave Grohl cerró el festival el domingo a la noche, después de tres días de música en el Hipódromo de San Isidro

Por  FEDERICO MARTÍNEZ PENNA

Foo Fighters en el Lollapalooza Argentina 2022

Ignacio Arnedo

“Yo estuve en aquel primer Lollapalooza de 1991”, dijo Dave Grohl frente a una multitud, casi en el cierre del set de Foo Fighters y también de la tercera jornada del evento que hace más de treinta años fundó Perry Farrell con la excusa de despedir (por un tiempo) a su grupo Jane’s Addiction. “Estábamos en Los Ángeles grabando un disco con mi banda”, suspiró brevemente Grohl, con complicidad sobre la tácita referencia de Nevermind y Nirvana. Anticipando el rugido de la gente, siguió: “Kurt y yo fuimos al Lolla porque tocaba Siouxsie And The Banshees y otras de nuestras bandas favoritas, así que este es un honor inmenso”. Acto seguido, calcando lo que pasó en Chile hace un par de días, Farrell acompañó a los Foo Fighters –o Foo’s Addiction, como se leía del bombo de Taylor Hawkins– para una correcta versión de “Been Caught Stealing”. No solo funcionó como premio consuelo ante la repentina baja de Farrell & cía que originalmente compartían la grilla; sirvió para cimentar el corolario de un show donde el rock & roll fue pasado, presente y, ¿quizás?, futuro.

Por eso, depende de con qué ojos lo mires, ver a los Foo puede convertirse en tu cita con el clasicismo y la costumbre, o bien, de ser virgen en estas circunstancias, la novedad de que colgarse un instrumento todavía da motivos suficientes para batallar. “Hoy, ustedes son la revolución”, sentenció el cantante y guitarrista.

Perry Farrell con Foo Fighters en Lollapalooza Argentina 2022

Mucho antes comenzaban a inyectar nafta a todos los cilindros. Primero con una versión in crescendo de “Times Like These”, y luego con el doblete riffero de “The Pretender” y “Learn To Fly”, que hace rato en vivo se expande en jams de estimulación para todos los sentidos de la audiencia.

En términos técnicos, si bien entre este recital y el de hace cuatro años en Vélez son minúsculas las diferencias, Medicine at midnight de 2021 les permitió desbloquear un nuevo nivel. Al sonar “No Son of Mine” y “Shame Shame”, los Foo dieron evidencias claras de incorporar cosas nuevas con gusto y lógica. La primera exuda a Motorhead por todos sus poros (algo no difícil en su lenguaje pero previamente no explorado). La segunda, de clave soul-blues atmosférico, pone en valor a un trío de coros y los teclados de Rami Jaffee que para la actualidad son transformadores.

https://www.youtube.com/watch?v=PjjJkO2UM3o

Justamente en esta nueva etapa, con casi veintiocho años encima (o veintiséis, según quien haga la cuenta), hay que tomar decisiones. Foo Fighters se maneja con los códigos de una institución del rock que revisita su legado constantemente. «Tenemos una canción para los fans de la vieja escuela», decía en “Breakout”, que suena con el mismo poder que en su lanzamiento antes del cambio de milenio.

Pero los Foo no son una pieza de museo o una chapita en un panteón. Hay algo que está todavía muy vivo en Grohl, sobre todo en lo legítimas que se ven y suenan las palabras en su rostro con el grito arrollador de «Por siempre, en cualquier lugar, no me quiero morir» en “Walk”. La banda lo sigue hacia el fin de sus caprichos, donde hay solos para todos los gustos: del bajo de Nate Mendel a las guitarras de Chris Shiflett y Pat Smear, pasando por el trío de coros y las teclas de Jaffee, todos alternan con justicia el foco de un medley que incluyó a The Who y Ramones. Aunque es Taylor Hawkins el que se lleva todos los números. No solo su batería es un tanque indestructible que mete miedo, sino con su ya probado y todavía vigente tenor vocal, le hizo frente a los ángulos de Freddie Mercury en un más que proficiente cover de “Somebody to Love” de Queen. Por si hace falta: ¿qué parte de “cita con el clasicismo” no se entendió?

Foo Fighters en el Lollapalooza Argentina 2022/Fotografía de Ignacio Arnedo

Al sonar “All my Life” y “Run”, pudo ver cómo el público le devolvía lo que ya para él es moneda corriente al pisar suelo argentino. “Les juro con el corazón cuando les digo que son el mejor público. Es cierto”, dijo Grohl en su verborragia tribunera, para luego invitar a Farrell. Inclusive animó a presenciar al lado del escenario a un artista plástico que de la nada, de entre medio del pogo, llegó con un bastidor enmarcando un colorido retrato del mismo Grohl.

Lo que siguió hacia el final fue una repetición de factores conocidos. Necesarios, festejados pero no nuevos: gritos, guitarras y pogo de multitudes para los hits en “Monkey Wrench” y “Everlong”.

En una triste coincidencia, Nirvana iba a debutar en la plana grande del Lollapalooza de 1994, que se canceló de improvisto, apenas tres días antes de la muerte de Cobain. Después de setenta y dos horas de sol porteño, Grohl y su banda concluyeron su cuarta visita con el cielo repleto de nubes y un gélido viento que empujaba hacia la salida. Creas en las fuerzas que creas, el círculo de su historia (y la del primer Lolla post-pandemia) parecía mágicamente cerrado.

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