“Estamos cansados de matar”

Un vistazo a las primeras líneas junto a una unidad élite ucraniana con marines dispuestos a sacrificarlo todo

Por  MAC WILLIAM BISHOP

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EMBOSCADA: Los marines ucranianos examinan los restos de un vehículo blindado después de frustrar un ataque ruso en Mariúpol. Las fuerzas rusas continúan intentando avanzar y apoderarse de territorio ucraniano a pesar de la fuerte resistencia que han encontrado.

CORTESÍA MINISTERIO DE DEFENSA DE UCRANIA

Los rusos están allá”. El marine ucraniano que está manejando el camión observa la tormenta de nieve y señala una fila de árboles a unos cinco kilómetros de nosotros. Los rusos “dejan los cuerpos donde caen”, afirma. Su nombre es Oleksiy y es un hombre simpático, gracioso y curioso, hasta que nos acercamos lo suficiente a las primeras líneas para que un observador avanzado pueda descargar su arma contra la camioneta no blindada. “Escúchame, si algo malo pasa…”, me dice mirándome a los ojos, “haz lo que sea necesario para salir de acá”.

El camino por el que vamos está en medio de dos campos de trigo sin arar; nadie plantará cultivos este año. Estamos en Mariúpol, donde Ucrania ha luchado contra Rusia durante ocho años en una brutal guerra de trincheras. Hasta ahora, los frentes de batalla habían estado quietos, pero los soldados rusos se apoderaron de una parte del sureste de Ucrania y siguen ganando terreno. Los marines están aquí para recuperarlo.

Oleksiy arranca y nos acercamos a la fila de árboles que oculta a la Tropa 163 de Tanques Rusos y al 11er Regimiento de Fusileros Motorizados. Después de más de un mes desde la invasión rusa, las fuerzas armadas ucranianas le hacen frente a uno de los ejércitos más grandes del mundo. Aquí, en Mariúpol, miembros de una unidad élite dan un vistazo a cómo siguen defendiendo su país con suministros especiales, armamento desigual, tácticas improvisadas y voluntarios inesperados.

Mientras toda la población ha sido evacuada, el ejército ucraniano ha luchado hasta la muerte en las calles de las ciudades, en los pueblos y en el campo. Contra todo pronóstico, han derrotado poderosas formaciones enemigas, pero la guerra está lejos de terminar. Rusia está dispuesta a perder miles de sus propios soldados, pero, por su parte, los ucranianos se han unido aún más por el sacrificio nacional. La última vez que el gobierno reportó la cifra de bajas, más de 1.300 soldados ucranianos habían muerto. Eso fue dos semanas después de que la guerra comenzara, un mes después, no hay un reporte actualizado: un asesor presidencial describió las pérdidas militares como “considerables” y dijo que el gobierno no daría a conocer las verdaderas cifras hasta después de la guerra. Los ucranianos están intercambiando terreno por sangre, no obstante, el precio que están pagando por salvar a su país puede ser insoportable.

Para tener una idea más clara del estado y el curso del conflicto, Rolling Stone viajó a diferentes frentes de batalla para hablar con algunos soldados y ver la situación de primera mano.

Bohdan Maslyak (centro), Oleksiy (derecha) y un marine no identificado con una bandera que lee: “¡Que se vaya a la mierda el buque de guerra ruso!”.
MAC WILLIAM BISHOP

Nos toma varios días llegar al frente oriental desde el occidente de Ucrania, y Lyubomyr Zaboronnyy, quien dirige un grupo de ayuda llamado East and West United, me deja acompañarlo en su convoy de suministros y voluntarios. Fue médico en el campo de batalla y ha estado trayendo de vuelta los cuerpos de los soldados ucranianos caídos desde que comenzó la guerra con Rusia en 2014. Su grupo trabaja con la diáspora ucraniana en Europa y América para reunir suministros, y vehículos para reclutar soldados.

Zaboronnyy, un hombre grande con corte militar y físico exuberante, guiará a una serie de vehículos todoterreno, camionetas y furgonetas repletas de cajas de frutas, verduras, productos horneados, encurtidos, albóndigas, pasta, equipos electrónicos, ropa, material de campamento y suministros médicos por toda Ucrania.

 “Todo ha sido por financiación pública”, dice Zaboronnyy. “Hoy me enviaron dinero de Moscú, pero no sé qué hacer con él. Necesitamos mucho dinero, pero no usaré dinero ruso”. Los soldados de las primeras filas le piden cosas al equipo y ellos les entregan lo que puedan conseguir, pero me dice que las cosas más difíciles de conseguir han sido las más importantes: chalecos, placas balísticas, cascos, radios de larga distancia y camionetas.

“Si dejamos todo en manos del conducto regular, desaparece en el olvido”, afirma. “De esta manera me aseguro de que reciban lo que necesitan al entregárselos en las manos”. Es lo que los especialistas en logística llaman “entregas en el último tramo”; Zaboronnyy y su equipo son un Amazon Prime sin ánimo de lucro de suministros de combate.

“Putin me la puede chupar”, dice un hombre con el tamaño de un oso y voz de barítono, pidiendo que le digamos “Martin”. Martin maneja por la ciudad de Krivói Rog, señalando puntos de referencias, incluida la fábrica en donde solía trabajar cuando la paz reinaba, pero que ahora está cerrada.

Mientras conduce, hace más declaraciones como la de Putin. No está teniendo una conversación, pues todo en él proyecta un machismo de “no te metas conmigo”. Es un boxeador de peso pesado, mide dos metros, es musculoso y tiene barba corta y canosa, al igual que su pelo. Al hablar, su voz retumba y con la mano golpea la mesa. Lleva consigo una variante de AK-47, un lanzacohetes RPG-22, una ametralladora ligera RPK, una Makarov en una funda de pecho, granadas, y un cuchillo largo con la inscripción “Nuestra libertad, su sangre” en ucraniano.

Martin muestra su cuchillo con la inscripción: “Nuestra libertad, su sangre”.
MAC WILLIAM BISHOP

Pasados apenas unos minutos de haberlo conocido, me está dando consejos para evitar los francotiradores y me muestra un video del interrogatorio de un ruso. El prisionero solo tenía sus bóxeres, la cara y el cuello estaban cubiertos de sangre. Tenía las manos atadas en la espalda, pero del resto parecía estar bien. Le pregunté qué pasó con el prisionero ruso y solo se encogió de hombros.

La gente dice que Martin mató a dos rusos con su cuchillo. En el combate moderno no es común que alguien se pueda acercar lo suficiente a otro para matarlo con un cuchillo. Entonces pienso en el prisionero y espero que no esté relacionado con los rumores. Sin embargo, después le pregunté directamente a Martin por su cuchillo, y entendiendo las implicaciones de lo que preguntaba, me dijo que de hecho sí había matado a dos rusos, pero había sido en combate cuerpo a cuerpo; uno era un vigía y el otro un comando. Odia a los rusos por lo que han hecho.

Krivói Rog es la ciudad nativa del presidente Volodomyr Zelensky. Los rusos han avanzado 19 kilómetros o más en la ciudad, lo más lejos en el norte que han llegado desde Crimea. Martin está ayudando a organizar las defensas de la ciudad y está al mando de un gran número de voluntarios de las Fuerzas de Defensa Territorial, que son soldados irregulares responsables de su propio equipo y, al parecer, de su propia estructura de mando. Ahora tiene que llevar a uno de sus hombres a un punto de encuentro, donde las unidades están en contacto con los rusos, al sur de Krivói Rog.

Dejamos al voluntario a un lado de la carretera, donde se esconde detrás de unos árboles. Le pregunto a Martin sobre las fuerzas ucranianas y lo que están haciendo aquí, pero se niega a hablar por razones de seguridad: “Es suficiente que sepas que están aquí”, afirma, señalando el paisaje donde las fuerzas esperan al ejército ruso.

La tranquila mañana fue irrumpida por el sonido de la artillería y de los BM-21, un sistema múltiple de lanzamiento de cohetes soviético que puede disparar hasta 40 cohetes de tres metros en segundos, y alcanzar objetivos a 40 metros de distancia. El ejército ucraniano está contraatacando a los rusos cerca de un pueblo llamado Vysokopillya, pero las cosas van despacio: Ucrania retomó apenas unos cuantos kilómetros cuadrados de tierra en una semana de batalla aquí; la lucha es brutal y va de pueblo en pueblo.

Después de un viaje de cuatro días, el convoy llega a un colegio abandonado en Mariúpol antes del anochecer, a unos kilómetros de las primeras líneas. Desde aquí, los rusos están tanto al sur como al oriente y los ucranianos están usando el colegio como centro de suministros. Está ubicado en medio de un pueblo que parece abandonado, pero de algunas chimeneas sale humo y un anciano se asoma detrás de una valla. Varias de las personas que se han quedado son demasiado mayores para convertirse en refugiados, prefieren morir en sus hogares que salir a vivir entre extraños.

Los vehículos se estacionan y dos piratas salen de una van. Ambos son imponentes, musculosos y barbudos, uno lleva un rifle en la espalda y el otro una AK-47 camuflada. Parecen piratas, pero son de la Infantería Naval de Ucrania y se hacen llamar marines.

Bohdan Maslyak usa una bandana verde en la cabeza y tiene una barba rubia canosa. El otro tiene un arete y una barba bifurcada, y usa una gorra de béisbol con una bandera estadounidense a un lado. Maslyak es un voluntario famoso en Ucrania, hay fotos de él en un ensayo fotográfico titulado “Qué haría si no hubiera guerra”, y en vez de un uniforme, usaba la vestimenta de chef, y en vez de un rifle, sostenía un cuchillo de cocina sonriendo. El pie de foto decía que si no fuera por la guerra, renovaría un restaurante y viajaría por el mundo.

Un cartel que marca el límite de Mariúpol en una carretera al oriente de Ucrania.
MAC WILLIAM BISHOP

Gracias a su edad y a su comportamiento serio, al principio lo confundí con el comandante de la unidad. Después supe que tiene el rango más bajo de la infantería marina; en tiempos actuales no encontrarías a un marine de 40 o 50 años. Pero es una guerra y Maskyak se ofreció voluntariamente a esta unidad élite. ¿A quién le importa un carajo el rango si eso significa poder salir y luchar contra la gente que está invadiendo tu patria?

Los marines hacen un inventario de los suministros que trajeron Zaboronnyy y su equipo, separando los artículos urgentes de los prescindibles. La artillería retumba a kilómetro y medio de distancia hacia al sur, y el radio de Maslyak falla. Un ataque ruso está en marcha y los marines tienen que irse ya. Zaboronnyy se pone el chaleco antibalas y sale corriendo en su ambulancia, siguiendo a los soldados que parecen piratas.

A medida que cae la noche, los disparos aumentan. El pueblo está completamente a oscuras, no hay una sola luz encendida en kilómetros, pero al norte se ve un brillo rojizo por las llamaradas de un incendio avivado por el viento. Y en el colegio abandonado, mientras los soldados se meten en sus bolsas para dormir, un joven marine se sienta en la ventana, viendo una comedia en su teléfono. Una feroz tormenta primaveral llega, y los truenos de la artillería se entremezclan con el viento, haciendo eco a través de las habitaciones vacías. Pronto, los ronquidos les hacen compañía al vendaval y a los estruendos entrecortados de la batalla.

A la mañana siguiente está nevando, el día está frío, húmedo, lodoso y triste. Las nubes bajas indican que los rusos no pueden usar drones para espiar los movimientos ucranianos o las coordenadas de fuego. Es un excelente día para la infantería. Zaboronnyy llega a la parte trasera del colegio con un marine robusto, es Oleksiy y está aquí para decidir qué hacer conmigo.

“¿Quieres ver un misil de crucero ruso que aterrizó cerca?”, me pregunta y me lleva allí. Se sube en una camioneta recién entregada por el convoy de Zaboronnyy, y manejamos hasta un campo donde hay un cráter lleno de restos. Antes de la guerra, Oleksiy trabajaba en informática y su trabajo era solucionar problemas de red para clientes extranjeros. “De cierta manera, sigo solucionando problemas”, dice inexpresivo.

Me dice que Rusia está reuniendo fuerzas para una ofensiva y los marines quieren armas de largo alcance que puedan destruir la armadura de sus enemigos en zonas de concentración, antes de que los rusos se muevan. Cuando se entera de que estuve en un escuadrón antiblindaje en la Marina de los EE. UU., me pregunta si sé manejar el sistema de misil antitanque Javelin.

“¿Me puedes enseñar a usarlo?”, pregunta y yo me río, de seguro hay ucranianos con experiencia más reciente. “Solo quiero saber cómo usar uno, lo necesitamos”. ¿Los marines no han podido usar otras armas antitanque? Sí, me responde, pero no es suficiente, necesitan destruir tanques rusos antes de que estos se acerquen. La fábrica que hizo los misiles antitanque de Ucrania está cerca de Kiev, me explica, pero cerró. Enfrentar su armamento contra fuego directo o de menor alcance, como el NLAW (arma antitanque ligera de próxima generación), pone en riesgo la vida de los ucranianos; los rusos los superan en número y ellos no tienen vidas de sobra.

“¿Vamos al frente?”, me pregunta. “Y porque eres de Rolling Stone, conocerás a algunas estrellas”. No es una metáfora, tan pronto llegamos a la casa que sirve como puesto avanzado de combate, me presentan a dos estrellas de rock con el uniforme desgastado y la informalidad que solo poseen los marines que han estado en el campo demasiado tiempo.

Andrii Slieptsov, guitarrista principal de la banda Haydamaky, es un reservista de la marina ucraniana.
MAC WILLIAM BISHOP

Andrii Slieptsov y Oleg son músicos de una banda llamada Haydamaky, que está bien consolidada en Ucrania. Luego le pregunto a Oleg cómo describiría su música: “Bueno, la manera más sencilla de decirlo es auténtico rock cosaco”. Haydamaky toma su nombre de los campesinos insurgentes que se resistieron al control de los polacos, los rusos y la Iglesia católica romana, así como de la nobleza local, en el siglo XVIII. Slieptsov toca la guitarra principal y Oleg prefiere no ser identificado específicamente, pero ambos son reservistas de la marina. Cuando comenzó la invasión, de inmediato enviaron a sus familias a un lugar seguro y se unieron a su batallón en el campo. Han estado combatiendo por más de un mes.

Los marines me invitaron a su puesto fronterizo bajo la condición de no revelar detalles específicos operacionales o su locación exacta. Algunos –como Maslyak– estaban cómodos con compartir sus nombres completos e incluso sus caras en fotos. El resto no tanto.

Su unidad estaba involucrada en una salvaje guerra urbana incluso antes de ser redesplegada para contrarrestar a Rusia en el oriente. Sus pérdidas han sido lamentables, me dieron una cifra específica y es increíble. Hay señales de estrés traumático, pero la moral permanece alta. “Sentimos el apoyo de todo el país”, comenta Oleg. “Tenemos claro por qué estamos luchando, eso es lo más importante”.

En el puesto fronterizo, los marines utilizan Starlink, el servicio de Internet por satélite creado por Elon Musk. Zaboronnyy les entregó el equipo y lo tuvieron listo y funcionando en un par de horas. Cuando Musk anunció que proporcionaría Starlink gratis para Ucrania, se preguntaron si los rusos podrían usarlo para localizar a los ucranianos. Pero Oleksiy dice que los militares se encargaron de eso. “¿Nos puedes hacer un favor?”, preguntó Maslyak. “¿Le puedes decir a Elon Musk ‘gracias’ de parte de Ucrania?”.

“Hoy llamé a mi hijo por primera vez en mucho tiempo”, comenta Oleksiy con una sonrisa que se desvanece tan rápido como llegó. “Me dijo que no muriera. ¿Cómo se supone que responda a eso?”. Mientras que Oleg me ayuda a conectarme a Starlink, media docena de otros marines están sentados fumando, tomando té, durmiendo o limpiando sus rifles. Son francotiradores, su trabajo es explorar y cazar, pero todo el entrenamiento, habilidad y coraje del mundo no son suficientes contra un tanque, así que tienen que ser creativos.

Trabajan para atraer a los rusos a sus trampas, apuntando a los conductores de los vehículos en momentos de vulnerabilidad. Luego, los marines usan armas pesadas para destruir o desactivar los tanques. Poco antes de mi llegada al puesto fronterizo, un tanque ruso intentó forzar su entrada por un río cercano. Los marines esperaron a emboscarlo y desarmaron la unidad rusa, destruyendo o capturando más de la mitad de los vehículos enemigos. Un capitán de la marina me mostró videos de tanques ucranianos arrastrando varios BMP (vehículo de combate de infantería soviético) desde el campo de batalla, para luego arreglarlos y ponerlos al servicio de los marines. Efectivamente son piratas.

“Estos tipos se trajeron el uniforme de gala en los vehículos blindados”, dijo el capitán, riendo incrédulo mientras me mostraba las fotos. “Realmente pensaron que les íbamos a hacer un desfile”. Pero los pronósticos no están a favor de los marines. “Si estás jugando ajedrez, no importa si tu oponente es un idiota cuando tiene 200 peones más que tú”, explica Oleksiy.

Un marine ucraniano intenta recibir señal con su teléfono en un colegio abandonado, que ahora funciona como base.
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Los marines francotiradores son el personal más selecto de las fuerzas armadas ucranianas. Tienen muchísima presión, no solo por el numeroso enemigo, sino porque la guerra está en sus ciudades natales, sus familias y amigos están en medio de la batalla.

Olena es de Mariúpol, es tímida y pequeña, tiene 30 y tantos, y una coleta alta. También tiene una reputación temible como francotiradora. A pesar de que su unidad estaba sacrificando vidas para detener la oleada de vehículos blindados rusos que iban hacia Mariúpol, su hija intentaba huir de la ciudad y Olena no podía hacer nada para ayudarla. Su obligación estaba con su unidad.

Los marines usan tabletas baratas con un sistema operativo táctico y seguro, armado en semanas por programadores ucranianos. El objetivo era darles una mayor percepción sobre el campo de batalla, pero la tecnología de consumo tiene sus desventajas. Dejaron de usar drones DJI, porque un día, después de lanzar la primera excursión, los rusos le dieron al piloto con ocho proyectiles de mortero de 120mm, unos minutos después de que los drones despegaran; sus transmisiones habían sido interceptadas.

Los soldados utilizan cualquier prenda del uniforme o ropa táctica que puedan conseguir, con la mayoría usando una mezcolanza de diferentes patrones de camuflaje. Utilizan camionetas 4×4 para moverse, volviéndolas a pintar o tejiendo camuflaje en los portaequipajes. “Esta Chevy Tahoe es increíble”, dice Oleksiy, apoyando la mano en una camioneta de un modelo anterior a 2007. “Esta V8 nos ha salvado la vida dos veces”.

Los marines tienen una mala opinión de sus adversarios, Oleksiy me cuenta cómo un solo francotirador logró obligar a nueve vehículos blindados rusos a retirarse. Suena irreal, pero uno de los francotiradores asiente y dice: “Sí, fui yo. Les tienen pavor a los ucranianos”. Después me dicen que me siente, y me dan café, crepes rellenos de repollo y pastel, además de mostrarme el guiso que están preparando. La mesa del comedor está llena de latas de Red Bull, paquetes de cigarrillos, sobres de café instantáneo, un paquete de toallitas húmedas y un frasco de conserva de vidrio.

“Esta guerra no se puede pelear con rifles”, comenta Oleksiy y afirma que lo que Ucrania necesita son drones militares, aviones de combate y sistemas antiaéreos occidentales. Me explica con lujo de detalle las capacidades de una red integrada de defensa aérea cuando se usa un modelo específico del avión de combate estadounidense McDonnell Douglas F-15 Eagle. “Si nos dan 10 de esos, podremos destruir toda la fuerza aérea rusa”.

Un tirador decoró su rifle y su uniforme para el combate.
MAC WILLIAM BISHOP

Entonces le pregunto qué piensan los marines sobre el apoyo extranjero a su país. ¿Cerrará los cielos la OTAN sobre Ucrania?, se preguntan ellos y casi todo el país. Le contesto que sé lo mismo que ellos, que los líderes occidentales tienen miedo de cruzar una “zona de exclusión aérea” que pueda llevar a una guerra nuclear. Oleg asiente pensativo y Oleksiy se burla: “Bueno, igualmente hemos luchado contra Rusia durante ocho años sin la OTAN”.

Se hace tarde y es tiempo de partir, no es buena idea andar por la carretera en la oscuridad, donde el uso de las luces delanteras atraería al enemigo. Pero los marines necesitan ir a trabajar y los equipos de francotiradores se comienzan a alistar; irían a cazar rusos a la luz del crepúsculo.

Pero antes, Bohdan, Oleksiy y otro marine se toman fotos con una bandera que tiene el nuevo eslogan no oficial de Ucrania: “¡Que se vaya a la mierda el buque de guerra ruso!”. Este fue el desafiante mensaje que un grupo de guardias fronterizos en una pequeña isla en el Mar Negro durante los primeros días de la invasión trasmitió cuando la marina rusa les pidió que se rindieran. Las palabras ahora adornan vallas publicitarias, camisetas y carteles por todo el país.

Oleksiy me estrecha la mano y el hombro, y dice que algún día quiere tomarse una cerveza conmigo, cuando haya paz después de la victoria de Ucrania. “Estamos cansados”, me dice y luego se explica: “Estamos cansados de matar rusos”.

A pesar de toda la valentía y el éxito de los marines contra los rusos, el ejército ucraniano está sufriendo pérdidas terribles. Tras el fracaso del primer ataque, el Kremlin está dirigiendo su atención al oriente, con la intención de consolidar y expandir la franja del sureste ucraniano –un territorio de casi del tamaño de Suiza– que sus soldados se tomaron durante los primeros días de la invasión.

Decenas de miles de invasores con cientos de tanques y vehículos blindados, apoyados por artillería, misiles de largo alcance y fuerza aérea, continúan devastando ciudades y pueblos ucranianos, abusando de sus habitantes.

El convoy de Zaboronnyy cubre gran terreno a lo largo de 12 de las 24 provincias de Ucrania. En las ciudades y pueblos, en los cementerios que pasamos, cada camposanto tiene nuevas tumbas, en muchos casos con un funeral en curso, o personas en luto encendiendo velas que parecen flotar y parpadear como luciérnagas en la penumbra, a medida que pasamos a toda velocidad.

A diferencia de sus adversarios, los ucranianos hacen todo lo posible por traer de regreso a los soldados caídos a sus ciudades natales. En Krivói Rog, Martin me llevó a donde enterró a su amigo que fue asesinado por rusos en Mariúpol, el grandulón prendió un cigarrillo y lo dejó sobre la tumba, elevando una plegaria. Hay docenas de montículos de tierra frescos para los soldados que han caído en la invasión, cubiertos con guirnaldas y retratos de los muertos. 

Las personas que los entierran usan excavadoras en el parqueadero para hacer más espacio, quieren mantener a todos los soldados caídos juntos en un solo lugar, y no hay suficiente espacio para la cantidad de fallecidos. A medida que el convoy se dirige al occidente, tiene una parada más que hacer. En una morgue de Dnipró, entregan cajas de bolsas para cadáveres. En el parqueadero hay un sacerdote ortodoxo cantando una oración con tres personas de luto. Cuando abren la morgue, me doy cuenta por qué las personas están afuera: dentro hay docenas de muertos con sus cuerpos en camillas y los pies asomándose desde adentro.