agosto 8, 2022

Ermitaño

Una película colombiana sobre un hombre no quiere ceder la finca de sus padres para que el codicioso alcalde del pueblo instale una antena de internet

Arturo Loaiza Espitia 

/ Alejandro Aguilar, Kamilo Rojas, Sandra Serrato, Linda Baldrich, Ricardo Vesga, Alexander Laiseca

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de 70 milímetros films

Hace poco, el director costarricense Gustavo Fallas nos entregó una cinta triste y de hermosa factura llamada Río Sucio, en la que un ermitaño se hace cargo de su nieto. En un vuelco oscuro a la historia de Heidi, este ermitaño busca inculcarle al pequeño lo que es el odio, el resentimiento, el racismo y la masculinidad tóxica, con consecuencias desastrosas.

Ahora llega a las pantallas Ermitaño, una nueva película protagonizada por otro hombre solitario, huraño y machista que vive en el campo, pero esta vez procedente de Colombia. ¿Es esta película tan inquietante y hermosa como su contraparte de Costa Rica? La respuesta es un NO contundente. 

Ermitaño, la ópera prima dirigida y escrita por Arturo Loaiza Espitia, basada en hechos reales, parte de la base de La estrategia del caracol, uno de los grandes éxitos del cine colombiano, para contarnos una historia de enfrentamiento entre el pueblo (representado por el ermitaño) y el gobierno (representado por un alcalde ambicioso y corrupto).  Dicha dicotomía se desarrolla en el contexto de la vida en el campo (que defiende el ermitaño) y la invasión de lo urbano (simbolizada por una antena de internet).

El ermitaño en cuestión se llama Horacio (Alejandro Aguilar), un campesino que quedó huérfano desde niño y que sufre de una dolorosa enfermedad degenerativa que afecta la movilidad de sus manos.  Dos mujeres se encargan del cuidado del hombre huraño. Una de ellas es Amanda (Linda Baldrich), una joven que sufre de los abusos de su esposo. La otra es Stella (Sandra Serrato), la madre de Samuel (Kamilo Rojas), un niño que ve en Horacio un amigo y una figura paternal. A diferencia del ermitaño de la película de fallas, Horacio le enseña a Samuel los valores de la vida rural y no sobre odios y masculinidad tóxica, pese a que es un hombre machista y rencoroso.

El alcalde (Alexander Laiseca), quiere llevar internet al pueblo, aunque sus ambiciones no son del todo altruistas, ya que aspira convertirse en gobernador. Resulta que el mejor lugar para instalar la antena radioeléctrica está en el terreno de Horacio, y como era de esperarse, el ermitaño se rehúsa a las diversas propuestas del alcalde para que la antena se coloque en su propiedad.

Ermitaño nos recuerda a las escasas y precarias películas colombianas que se hacían en losaños sesenta, con actuaciones acartonadas, diálogos marcados, música intrusiva y factura irregular.

La estrategia de mostrarnos en blanco y negro la primera mitad de la película, para luego pasar a imágenes en color, es efectista y artificiosa y no ayuda mucho a que la historia llegue a cautivar. Tampoco ayuda que Horacio sea un personaje tremendamente antipático y tan machista como su antagonista, el siniestro alcalde. En algunos momentos, la cinta se siente como un episodio de la serie antológica La rosa de Guadalupe, pero sin milagros; o como un capítulo de Tu voz estéreo, pero sin una emisora.     

En una época en la que el cine colombiano ha demostrado estar a la par de las grandes producciones del cine mundial (La tierra y la sombra, El abrazo de la serpiente, Siembra y Monos son algunos ejemplos), esta película, más cercana al cine y a la televisión colombiana de antaño, llega a ser parte de un retroceso y no de una evolución.