septiembre 21, 2022

Emotivo y sofisticado, así fue el inicio de la gira de Fito Páez en Buenos Aires

El rosarino arrancó en el Movistar Arena el tour que celebra los treinta años de El amor después del amor, con una banda de lujo y Fabiana Cantilo como invitada

Por  HUMPHREY INZILLO

Fito Páez, en el concierto inaugural de la gira que celebra las tres décadas de su álbum más vendido.

Patricio Pidal (La Nación).

“¡Qué linda que es la música!”, dice Fito Páez. Faltan unos meses para que cumpla sesenta años y acaba de cantar las diez primeras canciones de un disco que hace treinta años no sólo le cambió la vida a una (o a varias) generaciones de argentinos y latinoamericanos. También cambió su propia vida. 

Las canciones que le faltan por cantar son dos: “Brillante sobre el mic” y “A rodar mi vida”. Podría cantarlas y ponerle punto final al concierto. Esas canciones por venir podrían ser los dos bises, porque hasta en eso es perfecto El amor después del amor. Ya pasó una hora del concierto y no es demasiado tarde para lágrimas. Porque cuando escuchamos, y cantamos “Hay recuerdos  que no voy a olvidar…” estamos escuchando o cantando más que una canción. Estamos escuchando, cantando y evocando los finales -abiertos o cerrados- de diversas fiestas (de egresados, de casamientos, de cumpleaños) que son los finales de los ciclos de nuestras vidas que Fito viene musicalizando desde que salió ese disco. Así que las sonrisas y las lágrimas se reproducen en el Arena Movistar en un efecto contagioso. Es el final de una sinfonía para cuarentones que vuelven a una etapa seminal de su educación sentimental. Se abrazan las parejas, bailan las chicas de ese grupito que (imaginemos) vieron a Fito por primera vez hace treinta años, cuando estaban en la escuela secundaria, y entendieron que la de esta noche (la de esta gira) era una cita de honor, con la música y con su propia historia. Y se abrazan, también, los padres con sus hijos. Porque para eso están los clásicos, esas canciones que te llegan al corazón y se quedan debajo de tu piel para toda la vida. Y después llega la explosión. “A rodar mi vida” provoca lo mismo que viene provocando en el público desde hace tres décadas: un canto de liberación, una incitación al revoleo de buzos y remeras y a gritar como si no hubiera un mañana.  

Ese podría haber sido, decíamos, el final. Las catorce canciones de un clásico revisitadas de principio a fin, en el orden en que fueron publicadas. Con un escenario concebido como una pantalla de Cinemascope, apaisado como las escenas de batallas de la Guerra del Paraguay que pintaba Francisco Solano Lopez, aprovechando el espacio en toda su dimensión. Al centro, el piano. Desde lo espacial y desde lo musical: Fito fue de las teclas al mic, esta vez no tocó la guitarra en ningún momento del show, compenetrado en su rol de crooner y, por momento, asumiendo el rol de director de la banda que funciona como una pequeña orquesta.

Fito, al piano, en una noche inolvidable. Foto: Patricio Pidal (La Nación).

Las pantallas del fondo jugaron con los colores planos y las siluetas de los músicos provocando un efecto visual contundente. De izquierda a derecha, mirando hacia el escenario: Diego Olivero (bajista con barba y polleras); Gastón Baremberg (batería, santafesino, un relojito); la ajustada línea de brasses (Manu Calvo, trombón; Ervin Stutz, trompeta y flugelhorn; Alejo von der Phalen, saxos); Fito (como un parteaguas); Mariela Vitale (Emme, con la impronta del R&B en su voz, y la versatilidad folclórica heredada de M.I.A.), Carlos Vandera (guitarra, coros y por lo que contó Páez uno de los inspiradores de este concierto), Juan Absatz (teclas y coros, Fito lo llena de elogios y tiene razón) y Juani Agüero (el guitar hero de la formación).  

Fito es el protagonista indiscutido, y por momentos transita el escenario de una punta a la otra como un flâneur de un andar cinematográfico. Después de la prueba de sonido del lunes, subió un video donde advertía que lo que se venía era fuerte. Lo avisaba: “Van a salir diferentes de cómo van a entrar”. Unas horas más tarde, la mañana misma del concierto, subió otro agradeciendo las tres nominaciones para el Grammy. Estaba escuchando una obra del bandoneonista Eduardo Rovira (1925-1980) interpretada por la orquesta de Osvaldo Pugliese (1905-1995). Un tráfico de información múltiple: el rescate de un compositor por fuera del cánon que funcionaba también como un guiño al músico que es emblema de Villa Crespo, el barrio donde el rosarino empezaría una seguidilla de ocho shows. Los ocho con entradas agotadas.

Esta noche es especial porque en el escenario está Fabi Cantilo, con un maquillaje que recuerda al de la portada de Only Love Can Sustain, el disco que Luis Alberto Spinetta editó en 1980, o al de una modelo ilustrada en un emblemático póster Pagsa. Fabi luce miniflada y medias de red, con unas botas blancas y con su voz y su carisma que tienen brillo propio, pero que en sintonía con las canciones de Fito -con estas canciones de Fito- se proyectan al infinito. Sube en la segunda canción (“Dos días en la vida”) y volverá luego para el cierre del set (“Brillante sobre el mic” y “A rodar la vida”).    

Pero esta noche también es especial porque pegada a la baranda, en la primera fila, está Cecila Roth, su pareja en tiempos de El amor después del amor. Y Fito está feliz por tenerlas, a Fabi y a ella, allí. “Les agradezco lo bella y hermosa que han hecho mi vida”, les dice. Y, un rato más tarde, les vuelve a agradecer, les regala flores y lanza el piropo: “Las dos grandes musas, del álbum y de mi vida”. 

Fito no deja de mostrarse emocionado y sorprendido por la ola que generó la noticia que anunció en una charla, hace unos meses, con Julio Leiva en Caja negra. Y explica que como le parecía aburrido tocar El amor después del amor tal cual había sido concebido, había decidido volver a grabarlo con invitados. Pero que estas versiones, que suenan en el Arena Movistar, no son las que irán al disco nuevo. Tampoco son las originales. Hay un tratamiento sofisticado, con arreglos que son respetuosos pero que tienen un brillo y un nivel de complejidad que le dan nuevos aires a esas canciones que ya son parte del aire, en especial por el trabajo en hi-fi de la sección de brasses.

Fito recuerda la vez que Caetano le cantó “Un vestido y una flor” a Cecilia Roth, mirándola a los ojos en San Pablo. “Me morí de celos”, confiesa Fito. Y se toma revancha. Se la canta, de nuevo, y aunque más de quince mil voces se suman a la del autor, la dimensión del estadio se reduce a un piano, a una mirada, a la perpetuidad de un amor que, como es sabido, no se ha perdido, sino que se ha transformado.  

El listado de colaboradores del disco original es imponente: Mercedes Sosa, Luis Alberto Spinetta, Charly García, Andrés Calamaro, Chango Farías Gómez, Osvaldo Fattoruso, Celeste Carballo, Claudia Puyó, Lucho González, Daniel Melingo, Ariel Rot, el cantaor gitano Antonio Carmona y el bajista colombiano Chucho Marchand. Ellos y Fabiana Cantilo, claro, que es la única que participa del show. Y de todo el listado, al único que menciona Fito es a Lucho González, cuando habla de los discos de Chabuca Granda que le hacía escuchar su papá en su casa de Rosario, y cuenta la emoción que significó para él convocar al guitarrista peruano para grabar “Detrás del muro de los lamentos”, justo antes de las palmas, y la atmósfera limeña que se apodera de Villa Crespo al  ritmo del 6×8. 

Después de repasar, en orden, El amor después del amor, hay un breve intervalo. Fito se cambia el traje blanco por uno verde y empieza un segundo set, con una tándem de canciones que conforman una especie de manifiesto: “El diablo en tu corazón” y “La casa desaparecida”. Después, en uno de los puntos más altos de la noche, “11 y 6”. Fito le pone el punto final a esa polaroid trasladándonos al momento de su composición: Corrientes y Montevideo, Buenos Aires, 1985. Una geolocalización emocional para una de las piezas más emblemáticas de un repertorio lleno de gemas. Fabiana Cantilo vuelve al escenario para sumar su voz a “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, y no sólo pone la voz: también pone el cuerpo, en un baile etéreo, en sincronía con Emme, mientras la canción se eleva, como si fuera un espiral emocional.

Cierran el segmento “Circo Beat” y “Ciudad de pobres corazones”, con una obertura épica y un desarrollo instrumental arriesgado, mientras las pantallas muestra imágenes aéreas de Buenos Aires tomadas desde un drone, con un filtro con la paleta en blanco y negro a lo Frank Miller, que termina en una imágen del skyline porteño. 

Hay tiempo para un cambio de vestuario. El estadio se une en un canto. “Y dale alegría a mi corazón”. Y Fito, vestido ahora con un traje rojo, sale para dirigir el coro. Y se emociona. Y nos emocionamos todos. Y después canta “Es solo una cuestión de actitud”. Y canta “Dar es dar”. Y cierra con “Mariposa technicolor”. Y presenta a la banda. Y nos deja una frase: “A vivir que son dos días y a acompañar al otro”, que en definitiva es lo que viene haciendo desde hace cuatro décadas. Vivir para cantarla, para acompañarnos, para sentirnos más felices y un poco menos solos. 

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