A estas alturas del camino hacia el Mundial 2026, ya no se trata de proyectar ni de construir. Se trata de sobrevivir. Mientras varias selecciones celebran su clasificación y empiezan a imaginar el torneo, otras llegan a un territorio más incierto, más incómodo, pero también más revelador: el repechaje internacional.
Bolivia, ausente de una Copa del Mundo desde 1994, se juega todo en una sola noche: enfrentará a Irak en Monterrey en el duelo definitivo del repechaje intercontinental, un partido sin margen donde el ganador avanzará al Grupo I junto a Francia, Senegal y Noruega en el Mundial 2026, que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá.
Si hay empate, el desenlace llegará en tiempos extra o, de ser necesario, desde el punto penal. En paralelo, la otra plaza se definirá en Guadalajara, donde Jamaica y República Democrática del Congo disputan el último cupo disponible en esta instancia final.
En paralelo, Europa también mantiene su propio pulso al límite con una serie de repechajes que completarán el mapa del Mundial: Bosnia y Herzegovina frente a Italia, Suecia ante Polonia, Kosovo contra Turquía y Chequia frente a Dinamarca. Cruces que, más allá del peso histórico de algunos nombres, se juegan bajo la misma lógica implacable: partidos donde no alcanza con el pasado y donde el boleto al Mundial depende, únicamente, de lo que ocurra en 90 minutos.
Al final, todo converge en el mismo punto: el Mundial también se define en estos últimos cruces, donde no hay margen de error y cada partido concentra años de proceso en 90 minutos. El repechaje, en cualquiera de sus versiones, expone esa dimensión más exigente del fútbol, donde la historia pesa, pero no decide. Antes de la Copa del Mundo, todo pasa por este filtro final.


