El asesinato de Lucas Villa, la consecuencia de un Estado indolente

Un video de carácter periodístico habría revelado que su muerte fue causa de un hecho predeterminado

Por  ROLLING STONE

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El jóven de 37 años fue asesinado en mayo mientras participaba de una protesta pacífica.

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En el marco de los hechos que transcurrieron durante el Paro Nacional, los cuales tuvieron inicio en abril de este año, fueron asesinadas más de 80 personas a manos de la Fuerza Pública y otros agentes que aún no han sido identificados. Dentro de las múltiples víctimas que dejó este periodo de violencia, se encuentra Lucas Villa, un joven que como muchos otros, protestó de forma pacífica por el bienestar de una nación accidentada y olvidada por su gobierno.

El cinco de mayo en medio de una noche fatídica, unos individuos que se transportaban en camioneta le dispararon a Lucas quitándole la vida. Varias cámaras capturaron el hecho, dejando a su paso una serie de preguntas sin responder, una familia destruída y un llamado de atención por parte del alcalde de Pereira, quien convocó a los ‘ciudadanos de bien’ para evitar el vandalismo. Quienes eligieron arriesgar su vida por manifestarse ante injusticias permanentes fueron catalogados con distintos estereotipos o pronombres peyorativos, identificándolos bajo ideologías de izquierda y asumiendo sus posturas políticas como raíz de conductas indebidas. No obstante, los lentes de los protestantes capturaron una imagen muy distinta, pues los videos revelaban que la causa de los hechos impetuosos era el terrorismo por parte de la Fuerza Pública.

Una pieza periodística recopilatoria, elaborada por el medio Cero Setenta,acotó que, de los abusos policiales también habrían incidido en el caso de Villa, lo cual fue negado por las autoridades, quienes señalaron que sospechaban de la participación de una organización criminal, La Cordillera. Estas declaraciones fueron seguidas de meses de silencio, incógnitas y poca cooperación por parte de las entidades encargadas de resolver este tipo de situaciones. ¿Acaso dicho grupo al margen de la ley habría hecho un seguimiento a Lucas? ¿Cómo había avanzado la investigación del caso?

Como de costumbre, las manifestaciones habían empezado temprano en la mañana, en medio de arengas, danza y muestras de arte. Lucas, un hombre cuyo interés en las humanidades lo llevó a participar de esta protesta, caminaba y cantaba acompañado de otros jóvenes. Con su potente, pero dulce, voz alentó a los marchantes con discursos, llenándolos de energía con su carisma y sonrisa fresca. Hacia las cuatro de la tarde, el parque Olaya de Pereira se convirtió en el santuario de quienes planeaban continuar con su propósito: llamar la atención para construir una Colombia mejor. Unas horas después sobre la avenida 30 de agosto, un individuo capturó un clip definitivo en el destino de Villa.

En él Lucas gritaba “nos están matando a todos en Colombia” como una forma de proclamar una problemática real y sin salida. Dicho video se difundió rápidamente en las redes, así como otro en donde saludaba amablemente a la policía antimotines. Su labor de pedagogía pesaba más que su posible resentimiento y rabia contra un gobierno indolente, por lo cual continuó su caminar hacia la noche. A las 7:12 pm se encontraba sobre el viaducto, aún acompañando con una actitud alegre y sumisa. Sin embargo, al caer las 7:31 pm, cuando caminaba en sentido sur de aquella vía, se escuchan ocho disparos, mientras su autor huye en una motocicleta. 

Como mecanismo de protección, los civiles deciden registrar absolutamente todo lo ocurrido durante la jornada de protestas con el fin de exponer la ola de violencia que permeó la marcha. “Están dando bala en el viaducto” gritaba un hombre desesperado mientras una ambulancia trataba de llegar a atender a Villa, el autor del clip repetía la hora, la ubicación y coordenadas, como parte de unos códigos claves para internet. Todo tipo de información servía. “Ya se están pasando” exclamaba una mujer en medio de sollozos mientras grababa el cuerpo inmovil del protestante. 

Los estigmas y desconocimiento sobre la labor que realizan los líderes sociales en el país indicó que, aquel joven que habría sido víctima de un delito organizado, coordinado y premeditado, era simplemente un marchante más, como si hoy en día la vida de quienes luchan por el futuro del país fuera una cifra indistinguible. Sin embargo, su trabajo como pieza clave para involucrarse con comunidades a través de su arte significa mucho más que un simple número. Como el sinfín de casos de muertes prematuras que se sumaron a este, el caer de la noche en Colombia se transformó en sinónimo de la víspera de lo desconocido, la oscuridad en medio de la alegría y la espera por lo escalofriante.

Así como los campesinos que una vez tuvieron que abandonar sus territorios por amenazas de grupos al márgen de la ley, formas de economías ilícitas y la disputa por zonas de siembra, los jóvenes hoy en día se alejan de las calles por miedo a quienes supuestamente están encargados de protegerlos. Portar un uniforme ya no es signo de valentía, ahora es señal para emprender la huída. Manifestarse públicamente ya no es un derecho constitucional, ahora es una invitación al señalamiento, el acoso y la posible muerte, porque ¿Cómo ir en contra de los discursos expedidos por quienes son parte del gobierno de turno?

La familia de Lucas no fue recibida con entendimiento y cooperación por parte de las entidades encargadas de llevar el caso, por lo contrario, los insultos colmaron sus canales de comunicación ocasionando que sus padres y pareja debieran abandonar el país. Ahora, sumado a su dolor, la familia debe ocuparse de continuar juntando evidencia para presentarla ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, quienes se encargarán de encontrar las pistas en medio de la incertidumbre. No solo es una pena que el sistema judicial colombiano haya decidido deliberadamente omitir todo lo relacionado a las coyunturas que dejó el Paro Nacional, sino que además es un indicio de cómo sigue funcionando la justicia en Colombia: la indolencia, el silencio e ignorancia continúan siendo los protagonistas ante el sufrimiento de otros. 

Lucas Villa fue víctima de la barbarie más compleja que acompaña la edificación de un país como este, una escrita bajo las premisas de lo insensible, insoluble y efímero. 

No es una sorpresa que lo punitivo solo aplique para casos aislados, no obstante sí es la antagonía del poder la que sigue significando una razón para recurrir a la vergüenza pública. La indolencia del gobierno no es ningúna incógnita para un territorio complicado como el de Colombia, pues las formas sociales que componen la cultura nacional son gestadas en medio de la oligarquía, el despotismo y la corrupción, ocasionando que la guerra sea, tal vez, la forma de dominio más inherente a su historia; pero aún resta preguntarse si lo que identifica realmente al país sea su habilidad para desconocer la condición humana en medio de  las ideologías acogidas por los partidos tradicionalistas y la contradicción de  una serie de ambigüedades dictadas por figuras públicas y autoras de los discursos sesgados.

Su rostro quedará inmortalizado como uno de los símbolos más importantes dentro de la protesta, el cual indica el deseo de una juventud por ver una cara más positiva de su país, una que no se identifique únicamente con la violencia.
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