Dos tragedias, una misma urgencia: repensar la seguridad en eventos musicales del futuro

Después de lo sucedido recientemente en México y República Dominicana, el futuro de los conciertos no puede imaginarse sin una conversación seria y urgente sobre la seguridad y las condiciones dignas de quienes los hacen posibles.

Por  PABLO MONROY

abril 10, 2024

ProtoplasmaKid

En un principio, este artículo —concebido en el marco de Future of Music, la plataforma de ROLLING STONE en Español dedicada a imaginar lo que viene en la industria musical— iba a ser una exploración sobre las posibilidades técnicas, creativas y sensoriales de los conciertos del mañana. Pretendía hablar de inteligencia artificial generando visuales en tiempo real, de experiencias inmersivas en realidad aumentada, de escenarios flotantes o sustentables, y de cómo los hologramas de íconos como Tupac o Michael Jackson abrieron una puerta hacia espectáculos que desafían los límites entre lo físico y lo digital.

Pero algo cambió. Y no fue un giro tecnológico, sino humano.

Dos tragedias recientes sacudieron el mundo de la música en vivo. Una ocurrió en México, otra en República Dominicana. Distintos contextos, distintos artistas, distintas ciudades, pero una herid compartida: la falta de garantías reales para que la música en vivo sea, por encima de todo, un espacio seguro. 

La primera, el 5 de abril, cobró la vida de dos personas, Berenice y Miguel, quienes realizaban su labor como fotógrafos en el festival AXE CEREMONIA cuando un incidente completamente evitable causado por una negligencia de la organización les arrebató la vida. 

La segunda, días después, cuando en República Dominicana colapsó la discoteca Jet Set cobrando la vida de Al menos 113 personas y dejando más de 255 heridas. 

Este artículo ya no puede ser solamente un ejercicio futurista. Porque antes de proyectar escenarios cada vez más espectaculares, necesitamos replantear las bases. El futuro de los conciertos no se construye con luces ni pantallas, sino con la certeza de que salir a ver a tu artista favorito no debería costarte la vida.

Hay algo casi sagrado en la experiencia de un concierto. Estar entre la multitud, ver de cerca a ese artista que has cantado en tu cuarto, sentir cómo cada beat retumba en el pecho, corear con extraños que por una noche se vuelven tus cómplices. Ese ritual no ha cambiado y probablemente no cambiará, sin importar cuántas innovaciones tecnológicas se sumen. Lo que sí debe transformarse —con urgencia— es todo lo que pasa detrás de ese ritual: las condiciones logísticas, las estructuras físicas, los protocolos de emergencia, la preparación de los recintos, el profesionalismo de los equipos técnicos y la empatía de los promotores, así como erradicar la corrupción en la producción y aprobación de estos eventos.

La seguridad en los eventos masivos no puede seguir viéndose como un complemento. No basta con revisiones de rutina en la entrada o con uno que otro elemento de seguridad visible. La seguridad tiene que pensarse desde el diseño del evento. Desde la cantidad y ubicación de salidas de emergencia, hasta la capacidad real del lugar, los materiales usados en los escenarios, las rutas de evacuación y la respuesta ante fenómenos naturales o fallas técnicas. Es urgente la creación de garantías y protocolos que nos aseguren que regresaremos a nuestros hogares. 

En ambos casos recientes la tragedia no fue un accidente inevitable. Fue el resultado de una cadena de omisiones. Y lo más duro es que muchas veces esas omisiones vienen de una lógica donde el negocio está por encima de las personas.

Por eso, si queremos hablar del futuro de los conciertos, tenemos que hablar de regulación. De estándares mínimos internacionales. De que los gobiernos no sólo exijan permisos, sino también auditen y hagan cumplir protocolos. Que los organizadores inviertan en seguridad no solo para evitar demandas, sino porque entienden el valor de cada vida en juego.

Tenemos que hablar también del poder del público. De nuestra voz colectiva. Porque el fan tiene una fuerza inmensa: llena estadios, mueve la economía de la música y define el éxito de un artista. Esa misma fuerza puede —y debe— usarse para exigir responsabilidad, para visibilizar fallas, para compartir información útil sobre condiciones inseguras.

La experiencia en vivo seguirá siendo una de las más potentes formas de conexión humana. Ninguna tecnología reemplaza lo que se siente estar ahí, con el corazón latiendo al ritmo de tu canción favorita. Pero esa experiencia no debe tener como telón de fondo la preocupación, el miedo o el riesgo.

En el futuro que imaginamos para la música, los escenarios pueden flotar, los visuales pueden envolvernos en universos paralelos y los artistas pueden aparecer en forma de hologramas. Pero lo esencial sigue siendo humano. Y lo humano es frágil, es valioso, es irremplazable.

Que estas tragedias nos duelan, sí. Pero, sobre todo, que nos despierten. Porque si el futuro de la música no es seguro, entonces no será.

¿Y ahora qué? Aquí algunas propuestas: 

Regulación estricta y auditorías constantes: Es fundamental que las autoridades locales y regionales no solo otorguen permisos para eventos masivos, sino que también realicen auditorías rigurosas antes, durante y después de cada show. Se deben establecer estándares internacionales mínimos que garanticen estructuras seguras, personal capacitado y planes de contingencia reales.

Capacitación obligatoria y certificación para organizadores: Promotores, técnicos, productores y responsables de logística deben pasar por procesos de capacitación continua en manejo de crisis, evacuación, primeros auxilios y gestión de multitudes. Una certificación oficial podría ser requerida para operar en la industria.

Transparencia y comunicación con el público: Que cada evento informe de manera clara (previa y durante) sobre rutas de evacuación, puntos de atención médica, capacidad del recinto y protocolos de seguridad. Esta información debe ser tan visible como el cartel de artistas.

Creación de un observatorio de seguridad en eventos masivos: Un organismo independiente (posiblemente en colaboración entre sociedad civil, gobiernos y la industria) que registre incidentes, publique reportes, emita alertas y genere recomendaciones para futuros eventos. Su rol debe ser preventivo y de presión pública.

Cláusulas de seguridad en contratos artísticos: Que los artistas —sobre todo aquellos con poder de convocatoria— incluyan en sus contratos cláusulas que obliguen a los organizadores a cumplir con condiciones mínimas de seguridad. La música también puede exigir desde el escenario.

Tecnología al servicio de la prevención: Usar herramientas de IA, sensores inteligentes, simuladores de evacuación y plataformas de monitoreo en tiempo real para prever riesgos y reaccionar con rapidez ante cualquier irregularidad.

Empoderamiento del público: Fomentar campañas para que los asistentes conozcan sus derechos, aprendan a identificar señales de alerta y usen su voz en redes sociales para visibilizar fallas. La comunidad fan puede convertirse también en una comunidad vigilante.

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