Don Draper Expuesto

De cómo los demonios interiores de Jon Hamm lograron convertirle en la estrella más candente de la televisión

Por  ROLLING STONE

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Mad Men

Cortesía

EXTRAÍDO DE RS120, MAYO 2013

A las 09:00 hrs. de cualquier jueves, Don Draper podría estar apenas comenzando a levantarse de la cama o quizá ya estaría en su oficina, con el pelo engomado y afeitado, portando una camisa blanca, o se estaría despertando en una mansión en Palm Springs o en la cama de alguna clienta, o habría sido abandonado como un cadáver en algún hotel de paso, el último giro en las cinco temporadas que han hecho de Mad Men una de las series más inteligentes, enriquecedoras y seductoras de la televisión actual.

Pero Jon Hamm no es Don Draper –no del todo–, la imagen que tenemos frente a nosotros no constituiría una de las peores: Hamm en la cima de una montaña, con todo Hollywood a sus pies, soltando frases como “no está mal”. El actor tiene demasiado arraigada esa modestia del Medio-Oeste como para permitirse aceptarlo, pero quizás en la actualidad no exista un mejor actor de televisión. A lo largo de las temporadas que ha dedicado a desempeñarse como el antihéroe alcohólico Don Draper, su cuidadosa manera de habitar y sumergirse en el papel le ha valido la admiración incluso de gente de la talla de Daniel Day-Lewis. Desde la época de Tony Soprano (para quien Weiner también escribió guiones) no se había visto un maridaje tan perfecto de actor y personaje. Hamm interpreta a un Draper de ojos de acero con un control tal (“Jamás ganaré un premio por sobreactuar”, dice) que resulta muy sencillo subestimarlo, tal y como el jurado para los Premios Emmy ha hecho durante cinco años consecutivos. “En este programa, Jon no es el más aventajado del elenco”, dice su amigo y co-protagonista John Slattery, mejor conocido como el jefe publicitario Roger Sterling. “No se trata de una figura del narcotráfico. No se la pasa destruyendo edificios. Y, sin embargo, lo veo hacer todas estas cosas sutiles y a la vez asombrosas. A la gente ni siquiera se le pasa por la cabeza que la mayor parte del tiempo él sólo está actuando”.

Pero he aquí la pregunta que todo mundo se hace: ¿Qué tanto de Draper es sólo Hamm haciendo lo que siempre hace? Según Hamm, casi nada. “Don es un personaje muy complicado y yo también soy un individuo muy complicado, pero más allá de este punto no tenemos nada en común”. Y tiene razón. Hamm es un cómico que ha sabido desempeñarse magníficamente en SNL, que desternilló a todo mundo de risa en Bridesmaid y que no falló una sola vez a lo largo de los episodios en los que encarnó al novio de Liz Lemon en 30 Rock. Jon Hamm adora su Budweiser, pero también a Wilco y Words With Friends. Pero quizás él tenga más de Draper de lo que le gusta admitir. “Matt basa sus guiones en lo que somos y hacemos cotidianamente”, dice Jones. “Y en Don hay mucho de Jon. Su encanto. Su vulnerabilidad. Sus errores. Le envuelve un halo de misterio; ¿de dónde ha salido este tipo? De pronto él ya es Don Draper, y una gran estrella. No hablaré por él, pero quizás sus pasados son similares”.

Christina Hendricks, quien interpreta a Joan Harris, la directora de la oficina que se ha convertido en su compañera, ha trabajado junto a Hamm desde hace más de siete años. Dado el itinerario de catorce horas diarias que el programa exige, es posible pasar más tiempo juntos que separados. Sin embargo, Hendricks asegura que conoce a Jon “en el trabajo. Pero en realidad no sé nada de él”.

Hay algo en el actor que exuda poder y provoca respeto. Matthew Weiner, el creador de Mad Men –y de Draper–, reconoce el funcionamiento de ciertas tendencias alfa harto similares entre el personaje y Hamm: “El silencio de Jon es muy poderoso. Y tiene temperamento, lo que es sorprendente, porque también puede ser un tipo encantador. La intensidad que le ha conferido al personaje es algo que nunca anticipé. Por ejemplo, yo no sabía que Don obtendría tanto placer doblegando a sus enemigos. Pero Jon nos ha brindado esto, oro puro. No sé si la inspiración proviene de las relaciones que mantiene en la vida real. Pero sé muy bien que cuando los personajes que él y Vinnie Kartheiser desempeñan se enfrascan en algo, Jon puede continuar el juego incluso fuera del campo de batalla”.

Hamm pasó 10 años sudando sangre en L.A. antes de recibir la oferta que finalmente lo catapultaría a la fama. Formó parte de un equipo para comidas especiales, sirvió bebidas en bares y durante un tiempo trabajó como decorador de sets en filmaciones de soft porn. Una agencia lo despidió cierta vez, luego de tres años sin trabajo. Asimismo interpretó a bomberos, soldados y policías apuestos. Pero de pronto llegó la oportunidad de ser Don Draper en Mad Men y, entonces, ese viajero de 36 años pudo transformarse finalmente en Jon Hamm.

“Creo que todo esto tiene que ver con los esfuerzos sobrehumanos que realizo todo el tiempo”, dice el actor. “No creo que ser metódico sirva de algo, así como tampoco sirve de nada hacerse el imbécil. No me gusta dejar las cosas pendientes. Porque me parece que si llegas a obtener la victoria, este triunfo podría ser auténtico, realmente legítimo- y si no ganas, entonces al menos puedes caer en la cuenta de que tienes que mejorar. Pero si te pasas la vida esquivando problemas, ¿qué carajos podrías aprender? Esa es justamente la excusa que menos me agrada: ‘En realidad no lo intenté’. Vete a la mierda. Claro que lo intentaste, pero perdiste”.

Podremos hallar algo muy Draper en Matthew Weiner. Para empezar, su compromiso esclavizador con lo secreto. En una época caracterizada por todas esas promociones que no logran otra cosa que echar a perder las expectativas, a Weiner le fascina preservar la ignorancia de su público. En parte, lo anterior se debe a que asimismo desea mantener el valor comercial de su programa ante la cadena que lo transmite. Pero, sobre todo, su objetivo no es otro que la diversión que el mundo del entretenimiento puede y debe proporcionar. “Detesta las filtraciones”, dice Elisabeth Moss, quien interpreta a la redactora de anuncios Peggy Olson. “Cierta vez, iTunes lanzó un episodio antes de tiempo y él estuvo al borde del suicidio”. Sin embargo, ella se apresura a aclarar que Weiner no posee un talante controlador. “Lo hace solamente porque su anhelo es que todo mundo disfrute debidamente del programa”. La actriz hace una pausa para reflexionar acerca de su frase. “Claro que esto en sí podría reflejar una actitud sumamente controladora…”.

Weiner asegura que existen consecuencias para cualquier actor que se atreva a filtrar los argumentos. “Ellos firmaron un contrato”, dice. “El peso de la ley es aplicable. Cierta vez discutimos al respecto, sin parar. A veces, los actores no regresan al set”.

Según la cronología de la serie, ahora nos encontramos a finales de los años sesenta, cuando el suelo bajo los pies del país comenzaba a ceder. La quinta temporada concluyó en el verano de 1967. En el horizonte ya vislumbramos: el Verano del Amor, la protestas antibélicas frente a la Casa Blanca, los disturbios raciales, My Lai, el asesinato de Martin Luther King Jr., el asesinato de Robert F. Kennedy y la Convención Democrática de 1968. En otras palabras, el resquebrajamiento de una nación.

Weiner puede notar un cierto paralelismo con el presente estado de cosas. “El momento actual se caracteriza por la bajísima auto-estima de nuestra cultura”, dice. “Existe una cierta manera de ver lo que somos- el país más poderoso del mundo, la tierra de las oportunidades y de la tolerancia- y sin embargo la revolución no cesa. Existe una inequidad dolorosa, una injusticia malsana. Comenzamos a dividirnos esquizofrénicamente: creemos que somos de cierta forma, pero cuando nos vemos en el espejo nos dan ganas de vomitar”.

Weiner señala que dicha desconexión constituirá el asunto que mantendrá ocupado a Don esta temporada. “Dick Whitman (el verdadero nombre de Draper) es un niño no deseado, maltratado, un cobarde, un oportunista y, en cierto plano, un criminal. Por otro lado, Don Draper es apuesto y exitoso, e incluso cuando trasluce una cierta debilidad, un auténtico tiburón. Así que, ¿qué hará este tipo cuando descubra que su ser interior es deficiente? ¿Podrías hacer algo al respecto? ¿O tan sólo te sentirías asqueado?”.

Uno de los aspectos más llamativos de Mad Men consiste en su manera de abordar nuestra cultura. Weiner, un fervoroso creyente en “la naturaleza cíclica del tiempo”, comenta que esto es totalmente intencional. “Siempre cometemos los mismos errores”, dice. “Por ejemplo, no es posible elegir un año entre 1960 y 1980 que no supure alguna clase de violencia relativa a las armas. A pesar de lo cual, nadie ha hecho absolutamente un carajo al respecto. Uno podría pensar que la violencia relacionada con armas habría sido afectada por el hecho de que un presidente recibió un impacto de bala en la cabeza. Podrías pensar que el hecho de que un Marino consiguiera un rifle para disparar contra cuarenta y cinco personas habría tenido el poder de cambiar las cosas. Pero nada de esto ocurrió”.

A final de cuentas, dice Weiner, “Vivimos actualmente en un estado de ansiedad. Y esta temporada incrementaremos los niveles de ansiedad”.

Existe una leyenda célebre –que para Hamm es apócrifa– acerca de cómo, luego de la primera prueba realizada por éste, Weiner declaró: “Este hombre no fue criado por sus padres”. Aparentemente esto hacía de él la persona más apropiada para interpretar a Draper el huérfano, cuya madre murió dando a luz y cuyo padre alcohólico feneció a causa de una patada propinada por un caballo. Es cierto, Hamm también perdió a sus padres cuando era joven: su madre murió de cáncer abdominal cuando él tenía diez años y su padre de diabetes una década más tarde. Hamm se sometió a terapia y durante un tiempo dependió de medicamentos antidepresivos, pero más allá de esto, pudo soportar sin mucho dolor la ruptura entre él y el estoicismo del Medio Oeste estadunidense.

Hamm suele comentar que la inspiración para Draper le viene en parte de su padre, un vendedor gregario y pequeño propietario que Hamm no conoció sino muchos años después, cuando el buen hombre ya había sido golpeado demasiadas veces por la vida. En cierto momento durante la Tercera Temporada, Draper maneja ebrio y arroja su copa vacía por la ventana, dejando que ésta choque contra el pavimento y se pulverice. Hamm dice, “Eso lo saqué de mi propia vida. Manejábamos de regreso a casa luego de celebrar mi onceavo cumpleaños, nos metíamos en nuestra subdivisión y él ya estaba acabado. Incluso en 1982 yo pensaba- vamos, amigo, no soy experto en leyes, pero eso que hiciste no puede estar bien”. Hamm dice que él hace comparaciones frecuentemente porque “se me da con excesiva facilidad”; pero asimismo comenta que lo hace a fin de desviar las conversaciones que podrían girar en torno a su propia vida.

Hamm puede introducirse en aquellos aspectos de Draper –específicamente esa seguridad externa mezclada con un silencioso autodesprecio– que parecen haber sido extraídos de las profundidades. Al respecto, nos concede unas cuantas ideas: “Ahí hay desesperación, y ésta se liga con el miedo a la muerte y el miedo a volverse irrelevante y perder todo aquello que ya tienes”, dice. “Draper intenta apañárselas a pesar de los cambios sísmicos en la cultura, intenta mantenerse de pie sobre la cresta de la ola, pero, en más de un sentido, está fracasando. ¿Qué pasará conmigo cuando nadie más se interese por mí como actor? Nadie puede rejuvenecer”.

Weiner está convencido de que la interpretación del personaje de Draper ha permitido que Hamm ventile ciertos problemas que quizás de otra manera jamás habría abordado. “Ninguno de nosotros sintió atracción por el negocio del espectáculo a causa de nuestra enorme sensación de seguridad”, dice Weiner. “La humildad de Jon no es una pose; más bien de debe a que, en el fondo, tal y como ocurre con cualquiera que realiza este trabajo, existen muchas dudas acerca de sí mismo y una gran cantidad de sucesos que le gustaría reescribir. El hecho de que pueda exorcizar sus demonios en esta ambiente tan ficticio es, a pesar de todo el dolor que implica, un regalo. La correlación entre Jon y Don Draper es total; pero, afortunadamente para todo mundo, ocurre sobre un escenario, con una red debajo, y nosotros podemos decir: ‘¡Corte!’, en cualquier momento”.

No nos sorprende que Hamm se muestre completamente en desacuerdo con este análisis. “Matt es sumamente intuitivo e inteligente, y su trabajo lo ha convertido en un observador de la naturaleza humana”, dice. “Pero la actuación no supone ninguna especie de terapia para mí. No constituye un profundo ejercicio psicológico. Jamás me pongo a pensar en mi madre muerta a fin de insuflarme tristeza. A menos que todo mundo haya visto algo que a para mí está vedado”. Ríe. “Pero, honestamente, no creo estar exorcizando demonios de la misma manera que Matt lo hace. Vamos, yo no escribo los guiones”.

En retrospectiva, la última temporada de Med Men supuso una especie de alegoría de la serie en sí. Conforme la agencia fue haciéndose más famosa, el trabajo se volvió un veneno que no hizo sino amenazar la vida de cada uno de los implicados. Al final de la temporada, Draper soltó algo contra los ejecutivos de Dow Chemicals, una frase demasiado cínica y vampírica, incluso para sus propios estándares. “Ustedes se sienten felices porque han alcanzado el éxito; por el momento. Pero, ¿qué es la felicidad? Sólo un momento antes de que comiences a necesitar otra clase de felicidad”.

“Jon pudo haber enloquecido con lo que le ha ocurrido”, dice Weiner. “Existe una cierta tristeza que va siempre de la mano del éxito, y este nos sirve para aderezar la serie. El éxito implica soledad. Tus esfuerzos han llegado a buen puerto, pero no sientes confianza. Por supuesto que Jon nunca hizo nada de lo que Don ha hecho. Pero te apuesto lo que sea a que sí ha llegado a sentir lo mismo”.

Hamm comenta que no le gusta que Draper le acompañe a casa. “Pero debo admitir que puede afectar tu mentalidad”, dice. “Recuerdo que cierta vez charlé con James Gandolfini acerca del fin de The Sopranos y de lo emocionalmente exhausto que se sentía. Resulta extenuante tener que encarnar un personaje tan terrible durante tanto tiempo”. Del mismo modo, tal y como ocurre con Gandolfini, Hamm sabe muy bien que en cuanto uno comienza a habitar un personaje tan icónico, una figura con cientos de resonancias en la psique colectiva norteamericana, este mismo papel se convierte en una segunda piel de la que es muy difícil desprenderse. “Por esta razón he abordado mi carrera como si fuese un constante alejamiento de la figura de Don Draper. El galán, el asesino de mujeres- todo esto ya lo hemos podido ver. Yo no tengo necesidad de ser un tipo así”.