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Disco de oro

La historia de Neil Bogart, una de las personas más arriesgadas y visionarias en la historia de la industria musical, es contada por su hijo y no debió haber sido así.

Timothy Scott Bogart 

/ Jeremy Jordan, Michelle Monahan, Lyndsy Fonseca, Jason Isaacs, Casey Likes, Wiz Khalifa, Taylor Parks

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cine Colombia

Antes de sucumbir al cáncer en 1982 a los treinta y nueve años de edad, Neil Bogart fue un cantante conocido como Neil Scott, quien le ganó un concurso a Elvis Presley con la canción Bobby a comienzos de los años sesenta. Luego se convirtió en productor y promotor para Cameo/Parkway, el hogar de Chubby Checker, Charlie Grace y Bobby Rydell. Cuando los sellos disqueros radicados en Filadelfia cerraron debido a un fraude financiero, Bogart se traslada a su nativa Nueva York para convertirse en ejecutivo del sello Buddah Records, donde impulsó las carreras de Gladys Knight, The Isley Brothers y Bill Withers, entre otros. No contento con su trabajo, funda en 1973 a Casablanca, el mítico sello que recluta a Kiss, Donna Summer, Village People y George Clinton, para convertirse en parte esencial del surgimiento de Glam Rock, el Funk y la música Disco en la década del setenta, así como fue parte fundamental del Bubblegum Music cuando trabajó con Cameo/Parkway y Buddah en los sesenta. 

Su historia, llena de ambición, así como de sexo, drogas y Rock and Roll, tenía muy pocas probabilidades de convertirse en una mala película. Pero contra todos los pronósticos, Disco de oro, más que ser una poderosa una mezcla entre El lobo de Wall Street, Air, ¡Eso que tú haces!, 54 y Letras explícitas, termina pareciéndose más a esos horribles biopics hechos para la televisión, que solo aquellos que amamos con pasión a la música (y a los artistas) llegamos a soportar. Me refiero a La historia de Falco, La historia de Def Leppard, La historia de New Edition, La historia de Jimi Hendrix, La historia de Michael Jackson, La historia de Whitney Houston… La lista es extensa, pero todos estos intentos de biografía tienen algo en común: son cursis, exagerados, mal actuados, se inclinan hacia los discursos de superación y se ciñen a la típica estructura narrativa de surgimiento, ascenso, caída y resurgimiento.

Disco de oro se ve y se siente como una película hecha para Hallmark o Lifetime (el score a cargo de Evan Bogart es tan horrible como el de esas cintas). La responsabilidad recae sobremanera en su director, Timothy Scott Bogart, hijo del empresario legendario y uno de los cuatro productores de la cinta que comparte su apellido (Disco de oro cuenta con más de 30 productores). La aproximación a la vida de su padre no carece de energía y corazón, pero su dirección es tan amateur, que todo se desploma de una manera rápida y estrepitosa como si se tratara del mismo Casablanca Records. 

Junto a la ineptitud como director del hijo del fallecido empresario, también se suma en sesgo con el que se asume su vida. El guion (también escrito por Scott Bogart), se inclina a enfatizar en el amor por su familia, la fidelidad hacia sus compañeros de trabajo y su gran amor por la música. Aunque es cierto que se tocan sus infidelidades (Bogart dejó a su esposa por la mánager de Kiss), su desaforada adicción a la cocaína y sus manejos financieros cuestionables, el espectador se queda con la sensación de que a Disco de oro le falta sinceridad y honestidad, aunque la verdad sea dicha, nuestro protagonista nos confiesa que es así. “Tal vez las cosas no sucedieron de ese modo”, dice Bogart cuando se nos cuenta como el empresario reclutó al grupo de música góspel de Edwin Hawkins.

Los actores aquí no están tan mal como sucede comúnmente los biopics televisivos. Jeremy Jordan (el actor de la serie Supergirl, no el ídolo Pop noventero) encarna a Neil Bogart como si se tratara de una obra musical de Broadway con mucho Razzle-Dazzle y rompimiento continuo de la cuarta pared, y no hay nada malo en ello. Su fiel y noble esposa Beth, inspiración de uno de los éxitos más grandes para Kiss, es interpretada por Michelle Monahan con belleza, carisma y humanidad. Y Lyndsy Fonseca brinda exactamente los mismo a su papel de Joyce Biawitz, la productora de televisión asociada con Bill Aucoin (Michael Ian Black), que termina siendo la mánager de Kiss y la nueva pareja sentimental de Bogart.

Con respecto a los actores que interpretan a los artistas que Bogart ayudó a catapultar, encontramos a Sebastián Maniscalo como el italiano Giorgio Moroder, quien produjo varios de los éxitos de Donna Summer, aquí encarnada por Tayla Parx. Jason Derulo hace una buena labor imitando a Ron Isley de los Isley Brothers, Casey Likes es el ambicioso Gene Simmons, Ledisi es Gladys Knight y el rapero Wiz Khalifa introduce a Bogart a la cocaína como el rey del Funk George Clinton. Lo decepcionante de este grupo no está en que no se utilizaron las voces de los artistas reales para las canciones ni tampoco con sus interpretaciones. Tiene que ver con que se desperdician en escenas tan cortas como superficiales y efímeras. Eso también recae en el grupo de colegas que rodearon a Bogart y que incluye a Cecil Holmes (Jay Pharoah) y Buck Reingold (Dan Fogler), igualmente desperdiciados. 

Muchas cosas interesantes y pertinentes se quedan por fuera de Disco de Oro (¿Dónde está I Feel Love, el sencillo de Donna y Giorgio que convirtió a la música electrónica en un fenómeno comercial? ¿Dónde están los cuatro álbumes grabados por separado por cada uno de los cuatro integrantes de Kiss? ¿Dónde están Cher, Lipps, Inc. y K.C.?) Pero más allá de sesgos, ineptitudes y edulcoramientos, lo cierto es que la vida de Bogart necesita de una película mejor. Es una lástima que Milos Forman, el director de las estupendas cintas biográficas Amadeus, Larry Flynt: El hombre del escándalo y El lunático haya fallecido. Forman hubiera sido el candidato ideal para una verdadero biopic sobre este osado visionario. Nada se pierde con soñar.