A estas alturas, los fans ven a David Byrne como algo más que un tipo peculiar de una querida banda de rock con un gran legado. Es un intelectual público que habla sin rodeos; un defensor de la mejora cívica y la cooperación multicultural; un poeta neurodiverso de la condición moderna; un artístico éminence grise con el pulso de múltiples corrientes culturales. En cierto modo, como demostró el proyecto multiformato American Utopia, es una especie de ministro aconfesional, con un sentido del humor disparatado, al que uno puede acudir en busca de orientación, esperanza, ánimo y palabras de sabiduría cuando las cosas se ponen complicadas.
Bueno, las cosas producen bastante miedo en estos momentos, y en su primer álbum de canciones originales desde antes de la pandemia, Byrne está… escribiendo comedia musical. “Conocí al Buda en una fiesta en el centro”, anuncia en la alegre canción del mismo nombre; “estaba junto a los pasteles y los canapés/Comiendo como si no hubiera un mañana/Con una sonrisa beatífica en todo el rostro”. Cuando el cantante expresa su preocupación, la deidad le da una lección: “He tenido que retirarme del negocio de la iluminación/No tengo las respuestas, y nunca las tuve/Creen que puedo ayudarlos, pero no soy tan inteligente /¡Así que toma, prueba un pedazo de esta tarta de arándanos azules!”.
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En ‘The Avant Garde’, el estudiante de arte convertido en cantante pop presenta una crisis estética sobre un ritmo entrecortado, rimando “Vi a una mujer con un leotardo” con “No estoy seguro de cómo me siento respecto al avant garde” y afirmando “no significa una mierda” en el coro. En ‘Moisturizing Thing’, sobre unos pícaros arreglos de cuerdas, su amada dice: “Oye, David, ponte esto en la piel/Dice que es antienvejecimiento y antioxidante/Adelante, pruébalo/Veamos qué pede hacer”. Y he aquí que transforma al cantante en un aparente niño pequeño. “Mi amor se despierta, observa y grita”, relata; “esa loción es mágica, parece que tengo tres años”.
El estilo narrativo no es ajeno a un erudito que lleva dos décadas creando musicales teatrales, incluso más si se cuentan las colaboraciones de los años ochenta con Twyla Tharpe (The Catherine Wheel) y el difunto Robert Wilson (Música para “The Knee Plays”). También, hay una conexión evidente aquí con el reciente proyecto interactivo de Byrne, Theater of the Mind, y una larga lista de canciones con juegos de rol que se remonta a ‘Psycho Killer’ y ‘Life During Wartime’.
Lo que hizo que esas canciones funcionaran, y estas también, es el sonido de la mente de Byrne reflexionando en ellas. Las memorias parecen destellar a través de Who Is The Sky? —cuyo título, según Byrne, proviene de un error de transcripción de voz de IA de la frase “Who’s this guy?” [¿Quién es este tipo?]. Las preocupaciones por envejecer, por la gente que te presiona por tus decisiones creativas o por la esperanza de encontrar palabras de sabiduría que descifren la locura del mundo parecen ser las preocupaciones que Byrne podría tener. Y, sinceramente, es refrescante y divertido escuchar a Byrne sonar francamente malicioso en ‘The Avant Garde’, ya que el tipo rara vez va más allá de la ironía mordaz (por no mencionar que tiene un currículum lleno de sus propias mea culpas).
También, hay evidentes recuerdos en las canciones de amor del álbum, teniendo en cuenta el inminente matrimonio de Byrne con la escritora y fundadora de un fondo de inversión Mala Gaonkar, una compañera erudita (Nota: vale la pena escuchar su playlist de cena de bodas). En ‘What is the Reason For It?’, Byrne reflexiona excesivamente del fenómeno del amor sobre abstractos sonidos de mariachis, con la encantadora ayuda de Hayley Williams, de Paramore, la última de sus compañeras de pop del siglo XXI —al igual que Robyn, Olivia Rodrigo y Annie Clark, de St. Vincent, una veterana colaboradora de Byrne que aparece aquí en ‘Ev’rybody Laughs’, el primer sencillo del LP y declaración de intenciones por defecto. ‘She Explains Things To Me’ es otra canción de amor, en cierto modo. Es el momento más conmovedor y vulnerable del disco, una expresión de gratitud, con una frustración ligeramente cómica, hacia alguien que amplía tu perspectiva, un mansplaining reimaginado como man-listening —un hombre escucha en lugar de ser el que instruye.
Musicalmente, Byrne recurre a estrategias pop modernas a través del productor de Harry Styles, Kid Harpoon. Pero, como es Byrne, también ha reclutado a la Ghost Train Orchestra, con sede en Nueva York, un conjunto de cámara conocido por sus interpretaciones del difunto compositor y músico callejero Moondog, y al baterista de jazz-rock Tom Skinner, de la banda paralela de Radiohead, The Smile. Si el enfoque de Byrne recuerda al de Colors, el giro pop de Beck en 2017 con Greg Kurstin, aquí el toque es más ligero, con las sorpresas rítmicas y melódicas multiculturales que siempre alegran el trabajo en solitario de Byrne.
El riesgo del humor en las canciones, por supuesto, es que los chistes se agotan. Pero reír es placentero e innegablemente terapéutico; puede que incluso sea una tendencia en la música pop (por ejemplo, los chistes salados de Laufey o las contribuciones del defensor de la risa Laraaji al nuevo álbum de Big Thief). En cualquier caso, Who Is The Sky? es una invitación irresistible, como la que Byrne ofreció en el emblemático tema de Talking Heads ‘Road to Nowhere’ —que, por cierto, ha sido interpretado maravillosamente por el expatriado brasileño Rogê en un próximo LP tributo a Heads—, para acompañarlo en lo que parece un largo viaje hacia quién sabe qué, cantando y riendo según se necesite.

