En Un poeta la gente es fea. No solo por fuera, sino por dentro. Y más feo aún es lo que una sociedad funcional, productiva y obsesionada con la idea convencional del éxito hace con quienes no encajan en su molde. La frase “la gente es fea” atraviesa la película como una consigna amarga, repetida no para provocar sino para establecer el terreno. En esta película no hay redención fácil, ni relatos edificantes, ni romanticismo de postal sobre la marginalidad. Hay cuerpos cansados, sueños marchitos y una sociedad que observa, juzga y pasa de largo.
El protagonista es un hombre que alguna vez fue joven, poeta y premiado, y que hoy sobrevive entre el alcohol, la frustración y la sensación de haber sido expulsado de la historia. Vive con su madre (Margarita Soto), pero exige que lo traten como a un hombre adulto; le pide dinero a su hija (Alisson Correa) para emborracharse en vez de ser un verdadero padre para ella; es una víctima fácil de las sanguijuelas y se aferra a una idea de un supuesto talento que el mundo ya no reconoce. Es arrogante, inmaduro, se queja del mundo sin verse a sí mismo y es difícil de querer. Simón Mesa Soto no lo suaviza ni lo disculpa. Al contrario, lo expone con una crudeza que obliga al espectador a atravesar el rechazo antes de llegar a una forma extraña de empatía.
Ubeimar Ríos, poeta y maestro, no actor profesional, compone un personaje devastador precisamente porque no actúa desde la caricatura. Su cuerpo encorvado, su manera de hablar, su torpeza social y su orgullo sin respaldo convierten al protagonista en una figura reconocible, alguien que todos hemos visto, evitado o despreciado. Un poeta se pregunta qué significa fracasar en un mundo que mide el valor únicamente en términos de productividad, visibilidad y éxito inmediato.
La película encuentra su eje cuando ese hombre descubre a Yurlady, una adolescente con un talento literario real, interpretada por la actriz natural Rebeca Andrade. Ella escribe bien, pero no idealiza la poesía: la concibe como un posible escape material. No busca belleza; busca salida. La relación entre ambos no es paternal ni redentora, sino tensa, desigual y ambigua. Él necesita creer que todavía puede formar a alguien; ella necesita usar lo que tiene para obtener dinero. En ese intercambio, la película despliega una de sus zonas más incómodas y honestas.
El retrato del ecosistema cultural es uno de los grandes aciertos del filme. Festivales, talleres y escuelas de poesía aparecen como espacios donde lo marginal se convierte en mercancía y donde la pobreza es celebrada siempre que sea presentable, rentable y políticamente correcta. La sátira es precisa y despiadada con sus blancos progresistas, mecenas europeos “bienintencionados” y gestores culturales que dicen “amar la diferencia”, pero solo si no les incomoda demasiado. En esa observación Mesa Soto deja al descubierto una violencia sofisticada, envuelta en aplausos.
Visualmente, Un poeta está rodada en 16 mm, una decisión que no es capricho nostálgico sino extensión del relato. La textura rugosa de la imagen acompaña el desgaste emocional del protagonista y le da al conjunto un aire de memoria sucia, de recuerdo mal conservado. La película se mueve con naturalidad entre el grotesco y lo melancólico, con ecos que van desde el cómic alternativo norteamericano (Robert Crumb, Daniel Clowes, Harvey Pekar) hasta cierta tradición del cine independiente (Jared Hess, Noah Baumbach, Terry Zwigoff) que entiende el humor como forma de tristeza organizada.
Hay algo profundamente triste y profundamente humano en la obstinación del protagonista por seguir creyendo en la belleza cuando todo parece desmentirla. No es un héroe, ni un mártir, ni un ejemplo. Es un hombre torpe, ridículo, contradictorio, que todavía se permite una pregunta esencial: ¿vale la pena seguir creyendo en algo cuando ya no hay recompensa?
Con Un poeta, Simón Mesa Soto confirma una voz singular dentro del cine latinoamericano contemporáneo. Lejos del costumbrismo complaciente o de la pornomisereia condescendiente, la película se instala en una zona incómoda pero fértil, donde la risa convive con la tristeza y donde el fracaso no se disfraza de virtud, pero tampoco se condena.
No sorprende que la película haya encontrado reconocimiento en Cannes, en un espacio históricamente atento a las obras que se atreven a mirar donde otros prefieren apartar la vista. Un poeta es eso: una comedia negrísima, lúcida y dolorosa, que se atreve a decir que incluso los que sobran, los que llegaron tarde, los que no encajan, todavía se merecen un poema.
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