Hablar de propaganda no es hablar solo de discursos grandilocuentes o de mensajes explícitos. Es, sobre todo, hablar de repetición, normalización y hábitos. Louis Althusser lo explicó con claridad al definir los aparatos ideológicos del Estado: instituciones como la escuela, la familia o los medios que no imponen la ideología por la fuerza, sino que la reproducen hasta que parece natural. La escuela, en particular, ocupa un lugar central en ese sistema, porque es allí donde se forman los sujetos que aprenderán no solo a obedecer, sino a creer.
En ese sentido, el adoctrinamiento infantil no necesita violencia visible. Funciona a través de rituales, símbolos, rutinas, himnos, consignas, uniformes y relatos históricos sesgados y simplificados. El niño no es obligado a pensar de una manera; aprende, poco a poco, que pensar de otra es impensable. Y cuando ese proceso se consolida, la ideología deja de percibirse como tal: se vuelve sentido común. Un don nadie contra Putin se instala exactamente en ese terreno.
El documental sigue a Pasha Talankin, un profesor y videógrafo escolar en una pequeña ciudad rusa, que comienza a registrar cómo el sistema educativo se transforma tras la invasión a Ucrania. Lo que al principio parece un ajuste curricular pronto revela algo más profundo. La escuela deja de ser un espacio de formación para convertirse en un engranaje de la maquinaria estatal.
La película no necesita exagerar. Su potencia está en observar cómo la propaganda se vuelve cotidiana. Niños repitiendo discursos patrióticos, ejercicios militares disfrazados de actividades escolares, profesores leyendo materiales oficiales sin convicción pero sin alternativa y otro leyendo con absoluta convicción. A excepción de ese profesor de historia, nadie parece completamente convencido, pero todos participan. Y es ahí donde el documental encuentra su núcleo más perturbador. La ideología no se sostiene porque todos crean en ella, sino porque nadie puede dejar de reproducirla.
Talankin, lejos de ser un héroe clásico, encarna la ambigüedad moral de quien observa y duda. Su cámara, inicialmente funcional al sistema, se convierte en una herramienta de oposición. Grabar se vuelve un acto político, aunque no haya consignas explícitas. Documentar ya es rebelarse.
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Hay momentos que resumen todo el dispositivo ideológico con una precisión devastadora. La progresiva militarización de los cuerpos y las mentes, el silencio de los estudiantes que antes hablaban libremente, la manera en que la guerra se filtra en conversaciones aparentemente triviales. No hay una gran escena que lo explique todo; hay una acumulación de gestos mínimos que terminan configurando un clima asfixiante.
Formalmente, el documental opta por la sobriedad. No hay artificios que distraigan. La imagen es directa, casi funcional, como si el propio lenguaje del filme replicara el origen de su material con grabaciones hechas para cumplir con una norma, que luego se vuelven evidencia. Esa austeridad es clave, porque evita convertir la denuncia en espectáculo.
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Lo más inquietante de Un don nadie contra Putin no es lo que muestra de Rusia, sino lo que sugiere sobre cualquier sociedad. La idea de Althusser resuena en cada plano. La ideología no se impone solo desde arriba, se reproduce desde abajo, en espacios aparentemente inocentes. La escuela, ese lugar asociado al aprendizaje, aparece aquí como el sitio donde se aprende algo mucho más profundo: cómo pertenecer, cómo obedecer y cómo no cuestionar.
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El Óscar que recibió no premia únicamente su calidad cinematográfica. Reconoce la importancia de un testimonio que revela, sin estridencias, cómo se construye una realidad. No a través del miedo visible, sino mediante la repetición constante de una verdad única. Y en ese proceso, lo más devastador no es lo que se pierde (la libertad, la crítica y la pluralidad), sino lo que se instala en su lugar. La sensación Orwelliana de que nunca hubo otra opción.


