Crítica: Sorda

Sorda es una obra profundamente lúcida sobre el aislamiento que puede crecer incluso dentro del amor más genuino.

Eva Libertad 

/ Miriam Garlo, Álvaro Cervantes, Elena Irureta, Pepe Galera

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cineplex

El cine ha representado la sordera con diversas estrategias. A veces como obstáculo, otras como metáfora de aislamiento, y en ocasiones como oportunidad de resiliencia. Children of a Lesser God (1986) introdujo a una generación al lenguaje de signos desde una óptica romántica y ligeramente edulcorada. La familia Bélier (2014) y su remake estadounidense CODA (2021), ganador del Óscar a la mejor Película,  optaron por el contraste generacional y el tono edulcorado, retratando a una hija oyente en una familia sorda como figura de “puente” y redención. Más cerca del hueso estuvo Sound Of Metal (2019), que convirtió la pérdida auditiva en una crisis existencial y espiritual desde la perspectiva de quien escucha y deja de hacerlo.

Frente a todos esos enfoques, algunos más desde la observación externa que desde la vivencia, Sorda, de Eva Libertad, no encarna la sordera y lo hace sin pedagogía ni ornamento. La sordera aquí no es una metáfora ni una discapacidad ejemplarizante. Es el modo en que el mundo se experimenta. Es textura, es ritmo, es lenguaje, y también es frontera.

La película sigue a Ángela, ceramista sorda, interpretada con una mezcla de vulnerabilidad y precisión por Miriam Garlo, actriz sorda en la vida real y hermana de la directora. Ángela vive con su esposo Héctor (Álvaro Cervantes), un campesino oyente que aprendió lengua de signos para comunicarse con ella. Al enterarse de que está embarazada, ambos celebran la noticia con entusiasmo discreto. Pero ese punto de partida, casi idílico, es también el inicio de una fisura. La llegada de su hija, Ona, trae consigo una pregunta latente: ¿Será sorda como ella? ¿O se abrirá entre madre e hija un abismo auditivo que el amor no alcanzará a cruzar?

La escena en la que se confirma que Ona oye perfectamente es demoledora por su sutileza. No hay gritos y no hay lágrimas, solo una expresión detenida, un cambio en el aire, como si el silencio se volviera de pronto más frío. Es en ese tipo de gestos donde la película revela su poder. No necesita dramatizar lo evidente, porque el dolor verdadero se manifiesta en lo pequeño, en lo que no se dice ni se firma.

A medida que la niña crece, Héctor, que sigue siendo un padre cariñoso, comienza a comunicarse con Ona sin signos, como si el idioma que lo unía a su pareja fuera innecesario en su vínculo con su hija. Y ahí, sin quererlo, comete la traición fundamental: convierte a Ángela en una observadora muda de la vida doméstica. No hay violencia explícita. Hay olvido, desplazamiento y exclusión blanda. Un tipo de micro agresión que no nace del rechazo, sino de la naturalización de la diferencia como déficit.

Sorda entiende que la maternidad es una experiencia llena de capas, y que en personas no normativas, como Ángela, la maternidad puede sentirse como una segunda lengua mal aprendida o una traducción constante. Hay momentos de ternura, pero también de ansiedad, frustración y de sentir que el mundo (incluso dentro del propio hogar) habla un idioma al que no se tiene acceso pleno.

Eva Libertad dirige con contención, con una cámara que se acerca sin invadir, que escucha con los ojos. No hay golpes de efecto ni música manipuladora. La banda sonora, de hecho, desaparece en momentos clave para colocarnos directamente en la percepción sonora de Ángela (una mezcla de silencio denso, zumbidos metálicos e interferencias sutiles). En una escena clave, los audífonos que intenta usar la protagonista convierten el mundo en una distorsión insoportable, revelando que a veces “escuchar” puede ser más violento que el silencio.

Los actores secundarios completan este tejido con una verdad cruda. Cervantes, como Héctor, ofrece una interpretación llena de humanidad fallida. Él la ama, pero no la entiende. Elena Irureta, como Elvira, la madre oyente de Ángela, encarna el paternalismo bienintencionado que termina siendo igual de hiriente que la negación abierta. Una línea suya (“quizás están mejor sin hijos”) marca el tono del conflicto sin necesidad de subrayarlo.

A diferencia de otros filmes sobre la sordera que buscan emocionar o inspirar, Sorda no quiere levantar aplausos ni hacer campañas de concienciación. Quiere mostrar la distancia que puede crecer dentro del amor. Quiere filmar lo que sucede cuando la lengua que une a una pareja deja de hablarse. Cuando la maternidad se vuelve un espejo roto. Cuando lo diferente, incluso amado, es dejado fuera del cuadro.

Lo político de esta película no está en el discurso, sino en el gesto de poner el cuerpo sordo en primer plano, sin intermediarios, actores imitadores y sin necesidad de subtitular la experiencia. Es un cine que escucha desde el silencio. Que no tiene miedo de habitar lo incomunicable. Y eso la convierte en una de las películas más honestas del año.

Tráiler:

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