Hollywood ha construido por años relatos románticos de redescubrimiento en escenarios europeos, casi siempre con mujeres en el centro. Piensen en Roman Holiday, Summertime, French Kiss, Only You, Forget Paris, Under A Tuscan Sun, Letters To Juliet o Eat Pray Love, por nombrar algunas. Solo Mio invierte ese punto de partida y coloca a un hombre en ese lugar. Matt Taylor, un profesor de primaria, abandona el altar con una vida que se desarma en cuestión de minutos y un itinerario de luna de miel que ya no tiene sentido.
La decisión de llevar a cabo la luna de miel en solitario solo no surge como impulso liberador. Llega porque todo está pagado, no hay alternativa inmediata y no hacerlo implicaría enfrentar algo que la película prefiere dejar en un segundo plano. El guion pasa rápido por la ruptura y entra de lleno en el viaje, sacrificando el peso emocional que debería sostener lo que viene después. Ahí aparece el primer problema. El desamor existe más como punto de partida que como experiencia. Matt carga con él, pero la película no se detiene lo suficiente para que se sienta. El recorrido por Italia con su bicicletas, botes, motos, cenas y excursiones, ocupa el espacio que debería pertenecer al conflicto.
Kevin James, un actor que a menudo es desperdiciado en comedias ridículas (Paul Blart, Zookeper, Here Comes The Boom), encuentra un tono que funciona dentro de ese vacío. Su personaje se mueve con torpeza en un entorno diseñado para parejas. Hay momentos donde esa soledad genera situaciones cercanas al absurdo, pero también pequeñas pausas donde aparece algo más honesto. Cuando la cámara se queda con él, a la película le va mejor.
El entorno que lo rodea, en cambio, se construye con personajes que entran para cumplir funciones claras y se quedan en eso. Los otros recién casados que incluyen a Meghan (Alyson Hannigan) y Julian (Kim Coates), una pareja que ha contraído matrimonio tres veces; y la terapeuta Donna (Julee Cerda) que se casó con su paciente Neil (Jonathan Roumie), funcionan como ruido constante con sus consejos, bromas e intervenciones que no modifican realmente el recorrido de Matt. La sensación es de acompañamiento impuesto más que de interacción real.
La relación con Gia (una mágica Nicole Grimaudo), intenta reorganizar la historia. Ella introduce una energía distinta, más abierta y directa, y el guion la utiliza como punto de giro hacia una nueva posibilidad afectiva. La idea es clara y hace parte de los cánones del género. Y es que alguien debe empujar al protagonista a salir de su propio encierro emocional. El desarrollo, en cambio, se siente apurado. La conexión entre ambos no alcanza a construirse con suficiente tiempo con escenas que la sostengan. Funciona como concepto, pero no como un vínculo orgánico.
Italia se convierte en un elemento constante con sus calles, cafés, paisajes y recorridos turísticos que aportan una superficie atractiva que la película explota con insistencia. Esa presencia, que incluye al cantante Andrea Boccelli, ayuda a mantener el ritmo visual, pero también termina sustituyendo lo que falta en la historia.
La dirección a cargo de los hermanos Charles y Daniel Kinnane y el guion escrito por los otros hermanos Kinnane, Patrick y John, junto a Kevin James (Pete, el quinto hermano Kinnane, se encarga de la edición), intenta equilibrar varias líneas sobre el duelo, el nuevo romance y las dinámicas de las otras parejas. Pero ninguna termina de desarrollarse con profundidad. Las situaciones se suceden con rapidez, el conflicto se diluye y el cierre llega sin que el recorrido haya dejado un cambio claro.
Solo Mio encuentra momentos donde su idea inicial aparece con fuerza con ese un hombre fuera de lugar, atravesando un espacio que ya no puede compartir con la mujer que ama. Pero la película se desplaza hacia terrenos más conocidos y pierde ese sabor agridulce inicial. Queda una comedia romántica ligera, sostenida por el carisma de su protagonista y por un entorno que siempre luce bien, aunque la historia no logre acompañarlo con la misma consistencia.


