Crítica: Rosario

Un debut visualmente potente que enreda su maldición familiar en fórmulas de terror ya vistas

Felipe Vargas 

/ Emeraude Toubia, José Zúñiga, Constanza Gutierrez, David Dastmalchian, Paul Ben-Victor

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía

En Rosario, debut del director Felipe Vargas, el terror arranca en un espacio tan pequeño como cargado de historia: un apartamento neoyorquino viejo, con paredes que parecen absorber décadas de tensiones familiares y secretos espirituales. Allí, una nieta convertida en exitosa corredora de bolsa queda atrapada con el cadáver de su abuela, una practicante de Palo cuyo legado sobrenatural no entiende… y que no puede seguir ignorando.

El prólogo, ambientado en 1999, establece las piezas: una niña en su primera comunión, una madre enferma, un padre que sueña con un futuro mejor y una abuela que no encaja en el catolicismo familiar. El salto al presente revela a Rosario (ahora “Rose”) como una mujer que ha cambiado su nombre y su vida para encajar en el sueño americano, pero cuyo regreso a casa despierta presencias tan físicas como simbólicas.

Vargas maneja con acierto la tensión del encierro y saca provecho de la suciedad visual del escenario: pasillos estrechos, habitaciones cargadas de objetos y un clima de humedad que se siente en la piel. El punto más alto es el trabajo práctico con la criatura Kobayende, una pieza viscosa y orgánica que evoca el horror físico y claustrofóbico de Sam Raimi y que en pantalla transmite repulsión y peligro real. David Dastmalchian y Paul Ben-Victor aportan toques incómodos, uno como vecino excéntrico, otro como conserje, aunque su personaje se queda en la periferia del relato.

El problema es que la historia no alcanza el mismo filo que sus imágenes. La trama avanza por rutas predecibles del subgénero de posesiones: ruidos extraños, visiones, progresión física del acoso sobrenatural y un clímax de enfrentamiento. El Palo, que podría ser el corazón cultural y narrativo del filme, queda reducido a decoración mística: hay referencias y símbolos, pero sin la profundidad necesaria para anclar la amenaza en una mitología rica y diferenciada.

Tampoco ayuda que Rose (Emeraude Toubia), sea tratada con guantes de seda. Su desconexión de las raíces familiares, y la elección consciente de priorizar el éxito económico sobre sus lazos culturales, podrían haber sido el verdadero centro de una historia sobre identidad y pérdida. Sin embargo, la película nunca la obliga a confrontar ese vacío de forma incómoda, y la catarsis final se siente más funcional que transformadora.

Rosario es un debut visualmente seguro, con destellos de energía y un monstruo memorable, pero atrapado en un molde demasiado familiar. Vargas demuestra pulso para el espacio y para el horror físico; falta ver si en su próximo trabajo se atreverá a dejar que la historia sea tan arriesgada como su imaginería.

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