Romería, la nueva película de Carla Simón, toma su nombre de esas peregrinaciones populares que combinan religión, fiesta y memoria colectiva. Pero en lugar de ir hacia una imagen sagrada, la Marina de esta historia camina hacia una verdad incómoda: la de su padre muerto por SIDA, la de su familia paterna que la borró del relato oficial, y la de una identidad que no puede seguir en el limbo. La romería aquí no es devota ni alegre. Es solitaria, áspera, necesaria.
Corre el año 2004. Marina, de 18 años, llega con una cámara digital a Vigo, ciudad costera y acomodada del norte de España. Su objetivo inicial es práctico: conseguir los papeles que certifiquen legalmente que es hija de Alfonso (Fon), fallecido años atrás. Esa documentación podría darle acceso a una beca para estudiar cine. Pero lo que comienza como un trámite se convierte en un ajuste de cuentas con una familia que la ha mantenido al margen desde siempre.
El punto de partida recuerda a Verano 1993, la ópera prima de Simón, donde una niña enfrentaba el vacío tras la muerte de sus padres, también víctimas del VIH. Pero si en esa primera película la perspectiva era la de la infancia callada, aquí la hija creció. Marina ya no acepta silencios, ni ambigüedades. Es una heredera incómoda que viene a reclamar un sitio en una genealogía que la rechaza. Como Frida, busca sentido; pero, a diferencia de ella, está dispuesta a enfrentar la incomodidad del conflicto.
También hay una conexión con Alcarràs, donde una familia rural perdía su tierra a manos de intereses externos. La diferencia es que ahora la amenaza viene desde dentro. No es el Estado, ni las empresas, sino los propios parientes quienes ejercen el desarraigo. En ambos casos, Carla Simón habla de lo que se rompe cuando el linaje ya no quiere sostener a los suyos. Romería es la continuación natural de ese mapa emocional. Menos coral, más introspectiva, pero igual de precisa en su diagnóstico del abandono.
Llúcia García interpreta a Marina con una contención radical, alejada del dramatismo fácil. Su Marina escucha más de lo que habla, pero su mirada graba, acumula y aguanta. Tiene algo de espía, algo de testigo y algo de fiscal. Y sobre todo, tiene dignidad. No es una víctima pasiva, pero tampoco una heroína moralista. Solo quiere saber. Solo quiere estar.
Los actores que encarnan a los familiares (Mitch Robles como Nuno el primo, Anna Lizaran como la abuela, Francesc Orella como el abuelo, María Vázquez, Tristán Ulloa y Alberto García como los tíos Lois y Iago; y Miryam Gallego y Sara Casasnovas como las tías Olalla y Virxinia) construyen un ecosistema donde la cortesía esconde tensión. Reciben a Marina con cierta hospitalidad, pero apenas rasca la superficie y emerge el miedo, el desprecio, el prejuicio. La abuela, fría y distante, incluso duda de que se parezca a su madre. El abuelo le entrega una suma desproporcionada de dinero como forma de comprar su desaparición. Los tíos no saben cómo ubicarla. Está demasiado cerca para ignorarla y demasiado incómoda para aceptarla. Son personajes que no necesitan gritar para ser crueles. Su violencia es sutil, estructural, sofisticada, a veces sin intención, pero profundamente humana.
La puesta en escena apuesta por la naturalidad. Simón filma como si la cámara fuera otro personaje, desplazándose entre conversaciones, gestos, silencios, sin forzar el ritmo. Hay momentos en Super 8, fragmentos del diario de la madre en voz en off, alucinaciones que irrumpen como memoria sensorial. Todo eso construye una textura fragmentada que se parece mucho a cómo recordamos de manera parcial, alterada y subjetiva.
En el centro del conflicto está el cuerpo y el legado de Fon, el padre ausente. Adicto en su juventud, enfermo y marginado. Su familia decidió salvar el apellido expulsándolo simbólicamente borrándolo de papeles, de fotos y del relato. Y sobre él, proyectaron una versión cómoda en la que su pareja (la madre de Marina) era la responsable de todo. De ese mito nace la orfandad doble de Marina. No solo perdió a sus padres, también perdió el derecho a decir “yo soy de aquí”.
En ese sentido, la película dialoga con el cine moral de Éric Rohmer, especialmente con Pauline en la playa. No solo por su estilo visual, sino por la forma en que los personajes se revelan en lo que dicen y en lo que callan. Como en Rohmer, las palabras son un campo minado que construyen máscaras, evaden la verdad y marcan jerarquías. Marina escucha, como Pauline. Espera. Aprende. Pero a diferencia de Rohmer, Simón no deja que el conflicto quede suspendido en una reflexión. Aquí, lo ético tiene consecuencias. Hay tensión. Hay rechazo. Hay un legado roto que debe ser confrontado.
Lo más potente de Romería es que no ofrece consuelo. Nadie pide perdón. Nadie cambia. Pero la película no es derrotista. Hay algo profundamente reparador en la decisión de Marina de filmar, de no desaparecer, de dejar constancia. La cámara es su herramienta, su escudo y su forma de existir. En una familia donde su nombre no aparece en los documentos, Marina crea su propio archivo.
Carla Simón ha creado aquí su obra más poderosa. No más íntima, porque ya lo era desde Verano 1993, pero sí la más incisiva. Una película que va directo al centro del conflicto. ¿Quién tiene derecho a formar parte de una historia?, ¿quién decide qué se recuerda y qué se entierra?, ¿qué se hereda cuando lo único que te dejaron fue el silencio?
Romería es una respuesta a esas preguntas. No desde la teoría, sino desde un cine hermoso. Mirando de frente, sin adornos y sin redención. Una película que no solo se ve. Se acoge.
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