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Crítica: Priscilla

La directora de Perdidos en Tokio y María Antonieta nos cuenta cómo los dulces cuentos de hadas terminan de manera amarga en la realidad.

Sofia Coppola 

/ Cailee Spaeny, Jacob Elordi

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de MUBI

Michelangelo Antonioni fue un director que obtuvo su primera oportunidad para trabajar dentro del movimiento neorrealista, pero que llegó a dominar al cine italiano en los años 60, distanciándose del movimiento para conformar su propia identidad cinematográfica. En sus obras Antonioni expresó un estilo minimalista, descrito por algunos como de “ausencia estructurada” y una preocupación por el vacío existencial y la banalidad de la clase alta. 

Curiosamente, Sofia Coppola, la hija del director de El padrino (The Godfather) (1972) ha evidenciado estar más cerca del cine de Antonioni que del trabajo de su prestigioso e influyente padre. Sin embargo, ella no es una mera imitadora, ya que su estilo e intereses son tremendamente personales y particulares. Sofia no es su padre, como tampoco es Antonioni. Ella es ella.

Desde el cortometraje Lick The Star (1998), Sofia Coppola ha mostrado un gran interés por los personajes femeninos, a menudo adolescentes, los cuales se caracterizan por ser emocionalmente cerrados e introvertidos y quienes se encuentran en una especie de limbo en sus vidas, atrapados en situaciones donde el despertar sexual, la soledad, la frustración, la banalidad, la incomunicación y, por supuesto, el vacío existencial, están siempre presentes e interconectados. Dichos personajes son las protagonistas de unas cintas que constituyen una filmografía exquisita en donde lo visual predomina sobre los diálogos y las personas predominan sobre la historia.   

Priscilla, el nuevo trabajo de Coppola, no se aleja para nada de los intereses de esta verdadera autora. Basada fielmente en Elvis y yo (las memorias publicadas en 1985 por Priscilla Presley), esta cinta, a diferencia de la película hecha para la televisión en 1988, es una apropiación de una historia real que se acopla a unos intereses y perspectivas propios, como sucedió con Elvis (2022), ese fantástico biopic realizado por Baz Luhrmann, otro gran autor que, al igual que Coppola, se rehúsa a hacer un cine frío e impersonal, pese a las presiones de la industria.

A diferencia de la tragedia surrealista de Luhrmann, la cinta de Coppola gira en torno a Priscilla (bellamente interpretada por Cailee Spaeney), quien conoció a Elvis en 1959 cuando este se encontraba reclutado en Alemania. Priscilla tenía tan solo 14 años y era la hija de otro oficial, mientras que Elvis tenía 24 años y ya era toda una estrella. Tanto el libro como la película nos muestran a un Elvis caballeroso y encantador a la hora de cortejar (encarnado aquí por Jacob Elordi, en una magnífica interpretación que rivaliza con la de Austin Butler). 

Al principio, todo se parecía a un cuento de hadas. Elvis era como un príncipe azul que deja a Blanca Nieves perdidamente enamorada. Él se niega rotundamente tener sexo con ella a pesar de las solicitudes por parte de la joven. Él le dice a la estudiante de noveno grado que está solo en la cima y que necesita a una chica con quien hablar y más ahora, porque su madre acababa de fallecer (con todas las implicaciones freudianas del caso). Ella solo quiere estar y complacer al amor de su vida, mientras que él quiere ser más que el rey del Rock & Roll y convertirse en un actor respetado. Ambos cumplen con sus sueños, pero ella no llega a vivir feliz para siempre y él nunca logra equipararse a sus ídolos Humphrey Bogart y Marlon Brando, debido a una carrera cinematográfica mal encaminada por el coronel Parker (quien aquí está ausente, como también la música de Elvis). El cuento de hadas comienza a derrumbarse gradualmente.

La fotografía onírica de Philipe Le Sourd (quien colaboró con Coppola en El seductor) y la editora Sarah Flack (colaboradora constante de Coppola desde Perdidos en Tokio), ayudan a confeccionar ese universo de superficies hermosas que ocultan tristeza, maltrato, opresión y machismo. Quienes duden sobre la veracidad de los hechos, deberán revisar el libro para constatar. En él, Priscilla cuenta que durmió dos días seguidos luego que Elvis, adicto a las pastillas, le administrara un somnífero. Elvis le prohibía a Priscilla usar ciertos vestidos y le decía cómo debía usar su maquillaje, como si se tratara de una muñequita Barbie. Ambos consumieron LSD cuando Elvis estaba leyendo libros de religión y filosofía para encontrar un estado elevado de consciencia, que luego quemaría en su jardín de Graceland por consejo del coronel. En un ataque de ira, Elvis le arrojó una silla a su esposa y además le prohibió rotundamente que trabajara, ya que ella debía estar en el hogar (el infierno se desataba si ella no contestaba sus llamadas esporádicas a cualquier hora del día o de la noche). Todo esto está registrado tanto en el libro como en la película. La imagen del rey no queda muy bien parada en la cinta de Coppola. 

Durante 90 minutos (otra constante de Coppola es la brevedad de sus películas), vamos a ver cómo el rey se convierte en el prisionero de su propio reino y cómo la reina, quien al principio había idealizado al caballero, intenta liberarse de la prisión. En sus memorias, Priscilla Beaulieu Presley confesó que siempre mantuvo un profundo amor por su esposo, una persona excepcionalmente complicada y sumamente impredecible. Sofia Coppola logra retratar ese amor de una manera delicada y profunda, sin recurrir a monólogos innecesarios o melodramas recalcitrantes, dejando así que los espectadores lleguen a sus propias conclusiones.