Crítica: Noise: Sonidos del más allá (Noijeu)

Noise: Sonidos del más allá es un thriller sonoro que convierte el trauma en frecuencia, pero se pierde entre sus propios ecos.

Kim Soo-jin 

/ Lee Sun-bin, Kim Min-seok, Han Su-a, Ryu Kyung-soo, Jeon Ik-ryung, Baek Joo-hee

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de The GSeven

Noise: Sonidos del más allá es un debut ambicioso que intenta abordar el cine de terror desde uno de sus elementos más primarios: el sonido. Al igual que White Noise, la malograda cinta de terror protagonizada por Michael Keaton sobre las psicofonías, Kim Soo-jin propone una experiencia en la que el miedo no entra por los ojos, sino por los oídos. Pero a pesar de un inicio contundente y una atmósfera asfixiante, la película colapsa bajo el peso de su propia narrativa.

La historia arranca con fuerza. Ju-hee, al borde de un colapso, intenta documentar los ruidos que emanan del techo de su apartamento, como si pudiera probar con un audio que algo (o alguien) intenta quebrarla. Su desaparición da paso a Ju-young, su hermana con discapacidad auditiva, quien regresa a un edificio que parece oír más de lo que debería.

Ahí es donde la película encuentra su mayor hallazgo al poner en el centro a una protagonista que vive entre el silencio y la distorsión, Noise manipula el diseño sonoro con una inteligencia poco común. El uso del volumen, el apagón auditivo, los picos de frecuencias, construyen una sensación constante de amenaza. No hay sobresaltos baratos, sino ansiedad progresiva. Cada sonido se vuelve sospechoso y cada silencio, una trampa.

Sin embargo, donde la forma sobresale, el fondo tambalea. A medida que Ju-young escarba en la vida de su hermana, el guion introduce capas que no terminan de integrarse y que tienen que ver con corrupción en la administración del edificio, vecinos paranoicos, desapariciones pasadas, traumas familiares y visiones espectrales. El resultado es un rompecabezas que no termina de armarse. La película quiere ser demasiadas cosas a la vez: crítica social, drama psicológico, horror sobrenatural y denuncia de la negligencia institucional. En ese intento, pierde precisión.

La alegoría del “ruido” como síntoma de lo que no se dice (el duelo no procesado, la culpa enterrada y la violencia normalizada) es potente, pero queda desdibujada por una estructura que nunca aclara sus reglas. ¿Hay un espíritu? ¿Una maldición? ¿Es todo psicosis compartida? El tercer acto intenta responder, pero lo hace con torpeza. El clímax es ruidoso pero narrativamente opaco.

A pesar de estos tropiezos, Noise logra dejar una huella. No tanto por lo que cuenta, sino por cómo lo transmite. La arquitectura del edificio claustrofóbica, sucia y sin escape, es una extensión del estado emocional de los personajes, algo que también explora de manera mucho más efectiva ese clásico del J-Horror llamado Aguas oscuras de Hideo Nakata (que obtuvo una adaptación occidental más que decente a cargo del talentoso brasileño Walter Salles). Lee Sun-bin, como Ju-young, sostiene la tensión con una interpretación seca, poco melodramática, que deja espacio para que el espectador se pierda junto a ella en ese laberinto sonoro.

Noise no llega a ser redonda. Es una propuesta irregular que apunta alto, y aunque no siempre acierta, sí consigue que el terror resuene más allá del susto. Aquí, el miedo no se ve, se escucha. Y lo que escuchamos, nos perturba.

Tráiler:

CONTENIDO RELACIONADO

  • 00:00
00:00
  • 00:00