Crítica: Mente maestra (The Mastermind)

Una cinta que quiere ser una meditación sobre el fracaso y la mediocridad, pero termina atrapada en su propio letargo.

octubre 28, 2025

Kelly Reichardt (Meek’s Cutoff, Certain Women, First Cow) ha construido su carrera sobre un cine de silencios, gestos mínimos y conflictos internos. En Mastermind, la directora parece continuar esa línea, pero esta vez su propuesta se queda a medio camino. Ambientada en un Nueva Inglaterra setentera cuidadosamente recreada, con sacos de hilo, peinados densos y tonos ocres en la fotografía (un trabajo impecable de Christopher Blauvelt), la película busca ser un cruce entre el existencialismo seco de Bresson y la ironía absorta de Jarmusch. Pero el resultado, lejos de ser una mezcla enriquecedora, cae en un terreno incierto donde lo contemplativo se vuelve inmóvil y lo sutil, intrascendente.

La historia gira en torno a James “JB” Mooney (Josh O’Connor), un arquitecto frustrado convertido en ladrón de arte aficionado. No es Thomas Crown, ni siquiera un delincuente de poca monta con encanto. Es un tipo desubicado, errático, que arrastra una insatisfacción muda y un sentido de superioridad sin justificación. Su gran golpe, robar cuatro cuadros de Arthur Dove de una galería local, no tiene épica ni suspenso. Ni siquiera tiene planificación. Lo que Reichardt propone es observar lo que pasa cuando una mente mediocre cree estar a la altura de un plan brillante. Y lo que pasa es… poco. Esta cinta parece Soderbergh en las drogas. 

Reichardt prescinde de toda tensión convencional. Hay una música jazz muy cool, pero no hay montaje frenético, no hay persecuciones. En su lugar, hay planos fijos, silencios extensos y conversaciones deslavadas. En teoría, esto podría generar una atmósfera densa e introspectiva. Pero aquí, muchos de los llamados “momentos muertos” son, efectivamente, momentos muertos. No generan expectación ni revelan capas ocultas del personaje. Solo están ahí, prolongando una espera que nunca encuentra recompensa.

Josh O’Connor, sin embargo, sostiene la película con su presencia opaca y quebradiza. Su James Mooney recuerda al antihéroe de La Chimera de Alice Rohrwacher, otro saqueador incapaz de reconciliar sus impulsos con la realidad. Hay algo en su postura encorvada, en sus silencios, que sugiere un mundo interno, aunque el guion no siempre lo articule con claridad. El resto del reparto está correcto, aunque algunos talentos como Alana Haim quedan subutilizados.

Visualmente, Mastermind es una belleza discreta. La textura visual, los vestuarios en fibras naturales, los interiores desordenados pero cálidos, todo construye una atmósfera retro que se siente auténtica sin caer en la nostalgia vacía. Es aquí donde la película encuentra su mejor cara: en la creación de un entorno melancólico y ajeno al tiempo.

El problema es que ese entorno no basta. El minimalismo bressoniano exige una tensión subterránea, una lógica interna que sostenga cada corte, cada mirada. Aquí no la hay. La película parece querer decir algo sobre la desilusión americana, sobre las heridas post-Vietnam, sobre las falsas promesas del talento y el fracaso masculino, pero ninguna de esas líneas termina de tomar forma.

Hay momentos aislados que brillan como la conversación entre James y la esposa de un amigo y un plano final que sugiere un cierre seco y cruel, pero el conjunto se diluye en un ritmo que no invita a la contemplación sino al desconcierto. ¿Qué quiere contar Mastermind? ¿Una historia de crimen? ¿Un retrato del narcisismo disfrazado de ambición? ¿Una crítica velada al privilegio masculino? Quizás todo eso, pero sin la claridad o la energía necesarias para sostenerlo.

Reichardt ha demostrado en el pasado que puede trabajar con narrativas mínimas y convertirlas en experiencias ricas. Aquí, el dispositivo es el mismo, pero el contenido no alcanza. El heist no emociona, la caída del personaje no conmueve, y el comentario social queda apenas insinuado.

Mastermind es una película cuidadosamente construida, interpretada con precisión y fotografiada con belleza. Pero también es una película donde el vacío pesa más que el silencio, y donde el estilo amenaza con sofocar cualquier intento de relato. A veces, menos es más. Pero otras veces, menos simplemente es poco.

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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