Crítica: Las ovejas detectives (The Sheep Detectives)

Un delirante misterio rural donde animales parlantes, humor británico y tristeza por la pérdida se mezclan con inteligencia y sensibilidad.

Kyle Balda 

/ Hugh Jackman, Emma Thompson, Nicholas Braun, Molly Gordon, Nicholas Galitzine

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía

Existe un momento en el que uno piensa que Las ovejas detectives va a convertirse en una tortura de chistes ovinos y sentimentalismo barato y calculado para vender peluches. Y sin embargo ocurre algo inesperado: la película empieza a funcionar. No por ironía ni por cinismo posmoderno, sino porque realmente cree en sus personajes y en la historia absurda que está contando. 

La premisa, basada en la novela Three Bags Full de Leonie Swann, parece salida de una fiebre infantil provocada por demasiadas lecturas de Agatha Christie antes de dormir. George Hardy (Hugh Jackman) es un pastor viudo que vive en la campiña inglesa acompañado por un rebaño de ovejas a las que cada noche les lee novelas policiales. Lo que él no sabe es que las ovejas entienden absolutamente todo y han desarrollado una obsesión colectiva por resolver crímenes. Cuando George aparece asesinado, el rebaño decide investigar al culpable antes de que los humanos destruyan su hogar y las separen para siempre. 

Sí, es ridículo. Pero también funciona muchísimo mejor de lo que debería. El director Kyle Balda (la persona detrás de varias películas protagonizadas por los Minions), encuentra un equilibrio muy difícil entre el absurdo, la ternura y el misterio criminal, sin convertir la película en una cinta acaramelada insoportable. Además ayuda muchísimo el guion de Craig Mazin, quien después de las series Chernobyl y The Last of Us demuestra otra vez que entiende cómo trabajar el dolor emocional incluso dentro de contextos aparentemente infantiles y extravagantes. Porque debajo de las ovejas digitales y los chistes rurales hay una película sobre duelo y comunidad.

George Hardy (Hugh Jackman) aparece desde el comienzo como un hombre profundamente solo. Vive rodeado de cartas, recuerdos y rutinas repetidas mientras intenta llenar el vacío dejado por su esposa fallecida. Jackman está excelente precisamente porque interpreta todo con absoluta sinceridad. Nunca actúa como si estuviera en una simple comedia infantil. Su George transmite bondad y una tristeza silenciosa que termina dándole muchísimo peso emocional a la historia.

Y luego están las ovejas. El trabajo de voces resulta extraordinariamente divertido. Lily (Julia Louis-Dreyfus) funciona como la verdadera detective cerebral del grupo, maternal, sarcástica y obsesivamente analítica. Mopple (Chris O’Dowd) tiene la energía caótica del historiador inútil que recuerda detalles irrelevantes en los peores momentos. Sebastian (Bryan Cranston) es el líder que vive aislado emocionalmente del resto del rebaño, mientras Sir Ritchfield (Patrick Stewart) se comporta como un aristócrata británico algo racista, atrapado accidentalmente dentro de un cuerpo lanudo.

Pero quien realmente se roba la película es Winter Lamb (Tommy Birchall), la pequeña oveja marginada por haber nacido fuera de temporada. Cada escena suya está diseñada prácticamente para destruir emocionalmente al espectador. Y sí, funciona.

La película nos recuerda inevitablemente a Babe el puerquito valiente. Está ese mismo intento de construir animales digitalizados que no se sientan simples animaciones tan artificiales como hiperactivas. Sorprendentemente, los efectos de IA funcionan bastante bien. Las expresiones faciales y los movimientos de las ovejas poseen personalidad sin caer completamente en el “síndrome de la mirada vacía” que arruina tantas producciones recientes.

También ayuda mucho el reparto humano secundario. Lydia Harbottle (Emma Thompson) aparece como una abogada venenosa y deliciosamente sarcástica que entra a escena prácticamente para humillar verbalmente a todos los presentes. Tim (Nicholas Braun de Succession), el policía local absolutamente incompetente, parece una versión rural y británica de Jacques Tati con el inspector Clouseau. Rebecca Hampstead (Molly Gordon), Caleb (Tosin Cole), Beth (Hong Chau) y Elliot Matthews (Nicholas Galitzine) completan ese pequeño ecosistema inglés lleno de sospechosos excéntricos típico del whodunit británico.

Y lo mejor es que la película entiende perfectamente el tono que necesita. Nunca intenta convertir el asesinato en un trauma insoportable ni tampoco trivializa completamente la muerte de George. Simplemente acepta que los niños pueden procesar tristeza dentro de los relatos fantásticos si la historia posee suficiente calor humano (o animal). Ahí está probablemente la gran inteligencia emocional de la película.

No todo funciona igual de bien. Algunos chistes son demasiado obvios, ciertas secuencias se alargan más de lo necesario y ocasionalmente el humor ovino se acerca peligrosamente al desastre absoluto. Pero incluso en esos momentos la película conserva una ternura muy difícil de odiar.

Además, hay algo refrescante en ver una producción familiar contemporánea que no depende completamente de las referencias pop, el frenetismo constante, el sarcasmo permanente o el derroche de efectos digitales diseñados para destruir la capacidad de la atención infantil. Aquí simplemente hay un misterio, unos encantadores animales parlantes, una hermosa campiña inglesa, algo de tristeza y algo de humor. 

Los productores Phil Lord y Christopher Miller, los directores de la maravillosa Project Hail Mary, han vuelto a dar en el clavo con estas ovejas intentando resolver un asesinato porque amaban a su pastor, sorpresivamente terminan siendo mucho más conmovedoras de lo esperado.

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