Crítica: La voz de Hind Rajab (Sawt Hind Rajab)

Un thriller de una sola locación que convierte una llamada telefónica en un acto de denuncia y duelo imposible de ignorar.

Kaouther Ben Hania 

/ Saja Kilani, Motaz Malhees, Amer Hlehel, Clara Khoury, Nesbat Serhan

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cine Caníbal

El 29 de enero de 2024, una niña palestina de seis años quedó atrapada en un automóvil en Gaza, rodeada por los cuerpos de su familia asesinada y con un teléfono móvil como único vínculo con el mundo. Esa llamada frágil, intermitente y desesperada es el centro absoluto de La voz de Hind Rajab, una película que renuncia a la imagen del horror para concentrarse en algo más perturbador: el sonido de una vida pidiendo auxilio mientras el tiempo y la burocracia se encargan de extinguirla.

Kaouther Ben Hania, la directora de El hombre que vendió su piel y de esa estremecedora mezcla entre documental y dramatizado conocido como Las cuatro hijas, no filma la guerra sino sus consecuencias administrativas, emocionales y morales. La acción transcurre casi por completo en la sala de llamadas de la Media Luna Roja Palestina, donde un grupo de trabajadores intenta coordinar un rescate que, en condiciones normales, tomaría minutos. Aquí, ese trayecto mínimo se dilata durante horas, atrapado en protocolos, autorizaciones, silencios impuestos y líneas telefónicas que se cortan. La película se convierte así en un drama de cámara que funciona como una radiografía del poder.

Motaz Malhees encarna a Omar con una mezcla de rabia creciente e impotencia ética; su voz se quiebra por debilidad y por empatía. Saja Kilani, como Rana, aporta una calma casi maternal que se vuelve una estrategia de supervivencia emocional: distraer a Hind, hacerle preguntas, inventar un refugio verbal mientras todo se desmorona. Amer Hlehel, en el rol del supervisor Mahdi, carga con el peso del procedimiento: su rigidez no es crueldad, sino el resultado de haber aprendido a fuerza de pérdidas, que desviarse del protocolo también mata. Clara Khoury, como Nisreen, introduce una pausa necesaria, una respiración que revela hasta qué punto incluso la compasión debe administrarse.

La decisión formal más potente del filme es dejar la violencia fuera de campo. No hay imágenes del automóvil, ni de los tanques, ni de los cuerpos. Todo llega a través del teléfono: disparos lejanos, silencios súbitos e interferencias. En algunos momentos, Ben Hania utiliza espectrogramas para visualizar la voz real de Hind, permitiendo que ese sonido pequeño y tembloroso ocupe literalmente toda la pantalla. Este recurso estético es una forma de inscribir su existencia y de convertir esa llamada en archivo.

La voz de Hind Rajab expone con una claridad devastadora lo que suele diluirse en cifras o titulares. La violencia no es solo física, también es administrativa. La espera, la coordinación, la autorización que no llega funcionan aquí como una maquinaria tan letal como cualquier arma. Basta con observar cómo el reloj avanza mientras la distancia entre la ambulancia y la niña permanece inmóvil.

Ben Hania ya había explorado la frontera entre documental y puesta en escena en Cuatro hijas, pero aquí da un paso más radical eliminando casi toda mediación emocional externa. No hay música que alivie, ni montaje que acelere el duelo. El espectador queda atrapado en la misma posición que los trabajadores de la Media Luna Roja de escuchar, esperar, insistir y, al final, fracasar.

La película no promete justicia ni consuelo; propone algo más: no olvidar la voz de una niña que pidió ayuda y no fue escuchada a tiempo. En ese gesto de escucharla ahora, sostener su nombre y permitir que su historia no se pierda, el cine recupera una de sus funciones más esenciales: dar testimonio cuando el mundo prefiere mirar hacia otro lado.

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