Good Boy es el tipo de película que uno quiere amar desde su concepto. Un filme de terror narrado desde el punto de vista de un perro, sin trucos digitales ni sentimentalismo barato, suena a un experimento audaz en un género saturado de clichés. Y durante buena parte de sus 73 minutos, el debut de Ben Leonberg (filmado durante tres años) logra ser exactamente eso: una mirada fresca, sensible y a veces estremecedora sobre el miedo, la lealtad y la fragilidad humana.
La historia se desarrolla en una cabaña aislada, donde Todd, un hombre enfermo y atormentado, se refugia junto a su perro Indy, interpretado por el verdadero compañero del director. Pero pronto lo cotidiano se disloca. Hay presencias, sonidos, sombras, viejas cintas de video y una enfermedad que corroe tanto el cuerpo como la razón. Lo que comienza como un duelo íntimo se convierte en una historia de fantasmas observada por un alma inocente, una criatura que no entiende la corrupción del alma humana pero la percibe con todos los sentidos.
Leonberg, consciente de sus limitaciones presupuestales, convierte esa precariedad en estilo. Su cámara se mueve al ras del suelo, adoptando la perspectiva canina con disciplina formal. El sonido, más que la imagen, es su arma: crujidos, respiraciones, golpes que se expanden en la noche. Todo el filme es un ejercicio sensorial en el que la tensión surge del oído más que de la vista. Cuando el perro olfatea lo invisible o se detiene ante una sombra, el espectador comparte su desconcierto: ¿hay algo ahí o solo estamos presenciando el deterioro del amo?
En sus mejores momentos, Good Boy recuerda a los experimentos narrativos de Presence de Steven Soderbergh o In a Violent Nature, donde el punto de vista del asesino en serie no humano redefine el género. La cinta sugiere una metáfora poderosa: el perro como testigo del colapso emocional de su dueño y su amor convertido en condena. En esa lealtad sin lenguaje hay una ternura trágica. Indy no puede comprender la enfermedad de Todd, pero tampoco puede abandonarlo; su miedo es el de un niño que ama a quien lo destruye.
Sin embargo, lo que empieza con originalidad se vuelve reiterativo. La película carece de desarrollo dramático y termina prisionera de su propia premisa. Las secuencias de exploración nocturna con el perro caminando entre ruidos, la respiración agitada, la sospecha de algo detrás de la puerta, se repiten con ligeras variaciones, hasta diluir el impacto inicial. Incluso con su corta duración, Good Boy parece estirarse más de lo necesario, y deja la sensación de que su fuerza habría sido mayor en formato corto.
La dirección, sin embargo, revela un talento innegable. Leonberg maneja la cámara con precisión y crea una atmósfera creíble sin recurrir a sobresaltos baratos. Su trabajo con el animal sin efectos y sin antropomorfismo, es admirable. El perro, con su mirada expresiva y su comportamiento natural, transmite más emociones que muchos actores humanos. Su presencia es el corazón emocional de la película y la razón por la cual funciona, incluso cuando el guion no avanza.
El desenlace ofrece un cierre melancólico. No hay victoria, solo una forma de fidelidad ante el horror. En ese último tramo, Good Boy toca algo profundo: la idea de que el amor puede ser una trampa mortal, y que el miedo más grande no proviene de los fantasmas, sino de perder a quien amamos.
El director, como su protagonista, no siempre sabe qué hacer con lo que tiene frente a él. En manos más experimentadas, esta historia habría podido transformarse en una joya del terror existencial (una especie de anti-Cujo); pero incluso con sus defectos, Good Boy es un ejercicio honesto y curioso, un ladrido en lugar de un gruñido.
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