Exterminio: El templo de huesos no es una simple continuación ni tampoco un derivado. Es una maldita mutación. Si 28 Days Later pensaba el apocalipsis como un estallido pandémico que evidenció lo mejor y lo peor de la raza humana, 28 Weeks Later fue un relato sobre vínculo y supervivencia, y 28 Years Later representó el desgaste social (y el del género de los muertos vivientes), El templo de huesos aborda el relato como el enfrentamiento de dos fuerzas: ciencia versus religión. Ya no se trata solo de sobrevivir, sino de qué tipo de mundo se está construyendo con lo que queda en pie.
El cambio de directora es clave. Nia DaCosta (quien nos mostró cómo el terror se puede alimentar de inteligencia y denuncia social con su infravalorado remake de Candyman), no replica el nervio punk de Danny Boyle ni intenta competir con él. Su mirada se concentra más en el peso simbólico de los actos. El horror aquí no se limita al ataque frontal de los infectados, sino que se filtra en estructuras de poder, cultos improvisados y jerarquías que nacen del miedo. La violencia no aparece como caos, sino como un sistema organizado por el miedo a lo desconocido.
El guion de Alex Garland vuelve a ser el motor de la película. Garland entiende que el virus de la ira siempre fue una excusa para hablar de otra cosa, de la facilidad con la que la civilización se quiebra y se reorganiza alrededor del castigo, la fe torcida y el deseo de control. Aquí introduce dos polos narrativos que funcionan como fuerzas en disputa. Por un lado, el doctor Ian Kelson, interpretado por un Ralph Fiennes extraordinario, una figura quebrada que cree todavía en la posibilidad de cura y reparación, incluso cuando esa esperanza adopta formas perturbadoras. Por el otro, Sir Lord Jimmy Crystal, el personaje de Jack O’Connell, un líder carismático que ha convertido el sadismo en liturgia y el abuso en gratificación.
Jack O’Connell (This Is England) ofrece aquí uno de los trabajos más inquietantes de su carrera. Su Jimmy Crystal, que evoca al monstruo mediático Jimmy Saville, no necesita gritar para imponer terror. Su sonrisa, su forma de hablar y su teatralidad constante revelan a un personaje que entiende el poder como un acto performático. Frente a él, Fiennes opta por un registro físico, cargado de miradas, piel untada de yodo y admiración por Duran Duran y Radiohead, como si cada escena fuera una batalla perdida de antemano en el que la música brinda una luz de esperanza y sus acciones médicas se convierten en una serie de arriesgados intentos de experimentación con tintes tan nobles como suicidas.
Garland y DaCosta se hacen una pregunta: Si la ira fue el origen del colapso, ¿puede ser también regulada, contenida o incluso revertida? En ese marco aparece Samson, el alfa infectado, (un aterrador Chi Lewis-Parry con pene prostético), no como una bestia excepcional sino como un organismo en el que la violencia ha adquirido forma y liderazgo. El Dr. Ian Kelson observa en él algo más que una amenaza, también es una posibilidad médica y ética.
Su intento de intervenir farmacológicamente a Samson para reducir la furia e introducir lapsos de lucidez, no responde a una ilusión de cura inmediata, sino a una pregunta más para ese mundo devastado. Si la rabia puede ser modulada, entonces el exterminio deja de ser la única opción imaginable. La película sitúa así su conflicto central no en la supervivencia, sino en la voluntad o no, de seguir considerando al infectado como algo todavía humano.
Los polos opuestos de Kelson y Jimmy encuentran su centro en Spike, el niño que ya no es inocente pero que tampoco está perdido del todo. Alfie Williams construye un personaje atravesado por el miedo, la culpa y la confusión. La lucha entre Kelson y Jimmy es ideológica en abstracto. Es una pelea concreta por el alma de ese chico, por lo que aprenderá a normalizar y por lo que entenderá como inevitable.
Pese a que posee menos escenas sangrientas que sus predecesoras, The Bone Temple es una de las entregas más extremas de la saga. DaCosta trabaja el paisaje inglés como un espacio casi mitológico, donde los restos humanos se convierten en arquitectura y los huesos en memoria material. El templo que da título a la película es una declaración sobre cómo recordar a los muertos (memento mori) puede ser un acto de humanidad.
La película no esquiva la lectura política. El aislamiento, la ignorancia y la glorificación de la violencia dialogan de manera evidente con el presente, aunque Garland y DaCosta prefieren sugerir antes que dictar. Puede que algunos símbolos se reiteren más de lo necesario y que el tramo final apueste por una alegoría religiosa que puede resultar excesiva para ciertos espectadores. Aun así, la ambición del conjunto es innegable. Eso sí, hay que ver a Fiennes coreografiando a Iron Maiden en una escena que quedará enmarcada para la posteridad.
Es una maravilla que Exterminio: El templo de huesos entienda que el verdadero terror no está en los infectados, sino en lo que los no infectados están dispuestos a hacer y justificar para seguir adelante. Como las tres entregas anteriores, esta es una película áspera, cruel y profundamente pesimista sobre la naturaleza humana, pero también lo bastante lúcida como para insinuar que todavía existe una elección posible. Puede que los amantes superficiales del terror se quejen de la falta de sangre y sobresaltos, pero no cabe duda de que esta entrega es una de las más duras y reflexivas.
Tráiler:


