Crítica: Estimados señores

Con Estimados señores la reivindicación del voto femenino en Colombia entra en escena con urgencia y presencia colectiva.

noviembre 11, 2025

La historia de la mujer colombiana y su derecho al voto está hecha de múltiples voces. No hay una sola heroína, ni una única bandera. Además de Esmeralda Arboleda, centro narrativo de Estimados señores, hubo otras lideresas decisivas: Josefina Valencia, primera mujer ministra y gobernadora del país; Bertha Hernández de Ospina, figura conservadora que aportó desde un lugar ideológico distinto pero esencial; Teresa Santamaría y María Currea, activistas fundamentales en el tejido organizativo que logró presionar al Estado para que, en 1954, se abriera finalmente la puerta del voto a las mujeres.

La película de Patricia Castañeda acierta al no centrarse exclusivamente en Arboleda, sino en articular un relato más amplio, más político y menos personalizado. Es un filme de red, de tejido conectivo, donde los hilos visibles e invisibles de la lucha se tensan y entrecruzan. Paula Castaño interpreta a Josefina Valencia con firmeza y tacto. Hay una energía de mujer de Estado que no busca simpatía sino eficacia. Marcela Mar, como Teresa Santamaría, aporta humanidad y llamado a la sensatez. Y Bárbara Perea, en una de las interpretaciones más sutiles de la película, encarna a Bertha Hernández de Ospina desde la ambigüedad de quien está dentro del sistema, pero dispuesta a empujarlo desde sus bordes.

Esta ampliación del foco evita el reduccionismo de un “drama de época” centrado en una mártir ilustrada. Lo que aquí se cuenta es más incómodo e interesante. Las alianzas improbables, las negociaciones bajo cuerda, las tensiones entre mujeres de distinto origen político, social y religioso. El guion ofrece a sus protagonistas conflicto, contradicción y agencia, lo que permite a las actrices no representar ideas, sino personajes con cuerpo, rabia, dudas y estrategia.

No obstante, Estimados señores no logra sostener esa complejidad en todos los niveles de su factura. La dirección de arte presenta fallas evidentes con espacios que lucen escenográficos más que vividos, detalles de utilería o ambientación que interrumpen la inmersión, y una atmósfera que a veces parece prestada de una producción de televisión. La fotografía, aunque funcional, no propone una estética reconocible, y la edición carece de ritmo en ciertas secuencias clave, sobre todo en el segundo acto, donde las tramas se sienten encapsuladas más que entrelazadas.

Sin embargo, sería injusto medir la película exclusivamente por sus logros formales. Su verdadero valor reside en la decisión de contar una historia ignorada por generaciones, y en el modo en que se articula desde el presente sin forzar anacronismos ni adoptar una postura complaciente. La escena del Congreso, donde se discute el derecho al voto, tiene una tensión construida con solvencia, aunque se perciba programática. Más que el clímax, lo que deja huella es el momento posterior, cuando las mujeres saben que el país ha cambiado, pero aún no lo suficiente.

Mención necesaria merecen los personajes masculinos, que no están ausentes, pero sí dibujados desde una óptica funcional. El senador que interrumpe, el esposo que apoya sin intervenir demasiado, los políticos que negocian almorzando o entre los pasillos. Si bien esto responde a un gesto político del guion (hacer a las mujeres protagonistas de su propia historia), habría sido valioso incorporar una crítica más incisiva a las formas de poder masculino, no solo como contexto, sino como un obstáculo dramático más elaborado y complejo. El único personaje masculino con desarrollo parcial, Ortíz, interpretado por Claudio Cataño, queda en el limbo: demasiado tibio para ser antagonista, demasiado neutro para representar un aliado transformador.

En el contexto del cine colombiano reciente, Estimados señores se inscribe en la estela que dejó Camila Loboguerrero con María Cano (1990), filme pionero en narrar la historia de una líder feminista y sindical desde una perspectiva comprometida y sin concesiones. La reciente muerte de Loboguerrero le otorga a esta cinta una resonancia aún mayor, no como homenaje, sino como continuidad.

Estimados señores no es una obra perfecta, pero sí necesaria. Y lo es precisamente por su ambición de contar una verdad colectiva, por su gesto de abrir el archivo histórico y decir: esto pasó, esto costó, esto importa. Que lo haga con errores formales menores es un precio fácil de pagar cuando lo que se recupera es la memoria de cientos de mujeres que hablaron cuando nadie las escuchaba. La película no convierte esa memoria en estatua sino que la devuelve al cuerpo, al diálogo y al conflicto. Y en ese acto, profundamente político, reside su mayor triunfo.

Tráiler:

ANDRÉ DIDYME-DÔME

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