Crítica: Elio

La nueva apuesta de Pixar brilla con ternura, imaginación y una visión cósmica sobre la aceptación

Adrian Molina, Madeline Sharafian, Domee Shi 

/ Con las voces de Yonas Kibreab, Zoe Saldaña, Remy Edgerly, Brad Garrett, Jameela Jamil, Shirley Henderson

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía Cinecolor

En una época en la que las grandes franquicias dominan las pantallas, Elio aparece como un pequeño milagro. No es una secuela. No es una precuela. Tampoco un spin-off disfrazado de novedad. Es, simplemente, una historia original con alma, como las que Pixar solía entregarnos cuando Ratatouille y Up parecían parte de un ciclo creativo sin límites.

La cinta, dirigida por Adrian Molina (codirector de Coco) con la colaboración de Madeline Sharafian y Domee Shi (directora de Turning Red), se convierte en la tercera incursión de Pixar en el terreno de la ciencia ficción después de la magistral Wall-E y la incomprendida Lightyear. Pero mientras aquellas se enfocaban en lo distópico y lo épico, Elio opta por lo pequeño. La mirada de un niño y su necesidad de ser escuchado. Su corazón no está en las estrellas, sino en los silencios de la infancia.

El protagonista, Elio Solís (con la voz de Yonas Kibreab), es un niño de once años, soñador, tímido y con raíces latinas (aunque la película nunca explicita si son cubanas o centroamericanas) que vive con su madre, Olga (Zoe Saldaña), una científica que trabaja para una agencia gubernamental dedicada a la comunicación interplanetaria. En un giro casi poético, Elio es abducido por una federación alienígena llamada Communiverse, que lo confunde con el líder de la humanidad. Lo que sigue podría parecer una parodia de The Last Starfighter, pero en realidad es una fábula sobre la identidad, la soledad y el poder transformador de la empatía.

Uno de los grandes aciertos de la cinta es Glordon, una criatura viscosa y amorosa que parece una mezcla entre un tardígrado y un peluche. Con voz de Remy Edgerly y animación que bordea lo surreal y lo encantador, Glordon se convierte en el alma gemela del protagonista, un reflejo de su rareza, su ternura y su necesidad de pertenencia. Como Forky o Dug, es un secundario inolvidable, destinado a ser abrazado tanto por los niños como por el merchandising.

La riqueza visual de Elio merece mención aparte. Harley Jessup, responsable del diseño de producción, construye un universo que parece haber sido extraído de una mezcla de microbiología, acuarelas fluorescentes y ecos retrofuturistas. Las texturas líquidas, las luces nebulosas, los cuerpos translúcidos y las formas indefinidas convierten al espacio en una experiencia inmersiva, más cercana al sueño que a la ciencia. Hay homenajes al Spielberg de Encuentros cercanos, al espíritu lúdico de Galaxy Quest e incluso a las extravagancias fallidas de Mars Needs Moms, todo desde una estética propia y casi artesanal.

El elenco de voces secundarias (que incluye a Jameela Jamil, Brad Garrett, Shirley Henderson, Ana de la Reguera y Naomi Watanabe) aporta variedad, humor y calidez al viaje. Cada alienígena es una oportunidad para explorar otra idea de diferencia, de otredad, de comunidad posible. Incluso los momentos más ligeros tienen una capa emocional que los sostiene.

Pero lo que realmente distingue a Elio es su guion. Escrita por Julia Cho, Mark Hammer y Mike Jones, la película evita los clímax convencionales de salvación o destrucción planetaria para enfocarse en una batalla más íntima, la de un niño que no se siente suficiente y que ha aprendido a esconderse detrás de sus fantasías y obsesiones. El conflicto no es externo, sino interno. Y eso la vuelve universal.

Algunos podrán decir que Elio es una película menor dentro de la filmografía de Pixar, como también lo dijeron alguna vez de Luca, Brave, Onward o The Good Dinosaur. Pero como ocurre con esas cintas, basta un segundo visionado, un poco más de atención y sensibilidad, para descubrir la honestidad con la que fueron hechas. En su aparente modestia, estas películas guardan una valentía formal que resiste el tiempo.

Elio es una carta de amor a los niños raros, a los solitarios, a quienes alguna vez se sintieron fuera de lugar. Y también un recordatorio para los adultos de que a veces, para encontrar nuestro sitio en el mundo, basta con dejar de fingir que somos otra cosa. Pixar, cuando decide hablar desde el corazón, todavía tiene mucho que decir.

P.D. No se pierda la escena postcréditos.

CONTENIDO RELACIONADO

No se han encontrado notas relacionadas de la última semana.
  • 00:00
00:00
  • 00:00