Hay películas que llegan con la promesa de hacer ruido, y otras que zumban con una frecuencia tan desconcertante que no sabes si reírte o pedir ayuda. Bugonia, el nuevo delirio de Yorgos Lanthimos, pertenece a esta última categoría: una comedia negra disfrazada de thriller de ciencia ficción, o viceversa. Más accesible que sus obras anteriores pero igual de extraña, es también una de sus más provocadoras.
Inspirada (aunque más bien infectada) por Save the Green Planet!, una joya surcoreana de culto, la película actualiza el relato al lenguaje paranoico contemporáneo: Teorías conspirativas, colapsos ecológicos, CEOs con sonrisas asesinas y abducciones ejecutadas por hombres con creencias fundadas en memes y foros turbios. Lo que antes parecía ficción excéntrica, ahora se siente como un documental de YouTube retorcido hecho por terraplanistas.
Emma Stone interpreta a Michelle, una ejecutiva farmacéutica con alma de algoritmo: elegante, calculadora y siniestramente empática. Es el rostro público de una corporación deshumanizada, tan bien entrenada en el lenguaje del empoderamiento como en la explotación laboral. Su vida da un giro grotesco cuando es secuestrada por Teddy (Jesse Plemons), un empleado de bodega con tendencias mesiánicas y un panal como laboratorio de ideas apocalípticas. Teddy está convencido de que Michelle es un alienígena (una andromedana infiltrada, para ser exactos) y planea forzar una confesión antes de que llegue una inminente invasión.
Lo fascinante (y perturbador) es que Bugonia nunca se posiciona con claridad sobre quién está más desconectado de la realidad. La corporación de Michelle es igual de monstruosa que los delirios de Teddy, y Lanthimos se deleita en esa ambigüedad. Entre colmenas, antihistamínicos, y entrevistas laborales convertidas en rituales de tortura, se despliega una sátira donde el control narrativo, como la verdad, cambia de manos con desconcertante facilidad.
Jesse Plemons es el núcleo emocional del filme como un fanático que mezcla trauma personal con ideología reciclada de internet, tan patético como peligroso. A su lado, el debutante Aidan Delbis (quien se identifica como autista) ofrece un contrapunto de ternura y confusión, recordando que incluso en medio del absurdo, hay humanidad.
La puesta en escena, por momentos clínica, por momentos barroca, confirma que Lanthimos no necesita peces de ojo de pez ni bailes rituales para descolocar. La banda sonora de Jerskin Fendrix, disonante y épica, acentúa el tono de fábula distópica. Y aunque algunos momentos se sienten menos osados que lo esperado (cierta autocensura en lo escatológico, un cierre que no remueve tanto como insinúa), el conjunto logra transmitir una idea inquietante: que la paranoia colectiva es hoy más creíble que cualquier verdad oficial.
En el fondo, Bugonia es una pregunta disfrazada de parodia: ¿Y si los locos tuvieran razón? ¿Y si la lógica empresarial, el optimismo digital y la corrección institucional no fueran otra cosa que disfraces para lo alienígena? Lanthimos no responde. Solo nos deja con el zumbido agudo.

