Crítica: Belén

La actriz Dolores Fonzi convierte un caso real en un drama judicial eficaz, comprometido y emocionalmente directo, aunque no siempre sutil.

Dolores Fonzi 

/ Dolores Fonzi, Camila Plaate, Laura Paredes, Julieta Cardinali, Luis Machín, César Troncoso, Sergio Prina

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Prime Video

Belén parte de una herida real y todavía abierta en la memoria argentina: El caso de una joven trabajadora encarcelada tras sufrir un aborto espontáneo cuando la interrupción del embarazo aún era ilegal. Desde su primera secuencia (un prólogo hospitalario filmado con nervio y claustrofobia), la película deja claro que no busca ambigüedades. La cámara se alía con la víctima y con la indignación. El espectador es arrojado a una experiencia de despojo del cuerpo, de la voz y de los derechos.

Dolores Fonzi dirige y protagoniza el filme como la abogada que asume la defensa del caso, una figura que encarna tanto el compromiso profesional como el desgaste personal. Su interpretación evita el heroísmo grandilocuente y se apoya en la persistencia, la fatiga y la terquedad ética. En paralelo, Camila Plaate ofrece el trabajo más conmovedor del conjunto. Su Belén (nombre impuesto para proteger la identidad real) habita el encierro desde el desconcierto, el miedo y una dignidad silenciosa que la película no siempre explora con la profundidad que merece, pero que la actriz logra sostener incluso desde la contención.

Narrativamente, Belén adopta la estructura clásica del procedural judicial. El caso se desarma pieza por pieza, se exhiben negligencias, abusos de poder y prejuicios de clase, y el sistema aparece como una maquinaria lenta, masculina y defensiva frente a cualquier fisura. En ese sentido, la película funciona con precisión. Es clara, accesible y pedagógica. Quizás demasiado. Ese es también su principal pecado. Belén es, por momentos, panfletaria.

La convicción política que la impulsa (legítima, necesaria) termina traduciéndose en un énfasis dramático y personajes que encarnan posiciones más que contradicciones. El discurso se impone a la ambigüedad, y la complejidad humana queda ocasionalmente subordinada a la urgencia del mensaje. No es un error moral, sino una elección narrativa que privilegia la eficacia y la movilización por encima de la duda.

Sin embargo, sería injusto reducir la película a ese límite. Fonzi entiende el poder del cine popular y lo utiliza para articular memoria, emoción y denuncia. El contexto social (las marchas, los pañuelos verdes, la presión mediática y religiosa) se integra al relato sin perder ritmo, y el desenlace conecta la historia individual con una transformación colectiva que ya forma parte de la historia reciente del país.

Belén no pretende reinventar el cine judicial ni ofrecer una mirada equidistante. Aspira, más bien, a fijar un relato, a dejar constancia y a interpelar. En ese gesto frontal reside tanto su fuerza como su fragilidad. Es una película necesaria, sólida y honesta, que entiende el cine como herramienta política y acepta el riesgo de hablar en voz alta cuando el silencio ya no es una opción.

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