Después de años dedicado a los superhéroes (género que deconstruyó con Darkman y que cimentó con su trilogía de Spider Man), Sam Raimi, el autor de Evil Dead y Drag Me To Hell, vuelve al terreno que conoce de memoria: el del sufrimiento administrado con precisión cómica. ¡Ayuda! Parte de una empleada ignorada (Rachel McAdams) y su jefe imbécil (Dylan O’Brien) que sobreviven a un accidente aéreo y lo estira hasta convertirlo en una guerra de desgaste donde cada decisión práctica es también un gesto feminista. Aquí, sobrevivir implica mandar, amansar y domesticar.
Esta peculiar mezcolanza entre Ugly Betty, Misery, Office Space y Cast Away, avanza como una negociación permanente del control. Al principio, la lógica corporativa intenta imponerse incluso sin oficinas ni testigos; luego, el entorno desarma cualquier jerarquía prefabricada. Raimi filma ese tránsito con gusto por lo desagradable y un sentido del ritmo que privilegia el golpe físico y la reacción inmediata. No hay épica del esfuerzo sino torpeza, error, dolor y una risa que aparece justo cuando no debería, como es típico del cine del director.
El contraste actoral es clave en ¡Ayuda!. Rachel McAdams está libre, demente y desatada como Linda Liddle, una Ash femenina con pocas habilidades sociales, pero que aprende rápido a sobrevivir y decide no retroceder. Su transformación no se anuncia con discursos, sino con acciones cada vez más seguras y crueles. Dylan O’Brien, por su parte, es un jefe que funciona porque es reconocible, un hombre tóxico, materialista y arribista, convencido de su carisma hasta que el mundo deja de responderle.
Formalmente, ¡Ayuda! se sostiene en el uso del cuerpo como herramienta narrativa. Raimi sabe cuándo acercarse y cuándo dejar que la incomodidad crezca en plano abierto. El humor surge del choque entre expectativas y resultados. Cuando la película exagera, lo hace con una retorcida intención lúdica; cuando se contiene, permite que el duelo psicológico respire.
Sus flaquezas aparecen en el último tramo. Algunos virajes dramáticos se sienten apresurados e innecesarios y ciertas resoluciones dependen más del efecto que de la lógica interna. Aun así, la película no pierde identidad ni energía. Incluso en sus excesos, mantiene una coherencia tonal que muchos híbridos recientes no consiguen.
¡Ayuda! no pretende ser una fábula definitiva sobre el mundo del trabajo y el papel de la mujer en este (esto no es Mad Men) ni tampoco es una pieza “prestigiosa” de género (esto no es The Witch). Es algo más directo y honesto: un ejercicio de crueldad divertida que entiende el entretenimiento como una forma de catarsis. Pensemos en ¡Ayuda! como la “película de playa” que necesitaba hacer Sam Raimi para salir de la rutina, así como M Night Shyamalan hizo lo suyo con Old. No son grandiosas, pero cumplen con su objetivo.
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