Crítica: Adiós al amigo

El director procedente de Güepsa convierte el polvo santandereano en celuloide y firma su película más poderosa hasta ahora: un western con alma criolla, hechicería, historia y venganza.

Iván Gaona 

/ Willington Gordillo Duarte, Cristian Hernández Castillo, Marina Olarte, Alfonso López, Yohanini Suárez, Salvador Bridges, Suetonio Hernández, Julio Valencia, Rodrigo Santamaría, Taja Seweri, Penakjuanene Llano.

Por  ANDRÉ DIDYME-DÔME

Cortesía de Cineplex

Iván Gaona, el autor de la irregular Pariente y de los entrañables cortos Los retratos y El tiple, vuelve con algo que nadie esperaba pero que, en retrospectiva, tenía todo el sentido del mundo: un western colombiano. Sí, un “Panela Güepstern” hecho en Santander, con actores naturales, campesinos, indígenas y leyendas locales, que juega a ser Hollywood, pero que también le lanza un beso al spaghetti western de Leone, Corbucci y Peckinpah. Adiós al amigo no es solo un salto de fe: es un disparo directo al corazón del cine colombiano, que rara vez se arriesga así.

La historia arranca en 1902, justo cuando la Guerra de los Mil Días está dando sus últimas patadas. Alfredo Duarte Amado (Willington Gordillo Duarte), un soldado desertor, emprende un viaje por pura necesidad de sobrevivir y reencontrarse con su pasado. Lo acompaña Benito Pardo (Cristian Hernández Castillo), un retratista con sed de venganza. Pero esto no es The Revenant. Este es un viaje lento, sucio, incómodo, lleno de brujas, espectáculos itinerantes, ayudantes afro, coroneles decrépitos, hermanos desperados y, en una jugada brillante, el mismísimo General Rafael Uribe Uribe (Suetonio Hernández), figura histórica y protagonista de la primera película colombiana, El drama del 15 de octubre, hoy perdida.

Gaona arma su elenco con actores naturales de Güepsa, su tierra natal, y eso se siente. No hay poses ni imposturas, pero en cambio tenemos rostros curtidos, silencios pesados, y una autenticidad que ya quisieran muchas superproducciones. El elenco, lejos de parecer aficionado, conecta directo con la tierra que pisa la película. La atmósfera es tan potente que uno puede oler la pólvora vieja y la panela quemada.

En lo visual, Adiós al amigo brilla. La fotografía de Andrés Hernández captura el polvo, la penumbra, la niebla del Cañón de Chicamocha como si fuera Monument Valley. El vestuario de Diana Oliva clava el tono justo entre lo histórico y lo teatral. Y la música de Edson Velandia merece capítulo aparte: mezcla marchas militares con ritmos folclóricos en una banda sonora que entiende que en Colombia se luchaba con fusil… y con tambora.

Sí, hay momentos donde el ritmo flaquea. Hay tramos en los que uno siente que falta acción. Esta cinta necesitaba más plomo y un ritmo de western clásico. Pero eso también es parte del riesgo. Gaona no está haciendo una copia de El bueno, el malo y el feo, aunque el homenaje está más que presente. Él está creando su propia versión, una donde el mito, la memoria, la violencia criolla y la historia nacional se cruzan en un mismo camino polvoriento.

Adiós al amigo no se siente como una película hecha para los festivales (aunque ya pasó por algunos). Se siente como una obra hecha desde el corazón de un territorio olvidado, con la convicción de que el cine colombiano puede ser más que dramas urbanos o biopics de narcos. Esta es una película que huele a tierra, tabaco y guerra perdida. Es, sin duda, el mejor trabajo de Gaona hasta ahora.

Y en un país donde el cine aún pide permiso para jugar con los géneros, Adiós al amigo no pide permiso: entra al bar, pide un trago, desenfunda y dispara.

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