En medio de la emergencia invernal que golpea al norte de Colombia, con especial dureza al departamento de Córdoba y Bolívar, han resurgido preguntas de fondo sobre la forma en que como humanidad nos relacionamos con la naturaleza, nuestra evidente responsabilidad en la crisis climática global y los intereses económicos que priman en las transformaciones del paisaje. Las imágenes de las sabanas del Caribe bajo el agua, con más del 80% de los municipios cordobeses afectados, no solo reflejan una tragedia humanitaria sino también la fragilidad de un territorio históricamente intervenido.
Según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), más de 169.000 personas, unas 48.000 familias, han resultado afectadas. Se reportan más de 3.000 viviendas averiadas y 4.000 destruidas; más de 5.000 animales de producción afectados, además de cientos de animales de compañía y silvestres. Las cifras describen una crisis, pero detrás de ellas hay comunidades enteras que vuelven a enfrentar la pérdida de sus casas, cultivos y medios de subsistencia.
La emergencia actual también reactiva una discusión histórica y ambiental en el Alto Sinú. Durante décadas, el pueblo indígena embera katío ha cuestionado el manejo del río y los impactos de la represa de Urrá, construida en los años noventa con el argumento de generar energía y controlar las inundaciones. En 1995, antes del hito de cambio de curso del río, los embera realizaron una ceremonia espiritual conocida como Do Wambura: un recorrido por el río Sinú desde su parte alta hasta Lorica para despedirse simbólicamente de un cauce que sería transformado para siempre. Fue un acto de duelo y resistencia frente a una intervención que alteró el equilibrio ecológico y cultural de la región.
Controlar el río y reconfigurar el territorio bajo lógicas de progreso dejan hoy estas consecuencias. Hace cerca de 2.000 años, esta región fue habitada por el pueblo zenú, una cultura anfibia que aprendió a convivir con las crecidas y a entender el ritmo del agua. Entre el 800 a. C. y el 1.200 d. C., desarrollaron un complejo sistema hidráulico de canales y camellones que les permitió habitar y aprovechar el territorio durante siglos sin romper su equilibrio ecológico. Su relación con el río no partía del afán de dominarlo, sino de comprenderlo y adaptarse a sus dinámicas, algo que se olvidó con la aniquilación de los conocimientos originarios de este paisaje y con los crecientes intereses económicos de una región atravesada por la violencia.
Paramilitarismo e intereses económicos contra el pueblo Embera
Uno de los líderes más visibles de esa oposición fue Kimy Pernía Domicó. Su activismo en defensa del territorio y de los derechos del pueblo embera fue silenciado en 2001, cuando fue desaparecido tras ser retenido por las Autodefensas Unidas de Colombia. En 2007, el exjefe paramilitar Salvatore Mancuso reconoció la responsabilidad de las AUC en su asesinato, y en 2009 la Fiscalía le imputó cargos por estos hechos. Según las versiones entregadas por Mancuso, el cuerpo de Kimy fue arrojado al río Sinú para impedir que fuera hallado.
La historia de la represa y la violencia que rodeó la defensa del territorio se entrelaza hoy con una crisis climática cada vez más severa. Las inundaciones actuales evidencian que los proyectos concebidos para “controlar” el río y reconfigurar el paisaje no están exentos de consecuencias sociales y ambientales. En una región atravesada por economías ilegales, conflictos armados y presiones extractivas, el territorio ha sido moldeado por decisiones que priorizaron intereses económicos sobre la sostenibilidad ecológica y la seguridad de las comunidades.
Lo que hoy ocurre en Córdoba y Bolívar no puede leerse únicamente como un fenómeno natural. Es también el resultado de décadas de intervención sobre un ecosistema complejo y de una relación desigual con la tierra. La crisis climática amplifica esas vulnerabilidades y golpea con mayor fuerza a quienes tienen menos capacidad para enfrentarla. Las aguas desbordadas del Sinú no solo anegan municipios, reabren un debate pendiente sobre desarrollo, memoria y justicia ambiental en el Caribe colombiano.
El Nudo de Paramillo, donde nace el río Sinú, ha sido históricamente un enclave estratégico para el narcotráfico, el tráfico de armas y el control de corredores de comunicación. En la zona limítrofe entre Antioquia y Córdoba, distintos grupos armados han disputado, y aún disputan, el dominio de rutas clave hacia la salida al mar, lo que convierte al territorio en un punto neurálgico de economías ilegales y confrontación armada.
La historia de la represa y la violencia que rodeó la defensa del territorio se entrelaza hoy con una crisis climática cada vez más severa. Las inundaciones actuales evidencian que los proyectos concebidos para “controlar” el río y reconfigurar el paisaje no están exentos de consecuencias sociales y ambientales. En una región atravesada por economías ilegales, conflictos armados y presiones extractivas, el territorio ha sido moldeado por decisiones que priorizaron intereses económicos sobre la sostenibilidad ecológica y la seguridad de las comunidades.
El Do Wambura de 1995 fue una manifestación ancestral y, al mismo tiempo, profundamente contemporánea. Ese rito colectivo no solo simbolizó la resistencia del pueblo embera katío, sino que expresó una forma distinta de entender la relación con la naturaleza y advirtió sobre las transformaciones irreversibles del paisaje y del territorio tras la imposición de grandes proyectos.
Lo que hoy ocurre en Córdoba, Antioquia, Bolívar, Sucre y más zonas del país, no puede leerse únicamente como un fenómeno natural. Este desastre se inscribe en una crisis climática global, pero también en decisiones humanas que han transformado el territorio en función de intereses económicos. Es también el resultado de décadas de intervención sobre un ecosistema complejo y de una relación desigual con la tierra. La crisis climática amplifica esas vulnerabilidades y golpea con mayor fuerza a quienes tienen menos capacidad para enfrentarla. Las aguas desbordadas del Sinú no solo anegan municipios: reabren un debate pendiente sobre desarrollo, memoria y justicia ambiental en el Caribe colombiano.


