La música de República Dominicana ha recorrido el mundo de la mano de Pedro René Peralta Soto, más conocido como Chichí Peralta. Y no solo gracias a los conciertos y las giras por decenas de países en distintos continentes, sino por su amor a la música y a las fusiones culturales que nacen dentro de ella. En sus canciones conviven instrumentos autóctonos de República Dominicana con sonoridades e instrumentos de Brasil, India, Japón, Venezuela y muchos otros rincones del planeta.
Algunas de sus producciones hacen parte de las canciones más recordadas y escuchadas del vasto universo que llamamos música tropical. ‘Amor narcótico’ y ‘Procura’ no solo marcaron a toda una generación, lo siguen haciendo, son temas que hoy encajan perfectamente dentro del mainstream por el número de oyentes que todavía poseen. Pa’ otro la’o, el álbum al que pertenecen estas canciones es un universo sonoro que va desde el merengue y los ritmos caribeños hasta el funk y los momentos acústicos, convirtiéndose en una de las producciones tropicales más relevantes e influyentes de las últimas décadas.
Del Grupo Fragmento a la mítica La Familia André, y de Juan Luis Guerra 4.40 hasta Chichí Peralta y Son Familia, Pedro René Peralta Soto es uno de los artistas —en el sentido más amplio de la palabra— más importantes que ha dado la música del Caribe.
¿Por qué, desde un inicio, se enamoró tanto de la música autóctona de su región?
A los cuatro años construí mi primera tambora con un envase de aceite, pero resulta que, para hacerla, vacié todo el aceite del mes de mi casa y me castigaron [risas]. Después, mi papá me llevó al Mercado Modelo, que quedaba cerca de la casa y donde vendían todo tipo de tamboras, güiras e instrumentos de República Dominicana. Ahí me compró mi primera tambora.
“Trae la tambora”, me decía mi papá cuando estaba escuchando música, y yo empezaba a tocar con la Sinfónica de Londres, con Fefita La Grande, con vallenatos, con cumbias… Ahí nació mi amor por la música, por la música dominicana y por las fusiones.
Más adelante, los grandes maestros de nuestras músicas se reunían con nosotros los jóvenes en los parques para enseñarnos, eso era muy bonito. De manera principalmente autodidacta, complementando mi formación con algunos cursos, continué mi camino en la música.
La música es una parte esencial de la vida; incluso cada planeta tiene su propio sonido. Mi vida se divide, en este orden: Dios, la familia y la música.
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“Mucha gente se emociona porque piensa: “Wow, ya no voy a tener que escribir la música, ya no voy a tener que pensar”. Y ahí comienza otro problema enorme: cuando la gente se acostumbre a no pensar, ¿qué nos va a quedar? Ahí es cuando la humanidad empieza a perder una parte de sí misma”.
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Antes de lanzar su propio proyecto, hay que hablar de dos etapas fundamentales en su carrera. Primero me gustaría preguntarle por su paso por La Familia André. ¿Cómo fue ese primer gran capítulo musical como percusionista?
Antes de La Familia André, hice parte del Grupo Fragmento, que gran parte, fue lo que después conformó La Familia André en esa etapa, porque La Familia André ya había tenido una época anterior a esa que grabó ‘De oro’ y se volvió mucho más reconocida.
Muchos recuerdos de esa época en la ciudad colonial, amigos entrañables, yo empecé en esta agrupación a los 15 o 16 años… Cuando empiezo a trabajar con La Familia André, con esa forma tan particular de construir los arreglos entre todos, pero con un énfasis muy fuerte en lo rítmico, puedo decir que tuve mucho que ver con canciones como ‘Nande’, que comienza con un solo de percusión, ‘Marcela’ y, por supuesto, ‘De oro’, el tema que nos abrió las puertas y nos hizo muy conocidos en otros países.
Yo ya había asistido al primer Festival de Música del Caribe en Cartagena, con otra agrupación, pero regresé por segunda vez con La Familia André. Recuerdo la Plaza de Toros completamente abarrotada de gente. Siento que ese momento marcó mi carrera.
Después de La Familia André me dediqué a producir jingles en un pequeño estudio que tenía y pasé a trabajar principalmente como músico de sesión. En esa etapa grabé un disco con mi hermano en Cristo, Juan Luis Guerra, y fue entonces cuando empecé a hacer parte de 4.40, agrupación en la que permanecí durante nueve años. Después nació Son Familia, proyecto que finalmente se convertiría en Chichí Peralta y Son Familia.
Trabajó junto a Juan Luis Guerra y 4.40 en discos emblemáticos como Bachata rosa, Areíto y Fogaraté. ¿Cuál diría que fue la mayor enseñanza durante ese periodo?
El amor por la música y la libertad creativa que Juan Luis nos daba a los músicos, especialmente a la base de percusión. Inventamos ritmos como los de ‘La bilirrubina’ y ‘Pedir su mano’. Trabajamos muchísimo, sobre todo en el estudio, creando esa música tan bonita de Juan Luis. Fue una época en la que todos aprendimos. Además, trabajar al lado de uno de los más grandes percusionistas de República Dominicana, el maestro Catarey, fue una experiencia maravillosa.
¿Han pensado en un reencuentro con Juan Luis Guerra y 4.40?
Todo está en manos del Señor, pero claro que sí. De hecho, ya volvimos a trabajar juntos en una canción llamada ‘Bahía de las Águilas’, un tema muy bonito en el que también participaron Joan Manuel Serrat y Danny Rivera. Es una canción en defensa de Bahía de las Águilas, uno de los lugares vírgenes más hermosos de nuestro país. Es muy importante preservar ese ecosistema, con sus delfines, sus tortugas, sus manatíes… es un verdadero paraíso. Espero que, en el futuro, el Señor nos vuelva a reunir con Juan Luis Guerra.
¿En qué momento decide que había llegado la hora de crear su propio proyecto? Además, no es tan común que un percusionista se anime a liderar una propuesta de esa magnitud.
Claro. Lo que pasa es que yo ya no era solo percusionista; también tenía experiencia como arreglista y productor. Como te contaba, ya había trabajado haciendo jingles y toda esa parte de producción. Al mismo tiempo, venía realizando muchos experimentos con la música folclórica dominicana, que es muchísimo más que merengue y bachata. Por ejemplo, tenemos ritmos como la mangulina por mencionarte alguno más.
Hubo un proceso de aprendizaje académico en torno a la producción musical que fue fundamental para lanzarme con mi propio proyecto. Creo que, cuando uno está aprendiendo, llega un momento en el que siente la necesidad de hacer algo propio. Ese camino fue el que me llevó de producir jingles a terminar grabando en Abbey Road junto a la Orquesta Sinfónica de Londres.
Usted ha construido un puente entre el Caribe y distintas culturas alrededor del mundo. ¿Por qué cree que su música se presta para ese diálogo?
Como te decía al principio, todo eso viene de mi papá y de la música que escuchaba. En la casa sonaban desde Fefita La Grande y toda nuestra música tradicional hasta Elvis Presley y la música sinfónica europea. Él pertenecía a una etnia de San Pedro de Macorís llamada Cocolo, una comunidad nacida de la mezcla entre africanos e ingleses. Era todo un gentleman.
Desde muy temprano me enamoré de las fusiones, y eso te lleva a descubrir instrumentos y músicas de todas partes del mundo. De Brasil, por ejemplo, el cavaquinho o el tantán, entre muchos otros; de Asia encuentras el shamisen, el shakuhachi y el koto, instrumentos que hacen de la música japonesa algo exquisito. De hecho, hicimos un documental sobre nuestro paso por Japón, donde fusionamos la música dominicana con la japonesa, llamado Inside Japan. Además, hay una influencia muy fuerte del jazz, del blues y de Robert Johnson, una música que siempre me ha fascinado. Creo que las fusiones fluyen de manera orgánica en mis canciones porque son el resultado del gusto y del conocimiento que he adquirido experimentando durante toda mi vida.
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“No sé cómo van a lograr ponerle corazón a canciones hechas completamente en un computador. La música nace de una conexión que viene del Señor y encuentra en nosotros el camino para convertirse en creación. Las computadoras pueden aprender de la música que los seres humanos llevamos siglos haciendo, pero ¿hasta qué punto pueden aprender? El ser humano siempre va a seguir creando”.
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Me atrevería a decir que Pa’ otro la’o es uno de los mejores discos tropicales de las últimas décadas, sobre todo porque su sonido sigue siendo completamente atemporal. Canciones como ‘Amor narcótico’ y ‘Procura’ nunca han dejado de sonar; ‘Techno Son’ explora una faceta mucho más cercana al funk y ‘Limón con sal’ apuesta por una sonoridad más acústica. ¿Cómo ha envejecido ese álbum para Chichí Peralta?
Es un disco que, sencillamente, no ha envejecido. Es una obra completamente construida desde la fusión. Como he dicho en varias ocasiones, es latin world music: música latina mezclada con sonoridades de todo el mundo. Fue un álbum diseñado con tanto cuidado, especialmente desde la parte sonora, que el tiempo no le pasa.
‘Procura’ nace inspirada en aquella Cuba de Benny Moré, pero con teclados modernos y una enorme cantidad de instrumentos fusionados con el merengue. En esa canción también le hice un homenaje al músico sudafricano Hugh Masekela, quien luchó desde la música por la liberación de Nelson Mandela. Lo curioso es que, cuando menciono su nombre en la canción, mucha gente cree que digo: “cuando la yuca se quema” [risas]. Hugh acompañó a una extraordinaria cantante llamada Miriam Makeba, conocida como Mamá África, quien también trabajó con Paul Simon en el álbum Graceland.
En ese disco también quisimos darles protagonismo a distintas regiones de Latinoamérica. De Venezuela, por ejemplo, incorporamos el cuatro, un instrumento del que me enamoré y que hoy utilizo en casi todas mis producciones. También hay acordeón, un instrumento que conecta tanto con la música típica dominicana como con la colombiana.
Pa’ otro la’o fue un ejercicio de atreverse a ponerle nuevos colores a la música, igual que ocurrió con De vuelta al barrio, un álbum grabado junto a la Orquesta Sinfónica de Londres, donde fusionamos el son con los arreglos de cuerdas. Además, la introducción de cada canción en este último disco que te mencioné es un homenaje a una época y a un estilo musical en particular.
Te voy a contar una pequeña historia relacionada con esos discos. La bachata nació alrededor de una emisora llamada Radio Guarachita. Allí sonaba muchísimo vallenato y fue donde empezó a tomar forma esa primera bachata, que en su momento no era bien vista por buena parte de la sociedad. La Viuda, que era la dueña de la emisora, me permitió comenzar a promocionar De vuelta al barrio. Después viajamos al sur de la isla, donde unos decimeros conocidos como los chuineros de Baní me dejaron grabar sus voces, después de compartir con ellos un día entero. Esas voces terminaron viajando hasta Abbey Road para sonar junto a la Orquesta Sinfónica de Londres. Por eso digo que cada canción de esos discos guarda una historia muy especial.
Tengo que preguntarle por Jandy Feliz. La unión artística entre ustedes fue un éxito absoluto. ¿Por qué cree que, trabajando juntos, ambos lograron mostrar una de sus mejores versiones?
Fue el momento y la manera en que se dio todo. Trabajamos con varias letras de Jandy y, en un principio, Pa’ otro la’o estaba pensado para que distintas personas interpretaran las canciones del disco. Pero, al final, la gran mayoría de los temas terminaron en su voz, y eso hizo que la producción tuviera una identidad muy compacta. De ahí surgió un álbum muy bonito que dejó huella y que, hasta el día de hoy, la sigue dejando.
¿Qué nos puede contar de este nuevo disco que llegará después de tantos años desde su último álbum?
La nueva producción, que saldrá muy pronto, tendrá una fuerte presencia de las músicas folclóricas de República Dominicana, fusionadas con rock, jazz y blues. Es uno de los discos que más se parece a lo que imaginé desde el principio, porque muchas veces uno entra al estudio buscando una cosa y termina encontrando otra. En este caso, todo fue tomando exactamente el rumbo que habíamos planeado.
Este álbum, junto con De vuelta al barrio, es de esos trabajos que me hacen pensar: “Wow, este es el disco”. Siento que Dios fue armándolo poco a poco. Tiene toda la esencia de Chichí Peralta y Son Familia, pero incorpora elementos de la música de los años veinte, fusiones directas con sonoridades de Asia y la participación del músico senegalés Assane Thiam, quien trabaja con Youssou N’Dour que ha grabado con artistas como Sting y Peter Gabriel. También incluye instrumentos como el duduk, de Armenia, y el bansuri, de la India. Es un álbum con muchísima fusión, pero cada elemento está cuidadosamente pensado.
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“Sí existe una gran diferencia entre querer transmitir algo desde el corazón con las manos, como sucede en el arte, para que otra persona lo sienta y lo perciba, a simplemente escribir un prompt. Yo no comparto esa manera de hacer música”.
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¿Cómo percibe la evolución de la música tropical con el paso de los años? ¿Cuál era su visión cuando comenzó esta carrera y cómo la ve hoy?
Ha evolucionado en algunos aspectos para bien, pero en otros no tanto. Hay corrientes de la música tropical o caribeña que ya no utilizan un solo instrumento en vivo, ninguno de los instrumentos que realmente representan nuestra identidad: los cueros, la tambora, la conga… Para mí, nuestra música debe estar hecha cien por ciento por seres humanos, como la música tradicional, donde uno podía pasar un día entero escuchando un solo compás hasta encontrar el adecuado.
La inmediatez con la que muchos jóvenes quieren hacer música ha llevado todo a una velocidad en la que se pierden demasiadas cosas. Esa idea hay que abandonarla. Cada concepto merece trabajarse con calma, por respeto al ente más importante de la música, después de Dios: el público. Nuestra música siempre debe conservar esa vena orgánica de los ritmos, de los arreglos con sustancia, con alma humana. Y también están las letras; sinceramente, muchas de las que se escuchan hoy no son aptas para menores.
No sé cómo van a lograr ponerle corazón a canciones hechas completamente en un computador. La música nace de una conexión que viene del Señor y encuentra en nosotros el camino para convertirse en creación. Las computadoras pueden aprender de la música que los seres humanos llevamos siglos haciendo, pero ¿hasta qué punto pueden aprender? El ser humano siempre va a seguir creando.
¿Qué opina de la inteligencia artificial?
Todavía no he visto una escultura hecha con una impresora 3D que tenga el peso artístico de las que creó Miguel Ángel. A mi entender, la gente se está dando cuenta de que el alma es indispensable en el arte. Por eso la generación Z está mirando hacia atrás: vuelven los vinilos, los CD, los casetes y las cámaras de rollo. Están buscando lo verdaderamente esencial y auténtico.
Hay una sensación irrepetible en tener tu propio vinilo o CD entre las manos, abrirlo, recorrer el arte de la portada, leer los créditos, descubrir quién grabó, dónde se hizo el disco, ver las fotografías… Todo eso tiene algo mágico. No digo que las plataformas de streaming vayan a desaparecer, pero lo tangible es único. Un disco de vinilo viene siendo un máster del máster, y saber que uno tiene eso en las manos produce un sentimiento indescriptible.
Sí existe una gran diferencia entre querer transmitir algo desde el corazón con las manos, como sucede en el arte, para que otra persona lo sienta y lo perciba, a simplemente escribir un prompt. Yo no comparto esa manera de hacer música. Además, cuando uno le da instrucciones a una inteligencia artificial, casi siempre termina generando música al estilo de alguien; difícilmente crea algo realmente nuevo.
Claro, mucha gente se emociona porque piensa: “Wow, ya no voy a tener que escribir la música, ya no voy a tener que pensar”. Y ahí comienza otro problema enorme: cuando la gente se acostumbre a no pensar, ¿qué nos va a quedar? Ahí es cuando la humanidad empieza a perder una parte de sí misma.
Las veces que he estado en Abbey Road recuerdo, con un profundo agradecimiento, haber estado al lado de Sir Colin Davis, toda una eminencia. Todavía se me eriza la piel al contarlo: Estar de pie, en el centro de más de 90 músicos, escuchando tu propia música, es una experiencia sensorial irrepetible. El corazón está completamente ligado a la música y a la creación; a esa experiencia de tocar una tambora con las manos. Eso es muy distinto a escribir un prompt.
Entiendo que, al final, la inteligencia artificial terminará siendo una herramienta más, como lo fue en su momento Pro Tools. De hecho, aquí, en mi estudio, todavía trabajamos de forma híbrida y seguimos grabando con una máquina de cinta de dos pulgadas. Técnicamente, un archivo MP3 necesita comprimir demasiado la música y, en ese proceso, se pierden armónicos. Incluso me atrevería a decir que todavía no existen sistemas digitales capaces de reproducir por completo el ancho de banda de una cinta de dos pulgadas. Personalmente, el sonido grabado en cinta tiene una profundidad, una amplitud y un peso que ningún formato digital me ha logrado ofrecer. Lo análogo, para mí, sigue teniendo el sonido más cálido, más fuerte y hermoso.
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“La inmediatez con la que muchos jóvenes quieren hacer música ha llevado todo a una velocidad en la que se pierden demasiadas cosas. Esa idea hay que abandonarla. Cada concepto merece trabajarse con calma”.
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Ahora que recibe un Latin Grammy a la Excelencia Musical, ¿cuál diría que es el mayor legado de su música?
Son muchas cosas. Llevo haciendo música desde hace muchísimo tiempo y, en ese camino, he vivido y aprendido de todo. Te conté que había comenzado en el Grupo Fragmento, pero, en realidad, mi primera agrupación fue otra que fundé cuando tenía 12 o 13 años: el Grupo La Azotea. Se llamaba así porque ensayábamos en la azotea de la casa de un amigo que, lamentablemente, ya falleció. Desde muy pequeño hubo en mí una enorme inquietud por la música, y creo que esa trayectoria, construida durante tantos años, ya representa un legado.
También está el sacrificio que exige esta pasión. Muchas veces uno no puede compartir con la familia en fechas especiales porque está grabando, de gira, ofreciendo conciertos, atendiendo reuniones o dando entrevistas. Casi no queda tiempo para descansar. Hoy, con herramientas como Zoom, muchas cosas son más sencillas, pero antes había que recorrer emisora por emisora durante todo el día. No era como ahora, que publicas algo en Instagram y la noticia llega de inmediato a todo el mundo.
Haber vivido esa época, antes de tanta tecnología, me hizo valorar mucho más la cercanía con las personas. A veces siento que la tecnología nos hace perder afecto y humanidad, y yo siempre he tratado de que eso no desaparezca. Ese también quisiera que fuera parte de mi legado.
La música es un camino que va mucho más allá de conseguir un éxito o pegar una canción. Es la decisión de perseguir un sueño, incluso cuando aparecen las dificultades. Siempre invito a los músicos jóvenes a no desfallecer cuando las cosas no salen bien, especialmente frente a una industria que, probablemente, es el reto más grande de todos, y más ahora, cuando se publican miles de canciones cada día. Mi consejo es que se tomen el tiempo para hacer buena música, que respeten el proceso creativo y que siempre caminen de la mano de Dios.


