Bob Marley con una bala

“Sueño, hombre, el sueño de todo rastaman, volar a casa en Etiopía y dejar Babilonia, donde los políticos no dejan que yo y mis hermanos seamos libres y vivamos a nuestra manera”

febrero 6, 2025

Hotel room photoshoot in London, U.K. 1973.

Dennis Morris

12 de agosto de 1976

Man to man is so unjust
You don’t know who to trust…
Who the cap fit
Let them wear it
—‘Who the Cap Fit’ Rastaman Vibration

Dos pesados sahibs [señores] presiden una pequeña cena en el Junkanoo Lounge del hotel Sheraton Kingston. De fondo, la banda toca versiones calipso de clásicos como ‘You Go to My Head’ y ‘I Get a Kick Out of You’. Los hombres son Chris Blackwell, el joven caucásico jamaicano -heredero de una plantación de té y especias- que fundó Island Records, y Michael Butler, el “millonario de moda” que respaldó Hair.

Butler se encuentra en Kingston por el nuevo musical de reggae que espera poner en las carteleras de Broadway el próximo otoño. Se llamará Irie y probablemente haga por el Armagedón de los rastas lo que la anterior producción de Butler hizo por el Acuario de los hippies. Cuando se le pregunta si tiene intención de contratar a un auténtico reparto rasta, Butler bosteza. “Bueno, me gustaría… pero no sé cuántos rastas pertenecen al sindicato de actores de Nueva Yawk”.

Los jóvenes millonarios parecen dos gotas de agua. Pero es evidente que a Blackwell no le entusiasma la idea de Butler de convertir su querida música de roots reggae en un musical de Broadway. Hasta hace unos años, la estafa a gran escala era práctica habitual en Kingston, con productores codiciosos y sinvergüenzas que pagaban a los músicos 10 o 15 dólares por una sesión y se guardaban las regalías para ellos. A Blackwell se le atribuye el mérito de haber cambiado casi por sí solo todo eso; al menos paga anticipos a sus artistas y les da una parte justa de las regalías, y el precedente que sentó obligó a otros sellos a seguir su ejemplo. También es el principal responsable de difundir la música roots más allá del gueto de Trenchtown y el Tercer Mundo. Lo hizo con mucho esfuerzo, pedaleando por Londres en bicicleta a mediados de los 70 con varios singles bajo el brazo, entregando personalmente el producto en las tiendas de discos y presionando a los locutores de radio para que al menos escucharan la contagiosa música de roots de los Rude Boys jamaicanos.

Hay una historia, posiblemente cierta, sobre el incidente que hizo que Blackwell dedicara su vida a propagar la fiebre del género. Al parecer, años atrás, el auto de Blackwell se había averiado en las Montañas Azules (país rasta) y se vio obligado a refugiarse en uno de sus campamentos primitivos. Al ser blanco y haber crecido en Jamaica, Blackwell tenía sus razones para no confiar en los rastas. Pero cuando los hermanos lo acogieron como si fuera uno de los suyos, se dedicó a hacer que el roots reggae de este pueblo tan bueno y calumniado se convirtiera en un sonido habitual en ambos continentes.

Así, cuando se sugiere que sería irónico que en vez de Bob Marley, fuera Michael Butler quien finalmente trajera el reggae a lo grande a Estados Unidos, Blackwell responde: “Sí, eso sería de lo más irónico”.
Entonces Butler pregunta: “Por cierto, Chris, ¿dónde se puede escuchar buena música reggae en vivo aquí en Kingston?”.

Live at Reggae Sunsplash II, Bob’s last concert in Jamaica, at Jarrett Park in Montego Bay, Jamaica. 6 July 1979.
Peter Murphy

Una sonrisa de gato de Cheshire se dibuja en el rostro de Blackwell. “Me temo que no hay dónde, Michael”, responde. “Verás, el reggae no es realmente lo que llamarías una música en vivo per se… El único lugar donde realmente existe es en un disco”.

Butler está destrozado, pero Blackwell aún no ha terminado. “Me temo, Michael, que la única música en directo que vas a escuchar en Kingston es la terrible basura turística que estamos escuchando ahora mismo”, concluye, mientras la ruidosa banda de la casa culmina su estridente interpretación calipso de ‘When Irish Eyes Are Smiling’.

Didn’t my people before me
Slave for this country
Now you look me with a scorn
Then you eat up all my corn
—‘Crazy Baldhead’ Rastaman Vibration

La primera vez que me reuní con un número significativo de rastafaris y sentí de cerca todo el impacto de esas pelucas salvajes que llaman rastas fue en los estudios de Tommy Cowan, en un pequeño edificio rodeado de varias casuchas en ruinas en un lote trasero del norte de Kingston. Seis o siete rastas y tres visitantes blancos se congregaron en una pequeña habitación llena de humo de ganja, escuchando un nuevo single, ‘Babylon Queendom’, del exguitarrista rítmico de los Wailers, Peter Tosh.

Tosh entró al estudio con una camiseta de ‘Legalize It’ (artículo promocional de su single homónimo, prohibido en las frecuencias públicas, pero disponible en todos los puestos de discos de los guetos), unas rastas salvajes y probablemente suficiente resina de cannabis en el “chalice” que salía de su boca como para meterlo en la cárcel de la yerba hasta que Babilonia finalmente decida caer. En pocas palabras: un rasta hasta la raíz.

A mediados de los 60, Tosh, Bob Marley y Bunny Livingstone habían formado el grupo de grabación más popular de la isla en el gueto de Trench Town, cuando aún se llamaban los Wailing Rudeboys. Tosh estaba aquí, hablando con Gregg Russell, un joven huraño con una rasta que le sobresalía del centro de la frente como un cuerno de rinoceronte. Como la mayoría de los rastas que fuman la hierba sagrada como un sacramento, Russell parecía semicomatoso.

El único rasta que parecía más ecuánime era Tommy Cowan, un fornido productor discográfico cuyas rastas, relativamente domesticadas, no parecían del todo kosher. Pero Cowan levantó un puño al aire con los demás y dijo: “Jah Rastafar-I” con el mismo fervor justiciero que cuando Tosh cantó: “Babylon Queendom, take back your dollahs!”.

Considerando que estos mismos rastas estaban comprometiendo sus firmes principios separatistas por nada más que los despreciados dólares de Babilonia al consentir, aunque fuera a regañadientes, este experimento de choque cultural y publicidad que habían llegado a considerar como el “reverdecimiento de los rastafaris”, la frase parecía realmente irónica. Pero cuando se lo mencioné a Tosh, me explicó pacientemente que el dinero de Babilonia era mero papel que no serviría para nada cuando Babilonia finalmente cayera.

“Da al César lo que es suyo, hermano, y devuélveme lo que es mío”, dijo, aparentemente satisfecho consigo mismo por haber dado con la frase adecuada. “¡Qué la cultura del ron (estilos de vida asociados con el colonialismo, la opresión y la degradación moral) se quede con su papel moneda, hermano, papel que es tan barato que ni siquiera alcanza para liar un porro!”.

La ganja nunca ha sido precisamente legal en Jamaica, pero nadie en la cultura del ron se interesó en los rastas y su copioso consumo de droga hasta que los rumores de “un culto a la violencia” iniciaron una campaña de acoso policial constante que se mantiene hasta hoy.

Backstage before the show at Stadio San Siro – Bob’s largest concert ever, with an estimated crowd of over 110k people – in Milan, Italy. 27 June 1980.
Lynn Goldsmith

“Los encargados de hacer cumplir la ley en la cultura del ron alegan que el hombre de la hierba es violento”, afirmó Tosh. “Pero no se dieron cuenta cuando el hombre del ron estrelló su auto contra un bus escolar, destruyendo a todos los niños inocentes que iban dentro… Ellos alegan que el hombre de la hierba mata, pero es el hombre del ron el que mata embriagado, ¡eh! El hombre de la hierba no mata… solo afila la hoja, afila y pule la hoja mientras medita sobre su venganza…  Luego se fuma otro porro para sentirse ecuánime, hombre, y se queda dormido, ¡olvidándose de cometer el crimen!”.
Entonces apareció una cara nueva en la puerta, olfateando con desconfianza y diciendo: “Uf, hombre, ¿a qué huele aquí?”.

Los de afuera debían de estar anticipando el mismo chiste hippie sobre el ambiente cargado de droga de la habitación, hasta que terminó el chiste: “¡Hombre, aquí huele a Am-ur-i-ca!”.

A rain a fall but the dirt it tough
A pot a cook but the food no’ ‘nough…
We’re gonna dance to Jah music, dance,
Forget your troubles and dance
—‘Them Belly Full (But We Hungry)’ Natty Dread

No fue hasta que caí en cuenta de que los rastas y su música están bajo una fuerte anestesia y de que la violencia del reggae (como todo lo demás en Jamaica, desde el servicio de habitaciones hasta las entrevistas con Bob Marley) se estaba gestando, que pude entender cómo tanta indignación social podía coexistir con las síncopas ricky-tick del reggae. La disparidad fue aún más inquietante cuando llegué por primera vez a Babilonia y vi de qué iba toda esa indignación entumecida y aturdida.
“¿Es ésta la zona que llaman Trench Town?”, le pregunté al taxista, mirando por la ventanilla trasera un sinfín de casuchas y chozas con tejados de hojalata. “Nooo, hermano”, dijo, desviándose para evitar una cabra perdida, “Trench Town es un mal lugar. Está en el gueto”.

Desafortunadamente, no notaba la diferencia. Ni siquiera las protestas más fuertes de Marley, Tosh y otros artistas de reggae, ni la película de culto sobre reggae The Harder They Come me habían preparado para la absoluta miseria que vi a lo largo de las estrechas calles de la casba. Me di cuenta de que nada había hecho justicia a este lugar, mirando desanimado por la ventana a muchísimos niños harapientos, con extremidades muy delgadas y vientres hinchados en el calor sofocante de la casba, desechando todos los prejuicios de folleto turístico que tenía en aquella sombría carretera.

Entonces, mi ánimo mejoró momentáneamente cuando el primer rastafari vivo que había visto pasó en motocicleta, con sus rastas ondeando como banderas. Pero, al parecer, a mi conductor el espectáculo no le pareció tan emocionante; “¡Coágulo!”, espetó (un calificativo menstrual mezquino, lo peor que se le puede decir a alguien en Jamaica). “Así como la mosca de la fruta que se alimenta de las cosechas, estos coágulos de sangre con rastas son una plaga en esta misma isla… No, hombre, no son los verdaderos religiosos que se dejan crecer las rastas con fines estrictamente religiosos, como afirman… Son pistoleros que se dejan crecer las rastas para infundir miedo en el corazón de la gente. Mi consejo es que te mantengas alejado de los coágulos que se hacen llamar rastas, hombre. Son asesinos racistas que se aprovechan tanto de los turistas como de la gente”.

Un par de noches después recordé su advertencia cuando un tipo llamado ‘Killy’, que toca la conga para los Sons of Negus, vino a llevarme con otras personas a una celebración religiosa rasta conocida como Grounation.

El Grounation tuvo lugar en Olympic Gardens, un barrio suburbano de edificios pequeños y en mal estado, no lejos de Trench Town, con hogueras ardiendo, bebés llorando y perros ladrando en medio de la noche que los rodeaba. El olor a sudor y a ganja se extendía por todas partes mientras los cuerpos se arremolinaban en pequeños callejones entre las chozas de tablones de madera y entraban en una sala de reuniones pentecostal, ligeramente más grande que el resto y que parecía una escuela de una sola aula.

La sala estaba abarrotada de gente, y la escena parecía una alucinación vudú, mientras bailaban como fantasmas bajo el resplandor de una única vela que ardía en un altar improvisado junto a una Biblia maltratada. Killy se colocó entre un grupo de bateristas que ya estaban tocando. Estaban acompañando al veterano cantante de reggae Ras Michael, un hombre barbudo y caprino que sudaba bastante con un grueso suéter, cantando una canción llamada ‘In Zion’. Era el tipo de reggae más básico, no comercial, puro y sin adornos. El fervor pentecostal alcanzó su punto álgido cuando Michael empezó a cantar ‘Old Marcus Garvey’, una canción popularizada por otro grupo local, Burning Spear.

De repente, varios soldados aparecieron en la puerta. Pero los porros y la música seguían echando humo mientras Ras Michael apuntaba con su canción a los intrusos como si fuera una lanza. Con expresiones amargas, parecieron descomponerse en la oscuridad, como espíritus desterrados por el desprecio comunal o el encantamiento de algún brujo.

Los tambores retumbaban triunfantes y la gente se levantaba de los bancos, con los pies descalzos golpeando las tablas del suelo. Mujeres con vestidos largos y cara de luna, con porros iluminando sus sonrisas de dientes de oro, ondulaban sus caderas al ritmo perfecto, mientras viejos, rabínicos y barbudos rastafari (con las rastas canosas pero todavía llenas de jugo) ejecutaban coreografías simbólicas y los niños, que apenas podían caminar, bailaban alrededor de los pies del cantante, dando tumbos al ritmo perfecto del reggae. (¡Así es cómo tendrías que crecer si quisieras considerarte parte del roots!) Mientras tanto, un grupo de niños risueños miraba por la ventana a un fotógrafo blanco que bailaba con un abandono torpe y ácido.

Football scrimmage in the front yard of Bob’s home and Wailers/Tuff Gong HQ at 56 Hope Road, Kingston, Jamaica. Just after the Kaya tour, August/September, 1978.
Peter Murphy

“La música roots tiene una magia poderosa para expulsar a los ejércitos de Babilonia y hacer que los soldados se avergüencen de su intrusión”, explicó Michael más tarde, mientras tomábamos la sopa ritual de cabra, aromatizada con hierbas y servida en una gran olla negra. “¿Por qué vienen los soldados? ¿Qué necesidad tienen de venir donde la gente es pacífica y hace música para alabar a Jah? Se sienten tontos y avergonzados por venir al campamento rasta a perturbar la pacífica Grounation…”.

No sé qué tiene que ver con el tema de la música roots, pero una mujer de mediana edad nos miraba a través de la puerta, balanceándose en una hamaca colgada en el callejón. Fumaba un porro y cada dos segundos soltaba una risita y, con un zumbido de vieja, se ponía a cantar. Cantaba el mismo coro una y otra vez y, aunque la melodía me resultaba familiar, las palabras sonaban extrañas a través de su patois, hasta que la reconocí: ‘Rhinestone Cowboy’.

The sun shall not smite I
By day, nor the moon by night
And everything that I do
Shall be upfull and right
—‘Night Shift’ Rastaman Vibration

La primera vez que vi a Bob Marley estaba sentado en la repisa de la ventana del segundo piso de su casa de Hope Road, fumando un infaltable porro y estudiando las brillantes copas de los árboles tropicales, sumido en una meditación herbal. De hecho, Marley estaba tan a tono que pude analizarle de perfil por varios segundos antes de que se diera cuenta de que tenía compañía.

Al llegar en auto, lo primero que uno nota es el BMW plateado aparcado en la entrada; lo siguiente, que la casa estaba pintada parcialmente, como si el obrero, al descansar con un porro al mediodía, se hubiera quedado tan fascinado con la forma en que ese tono casi psicodélico de rosado chillón repelía la luz del propio Jah que se había olvidado de terminar el resto.

Hope Road es una calle relativamente pudiente de viviendas de clase media, a poca distancia de algunos de los peores barrios pobres del hemisferio occidental. Hope House, rodeada por un amplio y frondoso jardín con varias estructuras más pequeñas en la parte trasera (una de las cuales se está convirtiendo en un estudio de grabación), sigue siendo palacial para los estándares locales. El lugar tiene esa combinación particular de descuido y majestuosidad pop que los Jefferson Airplane crearon en los buenos tiempos de Up-Against-the-Wall-Motherfucker a finales de los 60. Pero, en vez de estar salpicadas con un arco iris, las paredes de estas habitaciones apenas amuebladas están manchadas con caquis melancólicos, carmesíes viscerales y los mostazas militantes del nacionalismo negro.

De seguro Marley nos ha visto llegar. Allí sentado, con un aspecto sorprendentemente parecido al del Che Guevara y sus célebres rastas escondidas en una enorme boina, uno solo puede especular sobre los graves asuntos que le preocupan. Ahora que incluso la revista Time ha reconocido a Marley como “una fuerza política que rivaliza con el gobierno”, quizá esté considerando la posibilidad no tan remota de una redada sorpresa desde la sede del gobernador general, a menos de un kilómetro y medio por Hope Road. Al menos eso explicaría el tenso silencio que se cierne sobre la casa, haciéndola parecer un campamento guerrillero. Sin embargo, dado lo particular de su posición, parece igual de posible que esté calculando el efecto que las próximas elecciones parlamentarias en Kingston podrían tener en las ventas de su último sencillo, una mordaz declaración política llamada ‘Rat Race’.

En cualquier caso, Marley frunce el ceño como un general cuyas meditaciones vitales han sido interrumpidas, cuando de repente se da cuenta de que tres mercenarios blancos de Babilonia están de pie en su puerta. Haciendo acopio de una amabilidad cortante, Marley se levanta y los conduce hasta el patio, donde había accedido a posar, coqueto como cualquier gran estrella del pop, descansando sobre el capó de su BMW. Quizá este porte orgulloso e imperialista lo heredó de su padre, de quien se rumorea fue un oficial blanco del ejército británico.

Cualquiera lo bastante ingenuo como para preguntarse en voz alta por qué un héroe de la cultura rebelde y no materialista es dueño del mismo tipo de coche que conduce Michael Manley (político y Primer Ministro de Jamaica), recibirá una muestra de lógica rasta: BMW significa “Bob Marley and the Wailers”. ¿Y por qué se somete a tantas sesiones fotográficas? “Te diré algo”, comienza Marley, “si la cantidad de discos vende la misma cantidad de fotos que se hacen, ¡genial! ¡Ya hemos hecho más de dos millones de fotos!”.

Esto no implica que Bob Marley se haya doblegado ni nada por el estilo. Stu Weintraub, su agente de contrataciones estadounidense, me dijo que era cuestión de tiempo antes de que finalmente consiguiera que Bob Marley y los Wailers tocaran en Estados Unidos. “Cada dos semanas llegaba otro mensajero de Jamaica para decirme que todo estaba en marcha o no…  Pasó tanto tiempo que cuando por fin conocí a Bob, cuando por fin se presentó en mi oficina de Nueva York, le dije: ‘¡Con que sí eres una persona de carne y hueso! ¡Empezaba a tener mis dudas!’”.

Desde el principio, Weintraub se negó a que Marley and the Wailers fueran teloneros de nadie, ni siquiera de los Rolling Stones, quienes ofrecieron una oportunidad de oro de ampliar un creciente número de seguidores cuando pidieron tener al rastaman como telonero en su última gira.
“Naturalmente, tuve que cuestionarme si estaba haciendo lo correcto. ¿Cómo se puede rechazar un concierto así sin preguntárselo? Pero sentía que, aunque todavía no había suficiente gente que conociera a Bob Marley, ya estaba rumbo a convertirse en una tremenda estrella… y las estrellas no telonean, son cabezas de cartel”.

Weintraub dice que finalmente se convenció de que siempre había estado en lo correcto cuando la asistencia a la gira estadounidense más reciente superó incluso sus propias expectativas. “Podríamos haber llenado fácilmente estadios como el Madison Square Garden”, me dice Weintraub. “Pero, en vez de eso, opté por presentar a Bob en salas medianas, en espacios más íntimos, donde pudiera mostrarse como lo que es: un hombre profundamente religioso que expone un mensaje profundamente religioso”.

El propio Marley dirá que se somete a las invasiones de su privacidad por parte de escritores y fotógrafos extranjeros más para difundir el evangelio del rastafarismo, que por fama o beneficio propio.
“La mayoría del tiempo no veo a nadie, pero somos hermanos, somos familia”, dice con un gesto amplio del brazo, como si quisiera abrazar a su familia extendida alrededor suyo, su hijo Robbie de cinco años que está jugando con un auto en miniatura en el patio y una bonita mujer de piel morena fumando un porro como si fuera un Virginia Slim, mirando pensativa desde la ventana del piso de arriba donde le encontramos por primera vez.

Artists’ welcoming beach party for Reggae Sunsplash II, Montego Bay, Jamaica. July 1979.
Adrian Boot

“La mayoría de las veces no veo a nadie más que a ellos, y me quedo aquí con mi música, meditando, hombre. Pero a veces me gusta hablar con ‘los escribas’ porque son lentos para captar mi mensaje. A veces es bueno que nosotros hablemos, porque, hombre, a veces aligera el ambiente… ¿entiendes?”.

Aunque la comunicación es compleja por la intensidad de su patois, dificultada aún más por el uso de expresiones rastafaris tan exóticas como “yo y yo” (que puede malinterpretarse como “yo y mío” o “yo, yo mismo y yo”, hasta saber que la frase significa “tú y yo”, toda la “I-manidad” o “nosotros”), Marley parece ansioso por exponer el mensaje que hay detrás de su música.

“Lo único que no me gusta es cuando se equivocan con mi mensaje, hombre”, afirma, recostado en el capó de su BMW con su boina del Che, botando la ceniza de su porro con estilo. “A veces me da risa cuando ‘los escribas’ dicen que soy como Mick Jagger o alguna superestrella similar… Tienen que escuchar bien la música, porque el mensaje no es el mismo… Nooo, hermano, ¡es de reggae, no de twist, hermano!”.

La idea de que alguien pueda confundir los géneros parece irritarle y divertirle, como debería ser, ya que el mensaje de la mayoría de la música roots está muy lejos de la absurda catalogación anatómica de Chubby Checker y similares. Pero también parece cierto que los orígenes de esta música se remontan a incongruencias pop tan encantadoras como James Brown (o incluso Hank Williams) cantando entre palmeras, así como los ritmos africanos o las sectas pentecostales de innumerables tendencias fundamentalistas tienen relación con fuentes tan diversas como el cristianismo y el vudú.

Marley ya estaba minando el mainstream en busca de leyendas populares cuando creó, en su tercer LP publicado en Estados Unidos, un héroe popular llamado ‘Natty Dread’, cuyas raíces eran más cercanas a los prototipos rebeldes retratados en los primeros clásicos de radio como ‘He’s a Rebel’ y ‘Leader of the Pack’, que al viejo Marcus Garvey. Para empezar, su madre, nacida en Jamaica, es una ciudadana estadounidense nacionalizada, que ahora posee una tienda de discos en Wilmington (Delaware), y el propio Marley pasó alrededor de dos años en Wilmington con ella, trabajando en la línea de ensamblaje de la planta local de Chrysler, según se dice, antes de volver a su isla natal a finales de los 70 para evitar ir a Vietnam.

Pero cuando le menciono ese periodo a Marley, murmura que en Estados Unidos “todo va demasiado rápido, la gente tiene demasiado trabajo y demasiadas preocupaciones”. Y cuando le pido que sea más específico, su patois se vuelve tan denso y arrastrado que parece que está hablando en otros idiomas. Como último recurso, evoca el privilegio indiscutible de todos los verdaderos rastas, vuelve a su estado semicomatoso y se queda mirando al espacio, trascendiendo por completo mi presencia. La renuencia de Marley a hablar del tiempo que pasó en Wilmington parece tan lógica como la de Bob Dylan a hablar de sus días de colegio en Hibbing, Minnesota.

Hay que proteger a la leyenda pública, sobre todo ahora que algunos puristas del reggae se quejan de que su último LP estadounidense, Rastaman Vibrations, disminuyó notablemente la música roots y es quizá demasiado rockero. Pero las ventas del álbum, según la gente de Island Records, ya han superado las de sus tres anteriores discos juntos y el álbum sigue subiendo en los listados, impulsado por su gira más reciente.

Tal vez la mayoría de estos detractores no estén dispuestos a relegar a Bob Marley al limbo comercial en el que languidece Jimmy Cliff, el primer artista de reggae en ganar fama en Estados Unidos. Pero estos críticos señalan ahora a Burning Spear, un grupo muy metido en los cánticos africanos, como el grupo que hay que escuchar si se quiere oír roots de primera, rudo y crudo.

Al igual que los puristas del folk que le gritaron “vendido” a Bob Dylan cuando se pasó a la música eléctrica, estos críticos no se dan cuenta de que Marley, como Dylan, ha trascendido los géneros, ¡incluso puede que haya trascendido las raíces! Solo hay que verle sobre el escenario, como un derviche bailando, con sus rastas al viento, para darse cuenta de que estamos ante una estrella del rock & roll.

Sin embargo, Marley parece genuinamente comprometido con su fe, y cuando habla de la peregrinación que planea pronto a Etiopía, está claro que su corazón sigue en las tierras altas de esa meca mítica. “Sueño, hermano, el sueño de todo rastaman, volar a casa a Etiopía, y salir de Babilonia, donde los políticos no dejan que yo y mis hermanos seamos libres y vivamos a nuestra manera. Por eso voy a comprar tierras y traer a mi familia conmigo, porque Babilonia debe caer. Es cierto que tanta maldad debe terminar, pero ¿cuándo? Yo y mis hermanos no queremos esperar más, porque nuestro Jah nos dice que vayamos a casa a nuestra Etiopía y dejemos que Babilonia perezca en su propia maldad. No sé por qué… pero así debe ser…”.

Live at Ninian Park for the West Coast Rock Show, Cardiff, Wales, U.K. 19 June 1976.
Adrian Boot

Como es difícil para un forastero discutir la lógica en blanco y negro de la doctrina rasta, reflexionamos sobre estas cosas en un silencio solemne durante un rato, observando cómo el crepúsculo desciende sobre el jardín, donde varios de los hermanos permanecen de pie en un estado ligeramente desconcertante de animación suspendida. Y mientras Marley parece haber hecho las paces con las contradicciones de ser a la vez el portavoz de una secta religiosa autóctona jamaiquina y un producto comercializable en los estruendosos escenarios del rock & roll mundial, estos miembros de su extensa familia, silenciosamente desdeñosos, con sus impenetrables ojos almendrados, empiezan a parecer menos amables. Tal vez no estén tratando exactamente de intimidar a nadie, porque Marley, después de todo, es el pater familias que pagará su pasaje a la tierra prometida, y la voluntad de Marley es claramente la ley en este jardín.

Entonces Marley parece animarse y dice: “Llevará muchos años, hombre, y tal vez algún derramamiento de sangre, pero la justicia algún día prevalecerá… Sí, hermano, yo lo sé, porque dondequiera que vayamos cuando tocamos por fuera de Jamaica, en todo el mundo veo a mis hermanos rastas por todas partes… creciendo fuertes como tallos de hierba en el campo… eh, hermano, me alegra el corazón ver a Natty Dreadlock creciendo fuerte por todas partes… es el futuro, hermano”.

Tampoco cree que, si algunos jóvenes empiezan a dejarse crecer las rastas más para emular a Bob Marley que para seguir los principios del rastafarismo, esto comprometa su mensaje ni convierta su fe en una moda (“como el twist”). “Será bueno, hermano”, insiste. “Porque es un comienzo. Primero les crecen las rastas y luego entienden el mensaje y se vuelven justos”.

Cuando le recuerdo que los hippies (¿se acordará de los hippies?) pensaban que el mero hecho de dejarse crecer el pelo y fumar porros les convertiría en personas justas, y que hoy en día no es raro ver policías con el pelo largo, Marley insiste en que la analogía no es aplicable.

Live at the Rainbow Theatre during a run to close out the Exodus Tour. London, England, U.K. 4 June 1977.
Adrian Boot

“Nunca verás a una rasta ser un policía, hombre”, espeta, aparentemente molesto por la insinuación. “Por eso, en mi nueva canción, ‘Rat Race’, digo: ‘Rastaman no trabaja para la CIA…’. Nunca será así, porque los rastas no son como los hippies… El rasta aguanta mucho y el hippie no aguanta, fracasa. El hippie debería aguantar cinco años más hasta que vengamos. ¡Entonces los hippies también serán rastas! Hombre, mírate: tienes barba y el pelo como rastas”. No, sin duda el artista no carece de su propio humor irónico.

Pero, de repente, Marley parece apagar su encanto cuando un fotógrafo le pide que se mueva a otra parte del patio, donde todavía hay luz natural. Marley se niega rotundo, diciéndole que si lo quiere en otro sitio tendrá que volver otro día. Aunque el ultimátum de Marley parece menos el capricho de una diva del pop que una admisión honesta de apatía, no hace sino aumentar la tensión a medida que las sombras de los hermanos rastas se alargan en el patio que se oscurece, haciendo que las distancias entre nosotros parezcan tan vastas como toda Etiopía.

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