Bad Bunny otra vez busca más que el hit esporádico en Un verano sin ti

Por  SEBASTIÁN CHAVES

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Después de lanzar dos discos en 2020 en pleno confinamiento, el puertorriqueño regresa a mostrar su voracidad en un disco de veintitrés canciones y 80 minutos

Bad Bunny

Un verano sin ti

Hay algo que está claro a esta altura de las circunstancias: a Bad Bunny le encanta hacer discos. Un verano sin ti, el cuarto de su discografía oficial como solista (y el quinto si se tiene en cuenta Las que no iban a salir, de 2020), prueba una vez más que su obra está concebida como algo más que buscar el hit esporádico -que de todas maneras consigue-, sino que también hay una búsqueda por marcar presencia en la escena como un artista que puede pensar en plazos extensos. Por eso estos veintitrés canciones y más de ochenta minutos de música centrada en el reggaetón como estructura y eje desde el cual moverse brevemente hacia las proximidades. Y un poco más lejos también.

La fecha de lanzamiento y la estación del año elegida dan cuenta también no solo de su éxito en Puerto Rico y la región norte de América Latina sino también de su afianzamiento como uno de los artistas latinos más escuchados en Estados Unidos. Bad Bunny, por caso, recorrió las calles de Nueva York cantando en el techo de un colectivo cuando la pandemia dio un breve respiro entre meses de confinamiento. Y si aquel 2020 lo tuvo lanzando dos álbumes (YHLQMDLG y El último tour del mundo) en un compromiso casi único por entretener a un planeta encerrado, 2022 marca el regreso con este nuevo disco y también con una gira que lo tendrá por Argentina en noviembre. Benito es un artista prolífico y ningún contexto parece hacer mella en una voracidad que parece tener mucho del modus operandi de Drake. Discos largos que apuntan a copar los rankings como si se tratara de una invasión a territorio enemigo: todos los temas son bombas pequeñitas.

Así como «Después de la playa» se convierte abruptamente en una salsa rabiosa luego de haberse plantado primero como un reggaetón y «Yo no soy celoso» es una canción acústica, «Tarot», con Jhay Cortez de invitado, parece un dembow lounge con futuro de fiesta electrónica al atardecer. Con todos esos paisajes sonoros tratados con delicadeza -Tainy parece entender a la perfección hacia dónde quiere ir Bad Bunny-, al disco lo sobrevuela el encanto extraño de lo residual, como si el atardecer en la playa funcionaran como recordatorio de ese amor que terminó así, con la lentitud de la puesta del sol. WhatsApp, los DM, los memes y los virales forman también parte del imaginario de las relaciones actuales, que se juegan mucho en la virtualidad compartida («Me la pasaría contigo viendo TikTok«, canta en «La corriente», con Tony Dize).

De todas las colaboraciones, sin dudas la que se sale de lo esperado es la de The Marías, la banda de neo psicodelia de Los Ángeles, en «Otro atardecer». El tema, una suerte de indie narcótico con reggaetón sugerido en el estribillo, no hace más que reforzar el interés por la canción-rock que Bad Bunny mantiene desde X100Pre, su primer disco. El fraseo elástico y lacrimógeno con un autotune que recorre sus posibilidades máximas y otras más sutiles funciona en todos los casos como su marca, capaz de cohesionar todos los estilos que aborde. Todo transcurre con soltura y consistencia hasta el final que viene con una sorpresa. «Callaíta» -un hitazo de 2019 que venció la fugacidad de los algoritmos- cierra el nuevo disco de Bad Bunny. Como si el primer single de su nuevo álbum hubiese estado ahí, en todos los parlantes de América latina desde hace tres años. Decisiones que puede tomar alguien como él, que convirtió a sus discos en el lugar donde hacer lo que se le da la gana. Algo que raramente le sale mal.