mayo 5, 2022

Yo fui telonera de Metallica

Julia Arbós, guitarrista de Marina Fages, relata los detalles de cómo fue tocar antes de Metallica con una banda de mujeres, desde la ansiedad en la previa hasta el inesperado encuentro con los músicos norteamericanos en el backstage

Por  ROLLING STONE

Foto: Brett Murray

Por Julia Arbós

Ayer (por el sábado pasado) tocamos con el grupo de Marina Fages como teloneras de Metallica. No diría que soy fan de Metallica. Pero en la infancia, la habitación de mis primos más grandes estaba llena de posters de Metallica y Megadeth, y la música que salía de sus casetes era tal cual lo que veía en esas imágenes: un sonido oscuro, enigmático, que mostraba muerte, calaveras y todo aquello de lo que no se hablaba en la mesa familiar. Quizás en esa época empecé a entender que a través de la música se puede hablar de aquello para lo que no alcanzan las palabras. Después tuve el álbum de figuritas Rock Cards y la del logo de Metallica era de las difíciles. Ya en la adolescencia, cuando empecé a tocar punk, hardcore y grunge, todos mis compas de banda (varones) escuchaban metal.

En esa etapa de la vida donde una va descubriendo el mundo, empezando por sus extremos, Metallica generaba debates: la mitad era fanática y la otra mitad, purista del género, decía que habían asesinado al metal con su mainstream. Por esos años fue lo de Napster, en el colegio rumoreaban que el grupo «La Naranja Metálica» se había tenido que cambiar el nombre porque Metallica los había amenazado con un juicio y que Hetfield era facho. Nunca indagué en todo eso, a mí me gustaba si sonaba. Ahora veo que Metallica es parte del trasfondo de mi vida y de mi prehistoria. Escuché cientos de anécdotas sobre sus shows, sus grandes escenarios con artificios y proyecciones… Y hace 3 semanas Marina me preguntó si tenía libre el 30 de abril.

Empezamos un cronograma de ensayos muy organizado, con un formato de banda más reducido del que solemos tener para tocar: Marina (voz y guitarra), Lu Martínez (bajo), Mailen Eliges (batería) y yo (guitarra). Lidiando con nuestro cúmulo de felicidad, asombro, ansiedad y expectativa (porque no lo anunciaban aún), lo empecé a contar entre mis amigues y familia. Ni nosotras lo podíamos creer: la realidad es que Marina lleva años haciendo lo que hace y tiene un equipo que la acompaña, sumado algo de suerte, que siempre viene bien, y después… como pasa en todos los shows. Con el dato de color de que Metallica mismo habría hecho la elección final de Marina Fages como banda soporte local de este show que se anunció en 2019, se canceló por el COVID en 2020 y se reprogramó en 2021 para suceder en 2022. O sea: hubo gente que guardó el ticket y la esperanza en su casa durante 3 años.

Nos anuncian tres días antes del concierto y las redes de Marina explotan. De un día para el otro su nombre propio era lo último que se leía en el cartel antes de «sábado 30 de abril Campo Argentino de Polo». Llegaron muchas palabras de apoyo de colegas, conocides y seguidores. Y luego vinieron los comentarios odiantes. Tener más visibilidad levanta el nivel de todo, de lo bueno y de lo malo. A Marina le escribieron cosas horribles, amenazas en comentarios y por mensaje privado. Entre nosotras nos apoyábamos, las cuatro hemos lidiado con haters; y, siendo mujeres, un poco lo esperábamos. Hubo mansplaining extremo, cosificación sexual y comparaciones irrisorias con estos músicos que nos duplican en edad y tienen 40 años tocando juntos.

No creíamos que fuera a pasar a mayores, eran sólo textos. Pero a su vez, la historia de las mujeres en el rock es bastante amarga. Y si recapitulamos cómo se comportó el público argentino de bandas internacionales, sólo las experiencias con Calamity Jane (soporte de Nirvana en 1992) y Meredith Brooks (con los Stones, en 1998) dan asco. Se acercaba el día y nosotras seguíamos puliendo el show, pero cada tanto, en mi soledad, me asaltaba un miedito acerca de lo que iba a pasar, un sutil pensamiento catastrófico.

Sábado 30 de abril de 2022. 10 am. Estaba mal la dirección que tenía para acreditarme, así que caminé (sola, con la guitarra, los pedales y el vestuario) en paralelo a la fila del público madrugador que ya estaba esperando. Sentí las miradas. Algunes se hacían les distraídes y otres hacían comentarios en voz alta: admito que, más allá de la guitarra, con anteojos de sol y pelo y campera violetas puede ser que llamara la atención entre tanta indumentaria negra. Me apuré un poco, nerviosa, con mi mejor cara de póker, lidiando con mis bártulos y las vallas, sin poder codificar si esas miradas eran amigas o no. Llegué al puesto de acreditaciones, y cuando encontré a Marina y al equipo ya me empecé a sentir más en casa.

Finalmente entramos al Campo Argentino de Polo, que resultó tan enorme como lo indican todas las palabras grandilocuentes en su nombre. Al mediodía probamos sonido en ese escenario gigante, desde mi lugar veía un horizonte verde claro interrumpido por unas estructuras que cada tanto escupían fuego. Nos rodeaban cientos de técnicos angloparlantes que también eran altísimos y que iban y venían. Pero en el aire había una actitud acogedora, una sensación de domingo que compensaba la inmensidad de todo. Hubo un momento de estrés con una falla en mi amplificador y un técnico del team Metallica nos regaló el cable salvador: Mr X, seas quien seas, te debo la vida. Nuestro show iba a ser a las 18.30.

18.10. Subimos por la escalera de la espalda del escenario. Por debajo de la música del venue, la multitud parecía el sonido del mar. Greta van Fleet tocaba a las 20, yo (ilusa) pensé que no iba haber mucha gente durante nuestro horario. Pues nos asomamos y la imagen era esta:

El público de Metallica, antes del show de Marina Fages. Foto: Guido Adler

Adrenalina. Sentí que toda la vida me estuve preparando para tocar frente a esa enorme cantidad de gente. Pero saber qué iba a hacer con nosotras esa multitud que hacía tres años esperaba ver a Metallica… era un misterio. Así que el rango de expectativas empezaba bajísimo con la idea de que ‘si nos van a tirar cosas ojalá sean objetos livianos’, y terminaba con la idea de conmover a aquellas personas, que puedan conocer una música nueva que les guste, que es de lo más lindo del mundo. A las 18.25, el fotógrafo Guido Adler inmortaliza el momento en la foto de arriba y en esta otra:

Mailen Eliges (batería), Lu Martínez (bajo), Marina Fages (voz y guitarra) y Julia Arbós (guitarra). Foto: Guido Adler

Tres minutos antes de la hora señalada, me saqué el buzo y con Lu empezamos a saltar en el lugar para soltar el frío y los nervios. Alguien nos dice «¡Adelante!» y Mailen, siendo la única sub 30 del grupo, con su tenacidad y metro y medio de altura, cruzó el umbral inmenso, dejando atrás las estructuras de las pantallas gigantes que nos protegían en el anonimato. La sigue Lu y, cuando vamos a salir Marina y yo, alguien dice en inglés mirando el reloj: «Stop! Two minutes». Nos miramos; o sea, no podíamos salir, pero las dos pibas ya estaban en el escenario listas para tocar. Qué tan largos pueden ser dos minutos, habrá que preguntarles a ellas.

18.30. «Okey! Go, go!», dice con buena onda el boss del escenario levantando la barrera. Crucé el umbral. El aire parecía más denso y caliente de aquel lado. Un rumor hecho ráfaga me acarició el pelo y tuve un escalofrío en el instante en que levanté y me colgué la guitarra. Hubo aplausos y gritos, pero no llegué a prestar atención. Empezamos con una canción poderosa que dice: «Pero ahora voy a dar/ lo mejor de mí». Y sin dudas ese fue nuestro escudo protector, nuestro talismán. Porque fueron pasando los temas y los aplausos iban in crescendo.

Cada tanto miraba esa marea de gente, todas esas personas, escamas en la inmensa piel de serpiente que cubría el suelo como una alfombra viva allá hasta donde mis ojos podían llegar a ver. Hormigas en manada, cada una distinta pero a la vez parte de esta misma especie, única, viral y extraña que somos los seres humanos. Marina pregunta en el micrófono dónde está su novio Kim y cuenta que se va a casar el lunes y unos cincuenta varones que estaban lejos entre sí, levantan la mano gritando «¡Acá estoy! ¡Acá!». Me río y vuelvo a mirar a mis compañeras de banda. Somos fuertes, estamos haciéndolo bien, sobre todo porque estamos juntas y ahora sabemos que si estamos juntas nadie nos puede hacer mal.

Cerramos con «Provincia», que hasta a nosotras nos prende fuego. En el estribo me cebé tanto que pisé mi propio cable y desenchufé la guitarra y en el mismo instante Marina, que en ese tema no toca, sin parar de cantar amaga a darme su guitarra, pero antes logré conectarme nuevamente. Hoy vi la transmisión y no puedo creer la velocidad con la que sucedió todo eso: durante el vivo parecieron un arreglo musical y una agachada.

Terminamos, la gente aplaudió, algunes hasta ovacionaron y a mi me vibraba el cuerpo. Marina se fue primera y apenas salió la cruzaron entrando algunos técnicos a desarmar a toda velocidad. Sabiendo que nos iban a echar del escenario, abracé a Lu y Mai y saqué esta foto:

Selfie en el final del show, desde el escenario. Foto: Julia Arbós

20.15. Terminando Greta van Fleet, volvimos al camarín y nos vinieron a buscar dos mujeres que, con acento mexicano, nos dicen que Metallica se quería sacar una foto con nosotras: estupefactas. Las seguimos, caminando entre vallas hasta unos gazebos justo detrás del escenario, un lugar donde ni con nuestra pulsera se podía ingresar. Nos cuentan que en esos gazebos Metallica había montado una sala y que esa batería que sonaba eran ellos que estaban tocando desde las 16.

Enseguida cesa la batería y sale caminando James Hetfield. Se acerca muy calmo y nos saluda cálidamente. En inglés le cuenta a Marina que escuchó un poco el show desde atrás del escenario (cosa que en realidad ya nos habían contado sorprendidos algunos de producción) y que le gustó mucho. La mira a Mailen y dice «drums..» a Lu y dice «bass, right?» y me mira y me dice con total sinceridad algo como «I don’t remember you», a lo que respondo: «I was the thing beside Marina» (Yo era la cosa al lado de Marina) y él se rió. Voy a barajar la posibilidad de poner en mi epitafio: «¡Hizo sonreír a James Hetfield». Enseguida salieron Lars Ulrich seguido por Robert Trujillo y Kirk Hammet con la guitarra colgando. Abrazada a Trujillo a mi derecha y a Lu y Hammet a mi izquierda, el fotógrafo disparó tres o cuatro veces. Les deseamos suerte en su show, nos saludaron y se fueron directo al escenario. Les vi fundirse en la sombra nocturna de aquel gigante, esa estructura enorme construida por ellos a lo largo de 40 años, hecha a su gusto y a su medida.

Fueron, por un momento, seres humanos, tangibles: ese momento de James sacando charla con Marina hasta que salió el resto de la banda, quizá por sincero interés, quizá para evitar la incomodidad de cuando una situación social nos pone en el aprieto de permanecer con un desconocido. Durante cinco minutos para mí dejaron de ser un poster, una noticia, un rumor o un sonido a imitar con la banda de covers que tenía en el colegio. Por cinco minutos fueron hormigas como yo, como las pibas y como quienes lean esto, especímenes únicos de esta extraña manada, de la misma piel escamosa y mutante de humanos que cubre la tierra.

Metallica, Marina Fages y su banda. Foto: Brett Murray

Julia Arbós es cantante, compositora, guitarrista y performer. En su álbum solista Monstruos perfectos fusiona el pop mántrico y el grunge melódico con beats, sintetizadores y aires de folk y pampas en un sonido hipnótico y violeta. Además forma parte de Hija de Tigre y de Marina Fages & Epics.

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