La confrontación está en el ADN del rock. Cierta cuota de arrogancia, también. Aunque últimamente esa información genética parezca dormida y no se haga notar muy seguido.
Es cíclico: cada tanto, asoma un nuevo nombre que, con mayor o menor repercusión, planta bandera generacional para contraponerse al pasado e incluso a buena parte del presente. Lo hicieron los Who, por supuesto, con la emblemática “My Generation”. Lo hicieron los Babasónicos, cuando ningunearon a algunos con su “porque a mi generación no le importa tu opinión”. También The Clash, al cantar “nada de Elvis, Beatles o los Rolling Stones en 1977”, el mismo año en que Richard Hell tomó la palabra por la “Blank Generation”. Para qué hablar de las constantes hooliganeadas de los hermanos Gallagher, dos décadas más tarde, y del “My Generation” y el “Break Stuff”, de Limp Bizkit, este último el rompan todo del rap-metal que musicalizó un descontrol juvenil antológico en Woodstock 1999.
El factor común de todas esas canciones tan distintas es la convicción y el timing. ¿De qué otra manera un músico podría autoadjudicarse semejante responsabilidad?
Alguna vez, Flavio Cianciarulo confesó esto sobre los comienzos de los Fabulosos Cadillacs como pelados bocones con los zapatos bien puestos: “Nos decían que nos la creíamos. Y sí, por supuesto que nos la creíamos: si no nos la creíamos nosotros, ¿quién más nos iba a creer? Cuando una banda empieza, es importante que esté ciegamente convencida de lo que quiere, aunque eso los haga ver mal ante los críticos. Con los Cadillacs creíamos que éramos la mejor banda incluso antes de grabar nada. Estábamos muy lejos de serlo, por supuesto, pero esa seguridad fue fundamental para nosotros. Y estábamos orgullosos de algunos críticos: justamente lo que queríamos era NO gustarle a esas personas”.

Este mes, Rolling Stone presenta en su tapa a Winona Riders, uno de los nombres “nuevos” más disruptivamente interesantes de la escena rockera porteña-bonaerense. Porque, en un contexto donde la estrategia en la industria del entretenimiento es cuidarse de no caerle mal a nadie, no tentar al acechante hate ni quemar ninguna oportunidad de un feat lucrativo, el grupo de Zona Oeste es distinto. Sus temas no reflejan a una banda enfocada en lograr el estribillo de cancha que dispare su carrera. Sus conciertos no parecen buscar la complicidad inmediata sino un clímax progresivo, que se imponga por acumulación sonora antes que por golpes de efecto. Sus declaraciones no están calibradas para caer simpáticas; pueden ser polémicas, jactanciosas, autosuficientes. Pero lo cierto es que se creen su propia idea y eso alcanza para que decante y ocurra lo demás, ya sea llegar al escenario de Obras o a la tapa de Rolling Stone (check por dos; acá los tienen en nuestra portada y tocarán en el estadio de la Avenida del Libertador el el 9 de mayo).
“¿Y cuánto vale ser la banda nueva?”, cuestionaba el Indio cuando los Redondos ya no lo eran, en su llamado a rajarle al confort del cielo. Winona Riders son la banda nueva y no se los ve temblar de miedo, más atentos a los estímulos de Brian Jonestown Massacre y Bobby Gillespie que a las enseñanzas de Solari.


