Germinal Roaux sitúa a Cosmos en el extremo opuesto generacional de Fortuna. Aquí no hay adolescencia ni tránsito iniciático, sino consciencia de finitud. Lena (Ángela Molina) es una viuda acomodada que atraviesa la etapa final de una enfermedad. León (Andrés Catzín), es un hombre maya cuya casa será demolida para construir una carretera. Vive con pocos bienes materiales pero con una conexión profunda con la tierra y sus antepasados. Sus mundos se cruzan cuando León encuentra al perro perdido de Lena.
La premisa es simple, incluso previsible. Pero Roaux no es un director interesado en el giro dramático. El uso del blanco y negro no es una decisión estética coyuntural, sino su idioma natural desde la adolescencia, cuando aprendió a revelar fotografías en París. En Cosmos la idea de sacarnos del tiempo se materializa. El Yucatán filmado sin color pierde cualquier exotismo turístico y se convierte en una topografía de luz y sombra donde el cuerpo parece pertenecer a la tierra.
La fotografía (filmada por el propio Roaux junto a Inti Briones) evita el paisajismo tradicional. El formato 1.33:1 no encierra; al contrario, hace que techos altos y horizontes abiertos respiren fuera del encuadre. La luz funciona como tercer personaje, modulando el estado emocional de las escenas. El sonido refuerza esa percepción física del entorno: insectos, viento y trenes lejanos. Hay una consciencia constante de mundo más allá de lo visible.
Roaux ha citado a Béla Tarr como influencia directa, especialmente en el uso del tiempo. Más que contar historias en tres actos, le interesa crear una experiencia de contemplación. Esa intención es evidente. Cosmos privilegia la duración, los silencios y la observación sobre la progresión dramática. El riesgo es claro. La película exige paciencia y puede resultar distante para espectadores que busquen un conflicto explícito.
En el terreno actoral, la combinación funciona por contraste. Molina aporta experiencia y una fragilidad consciente. Catzín, actor no profesional, encarna una presencia más orgánica. La diferencia de registros fortalece la dinámica entre ambos. Sin embargo, la película insinúa pero no desarrolla del todo la brecha cultural y económica entre Lena y León. Hay momentos donde la asimetría de poder (ella, mestiza acomodada; él, indígena desplazado), podría haberse problematizado más. La relación se inclina hacia el proceso espiritual de Lena, mientras León queda en un lugar más simbólico.
En su obra, Roaux manifiesta su necesidad de reconciliarse con la muerte. Lena encarna el miedo intelectual a perderlo todo; León representa una relación más integrada con la finitud. Ambos personajes son dos partes de él mismo. Esa confesión ayuda a entender por qué el filme no busca una tensión social directa, sino un diálogo interior proyectado en dos cuerpos.
La dimensión amorosa aparece sin melodrama. En la pantalla, el vínculo no es romántico en sentido convencional, sino un acto de cuidado. No hay grandes declaraciones ni escenas melodramáticas. Hay compañía, escucha y presencia. El resultado puede parecer minimalista, pero mantiene coherencia con el planteamiento formal.
Cosmos es una obra consistente con la poética de Roaux caracterizada por un control visual riguroso, tempo sostenido y reflexión existencial. Su circulación probablemente encontrará mejor espacio en circuitos de festival y plataformas especializadas que en salas comerciales amplias. Lo que ofrece no es intensidad narrativa, sino una experiencia de contemplación sostenida donde la imagen y el tiempo pesan tanto como el argumento.


