The Cure y sus canciones para un mundo perdido: Un bello, triste y solitario… ¿final?

Robert Smith se tomó 16 años para lograr escribir el epitafio perfecto de su banda de toda la vida

Por  SEBASTIÁN RAMOS

noviembre 24, 2024

Después de más de tres minutos de intro envolvente, Robert Smith arrastra la primera frase de “Alone”, el tema apertura de Songs of a Lost World: “Este es el final de cada canción que cantamos”. Un verso que buscó durante años, según él mismo contó días atrás, enfrentándose a su propia inspiración hasta encontrar esa primera línea perfecta para la canción que iba a abrir este disco tan especial. Especial no solo porque le haya tomado dieciséis años soltarlo definitivamente, mientras se detenía una y otra vez buscando cada palabra y cada acorde perfecto, sino también porque en buena medida estas canciones funcionaron como una suerte de exorcismo tras las pérdidas consecutivas de su madre, su padre y su hermano.

Un disco del adiós, envuelto en un sonido épico y tan contundente como lo más sagrado de la discografía de la banda. Un disco que hasta se podría pensar como, ahora sí, el último de su grupo de adolescencia, The Cure (desde 1982 Smith coquetea con el final de la banda que formó en 1976 y, en los últimos veinticinco años, se la pasó anunciando en entrevistas que el próximo álbum sería el último, más allá de que desde el principio se había juramentado abandonarlo todo cuando cumpliera los 40, en el abismo mismo del siglo XX).

Si en el inicio de Songs of a Lost World Robert Smith asegura que este es el final de cada canción que cantamos, cuarenta y nueve minutos después, en el octavo y último track del álbum (sí, bautizado “Endsong”), confiesa, en medio de la oscuridad, que no puede creer que se haya vuelto tan viejo, y cierra: “Todo se ha ido. He quedado solo, sin nada, al final de cada canción”. Este es el fin, mi único amigo, el fin.

Este hombre mal maquillado de 65 años viene planeando este cierre perfecto para la discografía de The Cure desde los primeros días del milenio, cuando ante la salida de cada nuevo álbum del grupo, prometía que esta vez sí, que sería el último, y que sería un poco como Disintegration, el disco que, según él mismo (y para el resto de los mortales, que lo hicieron el más vendido de la historia de la banda), es la cumbre de su extensa obra. Pero lo
cierto es que ninguno de los siguientes trabajos (Bloodflowers, en 2000, The Cure, en 2004, y 4:13 Dream, en 2008) dejó conforme a Smith como para que tuviera el honor de convertirse en el epitafio de su amada banda.

Desde hace al menos veinte años, Smith hizo de los escenarios el laboratorio ideal para experimentar sus sueños sonoros, con conciertos de tres horas, conceptuales, temáticos y hasta autocelebratorios. Y así The Cure se convirtió hoy en una ajustada máquina de distorsión guitarrera, creadora de extensos climas eléctricos y sombríos, con la que la banda inglesa repasa grandes éxitos y temas escondidos de su discografía por igual. Una wall of sound gótica con la que Smith parece haber soñado para el fin de sus días en escena y que, en buena parte, se le debe al guitarrista Reeves Gabrels, que acompañó durante una década a David Bowie y que desde 2012 se sumó a The Cure como si se tratara de su lugar en el mundo.

En Songs of a Lost World, entonces, por primera vez, ese sonido del vivo que tanto le costó amalgamar al señor Smith finalmente logró trasladarlo a un álbum de estudio. De principio a fin. De aquella primera canción basada en “la simple idea de estar solo” e inspirada en el poema “Dregs”, del poeta inglés Ernest Dowson, hasta los diez minutos y cuarenta y tres segundos de “Endsong”, con guitarras en loop que se cruzan una y otra vez hasta llegar a un solo que podría ser sin dudas el definitivo y más rockero de la historia de la banda.

No hay aquí caminos alternativos. Una vez que se ingresa al mood del álbum no se sale hasta el final. Ni pop ni hits radiales. Todo se mueve entre lo más oscuro de Disintegration y el sufriente clima de Pornography (“Warsong” podría sumarse a “One Hundred Years” y “The Hanging Garden” en una trilogía perfecta para el segmento darker de sus conciertos).

En una entrevista reciente, Smith contó que su esposa, Mary Poole (destinataria de himnos de The Cure como “Just Like Heaven” y “Lovesong”), en el momento de hacer la selección de temas para el álbum, le dijo que sus mejores discos habían sido aquellos que tenían al menos una o dos canciones… “más optimistas”. “Ella tenía razón”, confesó el mismo Smith. Pero la concesión de Robert fue hasta ahí y de allí la presencia de “And Nothing Is Forever” y “A Fragile Thing”, dos canciones de amor, sí, pero de lo más atormentadas, con protagonismo de los sintetizadores, en donde canta cosas como “no me digas que me extrañás, podría morir esta noche con el corazón roto” o “promete que estarás conmigo en el final”. El final, siempre el final.

Porque más allá de lo que le depare el futuro a Robert Smith y a The Cure, Songs of a Lost World se acerca más al tipo de gesto artístico que hizo su adorado David Bowie en Blackstar o al del también admirado Leonard Cohen con You Want It Darker. Un álbum de despedida, bello, triste, solitario y final.

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