“Reeeeegresaaaaaaaaaaaaré… Reeeeegresaaaaaaaaaaaaré… Reeeeegresaaaaaaaaaaaaré”. La voz de Gabo Ferro flota en el aire como un fantasma y a Sergio Chotsourian, sentado solo frente a su computadora, se le eriza la piel y sonríe recordando al amigo que ya no está, que no volverá, pero que siempre está regresando.
La escena ocurrida a mediados de año fue el génesis de la reedición de Historias de pescadores y ladrones de la pampa argentina, el álbum de “stoner criollo” que compusieron y grabaron juntos, a dos voces y dos guitarras, Gabo y Sergio en 2018, dos años antes de la muerte de Ferro. “Hace unos meses estaba haciendo un back up de mi computadora y abrí la carpeta del master del disco y debajo de todo el tracklist veo una canción que estaba en color gris y que en vez de tener el número del track decía xx”, cuenta ahora el fundador de Los Natas, aquel grupo fundacional del stoner argentino. “El tema se llamaba ‘Regresaré’. ‘Mierda, ¿qué pasó?’. Lo abro y escucho a Gabo cantando eso de ‘regresaré, una vez más, no volveré’, uno de esos juegos de palabras que él hacía. ¡Qué hijo de puta Gabo! Era una canción que, faltando dos días para editar el disco, la dejamos afuera para usarla más adelante. Y bueno, encontré esa gema y no hace falta ser mago para darse cuenta o sentir que todo era muy causal, muy mágico, que la puta canción que quedó afuera se llamara ‘Regresaré’. Todos los que trabajamos con Gabo tenemos la fantasía o el deseo ese de tener cinco minutos más con él. Bueno, acá están esos cinco minutos con Gabo, en una canción inédita, que sumamos al disco para esta reedición”.
Hace dos años Chotsourian sufrió una lesión en uno de sus oídos, consecuencia de años de volumen frenético, y algunos médicos llegaron a diagnosticarle el final de su carrera arriba de los escenarios. Pero Sergio, armenio de sangre y espíritu, decidió que eso de abandonar no estaba en su libro. De tanto buscar entre medicinas ortodoxas y alternativas, finalmente encontró un médico que le dio dos cosas: una esperanza y un tratamiento que, como buen talibán, sigue al pie de la letra. “No me quiero dar por vencido porque creo que todavía tengo mucho para dar y, sobre todo, mucho para aprender”, dice sentado en la amplia cocina de su casa en San Isidro en un encuentro que se originó con la excusa de hablar de aquel disco con Gabo que ya está disponible en las plataformas digitales, pero que se extendió por todas las ramas de sus mil y un proyectos musicales y de su vida, del pasado, del presente y del futuro. “Siempre el cuerpo habla. De alguna manera cuando aparece el dolor en cualquier área aparece para mostrarnos algo. Lo del oído apareció para decirme ‘Sergio, bajá un par de cambios, tenés 50 años’. Y creo que lo pude leer y fue una enseñanza para bajar unos cambios en un montón de situaciones, de salud, de alimentación, de mi relación con mis afectos… ¿Sabés que soy abuelo de dos nenas, no? Y si bien hace diez años que vengo en una, totalmente desintoxicado, que estoy más fresco y lúcido de la cabeza y del sentir, lo del oído vino a mostrarme algo. En cuanto a lo estrictamente técnico, hace meses que estoy buscando la manera de poder seguir haciendo música sin que me duela y eso requirió algún cambio de instrumentos, de afinaciones, de equipos, manejar otros volúmenes”.
¿Tuviste que dejar de tocar en vivo?
Sí, por un tiempo. Por eso a veces la gente tal vez me ve como un Unabomber del audio y del sonido, una suerte de terrorista de la música, porque laburo mucho desde el estudio de mi casa por tener este impedimento. El tema es que no quise parar, pero sí tuve que buscar una manera de seguir produciendo contenido y generando situaciones para conectarme primero que nada conmigo y después con la gente que me sigue. Fue la manera en la que pude seguir subsistiendo con la lesión que tuve. Por suerte este año pude salir a la cancha de a poco y tocar un par de veces. El primer show que hice con todos los equipos tenía miedo de que me explotara el oído. Pero bueno, ahí va, como dice Tito Fargo (el ex guitarrista de los Redondos con el que compartió varios proyectos), todo tiene que ser con puntería, el tiro bien dado.
A pesar de haber “bajado unos cuantos cambios”, Chotsourian no para de producir. En este tiempo de reformular su vida, se dedicó a reeditar en vinilo toda la discografía de Los Natas a través de un sello italiano y la de Ararat (su grupo de resistencia histórica) por un sello polaco; produjo el disco de Dios Serpiente; rearmó Ararat en formato dúo bajo-batería junto a Gastón Gullo (con quien se presentará por primera vez en público el 15 de marzo); publicó su segundo libro, El ritual de la amplificación, y está armando el tercero con todas las portadas de su extensa discografía y los afiches hechos por él mismo. En medio de todo este torbellino, se cruzó con la voz de Gabo en “Regresaré” y reeditó Historias de pescadores y ladrones… siguiendo las señales del más allá.
“Ahora que lo veo a la distancia, el disco fue producto del momento de vida de cada uno. Es un disco pesado porque nos encontramos con Gabo en un momento de la vida en el cual los dos veníamos de una lucha a vida o muerte con la realidad. Yo venía saliendo de mi proceso de rehabilitación a las drogas y creo que él internamente o sabía o intuía que no le quedaba mucho tiempo, nunca me lo dijo, pero ahora lo puedo ver así. Entonces en este disco los dos dejamos todo desde adentro. Es un disco muy honesto y esa libertad y crudeza y honestidad que se pone en manifiesto cuando grabás una canción o en cualquier situación artística, se siente y se transmite y eso es honestidad y libertad y eso no se inventa, no se fabrica, no se compone, no te lo enseñan en el conservatorio de música. Te pasa o no te pasa y tenés o no tenés los elementos para poder hacerlo”.
Más allá de las circunstancias, eso de dejar todo en un disco ha sido un sello en la obra de Chotsourian desde que comenzó a grabar música treinta años atrás (diez discos con Los Natas, ocho con Ararat, dos con Soldati y diez discos solistas entre otras decenas de EP, singles y grabaciones por aquí y por allá). “Dejarlo todo siempre fue mi impronta. Tengo mis guerras ganadas, perdidas y empatadas, pero siempre la música para mí fue ese lugar donde podía darme a conocer, explotar, investigar. Y no para el afuera, sino para mí. En cada puto disco que hice siempre esa fue la impronta, y puntualmente este disco con Gabo fue un cruce de dos guerreros en un momento que estaban a punto de rendirse y que se apoyaron el uno con el otro para poder afrontar lo que se venía”.
En esas dos guitarras criollas espalda contra espalda está la fuerza de un álbum crudo y duro sin demasiados antecedentes en el rock de acá. Grabado en plan lo-fi, con una placa y dos micrófonos en el estudio casero de Chotsourian, en apenas un puñado de sesiones, con una sola regla respetada: antes de cada encuentro, Sergio esperaba a Gabo con una reducción de limón extraído de su jardín, con jengibre y azúcar rubia. Bebían el menjunje, charlaban un rato de bueyes perdidos y a grabar. “Hicmios un disco de rock, como decía Gabo, pero había varios caminos, podría haber sido un disco de payador. Con el audio quería llevarlo a un lugar que realmente existan esos momentos en la mezcla que se te quiebra el pecho, se te eriza la piel, se te cae un lagrimón. Y tantos años después lo escucho y todavía me pasa, no lo puedo evitar”.
El contrapunto de sus voces es otro sello del álbum.
Cuando grabamos las voces, le digo: “Arrancá vos’. Lo escuchaba cantar y se me ponía la piel de gallina. El tema era que después me tocaba a mí. “No sé si llego, voy a hacer lo que pueda”, le dije. Entonces Gabo viene y me da un abrazo fuerte y me dice: “Quedate tranquilo Sergio, vos tenés una voz histórica, no te preocupes por la técnica, interpretá, cantá, sentí…”. Ahí respiré hondo y canté lo mejor que pude. ¡Pensá que estaba al lado de Gabo! Para mí hay un antes y un después real a la hora de grabar voces, sobre todo desde donde canto, de la interpretación y el color de esas tres o cuatro frases que tiro por canción, porque yo no escribo una narrativa inmensa. Cada vez que tengo que grabar una voz me acuerdo de esas palabras de Gabo. Él me enseñó a interpretar la letra, no solo a cantar, ponerme en la piel del personaje que está viviendo esa historia y está contando algo. Hace poco grabé el último disco de Ararat, que tiene tres temitas medio de folclore armenio originario, con sítara, violín. Uno de los temas se llama “La rendición del hombre” y es la historia de un marinero que quedó varado en un puerto. Y para grabar esa voz me metí una frazada encima de la cabeza, me quebré a nivel dios y canté desde ahí… Sentía que Gabo estaba dentro mío, pinchándome: “Dale, vos podés”. Le estoy agradecido de por vida a Gabo, porque me dejó una huella.
Chotsourian cuenta que él grabó con su guitarra criolla de toda la vida, una de los años 70 que una amiga le regaló en tres partes y que un amigo lutier la terminó arreglando con tornillos y bulones de ferretería, y Gabo con una acústica Yamaha de los 90. “Me siento muy cómodo con las herramientas que sé usar y me gustan. Si tengo que salir a aprender alguna herramienta puntual para estar al día, me encanta y estoy aggiornado con la tecnología, pero a la hora de grabar prefiero mi criolla y mi SG de toda la vida, mi micrófono de los 70. Trato de estar cómodo, aunque a veces esa palabra suena a vago. No sé, yo quiero estar a gusto y para mí eso tiene que ver con la honestidad y la libertad. Toda situación o persona o laburo o canción o letra que sea honesta con lo que me pasa y me haga sentir libre es lo que voy a elegir”, dice este músico de 50 años orgulloso tanto de su celular Nokia old school (“es como el que tenía el jueguito de la viborita”) como del pedal Signature que lleva su nombre (“de distorsión, obvio”).
La palabra libertad aparece como una guía en tu carrera…
Yo ahora estoy en una de la mecha corta y el don de la palabra. Esto quiere decir que estoy dispuesto a tomarme el tiempo, el amor y lo que sea necesario para poder explicar lo que a mí me pasa, pero con la mecha corta. Ya no es a cualquier precio, ya no es porque sí a cualquier tipo de consumo o de ideas o de personas o sustancias. Hay un montón de cosas que por el tamiz ya no pasan. No hago cosas para agradar o porque debería, si lo hago es porque me hace sentir honesto y libre. No quiero casarme siquiera con mis propias ideas. Mi librito de la vida, me gustaría poder reescribir cada página hasta el último día que esté presente. Permitirme cambiar de opinión.
¿Eso incluye que un día vuelvas a tocar con Los Natas?
Con Walter (Broide) y Gonzalo (Villagra) hicimos una reunión hace unos años en el casamiento de nuestro sonidista y operador Patricio Claypole. Como regalo de casamiento tocamos diez temas y estuvo buenísimo, como si el tiempo no hubiera pasado. El tal vez está siempre presente, el me encantaría está, el podría ser también, pero solo por hoy no está en mi lista de prioridades y es algo que yo prefiero dejarlo como quedó, en su mejor momento, de mucha adrenalina, mucho amor, mucha destrucción y mucho peligro también. Todo ese coctel era hermoso, atrapante y a la vez me podría haber llevado a la tumba. Todos los días me acerco al altar de Los Natas, le paso el plumerito, le prendo una vela, un sahumerio, lo honro, le agradezco y por ahora me gusta tenerlo así.
Ahora reeditaste todos los discos de Los Natas en vinilo…
Los Natas es un proyecto en el cual nunca dejé de trabajar. En 2010 dejamos la banda y nunca dejé de laburar, todos los días le dedico un par de horitas o un día entero. Es una parte enorme de mi historia, estoy agradecido a Los Natas y a toda la gente que nos sigue desde siempre y a las nuevas generaciones. Reeditar los vinilos o hacer cada tanto un nuevo videoclip es buscarle cositas como parte de honrar mi pasado. Todo mi catálogo está en continuo movimiento. De hecho este año sacamos en digital lo que hubiera sido el segundo disco de Santoro, un disco de 2000 que grabamos con Gonza Villagra de Los Natas, el Topo Armetta de Massacre y Gonzalo Espejo de Vrede, que ya no está. En algún momento habíamos grabado cinco temas y ordenando un poco encontré ese material, hablé con los chicos y lo sacamos como EP (Delta Krieg Commando).
¿Y qué te pasa cuando volvés a escuchar los discos de Los Natas?
La verdad es que me cuesta escuchar mis discos. Por ahí escucho un vinilo que grabé hace quince años para ver que la reedición esté bien, pero no lo puedo escuchar de manera normal. Es un sufrimiento porque me la paso escuchando las cosas que cambiaría. Me acuerdo de que en 1999 estábamos grabando Ciudad de Brahman, creo que el disco favorito de los seguidores de Los Natas, y había parado en la casa de Dale Crover, primer batero de Nirvana y de los Melvins que produjo ese disco. Yo dormía en una bolsa de dormir en el living de su casa y una mañana me levanto y veo que tenía en el suelo toda una pila de discos de Melvins e ingenuo le pregunto todo dormido: “Che, ¿cuál es tu disco favorito de los Melvins?. Y el loco, con una tasa de café en la mano, me mira y me dice: “Ninguno, los odio a todos”. Ja, ja. Ahí no entendí, porque yo había grabado dos discos en mi vida, pero ahora con 30 discos editados puedo entenderlo mejor. No odio a todos, pero me cuesta escucharlos”.
Después de la lesión de tu oído, ¿sentís que cambió algo en tu forma de hacer música?
Hace un año que estamos ensayando con la nueva formación de Ararat, bajo y batería, con Gastón Gullo, y tuve que reaprender a relacionarme con la música desde un lugar más chiquito, con el volumen más bajo, con cuidado. No puedo hacer dos o tres ensayos por día o ir a un recital y ponerme abajo del parlante. No me puedo quedar toda la noche boludeando con el volumen. Como te decía antes, trato de reescribir mi librito de vida todos los putos días y no casarme con mis propias ideas y saber que todo es solo por hoy. Ayer era otra cosa y mañana no sé. Estar en el presente es una manera de poder transitar mejor lo que se te venga encima.
Entonces 2025 será para Ararat… ¿y algo más?
Ahora estoy armando mi tercer libro, Artes de tapa y hechicerías, con todas las tapas de mis discos acompañadas por una descripción medio esotérica, como si fueran sellos de serigrafía. No sabía bien cómo ordenarlos y al final llegué a la idea de ordenarlos de esta manera: Todos los discos de Los Natas, son el capítulo El ritual; los de Ararat, capítulo La sangre; los discos de Soldati, Solodolor y los más metaleros, el capítulo La Guerra; y mis discos solistas y el de Gabo, el capítulo La Historia. Creo que son cuatro situaciones que definen mi vida: El ritual, la sangre, la guerra y la historia.


