Seba De Caro: “La creatividad es la tabla de surf para atravesar algunos momentos de la vida”

Director, escritor y conductor, Seba De Caro acaba de lanzar 'Create or Die', una serie de entrevistas en las que Lali, Dillom, Franz Ferdinand y Hernán Casciari, entre otros, reflexionan sobre el acto creativo

Por  Humphrey Inzillo

junio 10, 2025

TOMÁS MORRISON

“La creatividad es un lenguaje, una manera de comunicarse con la vida. Es un modo de dialogar con algunas cuestiones, con lo que nos va pasando, con lo que nos pone contentos, tristes, con los eventos, con los momentos… Es como la tabla de surf para atravesar algunos momentos de la vida”, dice el multifacético Sebastián De Caro. El director de cine, guionista, escritor, conductor y periodista está sentado en la sala de reuniones de Ninch, la agencia de comunicación que produjo Create or Die, una serie de seis entrevistas con músicos (Dillom, Franz Ferdinand, Lali), escritores (Nicolás Giacobone, Hernán Casciari) y la artista plástica Paula Duró. En la mesa, hay un desayuno XL, que incluye medialunas de manteca, masas secas, chipá y un par de bowls con frutas. Al momento de la sesión, De Caro le propondrá a nuestro fotógrafo, Tomás Morrison, recrear la garra de Freddy Krueger con tenedores y kiwis. El acto creativo en vivo y en directo.

Pero, antes, explica los criterios de curaduría para este proyecto. “Para armar el plan de entrevistas tuvimos varias reuniones con todo el equipo de Ninch. Buscábamos tener un poco de todo: personalidades que le dieran visibilidad al proyecto y que a la vez tuvieran una impronta muy fuerte en cuanto a creatividad”, explica. “Yo creo que cuando charlamos, entendemos o nos aproximamos al trabajo de profesionales que tienen mucho que ver con la creatividad, puede ser un estímulo importante. Es una manera de humanizar también la idea de lo creativo y no tenerla en un limbo inalcanzable. Create or Die es una manera de charlar sobre creatividad, pero no desde un lado pomposo”.

La garra de Freddy Krueger con tenedores y kiwis. (Foto: Tomás Morrison).

A lo largo del rodaje, lo que más le impactó a De Caro fue descubrir que todos los entrevistados partían del mismo lugar, que su vínculo con la creatividad y con la obra que desarrollaban era a escala humana y siempre provenía de algo muy auténtico, nunca prefabricado. “Siempre parecía ser algo natural y complejo a la vez, pero tenía que ver con la autenticidad y nunca con un prejuicio sobre lo que iban a encarar en cada oportunidad”.

También destaca otro aspecto, no menos importante: “Una cosa en la que coincidieron todas las personas con las que charlamos fue que lo original no era central a la hora de hablar de creatividad. O sea, el impulso o el intento de ser original aparecía, pero no en primer término. Antes aparecía la expresión o la necesidad de comunicarse. Y, después, lo formal. Es decir, los detalles que iban a tener que ver con una pretensión de originalidad o de aportar algo nuevo aparecían a posteriori, ya trabajando sobre la obra. No era central, no era ontológico, no era fundante”.

Las cápsulas permiten descubrir, por ejemplo, la génesis creativa de Dillom: “Mi primer contacto con el arte fue desde el lado del dibujo, de las artes plásticas. Nunca decidí que la música va a ser mi expresión definitiva, para toda la vida. De hecho, he rotado mucho entre varias disciplinas. De hecho, arranqué dibujando, después me aburrí y me tiré más para la música. A los 9 años arranqué a tocar el bajo y me copé más con los instrumentos. Después, no sé si me aburrí o me frustré, y me pasé al cine. A mi ya me gustaban las películas de zombies. Así que nos juntábamos con amigos y nos vestíamos todos de zombies. Por suerte, nunca salieron a la luz”. Por su parte, Lali toma como punto de partida la intuición: “Esa cosa medio intangible. Simple, pero complejo de verbalizar porque para mí es intuitiva. La creatividad tiene que ver con una cosa que te sale o que no te sale, que te pasa o que no te pasa… ¿Se pueden estudiar cosas para ser más creativos? Sí, obvio que todo lo que metas en tu cabeza te hace más creativo. Ver una película, leer un libro… Todo eso te abre la cabeza y te podés poner más creativo. De hecho, todos lo hacemos. Pero creo que, en el fondo, la creatividad es algo que está ahí y que te llama, un ruidito que escuchás y al que le empezás a prestar atención hasta que se transforma, después, en algo”.

Actualmente, igual que a lo largo de toda su trayectoria, Sebasitián De Caro divide sus inquietudes entre múltiples actividades. Todos los lunes, de 16 a 18, participa de La Broma Infinita por el canal de streaming Gelatina y los jueves, a las 23, conduce California Secreta por Vorterix. El año pasado participó del panel de Gran Hermano y en Netflix está disponible su último film, Matrimillas (2022), una comedia romántica protagonizada por Juan Minujín y Luisana Lopilato. También dirigió piezas de autor, como Ro-Man, un corto que registra el último partido que Juan Román Riquelme disputó como futbolista profesional con la camiseta de Boca Juniors. También escribió novelas como La mentira más hermosa (Penguin, 2023), reunió sus poemas en Un tiro en un huevo (HD Ediciones, 2021) y escribió sobre los tanques cinematográficos de los 80 (La máquina de chicle y de neón, publicado por Paidós en 2017) y sobre el culto de Charles Manson, Sharon Tate y la leyenda que inspiró a Quentin Tarantino (Cielo Drive, Resevoir Books, 2019). El año pasado hizo un curso de magia, pero sin intenciones de transformarse en mago, sino con la intención de entender los andamios de los trucos; también dicta talleres para la Comunidad Orsai liderada por Hernán Casciari y estuvo haciendo un espectáculo, De Caro a la cacerola, en el cuál simplemente respondía las preguntas random que el público anotaba antes de cada función. Frente a esa multiplicidad de actividades, él elige definirse, sintéticamente, como un narrador.        

De Caro con un buzo de Villa Crespo, su lugar en el mundo. (Foto: Tomás Morrison).

Sin embargo, y pese su abultado currículum vitae (que también incluye otras películas, participaciones en programas emblemáticos de radio como Gente Sexy o Perros de la Calle y la genial sitcom local Todos contra Juan), los que crecimos en los 90, lo conocimos como parte del elenco de Montaña Rusa, la serie para adolescentes que, con guion de Jorge Maestro y Sergio Vainman, y una inolvidable canción de Man Ray como cortina musical, fue la plataforma de Gastón Pauls y Nancy Dupláa, entre otras figuras del espectáculo argentinos.

Sebastián siempre se sintió un outsider dentro del mainstream televisivo. “Yo entré a la televisión con 18 años recién cumplidos. Terminé el secundario y a los dos meses, en febrero del 94, estaba grabando en Canal 13. Fueron 2 años donde nos pasó todo lo que te podía pasar en un programa exitoso de la televisión del siglo XX: ganamos el Martín Fierro, hicimos giras y obras de teatro, nos sacaban con guardaespaldas de todos lados…”, rememora. “Y era muy dificil decirle que no a todo eso. Y no me refiero sólo a la guita, porque a los 18 años no hacés eso por la guita. Pero al mismo tiempo que actuaba en Montaña Rusa salía a recorrer las disquerías especializadas. En ese momento yo leía revistas como la Rockdeluxe, la Ruta 66, la Rock Popular e íbamos a Abraxas, Rock and Freud, Oid Mortales, eh Compakta y un montón de lugares, algunos que ya no existen buscando discos de Liz Phair, PJ Harvey o lo que sea, y al mismo actuaba en un programa que estaba en las antípodas culturales, mediáticas y estéticas. Entonces, era difícil”; evoca De Caro. Y aclara: “Bah, era difícil para mí, no es que nos echaban de las disquerías. Al contrario, las disquerías nos trataban superbien: conocimos gente muy interesante y nos educaron musicalmente. Algo de eso, en alguna medida muy pequeña, yo lo intentaba contrabandear en el programa. Por ejemplo, en el dossier promocional de Montaña Rusa, estoy con la remera de Pantera que tiene la hoja de marihuana adelante y el porro en la espalda, convertido en un auto. Pasaban cosas por el estilo: la remera de Ten, el disco de Pearl Jam, o una remera de The Cure, en un contexto totalmente inapropiado”.


Tres décadas después, las remeras siguen siendo una marca de identidad, y uno de los modo en que De Caro trafica información, transformando a su placard en una especie de museo pop. En las estampas conviven Edu Falaschi, exvocalista del grupo de heavy metal brasileño Angra, con la portada de Low-Lands, el libro que el escritor Thomas Pynchon publicó en 1978, y Peacemaker, un personaje de historietas de los años 60 que pasó a formar parte del universo DC, con Cuphead, el videojuego de 2017 con estética de los dibujos animados de los años 30 del siglo pasado. Y la lista sigue. “Yo tengo un vínculo muy fuerte con ese tipo de remeras desde chico. A lo mejor, porque el momento más importante de mi infancia fue atravesando la década del 80, y los chicos de los 80, como se muestra en Stranger Things, son básicamente hijos de la época de la explotación y mercadeo de cualquier película. Y los muñecos, los videojuegos, el pinball y los libros con las novelizaciones de estos vehículos. Entonces, si vos creciste en una década que manejaban [George] Lucas y [Steven] Spielberg, ese tipo de remeras eran algo muy preciado. Entonces, más que decir algo a través de eso, a mí me parecía importante, y me gustaba, la idea de poder tener algo táctil de eso que me había generado tanto a nivel sentimental, una porción de eso que me había hecho feliz. Y me pasa hoy, también, que vivo en una especie de presente histórico donde todo el tiempo tengo conciencia de lo importante que van a ser los eventos de mi vida privada, Si este recital va a ser importante, quiero tener algo que me recuerde a este show. Por eso, los que venden merch siempre están contentos conmigo”. 

Del mismo modo en que no duda en manifestar sus preferencias con sus remeras, no tiene empacho en pedir autógrafos. “El viernes pasado le pedí a todos los músicos de Wilco que me firmen un disco”, explica. “Pero también le pido a mis amigos que hacen películas que me firmen en DVD, o una dedicatoria en el libro a mis amigos escritores. Me encantan las obras firmadas. Obviamente, sin fines comerciales. Simplemente, a la gente que admiro mucho, que hizo algo que me gusta, le pido las cosas firmadas”, asegura. ¿Cholulo? “Para nada, un cholulo es alguien que intuye que alguien es conocido por algo y quiere una foto con esa persona y ni siquiera sabe lo que hace. Es algo vacío, porque la fascinación es con la notoriedad  y no con la obra o la persona. Pero si yo tengo un tatuaje de los Pixies, ¿Cómo no voy a tener un disco de ellos autografiado?”. 

De Caro cumple 50 años en diciembre y está feliz “Yo siempre quise ser un señor”, asegura. (Foto: Tomás Morrison).

De Caro, que nunca abandonó las pasiones que forjó durante su infancia y adolescencia, se prepara para soplar 50 velitas. ¿Crisis? “Para nada, siempre tuve 50”, se enorgullece. Y argumenta: “Te lo digo de verdad: siempre hubo gravedad, siempre hubo melancolía, siempre hubo tango. Entonces, no va a venir más tango… No me quiero comprar una moto, ni me hago problemas por si tengo entradas en el pelo. Esas cosas no me pasan, de hecho me quiero más ahora. Yo siempre quise ser un señor. Entonces, cuanto más me parezco un señor, mejor estoy. ¡Por fin llegó la edad que está acorde al grado de melancolía que manejo”. Y sigue: “Cuando voy a Gelatina, me gusta ver que todos son más jóvenes. Y me gusta decirles: ‘ustedes, los jóvenes…’. Y me gusta sentir que ya no hay un montón de obligaciones, que ya no las tengo. No tener que estar al día con nada, por ejemplo. Soy curioso, claro, pero tampoco me importa no haber visto la última serie, ni nada de eso. Entonces, siento una liviandad. Voy a ver a Atlanta, y como en [el bodegón del club] Los Bohemios. Voy al Cementerio Británico. Charlo con señores, es muy lindo… Lo único feo es que te duela la cintura o una pierna, que es inevitable. Pero nada más. La vida de señor es mejor: me gusta y me voy a dormir temprano. Definitivamente, yo me siento mejor así”. 

Sebastián menciona al pasar que “siempre hubo tango”. El linaje familiar incluye un vínculo con los hermanos Julio y Francisco De Caro, prestigiosos músicos de la guardia vieja del género. “Cuando yo era niño, todavía estaba Grandes valores del tango y me me preguntaban si tenía algo que ver con ellos. Yo era chiquito y no entendía nada. Después entendí que eran próceres. “De hecho, cuando inauguraron la plazoleta Julio De Caro, que está frente al Palais de Glace, fuimos con mi viejo y me acuerdo que estaban Alberto Breccia, Alejandro Dolina, Lalo Mir, una especie de galería de personas importantes de la cultura de finales de los 80, y ahí entendí que había alguien importante que tenía ese apellido. De hecho, hace poco le llevé una flor a Don Julio, que está en el mismo panteón que Alfonsina Storni en el Cementerio de la Chacarita”, explica. Pero además, el vínculo con el tango es más cercano porque su padre, Miguel de Caro, es un reconocido saxofonista que se especializó en el tango y que también ha incursionado en otros ritmos rioplatenses como la milonga y el candombe. “A mí me gustaba desde chico”, asegura. “Me acuerdo cuando murió Astor Piazzolla… Me gustaban, incluso, los tangos que cantaba Les Luthiers”.

Definitivamente ecléctico, De Caro mantiene viva su curiosidad adolescente en la era de la madurez y le escapa a cualquier encasillamiento. “A mí me divierte la idea de atravesar mundos, no voy atrás de la coherencia estética. De todos modos, creo que si alguien vence esa primera barrera que imponen los distintos formatos y las diversas propuestas, yo creo que hay una encriptada coherencia. Yo no sé si se llegará a vislumbrar, pero te juro que lo intento. Porque yo quiero ser como mis héroes. Mis héroes son así, son gente que puede hacer varias cosas, gente que pone el corazón antes que la lógica”. Y enumera, entonces, algunos de esos modelos inspiracionales (y aspiracionales) que construyeron su obra por fuera del mainstream”. “Nacho Viagalondo, el director de cine español, es muy importante para mí. Muy importante. Otro héroe de los últimos años es Mac DeMarco. Jeff Tweedy es un héroe. Mario Levrero, el escritor uruguayo, es un héroe muy importante. Pero el que está a la cabeza es Vigalondo. Muchas cosas del riesgo artístico las aprendí de él, sobre todo por su manera de ver el mundo y dónde plantarse como director de cine. No hubiera escrito Claudia [su film de 2019] si no hubiera visto Colossal [la película que Vigalondo lanzó en 2016]. No tiene nada que ver una película con la otra, pero cuando vi Colossal entendí que uno puede contar cosas que le importan de la forma que quiera. Por eso Colossal fue una película tan importante para mí. Lo entrevisté un par de veces y se lo puede decir. Creo que le gustó, pero le dió un poco de vergüenza”.