Saramalacara creció en un barrio de casas bajas donde el cielo se veía inmenso porque no había edificios que lo taparan y donde el viento a veces traía olor a sangre y sebo desde el mercado ganadero. Cuando piensa en el barrio de Mataderos, ciertas imágenes se le vienen a la cabeza: ella, volviendo del colegio, en un atardecer anaranjado; el póster de una vaca con los típicos cortes de carne; un camión cargado de terneros que te miran a los ojos.
“Mataderos es eso. Un ternero lastimado, un ternero apuñalado. Es la herida original”, explica en la redacción de Rolling Stone en una tarde de abril previa a la publicación de su segundo álbum, que lleva el nombre de su barrio y que, paradójicamente, compuso y grabó a 9.800 kilómetros de allí. Necesitó de esa distancia para volver a sí misma.
“Mataderos, yo crecí/ Olor a sangre llevo en mí/ llevo en mí, llevo en mí” (“Millies Per Day”). Saramalacara (25 años) vive escindida por diferentes dualidades. Primero, la de la vida offline e internet; después, su pasado barrial y su presente de artista en expansión internacional: “Internet me abrió el mundo 100% en lo musical. Y, por otro lado, también me lo abrió 100% mi barrio, por la calle que tengo, por cómo me supe mover, por cómo ahora puedo irme a Los Ángeles y decirle a alguien de un sello ‘yo no soy menos que vos’”.
Con madre artista plástica y luego docente, y padre músico de jazz, Sara fue estimulada a nivel artístico y musical, pero sus intereses tomaron un camino paralelo. El llamado del grafiti y el trap fue más potente. Estuvo en el Quinto Escalón, pero no para participar ni como público: rancheaba con amigos, todos más chicos que los participantes; no veían las batallas, iban a reírse. El trap la atrajo. “A mí lo que me llamó a hacer música es el trap, porque es el género musical medio bandido, medio maleante, medio rompepija, por fuera del RKT y la cumbia”, explica.
El comienzo fue frenético. Sara empezó a subir música a YouTube en 2019. “Budokai Tenkaichi” y “Cartoon Network” acumularon millones de reproducciones siendo completamente independientes, con un fandom joven y que fue creciendo sin parar. Formó parte de la RIP GANG junto a Broke Carrey, Muerejoven, Ill quentin, Odd Mami, Taichu, Dillom y más; colaboró con artistas españoles como Rojuu y Rusowsky y, en 2024, sacó Heráldica, su primer álbum solista, que la catapultó. Entonces una major estadounidense tocó a su puerta.
Interscope fue el sello que la eligió en 2025 y le propuso grabar en la Costa Oeste: “Estuve como un año teniendo conversaciones con el sello de tipo ‘okay, ¿pero cómo?’. Y yo pensando ‘ya está, vendo mi alma. Tengo hambre de esto, me quiero comer el mundo. No tengo otras cosas que me llamen la atención’”. Viajó tres veces, trabajó con la dupla de productores ejecutivos de Evar y Dayvan (que la acompañan desde los comienzos) y les sumó un equipo de productores que incluyó figuras clave del universo/sello de rap estadounidense Opium como F1lthy, Ojivolta, Lucian y Lukrative. Además, participaron en la producción Dylan Brady (del dúo 100 Gecs, trabajó con Charli XCX, Skrillex y Rico Nasty), Casey MQ (Oklou, Shygirl) y Aaron Shadrow (Camila Cabello y Yeat) que contribuyeron al puente entre lo experimental del disco y el pop global.
Nació en la periferia y hace trap alternativo fusionado con diferentes estilos: Sara nunca tomó el camino fácil y eso la hace sentir en el mundo de la música como descolocada: “Hay una frase de Earl Sweatshirt, que dice que era muy negro para los niños blancos y muy blanco para los niños negros. Y me hizo mierda cuando lo escuché. Claro, a mí los villeros de acá no me aceptan porque soy una otaku de mierda, pero tampoco me terminan de aceptar los de allá, porque en realidad soy una pobre de mierda”.
A la vez, esa incomodidad y enojo parece intensificarse cuando narra su llegada al nuevo sello. Es como si se fuera acordando de las puertas que le cerraron o un límite que alcanzó en su país. “Odio sentir que hay una especie de techo para lo que yo hago, que no sé si lo toqué. Odio ser considerada como una adelantada, toda esa idea. Para mí es estar a un costado. No es que estás adelantada, es que simplemente viste y buscaste para otros lados”, cuenta.
¿Mainstream? No. “Lo lógico es pensar que a vos te gustaría que muchas personas entiendan tu mensaje, pero no existe eso en el mainstream. Siempre vas a ser malinterpretado”, dice. Algo tenía claro: sumar público afín, los que entiendan su mensaje. “Fue muy natural para mí desde un principio ganarme un público que eran unos raros. Y ellos se ríen de que yo les diga que son unos raros; pero es que yo era una rara”. Lo que quiere, finalmente, es algo más simple y más difícil a la vez: ser la mejor en lo que hace. La inspiran músicos como Yung Lean, Bladee y Playboi Carti, más alternativos que mainstream.
El resentimiento es parte de lo que siente actualmente, una mezquindad que percibe en el ambiente. “Nunca se acercó nadie de la industria para darme una chance. En cambio, gente muy importante de la industria argentina se acercó de manera shady para decirme: ‘Ah, ¿no fuiste a tal país? ¿Sabés que tu colega está haciendo tal cosa?’. Queriendo enemistarme”, dice Sara. De todos modos, no se olvida de quienes la acompañaron: “Esto lo gané, lo luché y las personas que estuvieron conmigo para ganarlo tienen un lugar muy especial en mi corazón y las que no estuvieron se pueden ir a la mierda”.
Sin embargo, no todo es enojo en Sara. La nostalgia es algo que la constituye a nivel personal, pero también a nivel compositivo. Extrañar el pasado es parte de los cimientos de la lírica de Mataderos y esto ya estaba presente en Heráldica, su primer álbum. “Cuando más feliz era, cuando menos opciones tenía”, decía en “Más feliz”.
Este sentimiento puede ser muy útil como inspiración, pero lidiar con él día a día puede resultar complejo: “El sentimiento que más me remite a mí, que hace sentirme como real, es la tristeza, recordar cosas, la nostalgia. Me golpea muy fuerte. Nunca se va del todo y no importa lo bien que estén resultando las cosas”. La nostalgia la ve también como algo generacional. “Estamos todos pensando en qué hacíamos en 2016. A mí me pasaba también a los 12 años, ‘ay, qué nostalgia de tal cosa’. ¿Nostalgia de qué? Tenés 12 años. Ese típico pensamiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor y que el presente es una mierda. En realidad el pasado tampoco estuvo bien”.
Esta especie de culto a la nostalgia se ve reflejado hasta en la promoción de Mataderos: creó un perfil y un grupo en Facebook, la red olvidada donde parece que quedan solo tías y compañeros del secundario. Se llenó de fans que viven al grupo de forma… intensa.
Por otra parte, la nostalgia de Sara puede ser también por algo que vivió, pero no recuerda bien. Tiene borrados algunos años de su vida y supone que es resultado del consumo de drogas. Los retazos de esos recuerdos son la materia prima de Mataderos.
“Para atrás, para atrás/ Caminaba por el barrio nada más/ Dando vueltas piso tierra con cristal/ Dando vueltas, dando vueltas/ En el skatepark” (“Tierra con cristal”). La salud mental le ocupa el tiempo. Sara sufre de depresión y está en tratamiento. Vincula estos padecimientos a algo generacional: “Siento que es lo mismo que tenemos todos los que nacimos en mi año (el 2000)”. Tuvo un punto de inflexión, hace dos aproximadamente desapareció de las redes: terminó internada por un consumo excesivo de pastillas.
El autocuidado es un tema que le cuesta ya que se enfoca en la creación de la música, en su proyecto, sin un disfrute más allá de eso y sin un respiro para sí misma. “Ahora tener depresión y ansiedad es como un meme. Lo único que importa es qué hacés con eso porque lo tenemos todos y pasa todo a un plano muy cruel, individual. Yo no siento que valga nada por lo que soy, sino que valgo más por lo que hago y eso no está bien. Esto me hace ser tan workaholic y obsesionada con mi carrera”.
En ese sentido, las preguntas sobre sí misma y sobre la naturaleza de lo que hace atraviesan el álbum. Se pregunta si se está repitiendo, si disocia, si usa una máscara. Finalmente, un interrogante duro, pero sincero aparece en voz alta: “Tengo 25 años, mi casa, mi gato, lo que siempre soñé. ¿Por qué no me puedo levantar de la cama? ¿Por qué no puedo vivir este presente?”.


