La historia de ‘Un buen día’, la película destrozada por la crítica que se transformó en objeto de culto (y de un documental)

Guionista y protagonista revelan el detrás de escena de 'Un buen día' (2010), en su momento vapuleada y hoy objeto de culto y de un original documental de Néstor Frenkel

Por  BARTOLOMÉ ARMENTANO

mayo 31, 2024

Lucila Solá y Aníbal Silveyra, en una de las escenas del film.

Al momento de su estreno en 2010, la recepción de Un buen día, de Nicolás Del Boca, fue brutal. Los críticos más amables la definieron como un “culebrón metafísico” o una “película errática basada en altisonantes diálogos”. Los más inclementes, por el contrario, identificaron en ella el peor largometraje exhibido en salas comerciales argentinas. Pero el encanto que se desprendió de este romance entre un hombre de Villa Pueyrredón y una mujer de Longchamps (pasibles de ser descritos, en su caracterización, como post-Cacho Castaña y proto-Lana Del Rey) sedujo a unos cuantos, y hoy en día casi cinco mil personas se asumen UBD-positivas. No es difícil ver por qué: en su confrontación entre lo pésimo y lo brillante, Un buen día es una obra singular e inolvidable, en la que confluyen verosímiles propios de la telenovela y el musical, pero jamás del cine. A catorce años del film original, aparece Néstor Frenkel con un documental que toma el fenómeno como punto de partida para hablar de placeres culposos, consumo irónico y aquello que delimita lo artístico. A propósito de la programación de ese documental en el último Bafici, Frenkel y la dupla creativa de Un buen día (el guionista Enrique “Quique” Torres y el actor Aníbal Silveyra) reconstruyen para ROLLING STONE la historia detrás del fenómeno, con detalles jamás contados.


Un buen día, Enrique Torres y Anabella Del Boca tomaron la decisión de emigrar y asentarse en California. Venían de una seguidilla inusitada de éxitos en televisión, pero el cambio de siglo vino aparejado de una cierta fatiga alrededor del formato telenovela en Argentina. 

ENRIQUE TORRES: Nos mudamos a Los Ángeles para hacer Te amaré en silencio, la primera telenovela filmada en Hollywood, con Eduardo Yáñez como protagonista. Luego de esa novela, el dueño de Univision, que en aquel momento era Jerry Perenchio, me hizo un contrato por dos años en exclusividad. Ellos tenían acceso a la ficción de Televisa y por lo tanto no iban a producir más, entonces no entendía para qué me contrataban. “Para que no te vayas a la vereda de enfrente”, me dijo. Anabella, mi mujer, se preocupó porque esto nos iba a sacar del mercado durante dos años. Cuando vimos la cifra del contrato… [risas] pensé: “¡Que me saquen las veces que quieran!”. 

ANÍBAL SILVEYRA: No te importó más el mercado… 

TORRES: Ahí fue que me quise probar con una película, para ver si era capaz de mantener el interés del público durante una hora y media y con dos personajes, nada más. No podíamos aspirar a producir algo complejo porque, si bien teníamos un dinerito, era sólo como para producir algo modesto. Terminé el guion, se lo di a Anabella y me dijo: “Hagámoslo, nos damos el gusto”. El gusto de cumplir un sueño que tenía yo y que Anabella bancó, esa es la realidad. Eso sí, todo muy low cost. Pensá que, en Estados Unidos, lo que baja de 20 millones de dólares es low cost. Lo nuestro era low suela de zapato. 


El libreto de Un buen día narraba el enamoramiento de dos argentinos expatriados que se conocen de casualidad en una cafetería de Long Beach: Manuel Patiño y Fabiana Liborino. El personaje de ella se basó en Fabiana Karina Lizárraga, una amiga del matrimonio Torres Del Boca. 

TORRES: Tengo un amigo, Guillermo Zapata, que es dueño de Sur, un restaurante muy famoso en Los Ángeles. Cuando llegué a Los Ángeles en 2001, Guillermo nos invitó a mi socio Miguel Vega, a mi hijo Feliciano (que después produjo la novela) y a mí. Ahí, nos invitó a un asado el domingo en la casa de una tal Fabiana Karina y su marido. Si te soy sincero, todo mi entorno de hoy (menos Aníbal, con él ya nos conocíamos) empezó en esa casa y en ese asado. Fabiana Karina es de Longchamps, de ahí sale lo del principado.

Sin presupuesto para traslados, se buscó una actriz argentina que residiera en Los Ángeles. Así surgió el nombre de Lucila Polak, entonces pareja de Al Pacino.

En febrero de 2009, Torres y Del Boca iniciaron la preproducción de Un buen día, que se filmaría durante el verano norteamericano. 

TORRES: Elegimos Long Beach primero y principal porque teníamos nuestro departamento ahí y ya había un buen ahorro en costo. Si vos querés grabar en Hollywood Blvd. y Highland, podés hacerlo, pero tenés que pagar ocho millones de dólares la jornada. En Long Beach, pagábamos 500 dólares por día y sólo porque tenés que pagar los policías y los guardavidas, aunque no intervengan. Lo más caro que pagamos en Long Beach fueron las ocho horas de filmación en el Queen Mary, el barco mellizo del Titanic. Eso nos costó 3.500 dólares. 

SILVEYRA: Había permisos que conseguir in advance. Toda la preproducción la hicimos en el departamento de ellos, nuestros headquarters de Long Beach. 

TORRES: El equipo estuvo compuesto por egresados de la Escuela de Cine de Long Beach. Anabella y yo vimos los trabajos finales de cada uno cuando se graduaron, y fuimos ofreciendo los roles. Los actores cobraron el mínimo que exigía su sindicato. Nunca fue un proyecto enorme, pero el libro nos gustaba. Aníbal lo leyó y quería estar. No teníamos protagonista femenina y empezaron a tirarme nombres, porque además tenía que ser una argentina que viviera en Los Ángeles. No teníamos dinero para pagarle el viaje y la estadía. No recuerdo quién me dice: “¿Por qué no la llamás a fulana de tal? Es la novia de Al Pacino, por lo menos podés recurrir a esta muchacha para promocionar la película”. Me pasaron el mail, le mandé el guion y me contestó que quería hacerlo. Además teníamos un director debutante a los 82 años. Viajamos con Anabella a Buenos Aires y una noche le dijimos a Nicolás, el papá de ella, que íbamos a hacer una película y nos gustaría que la dirigiera. Él se reía, ya había dejado de hacer televisión. Le dijimos: “Te dejamos el guion, leelo y, si te gusta, mañana nos contestás”. Cuando llegamos al otro día, nos puso una condición: “Lo hago si me voy ya con ustedes, porque quiero conocer el lugar en donde la vamos a grabar”. Yo lo he visto a ese hombre contar las baldosas de determinados lugares e imaginarse cómo sería el sol y dónde estaría a tal hora de julio. El día que hicimos esa reunión para conocernos todos, los pibes se miraban como diciendo: “¿En qué nos metimos?”. Vieron que la directora de arte era la esposa del guionista y que el padre de ella era el director. Tenías que verlo: iban con paraguas para taparlo del sol, y le ponían hielo para que no se insolara. 


El rodaje comenzó en julio de 2009 y se prolongó por tres semanas, pero los ensayos empezaron unos meses antes. 

SILVEYRA: Yo estudié teatro muchos años con Agustín Alezzo, entonces mi método era pensar en Manuel y en qué similitudes podía tener él con mi propia personalidad y mi propio desarraigo. Pero a veces ni siquiera sabés cómo es esto de la preparación; vos querés dar lo mejor y no sabés cómo. Yo quería llegar con el libreto sabido, y era un desafío ya que es una película de dos personajes. Yo me siento muy desnudo sin saber la letra y soy mejor actor si aparezco en los ensayos para que me indiquen emociones o movimientos, pero nunca la letra. Me acuerdo de ensayos con Nicolás en los que él se ponía donde iría la cámara, y a veces acordarte de la distancia que el director va a tener es lo más difícil.

TORRES: La historia de Manuel y la mujer que muere embarazada porque están corriendo una picada en la avenida Lugones es real, la tomé de Clarín. Yo necesitaba que Manuel tuviese una tragedia para que no se viera como el argentino que se fue a hacerse el American en Estados Unidos. Se fue porque huyó de la Argentina como estaba huyendo de sí mismo. Necesitaba una válvula de escape. 

SILVEYRA: Para mí fue una prueba tremenda, pero fue muy divertida la relación con Lucila Solá. 

TORRES: Yo los dejo, me voy a barrer el jardín. Vuelvo en dos horas. [risas]

SILVEYRA: Como yo me tenía que enamorar de ella, me propuse el ejercicio de intentar llegarle a su vida interna y utilizar toda mi seducción. Pero normal, yo soy un hombre casado y ella salía con Al Pacino. Me iba a cagar a trompadas. Pensé como Manuel, que lo mejor sería seducir realmente su personalidad. Yo me divertí con su forma de ser y con sus reacciones tan alejadas de las mías. Yo nací en Avellaneda y ella tenía tono de chica de Barrio Norte. 


Filmar es tan costoso e involucra a tantas personas que cualquier rodaje, sea cual sea, implica una serie gigante de contratiempos logísticos y personales a sobrellevar. 

TORRES: Recuerdo la famosa escena del principio, que se graba en el bar. Obviamente, se grabó de noche. Nosotros habíamos rentado el bar todo ese día. Con Anabella, estábamos al lado de la cámara y, en plena grabación, vemos una rata que se estaba acercando a la mesa. Ellos dos seguían y, de pronto, la rata se acerca y se pone en los pies de esta muchacha. Todo el equipo rezando para que no la tocara. Eran como las tres de la mañana y apareció la única rata en Long Beach. ¿Quién la aprobó en el casting? 

SILVEYRA: ¡No sabía nada! ¿Cómo nunca nadie me contó eso? Y Lucila con sandalias. Qué hijo de puta [risas]. Yo me acuerdo de una escena frente al mar con esas barandas tan lindas. 

TORRES: La que le proponías ir a Las Vegas. 

SILVEYRA: Ese día necesitábamos terminar sí o sí a cierto horario, entonces Nicolás me dice: “No corten, ustedes sigan pase lo que pase”. Cuando alguien dice eso, algo va a pasar. Yo tenía que mirar al mar y había un viento bárbaro que me hacía llorar, pero no era una escena emotiva. De golpe, se me pega una mosca chiquita en el ojo izquierdo y tuve que actuar con la mosca pegada ahí, sin mover el ojo. Cuando el director me dice algo, yo sigo la pauta. 

TORRES: Te voy a contar otra que no conté en ningún lado. Es una infidencia, y es que yo cometí un error. Cuando hicimos el contrato con la actriz, di por sentado que al tener el libro y leerlo iba a saber que había un desnudo cuando hacían el amor. Aníbal se ríe, pero es cierto. Llegó el día de grabarlo, y estábamos en nuestro departamento en Long Beach, frente a la playa. Sale Nicolás y dice: “No se quiere desnudar, dice que no está en el contrato”. Le dimos toda la razón. Yo no me voy a poner a escribir cómo tiene que ser una escena erótica, queda a criterio del director y de los actores. En Hollywood te tirás un pedo y tiene que estar en el contrato. Bueno, la actriz pidió más intimidad y se quedaron el director, el iluminador, la muchacha y Aníbal. Jugaron la escena sin que tuviese ningún desnudo. 

SILVEYRA: Bueno, yo me había puesto una media que me tapaba los huevos y la japi, pero te cuelga entonces es como que se nota igual. [Risas] 


La relación de Lucila Solá con Al Pacino es un hecho referenciado en la película. 

TORRES: Pacino no fue al estreno, pero leyó el guion y por sugerencia suya eliminamos una toma. La tengo con su letra, a la observación que hizo. Era un desnudo total del personaje. El tipo dijo: “Si este desnudo desemboca en algo que interfiere en el argumento, ok, pero es un desnudo por el desnudo mismo”. Con Anabella nos miramos y dijimos: “Tiene razón. Este principiante tiene razón”. [Risas] 

SILVEYRA: Yo le dije a Lucila: “Che, ¿va a venir Al Pacino o es toda una mentira que salís con él? Porque nunca lo vi, nunca vino, es el tío fantasma del rodaje”. Ella me dice: “Escuchá esto, me dejó un mensaje anoche”. Le contesté: “Vos hiciste como en Mi pobre angelito; pusiste una película de Al Pacino en tu televisor y levantaste el teléfono”. Se cagaba de risa. Un día, ya pasado un tiempo, me dice: “Te tengo que comentar algo”. Yo pensé que Al Pacino había visto la película y digo: “Uy, me conoce ahora y me va a conocer forever porque soy el actor que trabaja con la novia”. “No sé”, me dijo ella. “Lo que sí conoce es tu culo y dijo que es tan feo que es mejor sacarlo de la película”. A Enrique le mandó una carta para sacar un desnudo injustificado, a mí me dijo que sacara el mío porque tenía un culo espantoso.


A diferencia de Torres y Silveyra, Solá se ha desentendido por completo del proyecto. Su presencia en Después de Un buen día, el documental de Néstor Frenkel, es igual de fantasmagórica que la de Fabiana Liborino, reconstruida a través del montaje y el archivo.

FRENKEL: Intenté un acercamiento y la respuesta fue clarísimamente no, sin demasiado lugar a un ida y vuelta. Me pareció superrespetable y supercomprensible. Es más difícil entender por qué la gente se presta a hacer un documental que por qué no. En este caso concreto, fue una experiencia traumática donde todos depositaron mucha expectativa de que esto iba a ser otra cosa. Después, con lo que fue pasando con los años, cada uno lo fue metabolizando dentro de sus posibilidades y sus deseos. Cuando estaba por viajar a Estados Unidos, hice un segundo intento muy suave, porque tampoco me gusta ser un cargoso. Para mí, gran parte del trabajo del documentalista es saber cuántas veces uno tiene que tocar una puerta hasta decir: “Esta puerta está cerrada”. Si me pedía explicaciones, le iba a explicar por qué me interesaba que estuviera, pero no quiso y me pareció perfecto. Ella no me conoce y no tiene por qué saber cuál es mi postura o forma de narrar. 


En su primer borrador, Un buen día concluía con una escena de Manuel en el cementerio, solo y aferrado a fotos de Fabiana, pero un pedido especial implicó la modificación del desenlace y, en el proceso de corrección, el desconcierto de una audiencia entera. 

TORRES: Un día me llama Andrea Del Boca y me dice: “Disculpame, mi papá debuta en el cine, mi cuñado la escribe y mi hermana es la directora de arte. ¡Yo quiero estar!”. No había personaje para ella. El único que tenía era el de la madre de la protagonista, pero era muy mayor. “El problema es tuyo”, me dijo. “Conseguime un buen maquillaje”. Así fue como se vino a Los Ángeles y no sólo actuó ella sino que también debutó su hija, Ana. Es una de las chicas que bajan las escaleras. 

Cerca del inicio del rodaje, surgió un imprevisto: Andrea Del Boca, hija del director, quería tener un
papel en la película.

SILVEYRA: La hija de nuestra actriz principal también fue debutante. Ana Del Boca y Camila Morrone debutaron ambas en Un buen día. Le guste a quien le guste. Caiga quien caiga. 

TORRES: Yo escribí la primera versión sin que ella fuera un espíritu. Cuando se me ocurrió, la transformé en una mina que se murió en un día de mierda. Ella volvía por un buen día porque quería vivir ese buen día. Él, con esa sonrisa, no sólo la entiende sino que la perdona. Lo que resultó ser más confuso fue lo más sencillo. Mucha gente que no me conoce pensó que era obra de un intelectualoide y yo soy un tipo promedio, hermano. 


Un buen día fue un fracaso de crítica y de taquilla. En su día de estreno, tuvo una convocatoria promedio de nueve personas por sala, y quienes la vieron no fueron piadosos: la sentenciaron como la peor película estrenada comercialmente en Argentina. 

NÉSTER FRENKEL: No es la peor película de la historia, para nada. Tampoco la mejor. Es una película anómala, rara y especial que contiene un montón de elementos de todo tipo que la convierten en un artefacto difícil de abordar. Pero tiene un alma y una intensidad que la vuelven adictiva. Por algo será. Yo no creo que el fanatismo por esta película sea porque es mala. Hay miles de películas peores y también mejores, que tienen una semana de vida, desaparecen y nunca más nadie las recuerda. Por eso es arte: porque es inmaterial y no lo podés organizar en grandes fórmulas ni categorizar con estrellitas. Un buen día contiene la fuerza de un tipo que está dándolo todo y, de alguna manera, cuenta el momento más importante de su vida muy metafóricamente. Todos se ríen de la película, pero nadie conoce a Quique: hay una sustancia, hay un tipo que va a fondo y es una fuerza de la naturaleza en cada cosa que hace. Será naif y cursi, pero el arte es independiente del artista, toma su propio camino y es un objeto libre que viaja por el mundo. 


En Argentina, el nuevo oficialismo tomó al cine como blanco de sus ataques, pero el fin de los hostigamientos dista del sostenimiento de una conversación conducente sobre las virtudes o falencias del INCAA. En ese sentido, Enrique Torres también fue precursor: Un buen día generó algunas elucubraciones malintencionadas sobre la endogamia de su equipo. 

TORRES: Esta película se hizo sin ningún préstamo de ningún instituto de ningún país. La financiamos nosotros, Anabella y yo. Hubo gente que supuso que habíamos gastado el dinero del pueblo. Lo único que le pedí al INCAA fue que figurara de alguna manera para ver si podíamos presentar la película en algún festival, pero jamás pusieron una moneda. Averiguá en el INCAA cuando quieras si alguien alguna vez cobró dinero de Un buen día.

Frenkel admite que no había visto el film hasta que, por un grupo de fans, supo del culto a Un buen día.

FRENKEL: Me preocupa que esté tan atacado todo lo que tiene que ver con la reflexión y el placer, y que todo lo que no sea números en una planilla de Excel sea basura. No hay filmografía en el mundo que se sostenga sin apoyo estatal. Ni la de Estados Unidos, que tiene el monopolio de salas, distribuidoras y cadenas. En lo personal, yo no existo; estoy tan lejos del mundo de los festivales como de las plataformas. La posibilidad de que exista Néstor Frenkel y existan estas diez películas que hice en estos veinte años se dio porque hubo apoyo estatal. Soy orgullosamente una larva que le chupa la teta al Estado, y estreno en el Gaumont mis películas pagadas por el INCAA con el IVA. ¿Que se mueran de hambre los chicos en el Chaco? Sí. [Risas] 


Torres y Silveyra procesaron la recepción inesperada de Un buen día de distintas maneras.

TORRES: En mi caso fue muy duro. No me lo esperaba, realmente. Además sufrí mucho durante la edición. Toda mi vida fue la televisión, y en televisión lo que escribís hoy en dos o tres semanas está en el aire. Fueron como siete meses de edición y, cuando estuvo terminada, había problemas con el audio y tuvimos que invitar a Ricardo Pegnotti para cambiarle todo el sonido. Por eso digo que el cine no es para mí. 

SILVEYRA: A mí me impactó de una manera diferente porque las redes sociales empezaron a existir a partir de 2010, que es cuando la película se estrenó. 

FRENKEL: Los memes no son con la cara de Quique, son con la cara de Aníbal. Eso no es joda. Podés opinar lo que quieras de su actuación en Un buen día, pero respeto. Hay un artista ahí, hay un talento y una verdad ahí, y una expresividad que por estas cosas de la vida apareció expuesta de una manera anómala. 

SILVEYRA: Yo viví una invasión. A mí no me interesaba lo que les parecía la película y todo el mundo me lo decía. ¿Qué carajo me importa lo que vos pienses? Yo hice una película y punto, por el placer de trabajar como protagonista y con un director tan experimentado como Nicolás Del Boca. Jamás pensé en la repercusión de nada, pero me la hicieron refregar porque existían las redes sociales, cosa que antes no pasaba. Bueno, si así se usa ahora, entonces yo tengo derecho a réplica. Por algo tengo 5.000 seguidores, porque no estoy en los medios como estaba en ese momento. Si me hubiese pasado esto cuando hacía Peor es nada en TV, tendría 80 millones de seguidores. Las redes nos aparecen de jovatos y esto nos sorprende. Mi hijo y mi sobrino andaban con las redes todo el tiempo, y durante un año no me contaron que había una película hecha por fanáticos porque pensaban que me iba a doler. Yo aprendí como actor que las críticas no deben incidir en tu cabeza porque, sino, empezás a trabajar para el resultado, y ahí se pierde el placer. Y no hay nada más placentero que trabajar con amigos. 

TORRES: Eso que decís es lo que nos sostuvo en Un buen día. Era una travesura que tenía que salir bien. Todos fuimos conscientes de que jamás podía ser una película para el Óscar. Era una película para darnos el gusto de trabajar entre amigos porque teníamos una onda especial y la hicimos con esa onda especial. Nos juntamos un grupo de amigos. SILVEYRA: No hay motor más importante para un artista que otro artista le diga: “¿Querés que hagamos algo juntos? Claro, decime lo que quieras. Mañana lo hacemos”. Más allá de los resultados, que después de diez años la gente siga hablando de nuestra película es un milagro. 

TORRES: Se consiguió algo maravilloso. En lugar de “se rieron de nosotros”, es “se rieron con nosotros”. Se la tomó como objeto de estudio en varias universidades. 


Como si se tratase de un giro de tuerca concebido por Mel Brooks, la película fue redescubierta y fetichizada al extremo por un grupo de fanáticos organizados bajo el nombre Grupo de Apreciación de Un Buen Día. Sus proyecciones mensuales capturaron la atención del documentalista Néstor Frenkel. 

FRENKEL: Las historias llegan, es así. Yo no me levanto pensando en que voy a filmar un documental, uno tiene como una antena trabajando todo el tiempo. En este caso particular, llegó a través de los fans. Magrio González y algún otro chico del grupo eran los que siempre venían a las funciones de mis películas. Me caían muy simpáticos, y a través de las redes empecé a ver esto que sucedía. Un tiempo más adelante, estaba dictando un taller para gente con proyectos de documental y se me acercó Magrio a decirme que quería participar y tenía un proyecto sobre los plesiosaurios. Le dije: “Che, pero en vez de hacer algo sobre eso, que seguramente te saldrá muy bien porque sos un tipo muy talentoso, ¿por qué no hacés algo sobre esta historia increíble, teniendo material filmado?”. Magrio, con mucha claridad, me dijo: “Mirá, a mí un documental en primera persona no me interesa y siento que nos pone muy adentro de esta historia como para tener un punto de vista y una distancia para contarla”. Ahí fue sumar uno más uno: está esta historia superinteresante, estos pibes muy buena onda, hay un montón de material filmado, son todos temas que me resultan cercanos. Está todo ahí. Este documental me volvía a traer como tema el éxito y el fracaso, y cuáles son los parámetros para decir que algo es bueno o malo… A esta altura tengo que aceptarlo, siempre recae sobre mí mismo esta cosa de que me río de la gente. En este caso está como tercerizado [risas]. Uno debería preguntarse qué tan amable es la mirada de este grupo de apreciación. 

TORRES: Yo descubro que tienen un sitio y me meto, pero tenías que tener autorización. La pido y me la dan. Todo muy prolijo, pero me voy para atrás en la página y veo que se estaban cagando de risa. Digo: “No, el pelotudo soy yo por meterme”. Llega la maestra y dejamos de tirar las tizas. Ahí les pido disculpas y abandono el grupo para que puedan seguir diciendo lo que se les canta con total libertad. Lejos de enojarse, lo tomaron muy bien. 

SILVEYRA: Yo veía imágenes de esas reuniones porque tengo infiltrados. A mí nunca me aceptaron en el grupo, y me parece muy bien. ¿Cómo me van a aceptar en Facebook? Después no pueden decir: “¿Este que parece Cacho Castaña se levanta a ese minón?”.


Frenkel, que cita a Eduardo Coutinho, Werner Herzog y Errol Morris como principales referencias, no había visto la película de Nicolás Del Boca. Con Después de Un buen día, tuvo que abordar la pregunta de la distancia de su narración. 

FRENKEL: Avancé mucho con el documental sin haberla visto. Mi interés era sobre el fenómeno más que sobre la película en sí. De hecho, mi primera idea era que no se viera nada de Un buen día. Fue una decisión un poco extrema, tampoco era para tanto, así que esa idea la abandoné. Con respecto a la distancia, suponía que a priori estaba más cerca del Grupo de Apreciación que de los realizadores, pero me di cuenta de que no. Me cerraba esto de pararme equidistante a estos dos mundos, desde lo generacional y desde mi lugar en el mercado. Quique está en sus setenta, los apreciadores están en sus treinta y yo tengo cincuenta. Quique y la familia Del Boca son gente muy instalada en el mundo profesional, y los apreciadores son freelancers dando sus primeros pasos. Con respecto al tono, entendí que de esta película se hicieron muchos chistes: crueles, amables, buenos, malos. Se hicieron todos los chistes posibles, y lo que tuve que hacer fue tomarla en serio. Quizás, si todo va bien, ese sea el chiste definitivo. 

En menos de una hora, Después de Un buen día agotó las entradas de sus tres proyecciones en el marco del Bafici. Y paralelamente a esa reparación histórica, Torres y Silveyra debutarán en una obra de teatro en junio: Una Noche Buena

SILVEYRA: Estrenamos el 6 de junio y las funciones pertenecen al Fringe Festival, un festival de teatro en Hollywood. Es un dramedia, casi un musical. 

TORRES: Y hay un personaje que hace el salto de Un buen día a Una Noche Buena, que es Marilyn. En este caso va a estar acompañada por Elvis. 

SILVEYRA: Es la historia de dos imitadores ya grandes en Hollywood Boulevard, que se encuentran en una Noche Buena. 

TORRES: Y Fabiana Karina Lizárraga está ensayando con Aníbal. 

FRENKEL: Cuando hay un tipo como Quique, que tiene esa fuerza, el logro es gigantesco. Logró que hoy estemos hablando de eso. Las entradas se agotaron en una hora. No somos Taylor Swift, pero es el Bafici. A alguna gente le interesa lo que yo hago, pero básicamente es por Un buen día, y la gente que persigue ese fenómeno eternamente. 

TORRES: Néstor me ofreció ver el documental antes y me costó mucho decirle que prefería verla el viernes para poder disfrutarla con el resto de la gente. 


Las definiciones de éxito que sostienen Silveyra y Torres en 2024 son muy distintas a las que suscribían en 2010. Hoy, sus mayores orgullos pasan por otro lado. 

SILVEYRA: Yo me enorgullezco de ser un actor internacional y de ser una persona que entendió que además puede trabajar de otra cosa y ganarse el pan sin sentir vergüenza. Creo que eso me lo da vivir en otro país donde muchos actores tienen a la vez otro trabajo. Paul Newman hacía aderezos de ensaladas. Me enorgullezco de tener mi trabajo como intérprete. Fui a la universidad, me recibí, tengo un título en Estados Unidos y filmo lo que quiero y cuando quiero porque tengo guita por otro lado. 

TORRES: Yo me enorgullezco profundamente de definirme como autor de telenovelas y también como entretenedor. Hay intelectualoides que toman la telenovela como un género menor. A esa gente les recomendaría que busquen en Google una entrevista que Clarín le hizo a Umberto Eco donde él declara que admira a los autores de telenovela y sus posibilidades de hacer conocer su trabajo inmediata y masivamente. El periodista le dice: “Pero maestro, ¿cómo a usted le va a gustar esa basura?”. Y Eco dice: “Tiene usted razón, amigo, el 90% de las telenovelas son basura al igual que el 90% de los libros que se escriben y las películas que se filman. Eso no invalida a un género”. Entretener es una función muy importante. Yo no quiero cambiarle la vida a nadie, pero sí entretener.