Juliana Gattas y su debut al margen de Miranda!: “Me tomo las canciones como guiones de ficción”

La cantante de Miranda! disfruta de volver a vivir una primera vez, ahora con un disco propio, ‘Maquillada en la cama’

Por  JUANA GIAIMO

mayo 13, 2024

"Es medio un disco de clásicos", dice Juliana Gattas sobre 'Maquillada en la cama'.

Foto: Eugenio Mazzinghi

Despatarrada, ajena, mordaz. Una silueta que se mueve en el escenario con libertad, como extraviada, dejándose llevar por el éxtasis del ritmo y la ovación. Vestida de lujo, con exceso de brillos y plumas, pero con una mirada perdida de decadencia. Movimientos ondulantes, grotescamente sensuales, que escapan de la rigidez coreografiada. Frente a la sonrisa perfecta de su compañero y la catarata de hits inagotables, el personaje de Juliana Gattas es un contrapeso oscuro que matiza el pop resplandeciente de Miranda!
Ahora, con su nuevo disco solista, Maquillada en la cama, Juliana está de pronto sola bajo el foco de luz principal. Ya era tiempo de que el bemol de las armonías pasara a ser la melodía central.

En la comodidad de su casa, Juliana es sencilla y cálida. Nos toca una de las tardes de la lluvia torrencial que sacude Buenos Aires en el fin del verano. Afuera, el mundo se apura para refugiarse bajo los techitos de Recoleta, empapados por las baldosas flojas y pensando “¡pero cómo llueve!”. Adentro, en un loft amplio y despojado en un primer piso, Juliana se sienta con un té recién hecho frente al pequeño set de living.

“Esto es una bomba, me muero por bailarlo”, pensó Juliana al recibir el primer tema de su productor. (Foto: Eugenio Mazzinghi)

La tormenta resuena con eco en el techo alto de chapa; ella misma sugiere probar si la grabadora toma bien la charla y cierra las ventanas para aislarnos del afuera. Le doy play a la grabación y ella dice que odia escucharse. Pero reflexiona al instante y aclara que, sin embargo, no le molesta escucharse cantar; sólo cuando habla: “Es lo que digo, qué pelotudo”, concluye.

Es fácil identificarse con ese pudor. Pero, durante la entrevista, Juliana muestra que lo que tiene que decir está lejos de ser tonto. Su visión sobre la música implica un enfoque diferente al que solemos resaltar: el de la interpretación. “En Miranda!, últimamente, escribo algo de las letras, pero no soy como un músico escritora (sic) de canciones, no hago eso, no me salió nunca natural. Me salen más otras cosas”, dice.

Lejos de renegar de no escribir canciones, simplemente lo abraza. No es tan difícil de entender: hay personas que escriben y otras que no. “Hay una exigencia que está sólo en este rubro porque a las actrices las veneran y les dan premios y no les dicen: ‘Nunca escribiste tus propios guiones’; ni al diseñador le dicen: ‘Vos cosé el pantalón’. En la música sí te lo dicen. No sé por qué, por Bob Dylan, por la cultura del chabón que lo siente”, teoriza riendo.

Ser intérprete supone, por definición, un trabajo menos solitario. Maquillada en la cama es un gran ejemplo de eso. No surgió de un deseo privado, sino que fue idea de Álex Anwandter, uno de los artistas chilenos más predominantes de los últimos quince años y parte de la camada que nos dio a otros nombres como Javiera Mena, Francisca Valenzuela y Gepe. Nominado a tres premios Latin Grammy en diferentes ocasiones, Alex es conocido por hacer un pop bailable, que mezcla vulnerabilidad sentimental con pensamientos políticos.

Juliana es su amiga desde hace una década y cada vez que visitaba Santiago hacían planes juntos, charlaban mucho. Hace seis años, se encontraron en uno de los cafés preferidos de Alex porque lo visitan sólo señoras bien arregladas, que encajan con ese personaje lujoso y decadente que Juliana encarna. Así, como al pasar, él le dijo: “¿Por qué no tienes música solista? Yo te quiero hacer un disco solista”, y ella le dijo que sí al instante. Juliana recuerda el momento con una sonrisa de admiración, como si estuviera diciendo: “¿Podés creer la suerte que tengo?”, como si ella no fuera Juliana Gattas, la cantante de una de las bandas más influyentes de Latinoamérica en los últimos veinte años.

Desde que Miranda! irrumpió en la escena mainstream a principios de siglo con Sin restricciones, la cantidad de singles exitosos se extendió como la de ninguna otra banda argentina contemporánea. “Don”, “Yo te diré”, “Perfecta”, “Mentía”, sólo por nombrar algunos, hoy son considerados clásicos que atraviesan generaciones, especialmente gracias a Hotel Miranda! (2023), el proyecto más reciente con el que reversionaron sus éxitos de la mano de artistas jóvenes como María Becerra, Lali, Ca7riel, y otros artistas con larga trayectoria, como Andrés Calamaro y Cristian Castro.

Una vez que Alex y Juliana decidieron hacer el disco, empezó el intercambio de mensajes. Sentada cómoda en la esquina de un sillón de dos cuerpos y vestida de entrecasa, sin nada de la parafernalia de los shows, Juliana espontáneamente recrea una de las conversaciones, imitando el acento chileno de Alex:

—¿En qué andas?
—Acá, maquillada en la cama.
—Ah, oye, me encanta eso para una canción. Desarrolle.

Así, Alex fue recolectando conceptos que lo habrían de inspirar a escribir. Una semana después de la entrevista con Juliana, él habla conmigo en una videollamada. Tiene la cámara apagada porque recién llega a Nueva York, después de visitar Argentina y ver a Juliana en el Lollapalooza, donde debutó con su primer show solista, además de presentarse con Miranda!. “Tenemos una especie de conexión medio de mellizos”, dice sobre su amistad. “Juliana es la única persona en la Tierra que sabe lo que estoy pensando sin que yo diga nada. Sólo con mirarme, sabe lo que pienso; y me da como mucho miedo que haya otra persona que pueda hacer eso, pero al mismo tiempo me divierte”.

Si bien la propuesta surgió de forma casual, Alex se inspiró en el artista mexicano Juan Gabriel, que escribía discos para Rocío Durcal. Supuso un ejercicio nuevo para él y un resultado que mezcla lo que es Juliana en la realidad, su personaje y también él mismo. “Hay cosas mías que son curiosamente muy honestas y que me pude permitir escribir porque estaba hablando con la voz de otra persona”, dice.
Desde hace tiempo que Juliana está acostumbrada a interpretar las canciones de otros y a aportarles su mirada. “Siempre sentí eso con Ale, que yo era su actriz. Que él vivía sus canciones, sobre todo en el comienzo, donde era un personaje tipo perdedor en el amor, muy, muy marcado. Y yo me tomo las canciones como guion de ficción”.

A ese guion ella le dio significado e interpretó para otorgarle vida a este personaje surgido incluso antes de Miranda!, cuando cantaba jazz en Cemento. “Es una persona que está sola, que le da pena, pero también se ríe de eso, que quiere estar glamorosa, pero le da fiaca salir, o fobia. Tiene una cuota de oscuridad, un poquito más profunda que la que canta en Miranda!”, dice Juliana en tercera persona.

Cuando Juliana recibió la primera canción de su dico con Alex, “Borracha en un baño ajeno”, pensó: “Esto es una bomba, me muero por bailarlo, me muero por hacer videos”. Es fácil entender por qué. “Borracha en un baño ajeno” abre el disco con un pop brutal: sin ningún tipo de intro, la voz de Juliana y el beat frenético atacan de forma directa y nos sacuden para que nos levantemos de la silla y movamos los pies.

Con sólo ocho canciones, el tracklist nos presenta un pop contundente de teclados. A veces hasta parecen estar casi al mismo volumen que la voz, resuenan en los oídos de la misma forma que en una pista de baile y nos llaman a que nos perdamos en el espacio y tiempo como en un sueño, como en un trance, pero a la vez, la música tiene una oscuridad como si estuviéramos dentro de la mente de este personaje que anhela con desesperación el contacto humano. Miranda! ofrece un pop más travieso y luminoso: apto para escuchar a la tarde. Maquillada en la cama, en cambio, es pop de trasnoche.

Para grabar el disco, Alex viajó a Buenos Aires para hacer los demos en el estudio Avesexua, de Lucas Martí, pero también hicieron grabaciones a distancia que Juliana narra como si fueran una película de ciencia ficción: ella entra sola a un estudio en donde no conoce a nadie, pasa a la cabina de grabación y, de repente, aparece Alex en la pantalla de un iPad. Así fue la grabación de los suspiros de orgasmos del final de “Un taxi al infierno”, lo que hace que toda la situación sea más bien bizarra. “A ambos nos divierte la idea de exacerbar la personalidad de performer y también los supuestos defectos del performer, como el dramatismo, el egocentrismo, lo patético que puede ser estar en un escenario”, dice Alex. “Nos permitimos explorar una parte nuestra que nos da miedo, quizás, pero hacerlo a través del humor”.

En el estudio, Juliana descubrió otros matices artísticos que ni ella misma conocía. Ya no era necesario estar en contrapunto con otra persona ni que se notara de forma clara quién cantaba cada parte, como en Miranda!. Ahora podía moverse más libremente: intentar una voz más profunda y alejarse de lo nasal, como en “Maquillada en la cama”, que pasa de versos de frases cortas en un tono agudo a un coro de melodía grave y enredada. La exploración fue también más allá de lo técnico porque Alex le planteaba imágenes y escenarios ficticios para las canciones. “Me cambiaba el filtro para que cantara de otra manera. Eso no me había pasado, alejarme mucho de lo técnico y de las herramientas de estudio y entrar en un lugar medio onírico”, dice Juliana, y se viene a la mente “Botas negras”, en donde canta suspirando, repitiendo frases como si estuviera suspendida en el tiempo mientras la rodean cuerdas etéreas.

Juliana duda de si es la forma usual de trabajar de Alex o si él se dio cuenta de que le gusta tanto la interpretación. Cuando le pregunto a él qué intentaba hacer como director musical, me dice: “Que Juliana lo pasara bien, que estuviera contenta con lo que estábamos haciendo”.

Por seis años, Maquillada en la cama fue el proyecto para los tiempos libres. “Cuando Alex me mandó ‘Borracha…’, yo enloquecí y, en un momento, tuve un brote de ansiedad y dije: ‘¡Ya quiero sacarlo!’ y él: ‘Oye, no, no, acá está este tema y después esperamos’. Y me acostumbré a ese ritmo. Ahora lo amo”, cuenta Juliana. Con la pandemia, el disco quedó congelado y, al volver las actividades públicas, empezó el frenesí por los recitales que generó incluso más momentos de pausa. Alejados del foco de sus carreras principales, el proyecto contó con el beneficio de tener tiempo, de pensar y reflexionar sobre cada detalle. “Cada año que pasaba que no salía, que los tiempos, que el Hotel Miranda!, comprobaba y reafirmaba que es medio un disco de clásicos”, dice Juliana con orgullo.

“Miro hacia el cielo” fue la única canción que cambió durante esos seis años, que no fue la misma desde su génesis. “Hablaba de algo que no quería que estuviera más en el disco y lo cambiamos”, dice esquiva, quizás en el único momento de la entrevista en que se muestra así. La canción ahora trata sobre su hija Juana, de 18 años [le digo que yo me llamo igual y ella me responde que por eso aceptó esta entrevista, pero enseguida se ríe dejando ver el chiste]. Con un ritmo relajado y una guitarra eléctrica que disipa lo frenético de los teclados de otras canciones, la voz de Juliana se desliza suave y pausada por la melodía y, hacia el final, aparece un solo de saxo delicado para dar fin a este paréntesis dulce en el tracklist.

¿Cómo era Juliana a los dieciocho? “Mmm, más dark, malhumorada”, dice. “Aunque ya me gustaban las mismas cosas: el cine, el arte, pintaba… pero no era tan luminosa como mi hija”. En su adolescencia hizo cosas de “adolescente extrema”, desde llevarse mal con sus padres hasta dejar el colegio. Así que, cuando su hija creció, pensó que seguiría su ejemplo. Un día le preguntó: “¿Ya me odiás?” y Juana le dijo que no. “Nos reímos todo el día, todo el día riéndonos de cosas”, dice Juliana con la voz iluminada.

Todavía hoy Juliana se rodea de lo que ama: le encanta Instagram y lo usa como una biblioteca de contenido inagotable en la que puede perderse horas. Se lamenta de no engancharse con TikTok. “El disco ni lo puse… los videos los ponía como una tonta”, dice mientras mira las apps de su celular. “Lo saqué para tener espacio… ah, no, acá está”. Abre TikTok con un poco de frustración y me muestra los videos promocionales del disco, que recortan una parte del videoclip para ajustarse a lo instantáneo de la plataforma. No superan las 10 mil visualizaciones.

En una esquina del loft, hay un perchero atiborrado de prendas de vestir con brillos, plumas y telas de diferentes texturas. Las compró hace años, por puro capricho, sin saber si algún día las usaría, y ahora finalmente encontraron su lugar en los nuevos videoclips. Son homenajes a las películas favoritas de ella y sus amigos: para “Maquillada en la cama”, quisieron recrear Las amargas lágrimas de Petra von Kant (1972), pero, como sentían que le faltaba algo, lo mezclaron con Maniquí (1987). “Borracha en un baño ajeno” recrea una escena de Beetlejuice (1988). “Me encanta que pienses que había inventado eso”, me dice cuando le digo que no había captado la referencia porque no conocía la película. Enseguida busca la escena y me empieza a señalar las diferentes actrices (“Esa es la mamá de Mi pobre angelito [Catherine O’Hara]”). Insiste con que mire la película de la misma forma que, cuando somos adolescentes, nos emocionamos por las nuevas cosas que vamos descubriendo a medida que crecemos.

“Mis gustos de esa edad los mantengo intactos”, dice. Tiene sentido que esté emocionadísima por ser parte de la película Los domingos mueren más personas de Iair Said, próxima a estrenarse este año, todavía sin fecha. “Por lo que charlamos hasta ahora te habrás dado cuenta de que me desespera ser actriz, me encanta”, dice. Previamente, sólo había participado en La parte ausente (2014), cantando “Alma de diamante” de Luis Alberto Spinetta. Ahora le tocó el turno de tener un papel más protagónico: no podía parar de leer el guion, repasar la letra, transformarse para su personaje. “La película es hermosa”, dice. “Medio triste y medio graciosa, como yo”.

Nuestra entrevista se corta después de una hora porque le llega un mensaje al celular. Son sus bailarines que están en la puerta. Tiene sentido: el loft es muy amplio y, dado que no tiene muchos muebles, hay espacio para desenvolverse. Juliana sólo lamenta no tener espejo. Afuera sigue lloviendo, así que nos apresuramos a abrirles y yo aprovecho para despedirme. Unos momentos antes, me contó que en el Lollapalooza iba a hacer un homenaje a Demonios de Tasmania, una de sus bandas preferidas de la adolescencia, y apenas después de decirlo, con una alarma infantil me preguntó si la nota saldría antes del show. Cuando le aseguré que no, se relajó otra vez y dijo riéndose de sí misma: “Igual, ¿a quién le importa?”.

Despatarrada, ajena, mordaz y, también, íntimamente suya. Un personaje hecho de retazos propios que fue juntando e hilvanando a lo largo de su vida y que ahora está listo para resplandecer.