Jorge Lanata no era un “buen periodista”. Es decir, en los parámetros de la prensa gráfica que gusta de arbitrar el ámbito profesional, no escribía bien; eso no le interesaba demasiado, bah. Era mucho más: un travieso en el territorio de los serios, un advenedizo y precoz veinteañero que se hizo su lugar tirando piedras y que luego se las ingenió para permanecer, literalmente, sentado frente al micrófono en la primera mañana de la radio más escuchada hasta el minuto final, hasta que su voz, esa voz áspera, jadeante, se quedó sin aire. Irónico, procaz, cínico, altivo, puteador, showman… Fue, en rigor, un gran periodista. Pero, sobre todo, fue un creador de artefactos (dos diarios, revistas, formatos radiales y televisivos, secciones exitosas…).

Su vocación creativa y una elocuencia para el straight-talking —cuando el concepto no se había popularizado—, cimentaron junto a las tapas de Página 12 (audaces, ocurrentes, socarronas) su fama de enfant terrible en los 80 para que él, luego, se reconvirtiera en personaje iracundo, obeso y fumador durante el kirchnerismo tardío. Fue un bicho mediático mucho más que un animal político: trazó la diagonal entre las Charlas de Quincho y el tono que gustaba a taxistas y Doñas Rosas. Convirtió a los políticos en vedettes de un star-system opaco y corrupto, y fue vedette él mismo. Su búsqueda de fama, impacto, trascendencia, guita excedía la palabra escrita, aunque muchas de sus grandes obras periodísticas fueron hechas con palabras, con juegos de palabras. La página (12), la hora (25), el día (D)… Hasta que entendió que, en ese ring, el artefacto era él mismo.
Me tocó interactuar con él dos veces. La primera cuando fui invitado a participar como cronista gastronómico y nocturno del experimento Ego. Demasiado ego. Una revista grandilocuente y fallida, alumbrada y extinguida por la macroeconomía de 2001. La segunda, cuando apenas asumí como director de ROLLING STONE, en 2004, le pedimos que entrevistara a Gustavo Cordera en el pico de la popularidad de Bersuit. Habló con Cordera (de masturbación, de robos, de drogas, de fracasos) y también, claro, habló del Sur, de Avellaneda, de Sarandí, del cine El Colonial en avenida Mitre y, cómo no, de sí mismo: “La vida nos sacó de ahí a los empujones, pero de todos modos es imposible no volver, despegarse el silencio de los sábados a la tarde mientras la tele pasa Hollywood en castellano. No sé si siempre la infancia es cruel, pero es seguro un territorio exagerado en el que las sombras te amenazan desde el techo del cuarto y te persigue la urgencia de salir de ahí. Tanto nos domesticaron que en el Sur ni siquiera los sueños son grandiosos: yo quería ser redactor de Siete Días, alquilar un departamento de dos ambientes en el Centro y poder, cada tanto, llegar con una caja de pizza y algún libro. Aquella era mi idea de la felicidad”. Misión cumplida, Jorge.

Si escribir biografías es intentar garabatear la propia, hacer obituarios puede ser diseñar la propia muerte. O, al menos, el modo de ser recordados. Lanata escribió, especialmente, sobre los argentinos, quiso, como muchos, reescribir la historia: extraña criatura vernácula, mostró el ascenso y permanencia de un desenvuelto y ambicioso chico del suburbio. Era clase 1960, como su némesis de la década del 90, Marcelo Tinelli: cuando Lanata creó Página/12, Tinelli asomaba en TV como comentarista deportivo de Juan Alberto Badía antes de convertirse también en un estrafalario bicho mediático. Curiosamente, el día de la muerte de Lanata, la calle estaba empapelada con logos multinacionales y la frase “Los Tinelli. Una familia perfecta (para un reality)”.
“Outsiders that impact the mainstream in their most iconic way”, nos sentenció Jann S. Wenner sobre las tapas de RS. Y aquí yace Lanata, un pibe del suburbio que golpeó de lleno en la cultura del país; un peleador excedido en peso, con la mirada cansada, ojo en compota, pero con los guantes puestos. Icónico.
* El autor de este artículo fue director de Rolling Stone Argentina entre 2006 y 2010.


