Un día, cuando tenía 18 años, Lisa Cerati llegó del colegio, tomó prestado un teclado de su hermano y se encerró en su habitación con las luces apagadas con la intención manifiesta de escribir su primera canción. El resultado final de esa primera experiencia compositiva fue “Selva”, un trip-hop lento y atmosférico, con acordes que parecen evaporarse para abrirle paso a una voz fría y cautivante a la vez. Sin saberlo, el tema fue el punto de partida de su debut como solista, que firmó con los dos nombres que le eligieron sus padres: Lisa María.
“Para mí, este disco es un punto de llegada que reúne a muchas Lisas de distintos años, de las que por ahí ahora me siento muy distinta, pero tenía que atravesar para llegar a esto. Hay temas que tienen diez años y otros que tienen un mes, pero en todo estoy yo”, dice sobre el álbum que vio la luz el 1° de junio, un mes después de haber cumplido 30 años.
De alguna manera, con este disco Lisa continúa un mandato familiar presente en la obra de su padre, pero también por vía materna, la realizadora y DJ chilena Cecilia Amenábar. “Me llegó tarde la conexión musical tan en serio, pero vi el proceso desde siempre, en mi papá y también en mi hermano, él graba desde que tiene cinco años e hice coros en sus discos. Aprendí observando mucho a mi papá, y también a mi mamá, que tiene la colección de discos más grande que vi en mi vida, incluso más que la de él”, cuenta Lisa. Dentro de esa misma lectura, elegir presentarse con su nombre propio y prescindir de su apellido es un hecho artístico en sí mismo. “Nunca me gustó el Lisa solo, pero Lisa María siempre me pareció interesante porque María suele ir primero y mis papás lo dieron vuelta”, dice tras recordar que comparte apelativo con la hija de Elvis Presley. Luego, agrega: “Además, el trasfondo de la elección de mi nombre no es tan alucinante, es porque a mi hermano le gustaban Los Simpson, y soy María porque cuando nací me parecía a una abuela de mi mamá llamada así, arrugada como un bebé. Decidí usarlo porque me gusta llevarlo a mi mundo de creaciones”.
Lisa creció en una casa en la que el vínculo con la música trascendía las actividades de sus padres (“Era como tener mi propio Spotify”, dice al referirse a la cantidad de discos que tuvo a disposición desde mucho antes de que el streaming fuera siquiera una idea), y tardó en entender que su realidad era distinta a la de los demás. “Lo empecé a notar cuando iba al colegio, era como un bicho raro. Había momentos en los que sufría y quería que fuera todo normal, no quería que fuera todo un acontecimiento porque llegaba mi papá”, repasa sobre una infancia en la que el estímulo creativo era moneda corriente. “Todo el tiempo sentía mucha libertad, y hoy la agradezco un montón. Los dos siempre nos impulsaron a mi hermano y a mí a hacer cosas, a crear. Cuando hacía videoclips de chica, mi mamá me ayudaba filmando y después mi papá hacía presentaciones a sus amigos de todo lo que hacíamos, muy orgullosos los dos”, recuerda.

A pesar de contar con todo ese estímulo a disposición, Lisa tardó en seguir con el mandato familiar, al menos de manera directa, con incursiones en el diseño gráfico, la producción audiovisual, la conducción televisiva y la realización de videoclips, casi como un derrotero para llegar a un destino inevitable. “Desde chica me enfoqué en lo visual y estudié cine, aunque la música siempre estaba golpeando mi puerta, pero quizás más desde pensar una banda de sonido que acompañara lo que estaba haciendo”, dice sobre una situación que no forzó, sino que esperó que decantara por su propia naturaleza. “Tengo el recuerdo de ver a mi papá o a mi hermano haciendo música mientras yo hacía videoclips, hasta que un día me dije: ‘A ver si me siento a componer con lo que aprendí y lo que observé, a ver qué sale’”, cuenta sobre un camino que tambiénguió lo visual, con canciones inspiradas en colores, imágenes y texturas que se le venían a la mente.
Para grabar las nueve canciones de su álbum debut, Lisa recurrió a Estanislao López, productor clave del último lustro gracias a su trabajo con El Club Audiovisual, Buenos Vampiros, Mujer Cebra y El Nota, y que decidió ficharla para su sello propio, Hora Cero Records. “Empezamos a trabajar poquito antes de la pandemia, a finales de 2019. Ella me mostró unos demos y cuando los escuché me encantaron las letras y las melodías, sentí que tenía una sensibilidad muy especial”, explica López. De a poco, la dupla empezó a revisar maquetas para luego reformularlas en un plano sonoro distinto, un ejercicio que ganó celeridad en el último año. “Forjamos una amistad y me sentí cómoda al ver qué pensaba de esas canciones alguien además de mí, me dio empuje para tomármelo en serio”, explica Lisa.
La primera muestra de esta etapa asomó a mediados del año pasado con “(Solo aire)”, un pop electrónico de pulso amable que ofició como carta de presentación ante un público nuevo. Le siguieron otros dos singles, “Sentimental” y “A mi nube”, pero la idea de disco todavía aparecía como algo lejano hasta que llegó José Fogwill, conocido por su trabajo junto a Marttein, Nathy Peluso y Fito Páez, que la ayudó a redondear el universo visual detrás de Lisa María. “Le escribí y me ayudó muchísimo, me leyó de afuera. El disco tiene unos visualizers que tienen mucho peso conceptual, que era lo que le faltaba al rompecabezas, sobre en cuanto a mi personaje y a los colores”, explica acerca de la elección detrás del rojo carmesí profundo que domina la tapa del disco y también la paleta de colores del clip de “Demente”, en lo que fue su primera experiencia frente al lente.
Aunque en su acompañamiento visual pueda estar interpretando un rol, las canciones de Lisa María son todas narradas en primera persona, casi como una bitácora privada en clave dream pop en lo que fue más un impulso que una decisión planificada. “Salió de una necesidad de hablar, de decir algo, de salir. Tenía que llegar a ese momento para conectar con el mundo y sanar una parte de mí de esta manera, recién lo estoy experimentando”, cuenta antes de reconocer que el proceso fue también una manera de hacerse cargo de lo que enunciaba hacia el afuera.
“Sentía que la música ya hablaba por sí sola, entonces las letras me salían siempre en inglés. De hecho, en ‘Lava Flow’ dejé el estribillo así porque me gustaba esa frase y era imposible de pasar al castellano, pero a los demás temas tuve que cambiarlos porque siento que era un escudo, algo medio despersonalizado, y esto es lo más para afuera. Las letras hablan mucho de los vínculos, conmigo misma y con otros. Es como una terapia o una doble terapia; ahora que saqué todo eso me siento en un lugar mucho más liviano para lo que sigue”, analiza.
La origin story de Lisa María puede rastrearse hace más de una década y media. En 2009, una Lisa de 13 años y un Benito de 16 publicaron Forever Michael, un álbum homenaje al Rey del Pop, con producción y arreglos a cargo de papá Gustavo. Con el paso de los años, su hermano fue un modelo de conducta y también una fuente de consulta por su experiencia al frente de Zero Kill y también con su faceta en solitario. “Hoy en día estamos mucho más parecidos que en otros momentos, siento que antes él era muy barroco a la hora de componer, y yo me sentía muy lejana a eso, porque me considero simple. De hecho, la mayoría de los temas son dos acordes y construyo en base a eso”, dice antes de deslizar una nueva fantasía para homenajear a su ídolo: “Nada me gustaría más que hacer algo juntos, estamos en la misma frecuencia. Mi sueño sería hacer con él algo tipo ‘Scream’ (el single que grabaron juntos Michael y Janet Jackson en 1995) y reírnos de los haters”.


