(Este artículo, publicado en Rolling Stone en septiembre de 2000, en el número 30, forma parte del nuevo Bookazine, especial para coleccionistas, que llegará este mes a los kioscos. ¡Reservalo ya!)
-¡Podrían poner un poco de música! ¡Ya nos sabemos las instrucciones de memoria!
-Nosotros las sabemos, Elena, pero piensa que habrá muchos sobrevivientes que todavía no las han escuchado. Aunque no dejo de reconocer que tienes muchísima razón… ¡Un poco de música, aunque fuera uno de esos boleros que tanto te gustan, nos vendría ahora de perlas! Sería la mejor señal de que la Tierra vuelve a ser la Tierra…
(El Eternauta, de Héctor G. Oesterheld-Francisco Solano López, 1957).
Es madrugada de domingo y terminé media pizza chica de muzzarella en el bar de La Trastienda. La otra mitad se la comió Andrés Ciro, el cantante de Los Piojos. Tomamos cerveza y hablamos de la Selección Argentina; Maradona; Romario. Llegamos a La Trastienda después de una larga caravana. Cuando nos encontramos, hace ya un buen rato, todavía era sábado.
Entonces, sentados a una de esas típicas mesas de bar que La Giralda conserva con decisión militante, nos habíamos clavado las primeras cervezas de la noche mientras grabábamos parte de esta entrevista. Después de un par de horas y botellas, caminamos por la avenida Corrientes rumbo al estacionamiento en donde Andrés había dejado su auto. Quienes deambulaban a esa hora por Corrientes no lo podían creer. “¡Es el de Los Piojos!”, se lo quedaban mirando. De entre todos los pibes que lo reconocieron, los que lograron salir a tiempo del estado de shock se animaron a saludarlo; la mayoría quedó con los ojos en blanco; cual estatuas vivientes, pero con más gracia.

Manejó Andrés. Su poderoso Rover tomó por Corrientes, Diagonal Norte, el Bajo. Llegamos a San Telmo. Lo invité a una fiesta en casa de unos amigos, en Pasaje Giuffra, casi Defensa. Tomamos otras cervezas, hablamos de bandas de rock (atención: se interesó por Spiritualized) y nos fuimos. No muy lejos. Hasta la esquina de Balcarce y Estados Unidos, a un bar de tangos de esos para turistas, con cena, show y toda la sanata porteña. Andrés preguntó por una de las bailarinas del local, pero no tuvimos suerte. La chica no estaba. De camino a la tanguería, Andrés había escuchado los mensajes de su teléfono celular. Tenía tres llamados de Katja, su hija de 5 años. “Papi, quiero verte”, decía. Manuela, su otra nena, de once meses, todavía no sabe hablar por teléfono. Mientras Andrés chequeaba su contestador, un tipo muy bien empilchado, parado a la puerta del bar de tangos, conversaba a los gritos por un celular. “¡Qué hacés, boludo! ¡Tenés que venir!” En un solo movimiento, el tipo aullaba, terminaba de tomarse lo que le quedaba en el vaso y lo revoleaba contra el asfalto. Lo hizo mierda. Andrés escuchó el ruido y se dio vuelta. Para qué. El sacado del celular lo reconoció y volvió a gritar. “¡Maestro! ¡Andrés! ¿Te acordás de mí? En Palermo… ¡Vení! ¡Tenés que entrar! ¡Tenés que entrar!”, repetía, desorbitado, mientras señalaba el boliche de rock que está en Estados Unidos casi Paseo Colón. “¿Quién toca?” “No sé, mirá cómo estoy… Qué me preguntan…” No preguntamos más. Huimos.
Fue recién entonces cuando aterrizamos en La Trastienda.
Vinimos hasta acá porque Andrés dice que está bueno, que hay lindas chicas. A la noche, temprano, La Trastienda funciona como sala de conciertos. Las trasnoches, en cambio, son para bailar. El local se convierte en discoteca rockerlatina: Ricky Martin y salsa a full, los Cadillacs, Pericos, Decadentes y, obvio, Los Piojos.
Quizá no se ponga bueno, pero chicas lindas hay. Cuando Andrés se levanta para ir al baño, se me acerca una bella señorita de unos 25 años, elegante sport nac&pop. Casi sin darme tiempo a reaccionar, me entrega un pedazo de papel y una birome, y me habla al oído, imperativa: “Decile que me firme, pero que no se entere mi novio”. Menos escrupulosa, pero no por eso menos atractiva, su amiga decide tomar las riendas del asunto y arrea a la del autógrafo hasta la puerta del baño de hombres. Queda claro que se olvidaron de mí. Tardan en regresar. Cuando las vuelvo a ver, están bailando, muy enamoradas de sus novios. “Querían un autógrafo, nada más”, cuenta Andrés cuando llega. No le creo.
La movida ha causado cierto revuelo. Estamos rodeados. Un taxista reclama una firma para su hija. Dos pendejas de acento chetísimo clavan sus ojos en Andrés y parece que lo desvisten con la mirada. Un chico le pide un autógrafo y “una frase” que lo ayude a reconquistar a su novia; Andrés escribe algo que jamás confesará y le desea suerte. La cara del pibe se ilumina.
Es el momento de hablar de mujeres. Lo primero que le escucho decir es “cuidado”.
-A veces hay que tener cuidado. Por lo general, trato de tener dos aproximaciones, de encontrar una afinidad intelectual. A la mina puede gustarle lo que hacés, pero siempre es bueno que además tenga una cantidad de conocimientos como para que sea lógico que le guste lo que hacés, para que haya onda… La otra posibilidad es que esté buenísima, que sea un avión. Ahí decís: “¿Querés guerra? Bueno”. Y está bárbaro, también. Hubo una primera etapa en la que me decía: “¡Tengo que hacerlo!”. El mito del músico de rock así lo exige: mujeres, drogas… Pero después te vas dando cuenta de qué es lo que te conviene. Y eso no es.
-Hasta ahora nunca apareciste en las tapas de las revistas como el galán rockero de moda, pero ¿no te involucraste con mujeres famosas?
-No. Tuve algún encuentro, pero nada.
-¿Seguro?
-Yo no ando en ambientes así, y sólo ocasionalmente me encuentro con alguna u otra persona conocida. Pero está todo bien. Pensás: “Yo qué sé, es un riesgo…”.
-¿Pensás eso, en serio?
-Sí. Tampoco encontré a nadie que me recopara. Si fuera así, tal vez la buscaría sin importarme ninguna otra cosa. Pero no. Total, chicas lindas hay en todos lados, y las mejores capaz que no son famosas.
-Ahora te debe resultar sencillo acercarte a una mujer, pero ¿cómo eras con las chicas cuando no eras tan conocido?
-De pendejito fui medio caradura, pero después me volví bastante tímido. Novia tuve recién a los 20 años; la piba era la hermana melliza de mi mejor amigo y yo la veía todas las mañanas en la escuela y todas las tardes en la casa. Era una histérica terrible, me volvía loco… Ocho años estuve atrás de esa chica… Tenía etapas en las que me gustaba otra, pero volvía. Ella pintaba con otro pibe y el hermano me decía: “A vos no te va a dar bola nunca, le gustan los chabones más grandes y con plata”.

Se llama Irene y lo hizo sufrir bastante. Es curioso escuchar esto cuando ahora, aquí mismo, puedo ver muchas chicas que mueren por Andrés. Pero hace diez años, las cosas eran muy distintas. Después de varios rechazos, el joven Martínez no soportó más y aplicó la táctica Benedetti. Le escribió una carta diciéndole cosas del tipo “no quiero verte más porque me hago mierda”, imitando graciosamente al poeta uruguayo. Estaba realmente enamorado y le costó animarse a correr el riesgo de enfrentarse a un “Tenés razón, mejor andáte”. Pero dio resultado: la chica aflojó.
Salieron cuatro años, hasta que Andrés la dejó. A él le gustó más que la historia terminara así.
Recorrí con la mirada las enormes tribunas: de cualquier lugar podía llegar un nuevo ataque pero no, nada se movía en las graderías.
-Parece que lo hicimos… Somos dueños del estadio… Gracias a que los cascarudos no pelearon con mucha cabeza: pudieron deshacernos si no se amontonan contra el tanque.
-Así es, teniente, y también les ganamos porque no tenían aquí ningún lanzarrayos. Estaban desarmados.
-Sí, no esperaban un ataque.
-Pero ya el mayor, Favalli y los otros analizarán lo ocurrido. Vaya usted, Sosa, y avise al mayor que el estadio de River Plate está ya en nuestro poder.
(El Eternauta, de H. G. Oesterheld-F. Solano López, 1957)
Tavo. Kupinski, Gustavo Hernán. 26 años, guitarrista. Sobrino de Rodolfo Terragno, ministro coordinador del gabinete nacional. Entusiasta estudiante de bandoneón (alguna vez hasta se animó a subir con su fueye al escenario de Los Piojos). Hincha de River y coleccionista (casi) compulsivo de todo lo que huela a tango y a fútbol. “Pero también colecciono cosas raras y otras que tienen que ver, quizá, con una melancolía del pasado…” Te mira fijo cuando te habla. Tiene postura de chico serio. Su relación con el tango proviene, dice, de su abuelo, José Demetrio Terragno, un tipo al que no conoció pero que, sabe Tavo, supo ser letrista, compositor y bohemio porteño, “íntimo amigo de Julián Centeya”. Tal vez por eso, dice, le hubiera gustado vivir en otro tiempo. “Siempre creí que soy medio nostálgico; me hubiese gustado nacer antes, en la década del 20 o del 30…” Movido por esa fascinación por aquellos años locos y sus personajes, un día consiguió el teléfono de Enrique Cadícamo y lo llamó. Tres veces. Hasta que Cadícamo atendió.
-Tenía 96 años y era un prócer viviente, quería hablar con él, que me dijera algo, lo que fuera… Se acordó de mi abuelo. Me preguntó si yo estudiaba en un conservatorio y me dijo: “Si estudiaste en conservatorio, nunca vas a tocar el tango”.
Tavo agarró la guitarra a los 10 años. Era zurdo y se dio cuenta de que no le salía. Dio vuelta las cuerdas y arrancó. Ya era de River. Desde los 11 va regularmente al Monumental, casi siempre a la Almirante Brown alta. “Y si estoy cerca de una cancha y hay fútbol, voy a verlo, aunque sea fútbol 5…”, confiesa con expresión divertida de yonqui de la pelota.
En 1998, viajó a Francia para ver el Mundial.
-Vi todos los partidos de Argentina, Rumania-Colombia, y… la final.
-¿Tenías entrada?
-No, me colé.
-¿Te colaste en el Mundial de Francia?
-Chamuyé a un negro que estaba en la puerta y, después de casi dos horas de dar vueltas y esperar, me dejó pasar. Fue increíble. Cuando terminó el partido, salí de la cancha corriendo y desde un teléfono público llamé a mi casa para contarlo. Nadie me quería creer.
Al igual que buena parte de su público, los músicos de Los Piojos provienen de la otrora pujante clase media del conurbano bonaerense, uno de los sectores sociales de la Argentina más deteriorados económica, anímica y moralmente en los últimos treinta años. A diferencia de buena parte de su público, a los músicos de Los Piojos “les va bien”; es decir: viven dignamente de su trabajo. En una sociedad cargada de resentimiento y frustraciones, el éxito de unos pocos es visto por sus pares casi como una traición, y vivido con culpa por los “afortunados”. Desde 1996, cuando “Verano del 92” se transformó en el hit del año y Los Piojos comenzaron a vender cientos de miles de discos, Andrés Ciro convive con esa idea.
-Me va bien y la banda sigue creciendo. Pero creo que la gente de acá es buena, que es bien pensada, y que no es estúpida. Algunos creen que gano mucha más guita de la que realmente gano… Lo que tengo es un buen auto y la posibilidad de comprarme una casa y de darme un montón de gustos que la mayoría de la gente no se puede dar. El Rover es un gusto que me doy, y no tengo complejos cuando me cruzo con la gente. La otra vez fui a ver a la Selección a la popular de River, y estuvo todo bien, hasta que uno me gritó: “¡Che, ratón, comprate una platea!”. Yo no hago ostentación… Es una elección de vida. ¿Qué vas a hacer? Estudiaste, te rompiste el culo y ganás lo que ganás; hay un montón de gente que quiere estar en tu lugar: si estás vos, es por algo… El otro día veía un libro sobre Menem, que se llama algo así como La década incorregible [La novela de Menem. Ensayo sobre la década incorregible, de Luciana Vázquez]. En la tapa está el tipo parado, sonriente, con la Ferrari. Eso sí me parece de terror. Ahora que terminó la era menemista y es como que hay una mayor conciencia del lugar donde estamos parados, me pregunto qué pasó en esos años. Yo tengo poco más de 30 y un lugar de poder limitado, pero dentro de mis canciones, que es lo que hago, creo que reflejo mi visión sobre eso. Pero, ¿qué pasa con la gente que tiene 45 o 50 años? ¿Creían que vivían en el Primer Mundo? ¿Nadie tenía nada que decir? ¿Cómo pudo ser Presidente ese tipo? ¿Cómo pudo hacer esa ostentación y hacerle creer a la gente que estábamos bien? ¿No tiene experiencia de vida, no tiene cerebro? Es algo que me sorprende… Hace poco terminé de leer la biografía de [Arturo] Jauretche y me he convencido de que Jauretche tendría que ser inmortal.

-Entonces estás del lado del pensamiento nacional y popular, peronista…
-Socialista nacional, como decía Jauretche.
Hay una canción, “San Jauretche”, que seguramente Los Piojos incluirán en su nuevo disco. En una estrofa dice:
“Sarmiento y Mitre entregados/ A las cadenas foráneas/ El sillón y Rivadavia/ Hoy encuentran sucesores./ Qué les voy a hablar de amores/ Y relaciones carnales/ Todos sabemos los males/ Que hay donde estamos parados/ Por culpa de unos tarados/ Y unos cuantos criminales”.
Jauretche fue, junto con Raúl Scalabrini Ortiz y Homero Manzi, fundador de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (FORJA), una corriente de pensamiento y militancia surgida en el radicalismo yrigoyenista. La mayor parte de los integrantes de FORJA se volcó en 1945 al incipiente movimiento creado en torno del entonces coronel Juan Domingo Perón. En su condición de historiador, ensayista y, sobre todo, polemista, Jauretche fue una de las plumas esenciales del ideario “nacional y popular”, a través de libros como Manual de zonceras argentinas, Los profetas del odio o El medio pelo en la sociedad argentina. Andrés lo descubrió gracias a las lecturas de su padre y, a partir de ese momento, no ha dejado artículo, libro o biografía de Jauretche por leer. Desde esa tribuna, no le teme a ninguna segunda, tercera o desconfiada interpretación de su nacionalismo. Y no duda en tocar el Himno Nacional cada vez que los conciertos de Los Piojos coinciden con alguna fecha patria.
-El Himno lo hago desde antes de que editáramos nuestro primer disco, cuando recién había aprendido a tocar la armónica. La primera vez estábamos en un festival en un boliche de Núñez; éramos como ocho bandas y estaban todos reduros. La mayoría del público era medio cheta: Belgrano, esa onda. Toqué el Himno y, cuando me di vuelta, la gente estaba aplaudiendo. Les dije a los pibes: “Todavía no empezamos a tocar y ya están aplaudiendo… Nos ganamos a este público”.
Los “Manos” vivíamos en un planeta cubierto por la nieve. Nada más hermoso que nuestros glaciares, con el juego cambiante de la luz de nuestros dos soles sobre las montañas heladas. Pero un día vinieron Ellos. Nos vencieron, y para que por siempre quedáramos domesticados, nos insertaron la glándula del terror… Nos sacaron de nuestro planeta y nos llevaron a lejanos mundos, nos usaron como fuerza de choque para conquistar otras razas…
(El Eternauta, de H. G. Oesterheld-F. Solano López, 1957)
Piti. Fernández, Daniel. 29 años, hijo único. Guitarrista, oriundo de Caseros. En pareja con Laura. Un hijo, Antonio, a poco de cumplir un año. Piti, Laura y Antonio viven en una casa nueva, que terminaron de construir hace muy pocos días. Durante el tiempo que duró la obra, Piti se exilió en la casa de sus padres. Fue raro, dice, y da un ejemplo. En las noches de junio pasado, después de tocar ante siete estadios Obras repletos, Piti volvía a dormir “en la misma pieza en la que dormía cuando era chico”.
A los 14 tomó la decisión de comprarse una guitarra eléctrica, sin tener en cuenta lo indispensable que resulta en esos casos un amplificador, aparato que desconocía y que jamás había pensado (ni estaba en condiciones de) adquirir. “Yo no quería estudiar más. Lo único que quería era tocar la guitarra. Hasta que un día mis viejos me dijeron: ‘Si no querés ir más a la escuela, no vayas, pero andá a laburar’, y así fue”.
Aunque se disculpe por su poca memoria (se fue y no volverá, dice), su testimonio es esencial: es uno de los que conocen de verdad el comienzo de Los Piojos. Con Micky Rodríguez y dos pibes más del barrio, Juan y Diego, Piti armó la primera versión del grupo. En esa época, los cuatro eran fanáticos de Los Perros Calientes, la banda que lideraba Fabiana Cantilo. De tanto ir a los conciertos empezaron a trabajar como plomos; llevaban los equipos y seguían a la banda a todas partes. “Los Perros tenían una canción que se llamaba ‘Los piojos del submundo’. Era la canción más power. Nos gustó el nombre”.

A fines de 1988, Los Piojos debutaron en La Molienda, un pub de Ciudad Jardín, en el oeste del Gran Buenos Aires. Además de Piti y Micky, integraban el grupo el baterista Daniel Buira, el guitarrista Pablo Guerra (hoy en los Caballeros de la Quema), la tecladista Lisa Di Cione -quien grabó Chac tu chac– y Andrés, que había llegado como amigo de Guerra. Andrés tocó la armónica como “invitado” y casi inmediatamente se hizo cargo de la voz líder. Osvaldo González fue el primer representante de la banda y un personaje central en aquellos años. Lo conocieron en Villa Gesell. “Parábamos la camioneta toda empapelada en una esquina, y poníamos a todo volumen el demo que habíamos grabado. Estaban ‘Llevátelo’, ‘Siempre bajando’, ‘Pega pega’…”. A mediados de 1991, antes de entrar a grabar su primer disco, Los Piojos fueron invitados a Francia, para participar en un festival antirracista en las afueras de París. Fue la primera vez que los chicos se subieron a un avión. “Ese viaje nos abrió los ojos”, dice Piti. “Ahí fue cuando sufrimos el quiebre con toda la onda stone: escuchamos cómo sonaban fff, Mano Negra, Zebda… Nos estalló la cabeza”. Volvieron y recibieron otra buena noticia: en las encuestas de fin de año (1991), Los Redondos (¡ídolos!) votaron a Los Piojos como “banda revelación”.
El debut, Chac tu chac, apareció en 1992. Para esa época, Juan Domingo Rocca -Pocho, obvio- ya trabajaba junto con Osvaldo (hoy Pocho es el mánager de Los Piojos y el sexto integrante de la banda), y el grupo tocaba en Arpegios, una cueva escondida en el subsuelo de una galería, en la esquina de Cochabamba y Piedras. Piti intenta otra vez hacer memoria: “Probábamos sonido tipo 8 de la noche, terminábamos a las 11 o 12, y nos cruzábamos a la pizzería del Gallego. Nos quedábamos a comer, a tomar birra y fernet, y la gente empezaba a aparecer. Para los últimos tiempos ahí, en Arpegios, ya venía tanta gente que teníamos que irnos un poco más lejos, al Británico, en el parque Lezama. Y a eso de las 2, salíamos caminando y bajábamos a tocar”.
por La Giralda pasa gente que viene del cine, del teatro, de hacer huevo por Corrientes. Entra el actor y político Luis Brandoni; llegan unos tipos, que al parecer han salido de un ensayo, con sus guitarras, enfundadas, al hombro. Parecen gente de avería. Tienen todo el aspecto del típico vieja de armas llevar. Pienso que no debe ser nada fácil comandar un lote de miles de personajes así desde arriba de un escenario. Andrés les echa una mirada tibia.
-El nivel de peleas que hay en nuestros recitales debe ser sorprendentemente bajo. Pero no es algo premeditado. Osvaldo González me dijo una vez que un recital de Los Piojos es como un recital de tango. Yo creo que mis letras apuntan al individuo, salvo las cosas festivas como “Verano del 92”, que incluso dice: “Lo mal que se vive, lo bien que se está”.
-Pasémoslo bien esta noche; el futuro por hoy no importa.
-Sí. Está todo mal, pero vamos a divertirnos.
-Pero tal vez no todos puedan olvidarse de los problemas y divertirse aunque sea por un rato…
-Eso es algo contra lo que lucho cuando compongo. ¿Por qué tengo que intelectualizar y satisfacer mis expectativas de pibe que llegó a la facultad?
-¿Podría ser de otra manera?
-Es cierto. No sé. El Che era de una familia bienuda, San Martín había estudiado en España… Bendita sea la hora en que mi viejo me hinchó las pelotas para que terminara la secundaria.
-De todos modos, más allá de las diferencias sociales o de formación, el público se identifica con tus canciones.
-Debe haber gente que se identifica a partir de las frustraciones. Toda mi adolescencia fue salir en un auto a fumar, ir a bailar a un club y no ganarme una mina ni en pedo.
-¿También viajaste en el techo de un tren, como decís en “Ay ay ay” (“Subido en el techo, el techo del tren, siento libertad, y siento poder”)?
-Sí, claro. No voy a escribir una letra con eso si no lo hice… Viajé en el San Martín, a Capital, de noche, e iba corriendo por el techo. Después me di cuenta de que había cables de teléfono y que, de culo, no me habían tocado.

La mente humana es absurda. Recuerdo que en aquel mismo momento pensé en todos los jugadores de fútbol de primera división. ¿Sería posible que todos hubieran terminado? ¿Que de un golpe no existiera ya todo el seleccionado? Sacudí la cabeza, creo que el cerebro se empeñaba en pensar en esas cosas para no enloquecer.
(El Eternauta, de H. G. Oesterheld-F. Solano López, 1957)
| Micki. Rodríguez, Miguel Ángel, 32 años. Bajista, hincha de River, zurdo habilidoso, el tipo al que Andrés define como el Rey del Sentido Común, el primero en ser consultado por una canción o una letra. Curiosidad: Micky es el niño que apunta con arco y flecha desde la contratapa del multiplatino Tercer arco. Es, además, piojo ciento por ciento original, y vive este momento de gloria de la banda como un silencioso homenaje a la memoria de su padre, también Miguel Ángel, que falleció cuando Micky tenía 11 años. |
Piensa mucho en él. “Yo era muy chico y en ese momento no me di cuenta. Después, con el tiempo, cuando iba a una escuela de papi fútbol en el barrio y los viejos de todos los pibes iban a verlos jugar, empecé a entender que mi viejo no estaba. Por eso, cada vez que estoy por salir a tocar, pienso que es como si estuviera, y todo esto es para él. Mi felicidad, mi tensión, lo que sea… Es para él”.
Micky empezó a trabajar a los 18, como cadete de farmacia. Después hizo de todo lo que pudo o le tocó. “Laburé en un laboratorio de mecánica dental, en un taller mecánico, en una imprenta, como repartidor, de remisero…”. Cuando seguía a Los Perros Calientes junto a Piti, recuerda, el mundillo del rock le parecía alucinante; soñaba con estar sobre un escenario cantando las canciones que por entonces ya tenía compuestas. Micky es muy amigo de todos los piojos, pero especialmente de Andrés. “Nosotros estábamos muy metidos en el barrio y de ahí no salíamos”, dice. Micky y Andrés vivieron juntos en un PH de Villa del Parque mientras trabajaban en una distribuidora de artículos de librería. Micky manejaba y el flaco bajaba las cajas. Andrés escribía letras de canciones mientras andaban por la ciudad. “Cuando Menem tenía la Ferrari, salió un rock & roll que decía: ‘Quiero tener un Porsche; si él tiene una Ferrari, quiero tener un Porsche’. Andrés la escribió arriba de la camioneta…”. Si pasaban por un campito y había partido, ahí nomás se bajaban a pelotear. “Después volvíamos todos chivados al laburo”, se ríe.
Micky jugó en Ferro y en Chacarita, y llegó a probarse en River, pero no le gustó. Todos la querían descoser y no se la daban a nadie. Y si no, te cagaban a patadas. El año pasado, a Micky se le cumplió un sueño. Jamás se olvidará de aquellas noches del 99, en las que el mismísimo Diego Armando Maradona subió al escenario de Obras con la banda, hizo jueguito, regaló pelotas y se quedó charlando en el camarín. A Micky se le iluminan los ojos. “Flasheé (sic) con mi viejo; cuando lo abracé a Maradona se me vino la imagen de mi viejo y no lo podía soltar… Se me caían las lágrimas. Fue una de las cosas más grossas que me pasaron en la vida, conocer a ese tipo. No sabés la energía que circulaba en ese lugar; era magia, no lo podía creer…”.
Los Piojos es una especie de familia, que atravesó su crisis más profunda a principios de este año, cuando ya estaba en preparación y desarrollo el nuevo disco. Apenas empezó el 2000, Daniel Buira -el baterista histórico de la banda- se alejó del grupo. De ese episodio nadie ha brindado mayores detalles ni precisiones. Se trata de una cuestión personal que la banda decidió mantener en secreto. Cuando hablan del “caso Buira”, a Los Piojos les cambia la cara; el tono de voz es otro. Daniel, que ahora se dedica exclusivamente a La Chilinga (la escuela-grupo de percusión que fundó hace cinco años) se ha mantenido en silencio y sólo me ha dicho, por teléfono y después personalmente, que prefiere esperar que el tiempo pase y cure las heridas. “No quiero hablar con los chicos a través de los medios. Sólo quiero agradecerle a la gente por todo el apoyo, las frases de aliento y las banderas en los recitales”. Tavo me dijo que, para él, Dani era como el “tercer hermano”. Piti le hizo un canción; todavía no se la ha querido mostrar a nadie, salvo a sus amigos-compañeros. Andrés dice que un día sintió que se desmayaba, porque veía que todo se derrumbaba. Y Micky tampoco la pasó muy bien: “Tenemos una cosa muy grande de afecto. Cuando pasó lo del papá de Andrés, o el de Tavo, estábamos todos… Lo mismo con lo de Dani. Somos una familia y, como tal, si te peleás con tu hermano te querés matar…”. No hay más que decir.
Estamos en Paso del Rey, en una quinta a la que se llega a través de la autopista 6, con rumbo oeste. No se trata de una casa de country lujosa con pileta climatizada y gimnasio. Esta quinta ha conocido tiempos mejores. Alguna vez fue propiedad de un sindicato de obreros de curtiembres; alguna vez fue conservada en buen estado gracias a la dedicada labor de los empleados sindicales. Hoy ya no. Para Los Piojos, sin embargo, tiene todo lo necesario para trabajar; es decir: tiene cancha de fútbol. Esta es una de las últimas tardes que el grupo pasará aquí antes de comenzar a grabar su sexto disco. Hace unas horas escuché algunas de las nuevas canciones, durante un ensayo más o menos informal que terminó a toda velocidad. Ahora, Andrés habla de música.
-El otro día vi un documental de rock argentino. Tocaban Manal, Spinetta; sería en el año 70… No me siento emparentado con Spinetta; por ahí con cierta búsqueda de un vuelo poético… Pero sí me siento conmovido con la cosa ruda y los silencios de Manal. Y lo que tocaban esos tipos, además; eran unas bestias. “Avellaneda blues” es impresionante, es un poco “Mañana en el Abasto” [el clásico de Sumo]… Las imágenes de la grúa y su lágrima de carga en Manal; Luca [Prodan] y los tomates podridos en la calle. Me parece una poesía más conmovedora e interesante para desarrollar.
Ah, ese cierto sucio realismo tanguero, esa notable pluma piojosa, un bien que en los últimos años más de un rocker criollo se ha empeñado en imitar sin fortuna. Como ningún otro representante de su generación, Andrés Ciro viene desarrollando un estilo crudo y bello, que abreva en el nuevo lunfardo suburbano y que se especializa en historias sencillas, épicas pero desteñidas, de barrio, de furgón y andén, de patriotismo futbolero, cortito y al pie.
-En Francia me flasheó que un linyera tuviera unos pantalones de corderoy que estaban mejores que los míos. Como que vi claramente que éramos de un país de verdad pobre, y que estábamos muy lejos de la mentira que nos vendían… No me banco la mentira; es algo de lo que no me gusta ser cómplice, y esto corre para lo grosso, y para lo cotidiano también. Creo que por eso me mueven las cosas descarnadas, reales, que son la verdad… O que son una verdad para mí. Me engancho con el individuo y su soledad y su búsqueda; con el que no se da por vencido. Cuando veo algo en una posición difícil, pero que no se deja aplastar, me conmueve, y me parece que merece ser retratado en una canción. Tiene algo en común con el tango, esto de hablar desde un sentimiento íntimo, profundo, y de tratar de ver las cosas desde ese lugar sin retocarlas. A veces, el solo hecho de decir las palabras y de cómo ubicarlas, acompañadas de una melodía, hace a la poesía. No es algo retórico o metafórico. Es…
¿Directo?
Claro. Por eso me gusta mucho la poesía de Pappo. Es sencilla y fresca. También la de las Viejas Locas. Algunas cosas pueden parecen infantiles, pero el rock & roll es así. No tiene que tener una intelectualización compulsiva… No me interesa tratar de ser un escritor, sino un cantante que cuenta cosas, o que las dice y que no se olvida de la música. Me gusta que la palabra sea sonora, y muchas veces no es la poesía más lograda o mejor escrita: me interesa que sirva en función de la canción. Son cosas que tienen que ver con la búsqueda del sentido común: comparto mis dudas y se las pregunto a la gente que yo creo que tiene sentido común. Si no, es boludeo; paja.
Sobre el escenario no cabe duda: por cómo canta, por cómo se mueve, Andrés lleva consigo el influjo de Mick Jagger. Los Piojos, una mezcla de los Stones y Enrique Santos Discépolo. ¿Qué otros músicos de rock han influido en Andrés?
Uno: Lou Reed.
-“Los mocosos” (de Chac tu chac) es una mezcla de la imagen concreta de los pibes de Reiro y “Dirty Boulevard”. Escribí esa canción escuchando lo del “sucio boulevard” y pensé en el pibe que necesitaba volar y escaparse de ese lugar…
Dos: David Bowie.
-Me encanta. El dramatismo de Bowie… El tipo canta, y siempre hay una tensión en el aire. También ahí hay una cosa que tiene que ver con el tango… No sé si Bowie habrá escuchado tango alguna vez; si lo hace, no creo que le disguste. Tiene buena voz para cantarse uno. Muchas veces pienso en mandarle compacts de tangueros, con las letras bien traducidas, pero nunca sabré si le llegaron.
Tres: Iggy Pop.
-Tiene algo que me conmueve, algo que tiene que ver con lo que uno lleva adentro. Hay algo heroico ahí. Y cierta angustia existencial en las letras, cosa que también me influyó. Yo lo sentía a Iggy Pop, como leo que algunos pibes sienten las canciones de Los Piojos. Les dan alegría y, sobre todo, ganas de seguir luchando. El clima de “Arco” (de Ay ay ay) tiene algo del clima de “Winners and Losers”: es una película de caballos galopando… Iggy tiene un giro shakesperiano en esa canción: “Ganadores y perdedores, ¿quién soy yo?”; es la inspiración de “¿Quién es el que gana, quién es el que pierde, en qué lugar estoy yo si ganar no me convence?” (de “Quemado”, Azul, 1998). Es un sentimiento permanente: no ser cómplice de la mentira. Una vez, a los 12 años, tenía un amigo con el que nos pasábamos todo el tiempo caminando juntos, y él me decía que Mick Jagger debía ser un tipo feliz. Tenía y tiene todas las minas que quiere, toda la guita, canta en una superbanda de rock… Y yo por dentro pensaba: “No debe ser feliz”…
-¿No te parece que los pibes pensarán lo mismo de vos?
-Muchos deben pensar que lo logré. Uno puede sonar cínico, y más en un momento de angustia terrible como el que se vive hoy, sobre todo en lo económico… por eso nunca lo digo.
—Entonces, vos tampoco sos feliz…
—Ni en pedo [se ríe]. Nunca creí que si desaparecieran mis problemas económicos, se me acabarían todos mis problemas.

El último disco publicado por Los Piojos hasta hoy es Ritual. Fue editado por su propio sello discográfico, El Farolito Discos, y ya lleva vendidas 90 mil copias. Es el registro en vivo de unos conciertos de 1999 en el Estadio Obras. El título del nuevo disco de Los Piojos será, muy probablemente, Verde paisaje del infierno. Ay ay ay tiene la tapa roja. Tercer arco es amarillo. El cuarto álbum, directamente, se llama Azul.
—Todos dijimos que el próximo tendría que ser verde. Y es muy loco, porque mucha gente manda mails que dicen, por ejemplo: “Ya aposté a verde, no me defrauden” o “el próximo tiene que ser verde”. Y nosotros nunca lo hablamos con nadie…
Seba. Cardero, Sebastián, 24 años. El nuevo baterista. El pibe que llegó por recomendación de su profe Jorge Araujo, de Divididos. Nació el 24 de marzo de 1976. Tremendo día para nacer. “Ese día murió mi abuelo, también”, dice. Pasó su infancia en el barrio de Caballito. Allí hizo la primaria y empezó la secundaria, que largó en tercer año, cuando ya no le importaba otra cosa más que la batería. A sus viejos no les gustó nada su decisión, pero él estaba convencido. Había empezado a tocar a los 7 años, copadísimo con Kiss, “la imagen impresionante de esos tipos”. Intentó convencer a su padre para que le comprara la bendita batería, hasta que la consiguió. “Era de juguete, pero tenía sus partes de verdad”. Y se puso a estudiar, de verdad. Consiguió trabajos como músico de sesión y continuó comprando discos con el solo objeto de investigar y sacar yeites. Le interesa más “tocar bien” que “la música en sí”. Hasta principios de 2000, cuando recibió el llamado del profe Araujo, Los Piojos eran, para Seba, la banda que escuchaba su hermano menor. El chico iba a verlos a todos lados y siempre llevaba una bandera. El día que Araujo dejó su mensaje en el contestador, Seba regresaba de una gira con el guitarrista Luis Salinas. Habló con Micky, cortó y se fue corriendo a buscar los discos de Los Piojos a la casa de su hermano. Escuchó los cinco álbumes, y tres días después estaban en la quinta de Paso del Rey. “Tocamos, zapamos, me probaron un par de horitas y, cuando terminamos, me pasaron todos los discos y una lista de temas impresionante”. Había un nuevo Piojo.
Debutó en Obras. No; en realidad, su debut-debut fue de visitante, en Santiago, Chile. Sebastián abre grandes sus ojos celestes para tratar de explicar qué sintió aquel día: lo aplaudieron cuando asumió el papel de cantante durante el interludio de tambores, herencia de los tiempos de Buitrago que Los Piojos no abandonaron.
Hoy Sebastián comparte un departamento en Parque Chacabuco con Ana, su esposa desde hace un año y medio. Es de Boca, como Andrés, y eso equilibra un poco las cosas frente al triunvirato gallina que integran Micky, Tavo y Piti. A veces se prende al fútbol, pero, ante todo, el pibe es un profesional. “Tengo que cuidarme. Yo trabajo con las piernas, y no puedo andar arriesgando”. Ya es parte de la familia. “Soy un Piojo”, dice, “un Piojo más. Por lo menos, así me lo hicieron sentir los pibes desde el primer día. Y ya tengo la camiseta puesta; si no, no lo podría hacer bien”.
Asentí con la cabeza: reconfortaba saber a mi lado al tornero… Su apoyo, ya lo había demostrado, valía más que el de un tanque.
(El Eternauta, de H. G. Oesterheld – F. Solano López, 1957)
Los Piojos es la banda de rock más exitosa de todas las surgidas en la década de los 90 en la Argentina, si se entiende por éxito no sólo su formidable poder de convocatoria y sus cifras de venta de discos, sino también, y fundamentalmente, su sólida y original producción artística. Desde su aparición en el under porteño en 1991, Los Piojos han grabado cuatro discos de estudio y uno en vivo, y han vendido casi 600 mil copias en total. En los últimos tres años se dieron el gusto de llenar varios estadios de fútbol, y su reciente serie de siete conciertos en Obras (en junio pasado) volvió a probar que, más allá de la crisis, su hinchada sigue multiplicándose. Bandas como Los Piojos tienen algo más que fans: tienen hinchas que encienden bengalas, dibujan banderas y, por supuesto, transpiran la camiseta casi tanto como los músicos.
Junto con La Renga (otro grupo nacido en los 90), Los Piojos se convirtieron en los máximos embajadores de esa corriente del rock argentino que los medios eligieron llamar –cariñosa o despectivamente– rock barrial o chabón. Son bandas que se gestaron al calor de una tradición de rock y blues urbano y porteño que se sostiene en el estilo despojado de héroes como los Rolling Stones, Manal, Pappo, Sumo y los Redondos. Los Piojos aprendieron de memoria todas esas lecciones, pero, en lugar de repetir moldes viejos, construyeron una personalidad propia. Incorporaron, por ejemplo, elementos de la música rioplatense y tropical, ritmos que las clases populares argentinas hicieron propios y que hoy pueden escucharse en las calles de cualquier barrio, en una estación de tren, en una cancha de fútbol. En suma: cocinaron un novedoso rock argento y popular que, además, reúne en su iconografía de militancia tácita un revoltijo ideológico-combativo con símbolos como el Che, Maradona, Evita, Luca, Rodrigo y Walter Bulacio. Guitarras eléctricas y tambores, momentos de intensidad y velocidad para poguear, otros de calma y placidez para abrazarse con la persona querida y bailar con los ojos cerrados. Canciones para putear contra todo lo que aprisiona sueños de libertad, que funcionan como la voz de cientos de miles de adolescentes de todo el país.
¿Cuál es la imagen de esa voz?
Tras varios encuentros destinados a discutir la foto de tapa de este número de Rolling Stone, finalmente la banda y la revista coincidieron en la idea de recrear el ambiente retrofuturista-porteño de la historieta de ciencia-ficción argentina El Eternauta, aquella monumental historia fantástica creada por Héctor G. Oesterheld y Francisco Solano López. A Andrés siempre le fascinó El Eternauta. Su color local, porteño y costumbrista. Y le gusta la idea de que el protagonista se salvara de la nevada letal producida por el primer ataque extraterrestre en Buenos Aires, porque estaba encerrado en un departamento… jugando al truco con sus amigos.
Dice que un párrafo del prólogo que Oesterheld escribió como obertura de su obra le ha ayudado a entender la relación que cree ver entre la historieta y su propia banda: “El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”.
| Andrés Ciro Martínez, 32 años. cantante y letrista de todas las grandes canciones de Los Piojos. Porteño, padre de dos niñas, separado, hincha de Boca y con pasado de actor. Estudió abogacía en la UBA, pero largó en primer año. “En realidad quería ser profesor de Historia, y sabía que la gran mayoría de los profesores de Historia eran abogados…”. Le interesaban otras cosas. Le ocurría lo mismo en la primaria y en la secundaria. Sus primeros años de escuela, en un instituto progre de Villa del Parque, fueron gratos. En ese colegio de doble escolaridad, el almuerzo podía convertirse, por ejemplo, en un interesantísimo juego de preguntas y respuestas, con premios (figuritas, por ejemplo) para todo el grado. Eso se terminó cuando sus viejos se mudaron a El Palomar. Su nueva escuela era muy distinta: le enseñaban cosas que él ya sabía. Andrésito se aburría. Era buen alumno, y aunque no le daba mucha bola al boletín, casi siempre tenía buenas notas. |
El primer disco que compró fue Rescate emotivo, de los Rolling Stones. La verdad es que le encantaban los Stones, aunque también escuchaba a León Gieco, Manal y AC/DC. Un día fue al teatro a ver una obra en la que actuaba un amigo y la visita resultó una revelación.
—Pensaba que yo lo podía hacer… Me parecía muy divertido, escuchaba cómo aplaudía la gente y se me ocurrían cosas. Me sedujo eso de salir totalmente de la realidad, y de hacerlo de una manera creativa. Salir de la realidad del espacio y del tiempo: tener el tiempo que tiene una obra de teatro. Contrasta con la música, que hace el sonido; el teatro tiene esa cosa de los silencios… Hay una oscuridad, y un silencio mucho más profundo que el silencio de la música; el contacto con el espectador es otro, muy distinto. El público participa de manera íntima.
Cuando canto temas como “Muy despacito” [de Ay ay ay], siento algo parecido: hay una conexión íntima con la gente. Casi no se canta. Es distinto.
Siempre le gustaron la historia y la geografía, y es un aficionado de todo lo que sea estrategia militar, la historia de los conflictos armados y la historia política mundial.
—Yo vivía enfrente del Colegio Militar. Una vez hubo una exposición a la que podía ir cualquiera; veías armas en exhibición, carpas donde proyectaban entrenamientos. De pendejo me copaba mucho todo eso: entrabas adonde marchaban los soldados, trepabas paneles, ponías sogas, te tirabas a la arena… Me acuerdo que, cuando los del Colegio Militar hacían maniobras con los tanques de guerra, mi vieja me decía: “¿Por qué no se dejan de joder, estos pelotudos? ¿Por qué no dejan de jugar a los soldaditos?”. Y yo le contestaba que, si había una guerra, ellos nos iban a defender. Por eso, para mí, la Guerra de las Malvinas fue una gran decepción. Me acuerdo que con un amigo fuimos para ofrecernos como voluntarios, pero teníamos 15 años; no se podía.
La pasión por la táctica y la estrategia bélicas aún lo acompaña. Este año, Andrés devoró con pasión la serie de biografías dedicadas a Alejandro Magno. No es casual.
–Me parece que el tipo que hace rock tiene cierto parentesco con un guerrero. Es una lucha. Si tenés una voluntad de gritar contra algo, como decía Pete Townshend, estás luchando. No componés sólo porque la letra vaya a hacerte ganar a las minitas… Accedés a cosas a las que mucha de tu gente no accede, como le pasa a Maradona, por ejemplo. Te das cuenta de muchas mentiras y tenés una misión, un lugar de liderazgo. No sos el burgués: buscás la aventura, lo inédito. Me acuerdo que cuando estudiaba abogacía tenía un par de puntas para laburar, pero no quería eso. Elegí algo que me exigiera más. A la vez, hay una cosa de conquista, de combatir y ganar gente. Cierto tipo de música siempre me ha sonado como un ataque de caballería. A mí me hubiera gustado tomar formar parte de un ataque dirigido por Alejandro Magno…
–Muchas de las canciones de Los Piojos tienen ese ritmo de ataque al galope…
–Trato de sentir lo que sentiría alguien en una carga de caballería. Lo que leí de Magno es maravilloso. ¿Sabés por qué sus soldados no lo abandonaban? Por esa adrenalina. Esa guerra de espadas es, de alguna manera, lo que es hoy el fútbol: las banderas, los estandartes. Esa búsqueda de la gloria en la batalla, arriba del escenario. Yo lo siento a Maradona corriendo, avanzando enloquecido contra los ingleses. Era como que el tipo iba cortando cabezas. Maradona es el Cid Campeador, Ricardo Corazón de León, Carlomagno, Alejandro Magno en otra vida. Y es nuestro.
Costaba adaptarse a cambios que sobrevenían con tanta rapidez. No hacía un día y medio, yo no era otra cosa que un pequeño fabricante de acumuladores que gustaba de jugar al truco con los amigos. Ahora era cabo de milicias, debía dirigir a mis hombres en el desesperado intento de desalojar de Buenos Aires al desconocido pero increíblemente poderoso invasor.
(El Eternauta, de H. G. Oesterheld-F. Solano López, 1957)
arde la trastienda a las 4 de la mañana. Después de un rato abajo, entre la multitud danzante, con Andrés subimos al primer piso del salón. Desde ahí se puede ver mejor. Andrés se relaja: el ambiente se puso bueno. Nos acomodamos en la barra y pedimos las dos (juro) últimas cervezas de la noche. Está oscuro y hay humo, pero no importa, los chicos y chicas lo reconocen, se acercan, y en fin. Dos damas se paran frente a nosotros y miran sin dar crédito a lo que tienen delante. No me distraen; estoy trabajando. Mientras converso con la estrella de rock, las observo de reojo. “Te dije que sí es” “No, boluda, no te puedo creeeer”. Por fin una se atreve y lo encara. Está a punto de llorar.
—Hoy es mi cumpleaños y este es el mejor regalo… ¿te puedo dar un beso?
Andrés es abrazado por la chica. Ella no parece dispuesta a soltarlo nunca más. Estallan carcajadas espotáneas; Andrés también se ríe. Dos pibes se acercan y dicen algo acerca del último recital en Obras. Andrés es nuevamente libre. Llegan más y más chicas. “Si se te cae alguna, tirala de este lado, maestro!”, grita un chabón.
Bajamos a la pista. El discjockey de La Trastienda no tiene la menor idea de que estamos ahí, abriéndonos paso entre gente que baila y trata de comunicarse a los gritos. Lo que el tipo sí tiene es un bruto sentido de la oportunidad. Mientras serpenteamos entre cuerpos que se sacuden con gracia dispar y cantan el final de “Matador”, comienza a sonar “Verano del 92”.
Andrés quiere llegar hasta la barra, a un costado de la pista, pero la muchedumbre no lo deja. En verdad, no le dan bola. Son quinientas personas, todas recopadas, entonando eso de “lo mal que se vive, lo bien que se está”. Por un instante, nadie advierte que el mismo pibe que canta desde los parlantes es quien ahora sin querer les pisa los talones.
—Permiso… —dice Andrés.
Guillermo Esteban Pintos


