Furia y fiesta queer: la glamorosa explosión de la escena ballroom en Argentina

Así son los concursos de belleza de la comunidad LGTBQ, inspirados en la movida clandestina que surgió en Estados Unidos en los años 70, que funcionan hoy como un homenaje creativo a las transfeminidades

Por  JULIETA GALIANO

febrero 21, 2024

El elenco de House of Bravia, con los diseños de Javi Bravia, que van desde sensuales encajes a disfraces alienígenas.

Ezequiel Spadaro

En Las malas, Camila Sosa Villada habla de la furia y de la fiesta travesti como dos fuerzas de la naturaleza propias de las travas, mientras se dispone a relatar sucesos del más crudo dolor y las más profundas humillaciones que castigan al mundo disidente, a menudo marginado. 

Pienso en ello mientras escucho a mis entrevistades hablarme de su arte y de su lugar en ballroom, y les escucho decir la frase “darlo todo” con una frecuencia interesante. Hablan de sus talentos, de sus horas de entrenamiento, de sus orígenes, sus transiciones y la huella que dejan en este movimiento. 

En los precisos e impactantes movimientos y la explosión de colores que hipnotizan a la audiencia en las balls de Buenos Aires, la cultura ballroom en nuestro país a nivel federal se erige como un crisol de diversidades, tanto en términos de expresión de género como de disciplinas. 

Inspirada en las raíces del movimiento en Estados Unidos en los años 70 y 80, con las icónicas caminatas de Crystal LaBeija y la película Paris Is Burning de 1991, la escena ballroom en Argentina se ha convertido en un espacio de competencia, resistencia y creación para la comunidad LGBT y para las mujeres que lo habitan.

Los protagonistas de esta historia son tan diversos como el espectro permite. Y no sólo en su identidad, sino también en su talento: en y detrás de la runway, hay bailarines, diseñadores, modelos, fotógrafos y sobre todo luchadores. Un sinfín de aristas de esta furia y esta fiesta queer, alimentados por el glamour, el reinado, el baile, el trabajo sexual, la racialización y, por sobre todo, la entrega. 

La cultura ball como la conocemos hoy comenzó como un movimiento del colectivo LGBT en Nueva York, conformado en su mayoría por drag queens negras y latinas, como un concurso marginal y clandestino como respuesta al racismo y al clasismo en los circuitos establecidos de drag a nivel mainstream.

Con la discriminación y la precarización a cuestas, Crystal LaBeija, una figura clave en la historia de esta subcultura, inventó las houses: espacios físicos y/o emocionales donde los competidores pudieron encontrar un sostén económico, social y hasta vincular, así como también caminar la runway bajo un mismo “apellido”. Estas estructuras se replican hoy en Argentina y en el mundo. 

Las balls hoy ofrecen varias categorías “caminadas”, que abren paso a diversas formas de expresión y diferentes disciplinas para participar activamente en la escena. Argentina no sólo es hoy un semillero de talentos, sino también un espacio de diálogo de políticas públicas en torno a la identidad de género, lo cual permite el desarrollo de ballroom a pasos agigantados. Pero todavía hay mucho en lo que trabajar. 

La historia de Ballroom en Argentina tiene un punto de partida poco claro. Quienes habitan la escena adjudican la génesis a la Fiesta Turbo, la cual solía tener lugar en un centro cultural en Colegiales que, si bien no compartía los códigos históricos del movimiento, funcionó como espacio de encuentro para las disidencias durante un tiempo.

La Petu y Brensi, en una serie de balls bautizada Posithivo, organizada por House of Tropikalia. (Foto: Ezequiel Espadaro).

Seba Glorieta es uno de los precursores de las balls en Argentina. Desde su punto de vista, el puntapié se dio en 2018, en el seno de dicha fiesta. El espacio seguro y de códigos compartidos sembró un sentido de comunidad entre las disidencias, pero pronto surgieron contradicciones que llevaron a una ruptura inevitable. 

Glorieta cuenta que, en entonces, el cupo travesti-trans-no binario no estaba tan inserto en la sociedad, y el precio de las entradas a la Fiesta Turbo era poco contemplativo con la vulnerabilidad socioeconómica del sector que sostenía el negocio. “Mucha gente no podía costear la entrada y se quedaba afuera. Hablé con el dueño para hacerle ver esta situación y le pregunté si aquellas personas que no tenían 1.000 pesos se quedarían por siempre sin acceso. Su respuesta fue sí”.

Esto es algo que Andy Andino denuncia al día de hoy. Proveniente de Laferrere, le bailarinx no binarie milita la diversidad racial y de clase en la escena. “La fiesta era muy extractivista. Básicamente se le cobraba a las personas por entrar a un lugar que usaba la cultura para convocar gente. Y era bastante exclusiva también”, explica. 

Poco a poco, las personas que bailaban y hacían sus performances en aquel espacio se autoconvocaron de diferentes maneras, descentralizando el deseo y la expresión, y abriendo paso a lo popular. 

Seba Glorieta es politólogo de la Universidad de San Martín y habita las ballroom desde su identidad “marica”. Cofundador de la House of Glorieta, Seba es padre de una de las primeras casas de estas latitudes. 

No dispuesto a concebir un espacio excluyente y privado para las disidencias, organizó entrenamientos en espacios públicos, particularmente en la glorieta de Barrancas de Belgrano, junto a Nincha Glorieta. Poco a poco fue llegando gente a entrenar. Poco después, en 2019, la House of Glorieta organizó su primera ball.

“Fue en un espacio público de la ciudad de Buenos Aires, donde inició la casa en Belgrano. De alguna forma siento que fue el proceso fundador de todo lo que es la cultura hoy, porque a partir de ahí surgieron casas como Tropikalia, Bravía y otras que hoy conforman la escena”, recuerda Seba.

Los entrenamientos en las plazas se multiplicaron, y la imagen se tornó a color y de fácil acceso. Nacieron nuevos espacios para ballroom, y Seba Glorieta pasó a la historia de este movimiento en Argentina como referente de la disciplina Voguing Oldway, cuyos orígenes datan de los años 70.

Las disciplinas dentro de la cultura, especialmente aquellas derivadas de la danza, no fueron construidas dentro de lo académico. Más bien por el contrario: en la escena original de Estados Unidos, las caminadas eran desfiladas y posadas, que buscaban imitar a las mujeres que salían en las portadas de la revista Vogue

De esta forma se mantuvo hasta mediados de los 80, cuando el ballroom alcanzó cierto nivel de popularidad y comenzó a hablarse de una nueva forma de bailar. Allí es donde se insertan las personas que tenían un cierto nivel de formación en la danza. De pronto se empezó a hablar de técnica, y así llegaron las formas, los drops, el popping y otros elementos del voguing como lo conocemos hoy. 

“Tenían otras herramientas como el contorsionismo, la precisión. Y el ball es una competencia, siempre lo fue. Entonces, al momento de evaluar esas dos performances, tenías a una de la vieja escuela y a otra de la nueva escuela. Cosas totalmente diferentes e imposibles de comparar”, explica Seba. “A partir de ahí, se decidió que el voguing iba a tener una forma ‘vieja’, y una forma ‘nueva’ para las competencias. Dos categorías distintas”.

Entrados los 90 surge el voguefemme gracias a la inserción de las mujeres trans en la disciplina, quienes la reconfiguraron. Hoy en día es un homenaje a las transfeminidades. 

Seba tomó clases para perfeccionarse dentro de la disciplina, por lo que su formación lo llevó a convertirse en una de las primeras personas en Argentina en ingresar al circuito mainstream al ser adoptado como hijo de la House of Milán, además de mantener su título de padre en la casa que él mismo cofundó. 

Aunque la palabra mainstream desde el punto de vista de ballroom parezca un sinsentido, la estructura del movimiento se divide entre esta corriente y la Kiki, siendo la primera en referencia al circuito original de los 70 y 80 que aún se mantiene vigente (“las grandes ligas”). La segunda tiene origen en los 2000 y surge como espacios de entrenamiento para los jóvenes, con una naturaleza más comunitaria. Ambas funcionan de manera paralela.  

Javi Bravia (derecha) y uno de sus diseños extravagantes. (Foto: Ezequiel Spadaro).

El talento de ballroom se importa y exporta. En Argentina, muchas personas pertenecen tanto a casas locales como internacionales. La bailarina transfemenina Manu Juicy Couture es la Princess (es decir, la hija mayor, mano derecha de la madre de la casa) de la casa Juicy Couture, que tiene su propio capítulo -es decir, su “sucursal”-  en nuestro país. 

Manu destaca la exposición global como un beneficio, a pesar de las limitaciones presupuestarias en Argentina. Aunque el ballroom no sustenta económicamente a quienes participan, ofrece visibilidad y oportunidades tanto dentro como fuera del movimiento. “En Estados Unidos los premios para los ganadores de una ball pueden ser hasta de 10.000 dólares. En Argentina no hay presupuesto”, explica.

Por ser parte de la casa internacional Juicy Couture, Manu tuvo la posibilidad de viajar a Chile, donde tomó clases y se hospedó con hermanxs del capítulo en el país vecino; e hizo lo mismo en Europa. “Competí allá, conocí mucha gente. Te abre muchas puertas formar parte de lo mainstream”. 

Aunque no vean dinero por representarlas, los miembros de las casas internacionales radicados acá a menudo reciben ayuda para sus performances. Ya sea desde la obtención de lugares para entrenar, consejos para mejorar sus truques (los atuendos para las competencias), y otras enseñanzas que sólo pueden venir de la experiencia… y un poco del primermundismo, claro. 

Como modelo y performer, en la vida cotidiana y en ballroom, Manu se destaca en varios roles. En sus inicios en la subcultura brilló dentro de la categoría face, donde los rostros son reyes y el jurado evalúa los rasgos de cada individuo en una competencia multiforme, pero que deja entrever un doble criterio. 

La cultura Ballroom se sigue enfrentando a las contradicciones del mundo machista dentro del cual se posiciona como contracultura. Manu decidió no caminar face momentáneamente, y dedicarse a ser commentator, una figura de arengue que mezcla el canto y las rimas para acompañar a los performers en la pasarela. 

Cada cual es libre de caminar -o no- en los márgenes de las reglas forjadas en la cultura ball hace más de 50 años. Según Manu, en Argentina no se juzga de la misma manera que en Estados Unidos. “No cualquiera puede caminar las categorías, eso es cierto. Tenés que darlo todo. Pero a la vez es tu decisión si querés que te juzguen bajo esos criterios”.

En el caso de la categoría face, tal vez se vea con mayor claridad este tipo de cuestiones. Y es que destacar los rasgos más bellos de un rostro disidente no tiene -o al menos no debería tener- una vara clara. 

“No me sentía tan cómoda caminando face para chicas trans estando aún en transición”, explica la performer, y destaca que lo más importante para caminar esta, y cualquier categoría, es el nivel de confianza. “Todo es válido acá en Argentina. Pero históricamente la categoría tiene sus límites, y puede tornarse injusta. Depende de cada sociedad”. 

Formas de construir la cultura, hay muchas. Una de ellas es al modo de le diseñadxr Javi Bravía, perteneciente a la House of Bravía -con su fuerte en el perfil fashionista-, que compite en la categoría designer’s delight con sus truques. 

Desde vestuarios sensuales con encaje, hasta disfraces de alienígenas y grandes parafernalias, Javi diseña para ganar. La primera vez que caminó designer’s delight ganó el grand prize y, poco a poco, la gente se fue acercando para pedirle sus atuendos para caminar la pasarela. 

“Me gusta hacer trabajos ostentosos y seguir las tendencias. Darles mucha fantasía en vivo, hacer diseños en capas, que tengan revelaciones, que las cosas se puedan sacar y se vayan convirtiendo en otra cosa”, explica Javi. “Yo hago mi trabajo muy pulido y lo doy todo. Si voy a invertir tanto tiempo y dinero en esto, yo me vuelvo con el grand prize. Y a veces no es por plata, porque no la hay”. 

Javi vino a nuestro país desde Colombia y comenzó un emprendimiento de indumentaria. Ballroom le permitió ganar más confianza y visibilidad para potenciarlo. “Caminás y sentís toda la energía de la gente que te brinda fuerzas para seguir construyendo. Todo el tiempo que llevo en ballroom me ha fortalecido para seguir con mi marca”. 

Si bien ballroom hoy no le da de comer a las personas que lo habitan, sigue siendo una plataforma de visibilización. Muchas veces los diseñadores donan su trabajo para aportar a la causa. “Regalo outfits, especialmente a mis amigas travestis. A veces doy tangas o guantes. Colaboro con lo que puedo con la comunidad. Pero no, no vivo de ballroom, vivo de hacer vestuarios”. 

Y mientras que la fiesta disidente se desenvuelve en estos colores, en la alegría de verse celebrados y en su tan repetida frase “darlo todo”, existe un costado de lucha que muchos militan y buscan llevar al frente de esta cultura. 

A raíz del documental Paris is Burning, que muestra cómo era la escena ball en Nueva York en los 80, con el VIH/SIDA y el racismo como principales problemáticas de la época entre las personas LGBT, las fiestas que reunían a las personas del colectivo en Argentina se transformaron en mucho más que menos espacios de esparcimiento.

Manu Juicy Couture en una de las balls porteñas. (Foto: Ezequiel Spadaro).

Si bien la vulnerabilidad disidente es histórica y se replica sin importar la década, en Latinoamérica, y puntualmente en nuestro país, las necesidades -y los privilegios- de la escena primermundista de ballroom son primas pero no hermanas de las locales. La vanidad y el reinado se estrechan la mano con la conciencia social, la invisibilidad racial, el trabajo sexual y mucho más. 

“Algunas personas consideran que ballroom es el ámbito para militar las necesidades de nuestra comunidad. Otras personas se lo toman como el deporte que nunca pudieron hacer”, diferencia Seba Glorieta. “Hay personas que consideramos que la mera existencia de ballroom y nuestra presencia, sobre todo de personas trans, ya es un hecho político considerable”.

Según Glorieta, existe un sector dentro del movimiento que busca llevar el alcance político de ballroom más allá de sus límites actuales. “Son dos maneras de habitar el espacio. A mí me vas a encontrar del otro lado. Porque siempre es muy importante recordar que nosotros somos un grupo autoconvocado. No tenemos la capacidad para reparar o generar políticas públicas, ni cierta institucionalidad que existe en otros ámbitos”. 

Sin embargo, hay alguien que busca acortar esa brecha entre el Estado y las disidencias. Azula es una transfeminidad migrante que vio crecer y al día de hoy habita ballroom sin pertenecer a ninguna casa. En términos de la escena, es una 007: al igual que James Bond, trabaja sola. Oriundx de Venezuela, la performer es clarinetista profesional y docente. Desde su sensibilidad artística y su experiencia como migrante, habita y construye estos espacios desde la asistencia y la formación a través de la agrupación SocioBallroom+

“El transfeminismo está muy presente en la lucha. Cuando yo recién llegaba de Venezuela a Argentina estaba aprobada desde hacía muy poquito la Ley de Identidad de Género. Hoy hay mayor aceptación de la identidad trans en lo cotidiano”. Sin embargo, la violencia continúa y es una realidad ineludible para la mayoría de las disidencias.

Azula reconoce que en su cuerpo habitaba una identidad trans, pero no fue hasta que entró en la cultura ballroom de Buenos Aires que comenzó realmente a vivirla en carne propia. Proveniente de un pueblo pequeño de Venezuela, la 007 cuenta que caminar la runway la ayudó a transicionar. Si bien cuando comenzó la gesta de la cultura en Argentina no se hablaba de identidad de género, sino más bien de un espacio para explorar la expresión corporal y el baile, hoy la escena descubre un nuevo rumbo a raíz de la investigación.

Una pasada de kiki ball bajo el Puente Avellaneda. (Foto: Carla Di Ferrera).

En la actualidad, Azula milita el antirracismo a través de SocioBallroom+, un espacio creado para acortar la brecha entre la comunidad y el Estado, acercando herramientas y políticas públicas; retomando la misión de Crystal LaBeija al crear las houses para formar familias para todes les que no tenían dónde vivir ni en quién apoyarse, dado que en Argentina las casas funcionan principal (aunque no exclusivamente) como equipos de competencia.

A pesar de la gesta y la historia de ballroom, Azula considera que algunas necesidades no se ven cubiertas por el simple hecho de autoconvocarse para celebrar ser disidente. Por eso forma parte de este grupo que decidió repensar el propósito de la cultura. El objetivo es acompañar a las personas en su individualidad por fuera de la escena: “Hay mucha gente que no sabe cómo llegar al hospital, por ejemplo. Teníamos que crear enlaces entre el Estado y esta comunidad”.

Esta red de contención aplica para la  asistencia médica en términos de salud, violencia y hasta transición. “Hay mucha gente que se comienza a hormonar, y le ayudamos a buscar endocrinólogues para que puedan informarse acerca del proceso”.

Azula también describe este espacio como uno para formación, donde se dictan talleres tanto de identidad de personas racializdas, BDSM para quienes viven del trabajo sexual, sobre la salud y el VIH, así como también otros tópicos por fuera de, pero satelitales a, la escena ballroom. 

Desde sus orígenes “villeros”, Andy Andino suscribe a ambos puntos de vista, con un objetivo claro que es el baile y la visibilización racial, y distingue el circuito Kiki, que es mayoritario en Argentina, de los lugares tradicionales de formación. “Para mí los espacios académicos siempre fueron lugares más ‘de blancos’, personas con posición económica diferente a la mía, que vengo de una familia muy pobre”, describe. 

Andy baila desde su infancia. Con el tiempo, se metió en un grupo de competencia que dictaba clases de voguing como danza social. Así es como incursionó poco a poco en los elementos artísticos que componen la cultura ballroom. Y si bien Andino dejó Laferrere, existen casos de personas del colectivo LGBT que resisten desde los barrios con el arte como principal herramienta de transformación social. Y el hecho de seguir fomentando la visibilización de personas marrones dentro y fuera del ámbito es continuar con la tradición ballroom. 

“De hecho, gran parte de las personas que habitan la escena son migrantes que encontraron un espacio de contención. Hay un montón de travestis y disidencias que llegan buscando ese abrazo”, asevera.

Y por eso hay que “darlo todo”: una comunidad basada en un propósito grupal que se explica a través del índice de mortalidad de las personas travestis y trans. “Muchas de estas personas pueden salir a la calle sin saber si ese día será su última ball”, indica Glorieta. “Hay que darle como si fuera el último día. Nuestras condiciones de vida mejoraron  notablemente respecto del pasado: el acceso al trabajo, a la salud, a la educación. Y crecen las expectativas de un ‘largo plazo’”. 

Pero todavía queda mucho por hacer, y la superación personal y la posibilidad de expresión no son factores a menospreciar. En esta danza entre la visibilidad, la identidad, el goce y la lucha, el ballroom argentino continúa su evolución. Se construye desde su propia forma de resistencia, donde cada movimiento es una afirmación política. Allí, la furia y la fiesta queer siguen siendo el latido de una comunidad que desafía sus propias bases y celebra su existencia.