Esto empieza con manos, cuerpos y tecno. Estamos en medio de la nada. Más específicamente, en el corazón del desierto marroquí. Unos tipos apilan enormes parlantes, que pronto chisporrotean y zumban hasta cobrar vida. Es una monumental pared de sonido reverberando en la base de la cordillera. Una vez que el ritmo comienza, cientos de bailarines cubiertos de polvo empiezan a contorsionarse, aunque no al unísono. Cada uno está metido en su propio viaje. Y vos, querido espectador, estás a punto de emprender el tuyo también.
Tomando su nombre de una palabra árabe que se refiere al puente entre el cielo y el infierno —“más estrecho que un cabello y más afilado que una espada”—, Sirāt, dirigida por el gallego Oliver Laxe [recientemente nominada a Mejor Película Internacional en los Oscars], es tanto una crónica del paraíso perdido como un mural de la miseria existencial que haría estremecer a El Bosco.
Nuestro guía en la travesía es Luis (Sergi López, el actor de El laberinto del fauno), un padre que busca a su hija desaparecida y que piensa que podría estar con alguno de estos grupos de ravers nómades que viajan de un oasis tecno a otro. Junto con su hijo menor, Esteban (Bruno Núñez Arjona), y su perro, muestran fotos de la joven a los bailarines, preguntando si la han visto por ahí. Nadie la vio.
Justo cuando Luis está en eso, el ejército aparece para cortar la música y terminar con la fiesta. Cierta inestabilidad política de origen desconocido está en un punto crítico y ya no es seguro que esta gente esté ahí. Los camiones y camionetas emprenden la retirada en caravana. Pero Luis decide seguir a un quinteto de ravers que parece desviarse hacia otra fiesta a unos días de viaje. Son Jade (Jade Oukid), Bigui (Richard Bellamy), Steff (Stefania Gadda), Tonin (Tonin Janvier) y Josh (Joshua Liam Henderson). El hecho de que los actores y los personajes compartan los mismos nombres no es casualidad; Laxe reclutó a estos no profesionales del circuito real de raves en el desierto con el que se había familiarizado íntimamente durante los últimos seis años. Nadie se interpreta a sí mismo, por supuesto, pero la facilidad con la que navegan por este terreno traicionero y su estilo distintivo de ratas del desierto punks es cien por ciento auténtico.
Pronto, el grupo adopta a estos extraños en una tierra extraña, y todos combinan recursos y fuerzas para llegar a su próximo destino. El hecho de que la Tercera Guerra Mundial parezca estar ocurriendo justo más allá del horizonte —las noticias detallan lo que suena como un apocalipsis— significa que tienen que tomar las rutas que atraviesan las montañas para pasar al lado seguro. La decisión inicialmente parece sensata. Resultará el comienzo del fin.
Laxe es el tipo de artista que, antes que el estímulo directo, prefiere crear el ambiente y sumergir al espectador en climas peligrosamente inmersivos; Lo que arde (2019), su drama sobre un expirómano que regresa a casa, incluye un incendio tan intenso que el guionista-director llegó a reconocer que debió operar más como bombero que como cineasta durante esas secuencias. No solo te hacen sentir el calor en estas largas escenas en el desierto: te hacen sentir la soledad. Estos viajeros podrían estar en el Sahara o en Marte. Laxe se ha inspirado en una serie de influencias cinematográficas, al margen de su conocimiento de primera mano del terreno —y su uso de las composiciones hipnóticas del músico electrónico Kangding Ray—, incluyendo las road movies americanas de los años 70, las psicodélicas head movies, las películas de explotación europeas vintage y la ciencia ficción distópica.
La principal referencia de este cine de autor lento y por momentos meditativo, sin embargo, podría ser más bien Stalker de Andrei Tarkovski. Alrededor de la mitad del transcurso de este thriller alucinógeno, entrás en una especie de mundo paralelo. Y Laxe se asegura de que no salgas de ahí así nomás. Hay una secuencia en la que no dejé de pensar desde que vi la película en Cannes el año pasado, en la que la pandilla decide sacar sus propios parlantes durante una parada. La música comienza a sonar, retumbando tanto en las llanuras arenosas como en donde sea que estés sentado mirando la película. Lo que parece ser una liberación catártica para estos astronautas terrestres se interrumpe brutalmente. La sanación se convierte en horror. Es una síntesis de toda la película.
Sirāt no es para todos. Pero es el tipo de experiencia cinematográfica abrumadora que podría cambiar la vida de quien esté listo para recibirla. Vale la pena señalar que el título de este clásico de culto instantáneo no solo se refiere a un puente que separa el bien y el mal. La palabra también se puede traducir como “camino”, con la idea de que al peregrino lo espera la transformación. Laxe cumple con esa promesa. Su película es un viaje en más de un sentido.


