Crítica: No Te Va Gustar – ‘Florece en el caos’

Grabado en una maratón de tres semanas en Montevideo, el nuevo disco de NTVG mira la oscuridad de frente sin renunciar jamás al estribillo

Por  Martín Sanzano

enero 22, 2026

Diego Velazco

A mediados de 2025, No Te Va Gustar se encerró en su estudio Elefante Blanco, ubicado en el barrio de Parque Rodó, en Montevideo, para ensayar más de veinte canciones. De ese ejercicio de aislamiento e introspección surgió la selección de diez piezas que conforman Florece en el caos, el nuevo disco de la banda y el undécimo de su carrera, registrado en una maratón de tres semanas junto al productor Nico Cotton, figura clave del sonido actual argentino (Marilina Bertoldi, Conociendo Rusia, WOS, María Becerra, Cazzu, Zoe Gotusso, Nicki Nicole), y el ingeniero Carlos Imperatori, viejo conocido del universo NTVG.

Si tomamos como referencia Luz (2021), su anterior álbum, la sensación con este disco es completamente opuesta. Lo que subyace en sus poco más de 37 minutos de duración está mucho más cercano a la oscuridad que al brillo. Aunque, claro, tal como su nombre lo indica, Florece en el caos apunta precisamente a eso: a la virtud de tratar de sacar algo de belleza en este caos, parafraseando a Gustavo Cerati.

Por si algún distraído no estaba al tanto, NTVG es una banda de estadios y, como tal, sus canciones se conciben con el propósito de ser tocadas en ese contexto. Es por eso que “Halcones y payasos”, la primera de este disco, luego de una intro in crescendo que empieza a spoilear esa pátina dark de la que hablábamos, ofrece un estribillo con la velocidad y la melodía justas para ser cantado en masa: “Ya estuvimos así/ ya salimos de cosas peores/ No la vimos/ y seguimos acá”. Y en la segunda vuelta, si se afina un poco más el oído, podemos escuchar cómo dialoga directamente con la coyuntura: “Esto yo ya lo vi/ todo el tiempo las mismas canciones”.

También hay estribillo de estadios en “La noche de ayer”, el segundo track, que demuestra que la oscuridad, puesta en función de NTVG, casi como si se tratara de una reacción química, deviene en melancolía. “Hoy se van/ esos fantasmas/ que me ahogan”, canta Emiliano Brancciari. Y completa: “Lo que hay/ para vos no es nada/ para mí es el mundo”. Una manera de cerrar las estrofas que hace inevitable pensar en otra decena de sus canciones.

Con el bajo al frente de Guzmán Silveira, “En mil pedazos” es un approach al post-punk por parte de NTVG que, por supuesto, no carece de estribillo. Y con “En llamas”, cargada de sus vientos característicos, se hace la luz: “Hay una canción/ que sigue sonando/ y que me deja el corazón/ en llamas”.

Una de las decisiones más acertadas del disco es la incorporación de Andrés Ciro Martínez en “Todo mal”, que aparece como una bocanada necesaria de aire fresco en el momento justo, después de la nostálgica “Si el mar se ve”. Lo primero que se oye de Ciro en la colaboración con NTVG no es su voz, sino algo mucho más representativo: su armónica. Además de registrar el primer featuring entre estos dos artistas, el tema sirve para comprobar una vez más lo bien que suena Ciro sobre un colchón de guitarras en clave stone.

La tesis de que las canciones de NTVG están pensadas para ser escuchadas en estadios se comprueba también en “Que no te queden marcas”, un tema que, de todos modos, podría haber sido compuesto en cualquiera de los 32 años de carrera de la banda. Pero alcanza con escuchar el estribillo de “Una vida más” (“Porque a mí me queda/ una vida más y la suerte/ de poner el pecho a lo que reste por venir”), o el de “No somos nosotros” (“Si vos te vas no tengo incentivos/ si te vas no siento los latidos”) para visualizar en la mente la típica postal del pogo, los trapos, la remera flameando y las melodías que se cantan en medio del caos, pero con el corazón.

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